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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 21

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21: Una isla de prejuicios 21: Una isla de prejuicios Velázquez estaba en el muelle antes del amanecer.

No era hombre de madrugar sin necesidad, pero aquella mañana no podía quedarse quieto.

Había recibido un mensaje días atrás: Cortés regresaba.

Vivo.

Con apenas diez hombres.

Y con algo más.

La brisa húmeda sacudía las banderas de la gobernación.

El olor a sal y a humo temprano flotaba sobre el puerto como una oración incompleta.

A su lado, un grupo de soldados formaba en silencio.

Velázquez tensaba la mandíbula cada tanto, como si masticara una rabia vieja, endurecida por los años.

Cuando el barco apareció en el horizonte, una mezcla extraña se reflejó en sus ojos: alivio, odio, curiosidad.

Como si viera regresar a un hijo desobediente que vuelve con tesoros que no puede ignorar.

El barco entró en la bahía con paso firme.

Y entonces se vio.

El carruaje.

Aun cubierto con lonas, brillaba bajo la luz grisácea de la mañana.

Oro.

Verde de jade.

Formas que ningún artesano europeo podría reproducir sin enloquecer.

Los hombres en el muelle se quedaron quietos.

Incluso las gaviotas dejaron de chillar, como si la belleza las intimidara.

Cortés bajó primero.

Estaba más delgado, con el rostro curtido, la mirada profunda.

No era el mismo que se había marchado.

Detrás bajaron los cinco españoles sobrevivientes.

Caminaban lento, como hombres que aún no saben si están vivos o sólo soñando.

Y a continuación los dos guerreros Águila, cubiertos con mantos que les ocultaban la piel y el porte.

Nadie se acercó demasiado.

La historia de la enfermedad se había adelantado a su llegada.

Velázquez cruzó los brazos.

—Diez hombres regresan de setenta dijo con voz grave y aun así vienes erguido Hernán Cortés no respondió de inmediato.

Dejó que el carruaje tocara tierra y que el sol filtrado por las nubes encendiera las molduras de oro.

Como quien deja hablar al tesoro antes que a su dueño.

—Vivimos lo suficiente para volver dijo al fin y trajimos pruebas de lo que hay más allá de las montañas lo que viste no es ni la décima parte Velázquez frunció el ceño.

—Explicaciones Cortés quiero explicaciones no adornos Cortés avanzó dos pasos.

Los soldados se tensaron.

Los sobrevivientes se mantuvieron detrás sin levantar la barbilla.

Sabían que lo que dijera su capitán era lo único que los mantenía con vida.

—Las rutas se perdieron dijo Cortés las aldeas se vaciaron por enfermedad y ataques hubo confusión y nos vimos forzados a dividirnos la mayoría no lo logró Velázquez lo observaba como un halcón.

—Y cómo es que tú sí —Porque supe hacia dónde dirigirme dijo Cortés con calma encontré una ciudad que ninguno de nosotros imaginaba una ciudad que respira orden y riqueza que fluye sin necesidad de sangre una ciudad que te juro gobernador podría alimentar a toda Castilla durante un invierno entero sin perder una sola cosecha Velázquez entrecerró los ojos.

La codicia es un espejo que nunca se apaga.

—Ciudad de oro —Más que oro respondió Cortés con solemnidad conocimiento e ingeniería y médicos que curan como si hubieran nacido sabiendo cosas que en Europa apenas intentamos comprender El murmullo en el muelle creció como un animal inquieto.

Velázquez intentó mantener la compostura.

—Y por qué regresaste Cortés debiste traerme al menos cien hombres para reclamar esas tierras Cortés respiró despacio.

Y mintió con la precisión de un cirujano.

—Porque necesitamos carpinteros dijo necesitamos herreros necesitamos creadores de pólvora y armas necesitas creerme gobernador porque sin ellos no podremos conquistar nada allá no hay madera adecuada para nuestros barcos las rutas requieren herramientas nuevas los enemigos tienen armas de obsidiana que parten armaduras como mantequilla La palabra conquistar encendió un reflejo en los ojos de Velázquez.

Era su palabra favorita.

Su brújula.

Su espejo.

—Conquistar repetía como saboreando el término y tú sabes cómo volver a esa ciudad —Solo yo respondió Cortés sin bajar la mirada Hubo silencio.

Denso.

Pesado.

Velázquez, finalmente, exhaló.

—Muy bien Hernán tendrás lo que pides pero antes escucharé a tus hombres Los cinco sobrevivientes hablaron con voces quebradas.

Repitieron lo que Cortés les había enseñado a repetir rutas perdidas aldeas fantasma enfermedad en todas partes sombras en la selva monstruos que brillaban en la noche y un carruaje que encontraron al borde de un pantano como regalo de dioses que no comprendían Velázquez creyó todo porque quería creerlo y porque el oro de aquel carruaje le hablaba en un idioma que sí comprendía perfectamente Aquella misma semana se armó una nueva expedición Casi todos los soldados de Cuba fueron convocados Veinte carpinteros Doce herreros Seis creadores de pólvora Más armas más caballos más herramientas Una caravana de ambición pura puesta bajo el nombre de Cortés aunque Velázquez lo vigilara como una sombra Pero Cortés no partió de inmediato Se quedó en Cuba tres años Tres años en una finca apartada donde el aire era más dulce que en España Tres años donde los cinco españoles, los cinco esclavos tlaxcaltecas y los dos guerreros Águila convivieron con un ritmo extraño que mezclaba misa al amanecer con cantos en náhuatl al anochecer Los españoles al principio temían a los guerreros Águila pero con el tiempo aprendieron su humor seco su disciplina su calma ellos también se sorprendieron al ver que en Cuba no todo era guerra que había campos verdes y mujeres que cantaban mientras tejían que la sangre podía ser un recuerdo y no una promesa Los guerreros Águila aprendieron algunas palabras de castellano y los tlaxcaltecas aprendieron a trabajar la caña y a fumar tabaco en hojas largas que los hacían reír hasta las lágrimasCortés los observaba como quien observa el nacimiento de algo que aún no sabe nombrar pero que reconoce como futuro Y entonces un día Velázquez llegó con un séquito de soldados trompetas banderas y una sonrisa que no le cabía en el rostroVenía triunfanteLlevaba en la mano un pergamino con el sello del reyLlevaba la voz inflada de orgullo cuando leyó —Su majestad ordena que Hernán Cortés regrese a la tierra que descubrió y la nombre Nueva España El pergamino tembló ligeramente en sus manos No por emoción Por envidia Cortés cerró los ojos un segundo Sintió la corriente del destino cambiar como marea súbita Pensó en Balam pensó en Citlalli y en aquella ciudad que seguía respirando al otro lado del mar Pensó en la promesa que había hecho sin palabras Cuando abrió los ojos ya no era un soldado Era otra cosa —Preparad los barcos dijo con voz firme regresaremos cuanto antes Los soldados vitorearon Velázquez, incapaz de detener la marea que él mismo había iniciado, sonrió con dientes tensos Y los guerreros Águila levantaron la vista al cielo como quien reconoce un presagio Esa noche Por primera vez desde su regreso Cortés soñó con el lago Con los templos respirando orden Con Balam esperando bajo el sol que nunca olvida Y supo que el mundo estaba a punto de partirse en dos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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