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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 29

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Capítulo 29: Confianza

El agua de los estanques reales estaba tan quieta que parecía un espejo de obsidiana líquida. Citlali se arrodilló a la orilla, sumergiendo sus manos para lavar los restos de chocolate que aún manchaban sus dedos. El frío del agua no lograba apagar el incendio que sentía por dentro.

Xochitl se sentó a su lado, dejando que sus pies colgaran sobre el agua. A diferencia de Citlali, ella mantenía una calma regia, la herencia de su propia sangre noble.

—¿Crees que hice bien, Xochitl? —preguntó Citlali sin mirarla. Su voz era apenas un hilo—. Maté a mi propio padre cuando descubrí que conspiraba contra él. Lo hice por amor, por lealtad al Tlatoani… pero hoy, al verlo con esas mujeres, me pregunté si mi padre no tendría razón. Si Balam no es más que un extraño en el cuerpo de nuestro señor.

Xochitl suspiró, mirando hacia las altas pirámides que recortaban el cielo.

—Todas lo sentimos, hermana —respondió Xochitl con tono suave pero firme—. Tú y yo somos princesas, nacidas para entender el poder, y ambas sabemos que el hombre que ocupa el trono no es el Moctezuma que conocimos. Aquel hombre dudaba. Aquel hombre veía presagios en el vuelo de los pájaros y temblaba ante la idea de que los hombres de barba fueran dioses regresando del mar.

Xochitl se volvió hacia Citlali, sus ojos brillando con una chispa de asombro.

—Pero este… este Moctezuma cambió de un día para otro. Supo de la traición de tu padre antes de que se pronunciara la primera palabra. Supo de la “Plaga de los Granos” (viruela) y del “Mal del Pecho que Consume” (tuberculosis) antes de que el primer español estornudara en nuestras tierras. Dejó de tratarlos como dioses y empezó a usarlos como esclavos del progreso. ¿Viste lo que pasó en Cholula? No hubo piedad. Fue una advertencia para todo el Anáhuac: o caminan con él hacia el futuro, o el futuro pasará sobre sus cadáveres.

—Ya no es Moctezuma —susurró Citlali, con un escalofrío recorriéndole la espalda.

—No, no lo es —coincidió Xochitl—. Pero es el Tlatoani que el imperio necesita para no desaparecer. Por eso no le llevamos la contraria. Porque preferimos un emperador que nos asuste a uno que nos deje morir a manos de invasores.

El sonido rítmico de cascos contra la piedra interrumpió la confidencia. El eco de los caballos, esos “venados gigantes” que ahora formaban parte del paisaje de la ciudad, se acercaba con rapidez.

Balam apareció encabezando la comitiva. Ya no era el hombre vulnerable atrapado entre sábanas de la mañana; ahora vestía con la magnificencia de un dios viviente. Su xicolli estaba bordado con hilos de oro que refulgían bajo el sol, y collares de jade de un verde profundo golpeaban rítmicamente contra su pecho. A su lado, Cortés cabalgaba con orgullo, seguido por Alejandra, Corina y Amelia, quienes montaban caballos finos, vistiendo ropas de cuero y tela resistentes, preparadas para el trabajo duro en Morelos.

Balam detuvo a su semental negro frente a las dos guerreras. La fuerza que emanaba de él era abrumadora, pero sus ojos, al posarse en Citlali, perdieron por un momento esa frialdad de acero.

—Xochitl, Citlali —dijo Balam, extendiendo una mano hacia ellas.

Sin esperar respuesta, Balam ayudó a Xochitl a subir a la grupa del caballo de uno de sus guardias de élite, y luego, con un movimiento ágil y poderoso, tomó a Citlali por la cintura y la subió frente a él, en su propio caballo.

Citlali se tensó al sentir el pecho del Tlatoani contra su espalda, pero el calor de su cuerpo la tranquilizó. Balam se inclinó hacia su oído, ignorando las miradas curiosas de los españoles y la sonrisa astuta de Cortés.

—Todo está bien, Citlali —le susurró Balam, con una sonrisa genuina que solo ella podía ver—. El cacao se limpia, pero la lealtad se queda. Hoy vamos a construir algo que ni siquiera los dioses del pasado pudieron imaginar. Confía en mí.

Citlali cerró los ojos por un segundo, dejando que el miedo se disolviera. No importaba quién fuera realmente el hombre que la sostenía; mientras le sonriera de esa manera, ella lo seguiría hasta el fin del mundo.

—¡Hacia Morelos! —rugió Balam, dando la señal de partida.

La caballería arrancó, levantando una nube de polvo dorado, mientras el imperio se ponía en marcha hacia una nueva era de azúcar, hierro y fuego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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