Renacida: Mímame esta vez - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 El objetivo está casi logrado 11: Capítulo 11 El objetivo está casi logrado —Te prometo que no volveré a ser tonta.
No quiero terminar así con ella.
Por favor…, solo ayúdame —suplicó, con los ojos llenos de arrepentimiento.
Verla tan deshecha les recordó a los Harper a las niñas creciendo juntas, siempre inseparables como verdaderas hermanas.
La idea de perder ese vínculo por esto los hizo flaquear.
—Si puedes, Elizabeth, déjalo pasar solo por esta vez.
Tu hermana ya sabe que se equivocó —dijo Albert finalmente, con evidente dificultad.
—Sí, ustedes dos eran muy unidas de niñas —intervino Donna con suavidad—.
Lo que hizo Victoria con las fotos no estuvo bien, pero ya está admitiendo su error.
Como su hermana mayor, ¿no puedes dejarlo pasar solo por esta vez?
Elizabeth podía ver sus verdaderas intenciones.
Incluso después de todo, sus corazones todavía sufrían por la hija que habían criado.
¿Su objetivo de hoy?
Prácticamente cumplido.
Victoria no se atrevería a ponerle los ojos encima a Alexander otra vez.
Si lo hacía, ella ni siquiera tendría que mover un dedo; sus padres la apoyarían sin dudarlo.
Victoria, este es solo el primer paso.
Tenemos tiempo.
Saliendo de sus pensamientos, Elizabeth sonrió a sus padres.
—Ya que todo ha salido a la luz, no nos pongamos quisquillosos.
Somos familia, no hace falta que las cosas se pongan feas.
Le lanzó una rápida mirada a Victoria, con un toque de acero en su tono.
—Solo recuerda que Alexander es mi marido.
Los ojos de Donna se llenaron de calidez mientras le sonreía a Elizabeth.
—Lo recordará.
Llevas un mes entero fuera y, ya que por fin has vuelto hoy, quédate a comer, ¿de acuerdo?
A Elizabeth casi se le llenaron los ojos de lágrimas, un extraño dolor oprimiéndole el pecho.
Se acercó y rodeó el brazo de su madre con el suyo.
—De acuerdo.
Gracias, mamá.
Tenía antojo de tu lasaña.
—Ay, mi niña grande —rio Donna, burlona—, estás casada y todavía actúas como una cría.
Está bien, iré a preparártela ahora mismo.
—Gracias, mamá.
Donna se dio la vuelta y se dirigió a la cocina, sin siquiera mirar a Victoria, que seguía arrodillada rígidamente en el suelo.
Al observar la acogedora escena entre madre e hija, Victoria mantuvo la vista baja, con los labios pálidos de tanto mordérselos.
Bajo esa superficie tranquila, la envidia y el resentimiento ardían con fuerza.
Aunque Elizabeth charlaba con Donna, ya se había percatado de cada mínimo cambio en la expresión de Victoria.
Se acercó a ella con indiferencia y la miró desde arriba.
—¿Todavía sigues ahí abajo?
Ya dije que te perdonaba.
Victoria se puso rígida y forzó una sonrisa torcida, más fea que si hubiera llorado.
Su voz apenas se sostuvo.
—Gracias, hermanita.
De verdad que me alegro por ti y por el señor Blake.
Ja.
¿Todavía se hacía la inocente?
Victoria, todo lo que te importa, te lo iré quitando poco a poco.
—Sí, pienso vivir felizmente con Alexander —respondió Elizabeth con calma.
Luego se giró y se acercó a Albert.
—Papá, ¿quieres que juguemos una partida de ajedrez?
—Claro —sonrió él.
Elizabeth se sentó junto a su padre, enfrascándose en la partida.
Mientras tanto, Victoria se quedó sentada sola, incómoda, con el rostro cada vez más sombrío.
—Victoria, estás un poco pálida.
Quizá deberías subir a descansar un poco —dijo Albert con amabilidad.
Victoria apretó los labios, a punto de soltar que ella también quería jugar, pero Elizabeth se le adelantó.
—Has estado llorando un buen rato.
Ve a lavarte la cara, tienes los ojos tan hinchados que parecen culos de mono.
Súper feos.
La sonrisa de Victoria flaqueó en su rostro.
Forzó una risa.
—De acuerdo.
Y sin decir una palabra más, subió corriendo las escaleras.
Elizabeth la vio marcharse, con los labios curvados en una ligera sonrisa burlona.
Se dejó caer en el asiento frente a Albert.
—Papá, empecemos.
Los ojos de Albert se detuvieron en la expresión de ella.
—¿Lo hiciste a propósito?
—No diría que «a propósito» —respondió ella, con voz ligera—.
Es solo que…, una vez que te enfrentas a la verdad, te das cuenta de lo falsa que puede ser alguna gente.
Esa indirecta no tan sutil hizo que Albert hiciera una pausa.
Habló lentamente: —Ustedes dos crecieron codo con codo.
Ese vínculo no puede ser falso.
Vimos lo mucho que te importaba.
No dejes que lo suyo con Alexander te haga ensañarte con ella.
¿Aún recuerdas los valores de nuestra familia?
—Sí, lo recuerdo.
Asumir los errores cuando te equivocas.
No hay nada más grande que saber rectificar.
—Eso es lo que me gusta oír.
Llegó la hora de comer.
Elizabeth se sentó a la mesa, recorriendo los platos con la mirada; todos eran sus favoritos.
Un extraño destello cruzó su expresión cuando su vista se desvió hacia el asiento vacío de Adam.
En su vida pasada, después de que la arrastraran de vuelta, las cosas se salieron de control.
Había apuñalado a Alexander y lo había mandado al hospital.
Él estuvo inconsciente durante un tiempo y Hannah arremetió con dureza contra su familia.
Las represalias fueron brutales.
Su hermano, Adam, se había visto envuelto en el lío.
Los nervios de su mano quedaron dañados; nunca más podría volver a tocar el piano.
Pero en esta vida, nada de eso había sucedido.
—¿En qué piensas, Lizzy?
La repentina pregunta de su madre la trajo de vuelta a la realidad.
—Mamá, ¿cuándo llega Adam a casa?
—Ya lo he llamado.
Ha dicho que está de camino.
Justo cuando terminó de hablar, resonó el sonido de la puerta principal al abrirse.
Elizabeth se puso de pie de un salto, con los ojos iluminados.
—¡Adam, has vuelto!
Los labios de Adam se curvaron en una cálida sonrisa, su mirada era suave e indulgente.
—¿Por fin te decidiste a volver, eh?
Ha costado bastante convencerte.
—Extendió la mano y le alborotó el pelo.
Elizabeth le dio un manotazo en la mano haciendo un puchero.
—Vamos, que ya estoy casada.
¿Y eso de las palmaditas en la cabeza?
Me estropeas el peinado.
—¿Qué pasa, ahora eres demasiado mayor para un poco de cariño?
No importa cuánto crezcas, siempre serás mi hermanita.
Sus ojos se pusieron un poco vidriosos, su sonrisa temblorosa.
Rápidamente, apartó la silla a su lado.
—Siéntate aquí, Adam.
Adam bromeó con un resoplido: —Tsk.
Sabía que no había sido en vano consentirte tanto.
Sus bromas juguetonas hicieron sonreír a Donna y Albert en la cabecera de la mesa.
El acogedor ambiente familiar…
hizo que Victoria bajara la cabeza.
Elizabeth captó el movimiento por el rabillo del ojo y se burló para sus adentros.
—Papá, mamá, Adam, a comer.
—Me alegro de que nunca hayamos dejado de mimarte.
Victoria apretó el tenedor con fuerza, y luego se obligó a seguirles el juego —igual que Elizabeth—, sonriendo mientras ayudaba a pasar los platos a Donna, Albert y Adam.
Todos le dieron las gracias, pero la sonrisa en su rostro era forzada y estaba a punto de quebrarse.
Elizabeth alzó la vista y, con un alegre «aún no has comido nada», se estiró con la pala de servir para poner un poco del pastel de carne en el plato de Victoria.
Pero justo cuando se inclinó, la pala se ladeó, y un trozo de pastel de carne humeante, chorreando salsa, aterrizó justo en el vestido blanco de Victoria.
Victoria se puso de pie de un salto, su silla chirriando al arrastrarse hacia atrás, con el rostro oscuro como una tormenta.
—¡Elizabeth!
¡Lo hiciste a propósito, ¿verdad?!
Su voz sonó aguda y amarga, y su expresión retorcida quedó a la vista de todos.
Elizabeth se quedó paralizada a medio movimiento, con los ojos muy abiertos.
—Solo vi que estabas ahí sentada, sin comer mucho…
Solo quería ayudar, no fue mi intención…
Su voz se quebró y las lágrimas se deslizaron silenciosamente por sus mejillas.
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