Renacida: Mímame esta vez - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 Capítulo 53 Bar Crepúsculo – Parte 2
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53: Capítulo 53: Bar Crepúsculo – Parte 2 53: Capítulo 53: Bar Crepúsculo – Parte 2 Elizabeth subió al escenario y el taconeo de sus zapatos resonó en el suelo.
El bar entero guardó silencio, el foco iluminó tanto a ella como a su oponente, haciendo que la multitud contuviera el aliento colectivamente.
La imponente presencia que irradiaban aquellas dos mujeres era irreal.
Elizabeth se ató el bajo de la camisa con despreocupación y luego alzó la vista hacia la mujer que tenía enfrente: Rosa Roja.
Por alguna razón, cuando sus miradas se cruzaron, la de ella le transmitió a Elizabeth una extraña sensación de familiaridad.
Ninguna apartó la mirada.
La música empezó.
Sus movimientos seguían el ritmo: a veces rápido, a veces lento.
Bruscos en un segundo, fluidos al siguiente.
Bailaron rumba, chachachá, jazz y pole dance como profesionales.
Elizabeth se movía con la seguridad de alguien que había nacido para estar en ese escenario: elegante pero feroz.
El tiempo que había pasado aprendiendo artes marciales en su vida anterior le daba una ventaja: los movimientos eran técnicamente difíciles, pero parecían seductores y sin esfuerzo.
Su presencia se adueñaba de la barra, sus expresiones atraían todas las miradas de la sala.
Por un segundo, Rosa Roja se quedó paralizada.
Solo un parpadeo, pero fue suficiente para estropear su ritmo.
Titubeó, y sus pasos perdieron la sincronía.
Para cuando intentó recuperar el ritmo, Elizabeth ya le llevaba varios pasos de ventaja.
La música se detuvo bruscamente, dejando un silencio denso y expectante.
Entonces…
un aplauso.
Uno, dos, y luego una oleada de aplausos inundó la sala.
«¿Quién es ella?
Ha sido una locura».
La gente susurraba, con todos los ojos puestos en Elizabeth.
Lanzó una mirada de reojo a Rosa Roja.
—Gracias por el duelo —dijo sin más, y bajó del escenario sin decir otra palabra.
Emily corrió hacia ella, con los ojos brillantes de admiración.
—¡Liz!
¡Eso ha sido alucinante!
Sabía que sabías bailar, pero ¿esto?
¡Esto ha sido otro nivel!
A partir de ahora, considérame tu fan número uno.
Elizabeth apenas reaccionó.
En su mesa, cogió la chaqueta, se la puso y se dirigió a la salida.
Emily parpadeó.
—¿Espera, ya nos vamos?
—No estoy de humor.
Apenas habían dado dos pasos cuando unos tipos se acercaron con aire fanfarrón, bloqueándoles el paso.
A juzgar por sus sonrisas arrogantes y su forma de moverse, estaba claro que no venían a hacer amigos.
El que iba delante aparentaba unos treinta años y llevaba el pelo teñido de siete colores ridículos, como un arcoíris humano.
Una enorme cadena de oro le colgaba del cuello como una correa; hortera a más no poder.
Alguien cercano murmuró por lo bajo: «¿No es ese Isaac?
¿El que ha estado sembrando el caos últimamente?».
«¡Sí!
Ni siquiera lo vi entrar.
Quizá apareció durante el baile y se le ocurrieron ideas peregrinas».
«Pobre chica, ahora está en problemas».
La gente empezó a susurrar, lanzando miradas compasivas hacia Elizabeth y Emily.
Pero ni uno solo dio un paso al frente.
A nadie le gustaba meterse en líos.
Elizabeth entrecerró los ojos hacia el hombre que tenía delante.
Frunció el ceño y su mirada, normalmente serena, se volvió gélida.
Puso a Emily detrás de ella y dijo con frialdad: —¿Qué queréis?
—Eh, preciosa.
¿Tu baile de ahora?
Me ha dejado alucinado.
Haz otro, solo para mí —dijo con una sonrisa lasciva.
El rostro de Elizabeth se ensombreció.
—¿Ah, sí?
¿Y si digo que no?
—Su tono era displicente, casi indiferente, aunque sus ojos decían otra cosa.
El hombre se puso rígido, claramente sin esperarse eso.
—¿Perdona?
¿No?
¡¿Tienes idea de quién soy?!
—Nop.
Y no me importa.
Aparta.
—La voz de Elizabeth era cortante y llena de fastidio.
Solo quería irse.
—¿Que no lo sabes?
Bueno, déjame que te ilumine.
Chicos, coged a la señorita.
En cuanto habló, los tipos que estaban detrás de Isaac empezaron a caminar hacia Elizabeth.
—Preciosa, ven con nosotros tranquilamente.
Te ahorrarás el dolor.
Si sales herida, no vengas a lloriquearnos.
Uno de ellos alargó la mano para agarrarle la muñeca, pero antes de que pudiera tocarla, soltó un chillido, agarrándose los dedos y saltando hacia atrás.
—¡Ay!
¡Maldita sea, duele como el infierno!
Nadie vio cómo se movió Elizabeth, pero al ver a su colega chillar de esa manera, los otros gritaron: —¡Todos a por ella!
Elizabeth empujó a Emily detrás de ella y le dio una patada a uno de los tipos directo en la rodilla.
El hombre cayó al suelo, quejándose.
Sin perder el ritmo, le golpeó el pecho con otra patada, giró sobre sí misma y le atizó a otro en la cara con una patada circular perfecta.
Ese tipo dio dos vueltas sobre sí mismo antes de chocar contra uno de los suyos.
Y así, sin más, tres matones estaban en el suelo en cuestión de segundos.
Isaac contempló el desastre, con el rostro ensombrecido.
—Señorita, ahora sí que has captado mi atención.
¿Que no vienes conmigo esta noche?
Entonces yo no soy Isaac.
Se abalanzó sobre ella, pero Elizabeth lo esquivó fácilmente haciéndose a un lado.
Estaba claro que Isaac estaba muy por encima de sus hombres.
Elizabeth, después de todo, seguía en desventaja física.
No se había esperado que estuviera entrenado como un profesional; desde luego, no era alguien a quien pudiera subestimar.
Tras unos cuantos asaltos, era obvio que le estaba costando.
De repente, un hombre intervino, lanzando una potente patada al pecho de Isaac que lo mandó de bruces al suelo.
Andrew se plantó delante de Elizabeth, con la mirada fría clavada en el matón.
—¿Isaac, poniéndole una mano encima a la mujer del señor Blake?
¿Acaso quieres morir?
Isaac, que intentaba levantarse, se quedó helado.
Levantó la vista, atónito.
—¿Espera…, la mujer del señor Blake?
—¿Crees que me metería sin motivo?
Isaac se levantó de un salto e hizo una reverencia a Elizabeth.
—Lo siento muchísimo.
No sabía que era usted del señor Blake.
Por favor, perdóneme.
¡No volveré a cometer el mismo error!
Luego salió disparado del local, arrastrando a su equipo de heridos tras de sí.
Justo en ese momento, el dueño del bar entró corriendo.
—Lo siento muchísimo, a los dos.
He llegado tarde.
Espero que no se hayan asustado demasiado.
Andrew le lanzó una mirada de reojo.
—¿Para qué está vuestra seguridad?
¿Acosan a dos chicas en vuestro bar y nadie interviene?
—¡Mis disculpas!
Reorganizaré todo el sistema de seguridad.
Esto no volverá a ocurrir.
Volviéndose hacia Elizabeth, Andrew preguntó: —¿Está bien, señora?
—Estoy bien —respondió ella, dirigiéndose ya hacia la salida.
Emily la siguió al instante.
—Tía, ¿desde cuándo eres tan dura?
Bueno, sí.
En su vida pasada, había tenido que luchar contra los hombres de Alexander la mitad del tiempo solo para sobrevivir; ellos la habían entrenado mejor que cualquier clase de artes marciales.
Andrew acababa de salir y escuchó esa pregunta.
Se detuvo.
Antes, había oído a alguien en el salón del segundo piso hablar de una mujer en el primer piso que se enfrentaba a Rosa Roja en el escenario con unos pasos de baile demenciales.
No le había prestado mucha atención entonces, pero mientras bajaba y oyó el alboroto de abajo, la curiosidad pudo más que él, y la mujer resultó ser Elizabeth.
Sin embargo, lo que de verdad le sorprendió fue lo hábil que era.
Se dio cuenta en ese mismo instante de que la había subestimado gravemente.
Su mirada se posó en Elizabeth, esperando a que respondiera.
Pasaron unos segundos antes de que finalmente hablara, con voz tranquila y suave.
—Es solo algo que aprendí discretamente.
Nadie se dio cuenta.
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