Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 La casa
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27: La casa 27: La casa La casa entera respiraba luz.
Antorchas altas, incrustadas en soportes de obsidiana, iluminaban cada corredor con un resplandor cálido que hacía bailar las sombras sobre los muros de piedra pulida.
Los españoles caminaban por ahí como niños maravillados, tocándolo todo, probándolo todo.
—¡Por Santiago!
—exclamó uno—, incluso las cucharas brillan más que las del palacio del gobernador en Cuba!
Sobre la mesa, reposaban cubiertos blancos, hechos de un material transparente como el cristal.
Cortés lo tomó entre sus dedos, incrédulo.
—En Castilla esto solo existe en cuentos —murmuró—.
Y aquí… en una casa cualquiera.
En el patio, un soldado español salió del baño levantando vapor como si hubiera sido hervido.
—¡Madre de Dios!
¡Agua caliente!
—gritaba mientras otro, riendo, metía medio cuerpo en el temazcal—.
¡Esto cura hasta mis pecados!
Mientras tanto, Alvarado jugaba con su hija pequeña en el patio interior, un rincón lleno de flores nocturnas que abrían sus pétalos solo bajo la luna.
La niña reía, intentando atrapar luciérnagas.
La paz se rompió con tres golpes fuertes en la puerta.
Cortés se acercó con cautela, la mano sobre la empuñadura.
Cuando abrió, vio dos guerreros Hueso: enormes, musculosos, piel marcada por cicatrices que parecían contar batallas completas.
Por un instante, el capitán español se preparó para lo peor.
Pero los guerreros dieron un paso atrás.
Y entre ellos apareció Malinalli.
Los ojos de ambos se encontraron.
No hubo palabra ni explicación.
Solo un silencio que ardía.
Y entonces ocurrió:se fundieron en un beso intenso, profundo, sin rabia, sin temor, un choque de mundos bajo la noche oscura.
Los españoles, desde distintas habitaciones, observaron la escena entre asombrados y divertidos.
Uno, semidesnudo y tambaleando, salió de una recámara.
—¿Quién demonios cerró la puerta del cubo grande de agua…?
—balbuceó mientras intentaba meterse en la alberca del patio.
Alvarado, sin soltar a su hija, lo empujó de vuelta adentro de un manotazo.
—¡Cállate y cúbrete, desgraciado!
Los Guerreros Hueso se dirigieron directamente a él.
Le entregaron un mensaje codificado, marcado con tinta de achiote.
Alvarado lo leyó, y su rostro cambió.
—Cortés… —dijo con voz grave, acercándose a él—.Tres esclavos fueron detectados con viruela.
Están buscando quién estuvo cerca.
Tengo que ir… como Guerrero Ocelote me toca asistir.
Miró a su hija.
Sus ojos se suavizaron.
—Cuídala por mí.
El capitán asintió sin preguntar más.
Alvarado corrió hacia la oscuridad.
Un rato después, la madre de la niña llegó y la llevó consigo, agradeciendo en silencio con una reverencia rápida.
La noche empezó a calmarse.
Los soldados de Cortés, ya más ebrios que despiertos, flotaban en la alberca, otros roncaban dentro del temazcal, y uno se había quedado dormido sentado en el baño, con la cabeza apoyada en un barril de agua tibia.
La casa, luminosa y perfumada a copal, se convirtió en un pequeño paraíso para los invasores rendidos por el cansancio y el pulque.
En una de las estancias interiores, Cortes y Malinalli permanecieron juntos.
Ella, sentada en una estera tejida, lo miraba con un brillo nuevo en los ojos.
Él tomó su mano, sintiendo el temblor suave de ella.
—Te quedas esta noche —dijo Cortes.
—Esta noche —repitió ella.
Y allí, mientras la luna bañaba la casa y los ecos de risas borrachas se perdían en la distancia, compartieron su primera noche como pareja, sin prisa, sin miedo, como si el mundo—por un momento—hubiera dejado de arder.
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