Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Limpieza pura
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18: Limpieza pura 18: Limpieza pura Cortés olía a copal y neem.
Ya no llevaba la armadura.
Ni la espada.
Ni siquiera las botas.
Solo una túnica blanca de algodón, sencilla, hervida tres veces.
El pelo mojado, peinado hacia atrás.
Las mejillas rasuradas —con una navaja de obsidiana, suave como jade.
Balam lo esperaba al pie de la calzada.
—No tenga miedo —dijo, sin mirarlo aún—.
No todos sobrevivirán.
Algunos… ya traen la muerte dentro.
Viruela dormida.
Pulmonía escondida.
No es castigo.
Es prevención.
Cortés asintió.
No habló.
Solo miró.
Allí, en la orilla del lago, las canoas esperaban.
Una por una, sus hombres —los que quedaban— eran llevados por enfermeras y chamánes.
Primero: desarme total.
Espadas.
Cuchillos.
Hasta los cinturones de cuero.
Todo iba a una caja sellada con cera de abeja y sal.
Después: lavado ritual.
Agua fría con epazote, sal marina y ceniza de encino.
Tres inmersiones.
Luego: revisión.
Las enfermeras con sus varitas de algodón, revisando gargantas, ojos, axilas.
Los chamánes con sus bastones humeantes, acercándolos al pecho —si el humo se torcía, tos seca: aislamiento inmediato.
Y finalmente: pomada.
Una mezcla espesa de miel de maguey, grasa de armadillo y tzauhtli —para sellar la piel, evitar infecciones.
Todo en silencio.
Todo en orden.
Hasta que— dos soldados se negaron.
Uno, gordo, con barba sucia, escupió a los pies de una enfermera.
—¡Yo no me baño con yerbas de brujas!
¡Soy cristiano!
El otro empujó a un chamanzuelo—un joven de no más de dieciséis años—y gritó: —¡Esto es una trampa!
¡Quieren debilitarnos!
Balam cerró los ojos.
Respiró.
Y entonces—se volvió a Cortés.
Se inclinó.
Solo un poco.
Pero fue una reverencia.
—Perdóneme, Hernán —dijo, con voz baja, pero clara—.
Esto… no debió pasar.
No levantó la mano.
No dio una orden en voz alta.
Solo hizo un gesto: el índice y el medio juntos, bajando una vez.
Silencio.
Dos sombras bajaron de los techos de las casas flotantes.
Rápidas.
Sin sonido.
Un movimiento.
Un golpe seco en la sien del primero—como si se apagara una vela.
El segundo intentó gritar.
Una mano le cubrió la boca.
Un cuchillo curvo —de obsidiana pulida, no de acero— entró y salió del cuello.
Limpio.
Sin sangre visible.
Cayeron.
No como muertos.
Como dormidos.
Las Panteras no se detuvieron.
No celebraron.
Se fundieron en el humo del copal.
Desaparecieron.
Nadie gritó.
Nadie corrió.
Las enfermeras siguieron trabajando.
Como si nada hubiera pasado.
Cortés palideció.
No de miedo.
De vergüenza.
—Yo… —tragó— Yo les ordenaré que obedezcan.
Les diré que esto no es humillación.
Es… —buscó la palabra— …prudencia.
Balam lo miró.
Por primera vez, con tristeza.
—No es por usted, Hernán.
Es por ellos.
Usted puede aprender.
Pero ellos… —señaló a los cuerpos, ya siendo cubiertos con mantas blancas— ellos aún creen que el mundo se dobla a su espada.
Y mientras piensen eso… serán una amenaza, aunque no quieran.
Cortés bajó la cabeza.
—Tiene razón.
Balam asintió.
No con satisfacción.
Con cansancio.
—Venga —dijo—.
Quiero que vea algo.
Y lo condujo, no con guardias, no con cadenas… sino caminando, lado a lado, hacia el Templo Mayor.
Donde, en lo alto, ya no ondeaba una bandera de plumas.
Sino una tela blanca.
Con dos símbolos: Un libro abierto.
Y una espada… envainada.
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