Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Explicación y plan
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19: Explicación y plan 19: Explicación y plan El aire no era solo aire.
Era jazmín silvestre, piedra mojada y humo lejano de copal —una mezcla que, de haberla olido en Sevilla, Cortés la habría llamado “perfume de herejes”.
Pero aquí… le llenaba los pulmones como si su cuerpo, por primera vez en años, recordara cómo respirar hondo.
Estaba sentado en la terraza baja del palacio —no la de los altares, no la de los gritos.
Esta era antigua, de antes de Moctezuma, cuando los gobernantes aún tejían redes y discutían cosechas.
La mesa de piedra, pulida por siglos de manos, reflejaba el atardecer como un lago en calma.
Cortés apoyó las palmas sobre ella.
Fría.
Firme.
Real.
A su izquierda, tres guerreros Águila estaban de pie.
No con lanzas en alto.
Con los brazos cruzados.
Las plumas de sus penachos —azul oscuro, no rojo de guerra— se movían suaves con la brisa que bajaba del lago.
No lo miraban directamente.
Pero sus ojos… seguían cada parpadeo.
No con odio.
Con atención.
Como si él fuera un fuego chico, y ellos decidieran si apagarlo… o dejarlo arder un rato más.
¿Me matarían si me levanto?
La pregunta le cruzó la mente.
No con pánico.
Con curiosidad fría.
No.
No aún.
Balam no lo permitiría.
Pero si intento correr… sí.
En tres pasos.
Dos, tal vez.
Entonces llegó ella.
Citlalli.
No con el paso de princesa.
Con el de quien ha dejado de fingir.
Se sentó a los pies de Balam —no delante, no atrás— a sus pies, como se sienta un árbol a la sombra de otro.
Y Balam… sin mirarla, sin decir nada, le puso la mano en la cabeza.
Le frotó el cuero cabelludo con los dedos —lentos, circulares— como si desenredara no pelo, sino pensamientos.
Citlalli cerró los ojos.
Y luego… lo miró a él.
A Cortés.
No con lágrimas.
No con gritos.
Con una mirada que no cortaba.
Desarmaba.
Era como si le arrancara una armadura que ni sabía que llevaba puesta.
Esa mujer sabe que maté a su padre, pensó Cortés.
Y no dice nada.
Porque no necesita decirla.
El peso de eso le bajó hasta el estómago.
Más pesado que el acero.
—Hernán —dijo Balam, sin dejar de frotar—.
Tienes que regresar.
Cortés sintió el aire detenerse en su garganta.
¿Regresar?
¿A qué?
¿A quién?
Velázquez ya lo odiaba.
El rey, desconfiado.
Sus propios hombres, divididos.
¿Volver con qué?
¿Con historias de una ciudad que cura en vez de matar?
—A Cuba.
A la Española —aclaró Balam, como si leyera su mente.
—Te daré un carruaje.
Uno que hará que hasta el gobernador se arrodille.
Oro en las ruedas.
Jade en los ejes.
Plumas de quetzal trenzadas como fuego vivo.
Cortés tragó.
Es demasiado hermoso.
Es una trampa.
Pero… ¿qué trampa usa belleza como cebo?
Los españoles roban lo hermoso.
No lo regalan.
Justo entonces— Análisis pasivo — Sujeto: Hernán Cortés Frecuencia cardíaca: 98 ppm (elevada, pero estable —no pánico, anticipación) Microtensión en músculo orbicular (ojos): duda genuina Patrón respiratorio irregular: recordando algo.
Posible trauma con autoridad (Velázquez?) — Recomendación: No interrumpir.
Dejar que la duda madure.
Citlalli se levantó.
Chifló.
Un sonido agudo, corto —como el primer canto del colibrí al romper el alba.
En lo alto, desde una azotea cubierta de buganvillas, respondieron tres silbidos.
No uno.
Tres.
—Dos guerreros Águila irán contigo —siguió Balam—.
Altos.
Piel clara.
Hablan castellano.
Estudiaron en Tlatelolco.
Se cubrirán.
Dirán que son españoles enfermos.
Que la viruela los dejó… como sombras.
Cortés apretó los puños bajo la mesa.
Sombras.
Como yo me siento ahora.
—¿Para vigilarme?
—No —Balam lo miró por fin—.
Para que descansen.
Mis guerreros están cansados, Hernán.
No de pelear.
De fingir que ustedes no son una amenaza.
Análisis pasivo — Sujeto: Hernán Cortés Dilatación pupilar: reconocimiento emocional (verdad percibida) Inclinación leve del torso hacia adelante: apertura.
Interés.
Ceja izquierda: leve contracción —miedo a la traición, no a la muerte —Tú sabrás si me traicionas —dijo Balam, suave—.
Y si lo haces… te prometo algo que en Europa ya no existe: Un lugar.
Con tierra fértil.
Agua segura.
Médicos que no cobran con oraciones.
Y salud.
No riqueza.
Salud.
Cortés sintió un nudo en la garganta.
Salud.
Recordó a su hijo Martín, tosiendo sangre en el convento.
Recordó a Marina —no Malinche, Marina— ardiendo en fiebre, sola, en una choza de Veracruz.
Nadie pudo salvarlos.
Porque no había saber.
Solo cruz y espada.
—¿Y qué debo… inventar?
—Que te faltaron cargamentos.
Que el asentamiento se hunde.
Que necesitas herreros.
Curtidores.
Creadores de pólvora.
Y animales.
Caballos.
Vacas.
Ovejas.
—Balam sonrió, triste— Sé que tienes barcos escondidos en las costas.
Para huir.
Úsalos.
Pero vuelve.
Y trae lo que te pido.
Análisis pasivo — Sujeto: Hernán Cortés Parpadeo lento (3.2 segundos): aceptación interna Mano derecha: relajación progresiva —decisión tomada Lenguaje corporal: alineado con hablante —alianza temporal establecida Cortés abrió los ojos.
No con miedo.
Con alivio.
Porque si Balam sabía de los barcos… sabía todo.
Y aun así… le ofrecía un camino.
—Si cumplo… —Serás mi mano izquierda.
Nunca te faltará comida.
Medicina.
Respeto.
Y al final… —bajó la voz, casi un susurro— no morirás solo.
Con una pierna podrida.
En una casa que huele a humedad y olvido.
Cortés asintió.
No con la cabeza.
Con el alma.
Citlalli ya no estaba.
Había bajado las escaleras de piedra, descalza, sin prisa.
Dio órdenes en voz baja —no gritos, instrucciones— y de un patio trasero emergió el carruaje.
No nuevo.
Preparado.
Oro batido.
Jade tallado.
Plumas que brillaban como brasas vivas.
Volvió.
Se arrodilló.
Le entregó a Balam una calabaza con agua de limón y chía.
Y a Cortés, con una sola mirada —ni fría, ni cálida, clara— le dijo: —Tres días.
Descansa.
Duerme.
Pero no olvides: el carruaje no espera.
La marea sí.
Balam tomó un sorbo.
Miró el lago.
Las canoas regresando.
Las enfermeras cantando bajito.
Los niños jugando con pelotas de hule.
Una brisa suave levantó el borde de su túnica.
No era paz.
Era orden.
Y por primera vez… sentía que podía durar.
—Vete ya, Hernán —dijo, suave—.
Antes de que el sol se olvide de nosotros.
Y Cortés, por primera vez en su vida… no pensó en conquistar.
Pensó en volver.
Con algo más valioso que el oro: una segunda oportunidad.
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