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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Costa a la vista
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20: Costa a la vista 20: Costa a la vista El mar era una sábana gris cuando el carruaje se detuvo en la orilla.

No había trompetas ni guerreros ni rezos, solo el rumor de las olas rompiendo despacio como si también estuvieran cansadas.

Cortés bajó primero.

Los dos guerreros Águila que lo acompañaban caminaron detrás, cubiertos con mantos gruesos que les ocultaban la piel y las plumas.

Iban en silencio, como sombras.

En la playa solo quedaban cinco españoles.

Cinco de más de setenta.

Los demás habían muerto de fiebre, hambre, peleas o simple desesperación.

Los cinco sobrevivientes formaban un cuadro extraño entre fogatas apagadas y tiendas rotas.

Cuando vieron a Cortés se pusieron de pie con la torpeza de quienes no han dormido en días.

El primero en avanzar fue Ordóñez.

Había sido herrero en Extremadura y ahora era poco más que un espectro.

Sus mejillas hundidas, la barba como maleza seca.

—Capitán pensábamos que no volvería Cortés quiso responder de inmediato, pero se detuvo.

Reconoció el filo de la sospecha en sus ojos.

Y detrás de él los otros cuatro hombres lo miraban igual como si hubieran estado practicando ese mismo gesto durante su ausencia.

—Volví dijo Cortés y eso basta Nadie sonrió.

Nadie se relajó.

Los hombres comenzaron a caminar hacia él pero uno se detuvo a mitad de paso al ver a los dos encapuchados que venían detrás.

—Y esos quienes son Cortés respiró hondo.

No podía decir la verdad no todavía.

—Supervivientes españoles dijo están enfermos de viruela no se les acerquen Los cinco dieron un paso atrás casi al mismo tiempo como si un único músculo los controlara.

La viruela era un demonio conocido que no perdonaba.

—Tranquilos dijo Cortés no están en fase de contagio, pero deben mantener distancia Los dos guerreros Águila inclinaron la cabeza apenas un gesto silencioso de agradecimiento porque aquella mentira los protegía sin necesidad de espadas.

Ordóñez señaló la playa.

—Capitán apenas quedamos diez hombres contando esos dos enfermos si nos atacan estamos perdidos Cortés avanzó hasta quedar frente a ellos.

El olor de mar mezclado con humo y metal viejo le trajo un recuerdo de otra vida cuando aún creía que Dios le hablaba a través del viento.

—No habrá ataque dijo lo que encontré en la gran ciudad vale mas que cualquier conquista Los hombres se miraron entre sí confundidos y ansiosos.

Codicia.

Esperanza.

Miedo.

Todo mezclado.

—Encontré conocimiento dijo Cortés médicos que sanarían hasta al mismísimo Velázquez escuelas que enseñan a niños que nunca han visto Europa jardines flotantes que dan comida sin necesidad de matar bosques enteros templos que respiran orden en vez de sangre Los soldados parpadearon como si no hubieran entendido del todo.

Ellos querían oro plata piedras que pudieran cargar.

—Y tesoros preguntó uno muy joven demasiado joven para el desierto que llevaba en la mirada Cortés se acercó al carruaje y retiró la manta que lo cubría.

El sol encendió el oro batido las molduras llenas de jade y plumas que parecían fuego vivo.

Los cinco hombres contuvieron el aliento.

Era más riqueza de la que cualquiera de ellos había visto jamás.

—Esto dijo Cortés no es un botín es un mensaje nos ofrecen un trato Ordóñez tragó saliva.

—Un trato de esos paganos nos van a matar apenas demos la espalda —No lo hicieron dijo Cortés y pude haber muerto varias veces antes de llegar aquí pero no lo hicieron al contrario me dieron esto para regresar a Cuba La palabra Cuba cayó como un martillazo sobre la arena.

—A Cuba repitió Ordóñez por qué regresar si tenemos esto mismo aquí Cortés sostuvo la mirada de cada uno sin pestañear.

—Porque si no regresamos con herreros y carpinteros y animales y pólvora será la guerra y no la ganaremos no con diez hombres Hubo un silencio espeso.

Cortés siguió.

—Necesitamos barcos tripulaciones herramientas volveremos con fuerza pero no para conquistar sino para sobrevivir Los hombres se removieron inquietos.

Ninguno quería escuchar esa parte.

Conquistar era fácil.

Vivir no.

El más joven se adelantó.

—Si no regresamos ahora con un baúl de oro Velázquez nos cortará el cuello —Si regresamos con esto Velázquez se arrodillará dijo Cortés señalando el carruaje no entenderá cómo un puñado de hombres logró tal maravilla y no lo dirán ustedes porque nadie creerá que dos españoles enfermos lo transportaron desde las montañas Los soldados volvieron a mirar a los encapuchados y retrocedieron otro paso como si el solo pensamiento de acercarse pudiera contagiarles la muerte.

Cortés sintió el cambio.

Había captado su miedo su avaricia su cansancio.

Y los usó a su favor.

—Tenemos que zarpar antes de que llegue la marea grande dijo los barcos siguen escondidos pero no resistirán otro mes mas Los cinco hombres lo estudiaron con la misma mirada que los guerreros Águila le habían dirigido días antes atenta fría midiendo el valor de cada palabra.

Finalmente Ordóñez suspiró.

—Y qué hay del resto los que se quedaron en tierra adentro Cortés inclinó la cabeza.

—Murieron dijo sin adornos fueron demasiadas las cosas que no entendimos Los hombres guardaron silencio.

Nadie preguntó más.

Entonces los dos guerreros Águila subieron al carruaje sin hablar.

Su quietud su postura la forma en que observaban el horizonte hicieron que los españoles los temieran aún más.

Ya no querían acercarse ya no querían tocar nada que ellos hubieran tocado.

Y eso era exactamente lo que Cortés necesitaba.

—Preparen los caballos ordenó carguen agua busquen leña pero no se acerquen a mis acompañantes por su propio bien Obedecieron sin discutir.

Se movían rápido quizá por miedo quizá por ambición quizá porque ver aquel carruaje les había devuelto una chispa de vida.

Mientras los hombres trabajaban Cortés miró el mar.

Pensó en Balam en Citlalli en la ciudad que había dejado atrás.

Pensó en lo que podía perder si fallaba y en lo que el mundo podía ganar si cumplía.

Una segunda oportunidad.

Cuando el sol comenzó a hundirse los cinco españoles ya estaban listos.

El carruaje brillaba como un animal sagrado.

Los dos guerreros Águila permanecían inmóviles como guardianes de un secreto que nadie más podía descifrar.

Cortés montó su caballo y levantó la mano.

—Zarpamos al amanecer Nadie protestó.

Porque aunque no lo dijeron entendieron algoél no volvía como un conquistadorvolvía como un hombre que sabía demasiadocomo un hombre que había visto un futuro posibley quería alcanzarlo antes de que el sol lo olvidara también.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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