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Renacida: Mímame esta vez - Capítulo 126

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126: Capítulo 126: El email anónimo 126: Capítulo 126: El email anónimo Al otro lado de la llamada, lo que sea que le dijeran hizo que la mirada de Alexander se suavizara, y un cariño discreto brilló en sus ojos.

—De acuerdo, espérame.

Tras colgar, Alexander miró la pantalla de su teléfono, que estaba vacía.

Aquella frase no dejaba de resonar en su mente: «Peligro si regresas».

Frunció el ceño aún más mientras la tensión se apoderaba de él.

El correo electrónico había desaparecido al instante.

¿Quién lo había enviado y por qué?

Peter, al notar la extraña expresión en el rostro de su jefe, dijo con cautela: —Señor Blake, ¿sucede algo?

Alexander le contó lo del correo electrónico.

—¿Alguien le advierte que no regrese?

¿Como si fuera peligroso?

Alexander se reclinó con los ojos cerrados, pero seguía con el ceño firmemente fruncido.

Desde que Elizabeth casi fue apuñalada, todo parecía parte de un gran montaje.

Había rastreado la misión que KT aceptó.

Luego se fue al extranjero y, antes de que pudiera actuar, eliminaron a KT.

Ahora habían puesto precio a su propia cabeza.

Ya no parecía algo aleatorio, se sentía personal.

¿Podría ser que la persona detrás de aquel antiguo caso de envenenamiento estuviera de vuelta?

De vuelta en la finca.

En cuanto Alexander bajó del coche, vio a la pequeña figura y a Anna Brown entrenando en el patio.

Era la primera vez que veía a Elizabeth en acción, y era sorprendentemente hábil.

Sus movimientos eran precisos, casi de manual, y solo un par de segundos más lentos que los de la bien entrenada Anna.

Eso no era algo que se improvisara de la noche a la mañana.

Ese tipo de habilidad tenía que haberse forjado durante años.

Se quedó de pie junto a la puerta del coche, un poco atónito.

Debió de mirarla con demasiada intensidad, porque Elizabeth sintió su mirada y se giró en su dirección.

En ese momento de distracción, no esquivó el puñetazo que le lanzaba Anna.

—¡Elizabeth!

El pánico tiñó la voz de Alexander mientras salía disparado hacia ella.

Apenas había dado dos pasos cuando alguien gritó: —¡Señor Blake, cuidado!

Una figura se interpuso delante de él…

y se desplomó.

Elizabeth se quedó paralizada un instante, con los ojos muy abiertos, y luego corrió también hacia allí.

—¡Tras ellos!

—ladró Alexander.

Jackson no dudó y, junto a unos cuantos hombres, salió corriendo hacia las puertas.

Peter se adelantó y tomó a la chica en brazos.

—La llevaré al hospital, señor.

La finca era un caos total.

Elizabeth corrió hacia Alexander y le agarró del brazo.

—¿Qué demonios está pasando?

—Tú quédate aquí.

Yo voy al hospital.

Ella le sujetó la mano.

—Voy contigo.

En la entrada de urgencias del hospital…

Peter se acercó rápidamente a ellos.

—Señor Blake, señora Blake, ya han llegado.

—¿Cómo está?

—Todavía está en el quirófano.

Elizabeth miraba nerviosa la luz roja sobre la puerta de urgencias, con el ceño fruncido por la preocupación.

Aproximadamente media hora después…

El médico salió.

—La operación ha ido bien.

No ha afectado a ningún órgano vital.

La hemos trasladado a una habitación normal.

Esta noche la mantendremos en observación por si hay signos de infección.

—Gracias, doctor —respondió Elizabeth de inmediato.

Alexander, por otro lado, tenía una expresión sombría y no había dicho ni una palabra desde que llegó.

Estaba sentado en silencio en el pasillo, inmóvil.

Elizabeth se sentó a su lado y le tomó la mano con delicadeza.

—Va a estar bien.

Él parpadeó lentamente y luego se giró para mirarla.

—Hoy he recibido un correo.

Solo decía: «Peligro si regresas».

Nada más.

—¿Qué crees que significa?

—preguntó ella.

Él negó con la cabeza.

—Todavía no estoy seguro.

Pero ha sido volver a la finca y ha pasado esto.

Si no fuera por Sophia…, esa bala me habría dado a mí.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿No te parece demasiada coincidencia?

—El mensaje implícito no podía ser más claro, y el aire pareció congelarse por un momento.

…

Dentro de la habitación del hospital.

Alexander estaba hundido en el sofá, con los dedos volando sobre el portátil de Paul Green.

El tecleo llenaba la habitación, rápido e impaciente.

El tiempo pasó.

Con un bufido de frustración, Alexander golpeó el teclado.

Elizabeth se acercó y echó un vistazo a la pantalla llena de código con cara de desconcierto.

—Eh…, ¿qué intentas hacer?

Alexander levantó la vista hacia ella.

—Este era el portátil de Paul Green.

Lo usó para hablar y negociar con el tipo que puso precio a mi cabeza.

El problema es que no puedo rastrear su ubicación.

Al ver su evidente irritación, Elizabeth pensó un segundo antes de decir: —¿Quieres que lo intente yo?

Alexander parpadeó, claramente sorprendido.

—¿Sabes hacer esto?

Elizabeth sonrió con timidez.

—La verdad es que se me dan bastante bien los ordenadores.

Merece la pena intentarlo, ¿no?

Sin decir nada más, Alexander le acercó el portátil.

Elizabeth revisó los mensajes de la pantalla, mientras sus delgados dedos danzaban con fluidez sobre el teclado.

Unos cinco minutos después, encontró la ubicación de la recompensa.

Aurelia.

Alexander se quedó mirando el punto en el mapa, mudo de asombro.

Tras una pausa, murmuró: —¿Cuántas sorpresas me has estado ocultando?

Elizabeth sacó la lengua en un gesto juguetón.

—Siempre se me han dado bien este tipo de cosas, solo que nunca había tenido un motivo para usar estas habilidades.

En sus dos vidas, aparte de aquella vez que ayudó a Alexander a localizar a Olivia, sus habilidades no le habían sido realmente útiles.

Alexander extendió la mano y le sujetó la suya.

—No sabía que mi esposa era un genio de la tecnología.

Justo cuando esas palabras salían de su boca, la chica en la cama del hospital se despertó.

Elizabeth ya sabía su nombre: Sophia White.

Al principio, había pensado que la chica parecía inocente.

¿Pero ahora?

Ya no tanto.

Elizabeth se levantó, se acercó a la cama de Sophia y le sirvió un vaso de agua.

—Ya estás despierta.

Los ojos de Sophia se desviaron instintivamente hacia el hombre del sofá.

Cuando vio que él ni siquiera la miraba, un atisbo de decepción cruzó su rostro.

Elizabeth captó esa mirada, pero no dejó traslucir nada.

—Sophia, toma, bebe un poco de agua primero.

Saliendo de su ensimismamiento, Sophia tomó un sorbo con la ayuda de Elizabeth.

Cuando le devolvía el vaso, de algún modo se le resbaló y cayó al suelo con un golpe sordo, salpicando la ropa de Elizabeth con su contenido.

—¡Oh, no, lo siento mucho, señora Blake!

¡No ha sido mi intención!

—se disculpó Sophia rápidamente.

Elizabeth miró con calma su ropa mojada, respiró hondo y dijo: —No pasa nada.

Voy a limpiarme.

Mientras se daba la vuelta, Sophia volvió a lanzar una mirada furtiva a Alexander.

Él ya se había acercado y, al ver la ropa húmeda de ella, frunció el ceño de inmediato.

Sin pensarlo, se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros.

—Hace frío.

Quédate con esto puesto.

Incluso se la ajustó con delicadeza, sin dirigir ni una sola mirada a la cama del hospital.

Elizabeth no giró la cabeza, pero podía sentir esa mirada ardiente a su espalda.

—Vuelvo en un segundo —dijo, dirigiéndose al baño.

Justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, Sophia habló de repente.

—Señor Blake, he oído que va a llevar a la Alianza al país Z.

¿Podría…

ir con ustedes?

Elizabeth se quedó paralizada, con la mano en la puerta.

Esa mirada que usaba Sophia, llena de esperanza y anhelo, le resultaba demasiado familiar.

Era la misma mirada que ella solía dedicarle a Michael Reed.

Una jovencita le había echado el ojo a su hombre.

Los labios de Elizabeth se curvaron en una sonrisa sutil y de entendimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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