Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Gerreros de blanco
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9: Gerreros de blanco 9: Gerreros de blanco El amanecer se abría sobre la gran calzada de Iztapalapa, un camino de piedra que debería haber estado lleno de comercio y vida, pero que ahora estaba inquietantemente despejado.
El General Tlilatl y la Princesa Citlalli, ahora su aliada, encabezaban la columna de regreso.
Detrás de ellos venía el resto de las tropas, cansados y silenciosos, escoltando a los sombríos prisioneros tlaxcaltecas que habían sido capturados en Cholula.
La armadura de Citlalli y Tlilatl aún estaba manchada con la sangre seca del anciano Xicoténcatl.
Venían de la muerte y el sacrificio, esperando encontrar Tenochtitlan en pie de guerra, con barricadas y el pánico en los ojos de sus habitantes.
Pero lo que vieron al entrar a la ciudad flotante los detuvo en seco.
No había miedo en las calles, sino organización.
Desde la punta de la calzada hasta el Templo Mayor, la ciudad estaba cubierta de gente vestida de blanco impoluto.
Eran mujeres y hombres, macehuales y curanderos, todos cubiertos de pies a cabeza con túnicas de algodón recién lavado, las caras tapadas por telas que solo dejaban ver los ojos.
Parecían fantasmas salidos desde el mismo inframundo, moviéndose con un propósito silencioso.
“¿Qué es esto, Tlilatl?” susurró Citlalli, su mano apretando inconscientemente el mango de su macuahuitl.
“Parecen los ayudantes de los dioses, no un pueblo en guerra”.
Tlilatl, el Tlacochcalcatl de hierro, frunció el ceño.
Nunca había visto tal disciplina civil.
Los “Guías de Algodón Blanco” revisaban con palos largos a cada persona que entraba, dirigiéndolos a baños de vapor improvisados o a zonas de aislamiento marcadas con banderas amarillas echas de tela.
“Es la orden del Tlatoani,” dijo Tlilatl con una cara de duda, pero a la vez de miedo ya que el tlatoani solo le conto sobre una rara enfermedad.” Al llegar al patio principal del Palacio de Moctezuma, el centro del poder se había convertido en un dispensario gigantesco.
El aire no olía a copal o incienso, sino a la amargura de las hierbas hirviendo y al humo limpio.
Y allí estaba él, Balam/Moctezuma, no en un trono, sino arrodillado frente a un gigantesco molcajete de piedra.
Llevaba una túnica sencilla, pero su aura de autoridad era más densa que en cualquier ceremonia.
A su alrededor, docenas de curanderos y ancianos trabajaban bajo sus órdenes precisas.
Balam no solo preparaba las dosis de polvo de obsidiana (para ponerle a las mezclas de los otros curanderos), sino que coordinaba la logística de una ciudad de 200,000 personas.
“¡Embarquen las canoas!” gritó Balam, las canoas se acercaban al centro de ellos.
“General de la Laguna, quiero las canoas llenas de agua limpia y los botes de barro llenos de Cempasúchil de emergencia.
Llévenlas a Xaltocan, los enfermos deben ser resguardados y aislados a una distancia de mil metros del Templo Mayor.
¡Nadie regresa sin recibir el ungüento de Toloache en la piel!” Citlalli observó la escena.
Su padre, Xicoténcatl, había sido un guerrero astuto y resentido, ciego al futuro.
Los españoles creían en el poder del trueno.
Pero Moctezuma, el hombre que ella amaba en secreto y por el que había sacrificado su linaje, creía en la estrategia de lo desconocido.
Él estaba usando sus conocimientos no para matar, sino para preservar y curar.
Tlilatl se acercó y se postró ante Balam.
“Mi Tlatoani.
La misión en Cholula ha sido cumplida.
El traidor Xicoténcatl ha sido sacrificado.
Y aquí traigo a la Princesa Citlalli, quien selló la lealtad con su propia sangre.” Balam dejó de moler.
Levantó la cabeza y miró a Citlalli, sus ojos negros encontrándose por primera vez.
Vio el dolor en el rostro de la guerrera, la deshonra de su armadura manchada de sangre familiar.
Era un dolor puro, un precio terrible.
“Princesa Citlalli”, dijo Balam, su voz era suave pero firme.
“Has pagado el precio de la supervivencia.
Tu lealtad no es a Tlaxcala, sino a la verdad.
Tlilatl, llévala a los baños de purificación inmediatamente.
Ella es ahora una Guerrera Élite de Palacio y será tratada con el honor que merece.
Pero primero,” Balam hizo una pausa, mirando su propia mezcla de hierbas.
“Primero, deben de beber esto (Señalando a todos los guerreros)., La medicina que forja el escudo de Tenochtitlán.” Citlalli y Tlilatl, sin dudar, se arrodillaron, extendiendo las manos para recibir la bebida amarga.
Ella había llegado lista para la guerra, pero se encontró en una lucha contra la muerte.
Y entendió que el verdadero poder del Tlatoani no estaba en su lanza, sino en el conocimiento que nadie más poseía.
Ding Misión de Nivel 3 Completa: La Confianza de la Enemiga.
Requisito: No matar a Citlalli y hacerla aliada, darle un sobre nombre al llegar a Tenochtitlan Recompensa: Habilidad Diplomacia +1.
PX +150.
(códice de enseñanza para manejar el hierro y materiales básicos) Adquiridas, Habilidad Desbloqueada: Sanidad Pública (Nivel 1): Gestión de crisis sanitaria y logística de aislamiento.
Impacto: Reducción del 50% en el índice de mortalidad por Viruela en áreas protegidas.
PX +300.
Balam asintió, volviendo a su molcajete.
La plaga había sido contenida en la capital.
Con Citlalli como su aliada y Tenochtitlan organizada, solo quedaba un enemigo: el hombre de metal en la jungla.
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