Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 28
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28: Celos 28: Celos La noche respiraba lentamente sobre Tenochtitlan, extendiendo sombras largas entre las calles recién pavimentadas con piedra caliza.
Desde la casa que Balam había asignado a Cortés y a sus hombres, aún se escuchaban las carcajadas de los españoles probando el pulque dulce, el tequila joven y la alberca tibia que parecía un regalo divino más que un lujo terrenal.Uno salió del baño expulsando vapor, otro se relajaba dentro del temazcal como si hubiera entrado al vientre cálido de la tierra.
Nada se parecía al mundo de donde venían.
Mientras tanto, bajo un corredor adornado con telas azul noche, dos Guerreros Águila esperaban al tlatoani.
Balam llegó silencioso, casi etéreo.
Ambos guerreros se pusieron firmes.
—Señor —dijo uno—.
Aprendimos nuevas formas de pescar.
Los españoles usan esto.Le entregó una vara larga y flexible.—La llaman caña.
El segundo vació una pequeña bolsa de semillas amarillentas sobre una mesa de piedra.
—Y trajimos caña dulce.
Azúcar.
Ellos la siembran así.
Balam tomó una semilla, estudiándola con la mirada de alguien que ve no un objeto, sino un futuro.
Morelos ya tenía construidas las primeras instalaciones para moler caña… pero carecían de la semilla correcta.
—Han hecho más de lo que se les pidió.
Con esto nacerá una industria que alimentará a todo un imperio.
Y entonces el sistema vibró cálido en su pecho, como un susurro de los dioses antiguos mezclado con máquinas del futuro.
[MISIÓN NUEVA ACTIVADA][Cultivar y amasar el azúcar: objetivo diez campos activos][Recompensa estimada: dos mil lingotes de oro y avance en técnicas de pólvora] Balam respiró hondo.Otro paso hacia adelante.
—Vayan a descansar.
Mañana comenzará una era nueva.
Los guerreros se inclinaron y desaparecieron entre las sombras.El tlatoani entró a su aposento, se hundió en la tina de agua caliente y dejó que el mundo se disolviera un momento.
Pero al entrar en su dormitorio, se quedó inmóvil.
Las cinco españolas —las mismas que habían sido examinadas en la entrada— estaban allí.
Cubiertas sólo por telas de algodón finas y blancas, apenas velos que sugerían más de lo que ocultaban.
Todas lo observaban con una mezcla de temor y expectativa.
—Nos dijeron que debíamos… esperar aquí, señor —susurró una.
Balam cerró los ojos un momento.
Había ordenado que las llevaran a un recinto aparte.Alguien había entendido mal.
—No están obligadas a nada —dijo con suavidad—.
Si desean descansar aquí, lo permiten los dioses.
Pero no tocaré a ninguna.
No soy su dueño.
El silencio se volvió tibio.Una a una se acercaron a la cama.
No buscando deseo, sino seguridad.Balam se recostó sin ocupar el centro.
Ellas se acomodaron alrededor suyo, como buscándolo para protegerse.Y así durmió el tlatoani, rodeado de cuerpos que sólo querían descansar sin miedo.
El alba llegó sin compasión.Balam despertó… y no pudo moverse.
Estaba atrapado entre brazos, piernas y respiraciones suaves.Cuando logró incorporarse, escuchó dos voces en la puerta.
—¿Durmió bien el tlatoani?Era Xochitl, con una sonrisa afilada.
A su lado Citlali cruzaba los brazos, mirando a las españolas con un brillo de celos que intentaba disimular… sin éxito.
—Parece que sí —añadió ella, arqueando una ceja.
Balam se llevó una mano al rostro.
—No digan nada.
—Ya es tarde —dijo Xochitl, casi cantando, antes de girarse para irse.
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