Renacida para Gobernar: De Felpudo a Dinastía - Capítulo 468
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Capítulo 468: Capítulo 468
Dylan Han se detuvo un segundo con su hija en brazos.
—Mamá, ¿todavía estás aquí?
—Esta es mi casa, me iré cuando me apetezca. ¿Pero tú? Entrando y saliendo a tu antojo, ¿acaso crees que este lugar es un hotel? —espetó Lydia Ashford.
—He venido a ver a mi hija. ¿No es eso lo que siempre has querido?
Aquello dejó a Lydia momentáneamente sin palabras.
—Se quedará conmigo una temporada. Si la echas de menos, la traeré de visita.
Sin esperar respuesta, Dylan salió con la niña.
Lydia se levantó de un salto del sofá, furiosa, pero no dio ni un solo paso. Había vivido con orgullo toda su vida, ¿quién iba a pensar que su propio hijo la sacaría de sus casillas en su vejez?
De vuelta a la Finca Westgrove, la pequeña Aurora miraba con curiosidad por el coche. —Papá, ¿adónde vamos? He oído que los parques de atracciones de Yannburgh son mucho más grandes que los de casa.
Él le dio una suave palmadita en la cabeza. —Hoy es bastante tarde. ¿Qué tal si vamos la próxima vez… con Mami?
—¿Mami? —Los ojos de Aurora se iluminaron—. ¿Hablaste con Mami?
Ya tenía siete años. Aunque rara vez veía a su madre biológica, gracias a la ayuda de la Abuela, conseguía verla una vez al mes. Su mamá siempre era dulce con ella y nunca había dejado de querer a su papá; Aurora lo sabía.
Pero a su papá no le gustaba hablar de su mamá, así que ella tampoco sacaba el tema.
Como era de esperar, el rostro de Dylan se puso serio. —Me refería a alguien que vas a conocer pronto.
A Aurora se le encogió el corazón y su pequeño cuerpo se tensó. —¿Qué quieres decir con «alguien que voy a conocer»?
—Aurora, escucha. Cuando veas a la señora con la que te voy a llevar, la llamarás Mamá.
—…
La emoción desapareció del rostro de Aurora en segundos.
—De ninguna manera, Papá.
No podía llamar «Mamá» a otra mujer sin más.
Pero el tono de Dylan era firme, casi frío. —Tienes que hacerlo. Es amable y cariñosa. Sé que te caerá bien. Será una madre estupenda.
—Quiero a la Abuela.
—…
En ese momento, su papá le pareció un extraño. Su mirada era profunda e indescifrable, y eso la asustaba. Era como si, de llorar, algo terrible fuera a suceder.
Ese no era su papá.
Al caer la noche, la Finca Westgrove estaba inusualmente silenciosa.
Isabella Goodwin no había estado durmiendo bien. Sus sueños eran un revoltijo de imágenes: gente persiguiéndose, riendo, niños llorando y riendo a carcajadas, pero todos los rostros estaban borrosos.
Sentía que intentaba alcanzar algo que estaba fuera de su alcance.
Se despertó de golpe, como alguien que casi se hubiera ahogado, aferrándose a la manta y respirando con dificultad.
En el sueño había un hombre. Borroso. ¿Quizá con uniforme? El estruendo de un helicóptero de fondo.
Le había dicho: «Espérame».
Pero ¿quién era?
Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos.
Con voz ronca, preguntó: —¿Quién es?
—Soy yo —dijo Fiona Flynn mientras entraba con un plato de fruta troceada—. He oído que estabas despierta. Te has perdido la cena, así que te he traído esto para entretener el hambre.
—Gracias.
Isabella asintió y se levantó de la cama.
Últimamente, Fiona era la persona con la que más tiempo pasaba. Todo lo que sabía del mundo provenía de ella.
Ahora mismo, Fiona era la única persona en la que Isabella podía confiar. No lograba encontrarle ningún sentido a ese extraño sueño que acababa de tener.
—Fiona, ¿tú me conocías de antes?
Fiona negó con la cabeza. —No, solo te conocí por el experimento. Cuando te vi por primera vez, ya estabas en la mesa de operaciones.
—¿De verdad? —Isabella pareció un poco decepcionada.
—¿Qué pasa?
—No es nada. Tuve un sueño.
—¿Qué clase de sueño?
—En él, vi a alguien a quien sentía muy cercano… Un hombre con uniforme militar y una niña pequeña. Era diminuta y llevaba un pichi de cuadros. Ambos me miraban fijamente, pero no podía verles bien la cara.
—¿Un soldado? —Fiona frunció el ceño ligeramente.
No conocía la verdadera identidad de Isabella. Por curiosidad, había preguntado antes, pero el Profesor Quimby le había advertido que no lo hiciera.
—¿Quién crees que eran para ti?
Isabella pensó un segundo. —Alguien cercano. Muy cercano.
Un hombre y una niña. Si eran tan cercanos, probablemente eran su marido y su hija.
Fiona no quiso sacar conclusiones precipitadas, así que se limitó a decir: —¿Por qué no le preguntas al señor Han? ¿No es tu marido? Quizá sepa algo. Podrían ser solo buenos amigos.
—Vale —respondió Isabella, con aire distraído.
Algo en el sueño no parecía solo amistad. Más bien un vínculo profundo e íntimo, como de familia.
Justo en ese momento, la voz de una asistente llegó desde fuera de la habitación: —Fiona, el señor Han está aquí.
Fiona salió de su ensimismamiento y se levantó rápidamente.
En ese instante, Dylan Han entró, de la mano de una niña pequeña, de unos siete u ocho años.
—Señor Han, los dejo solos.
—De acuerdo.
Cuando Fiona se fue, Dylan llevó a la niña hasta Isabella.
Isabella miró a la niña con el rostro inexpresivo. Sí, era una niña, pero no se parecía en nada a la de su recuerdo.
—Esta es nuestra hija, Aurora. Aurora, saluda a Mami.
Aurora solía tener un carácter dócil, pero esta vez se mostró terca, con los labios apretados, negándose a decir una palabra.
Dylan empezó a impacientarse. —Aurora, ¿qué te acabo de decir?
Sus labios temblaron y entonces brotaron las lágrimas.
—Yo… ¡no puedo! ¡Buahhh…!
El llanto era intenso y desgarrador. Isabella, desconcertada, cogió rápidamente unos pañuelos de papel para secarle la cara. —Eh, eh, tranquila. Si no puedes decirlo, no te preocupes.
—¡No, no está bien! —espetó Dylan, dejando entrever su irritación—. Es tu madre. ¿Cómo puedes no saludarla? Aurora, esta es tu última oportunidad.
Aquellas palabras solo hicieron que Aurora llorara más fuerte.
Isabella no pudo seguir mirando. —Para. Es solo una niña. ¿Por qué se lo pones tan difícil? Dijiste que estuve inconsciente mucho tiempo, ¿verdad? Probablemente tú no pudiste verme durante ese tiempo, y mucho menos ella. Es normal que no me reconozca.
Habló con tanta naturalidad que Dylan finalmente respiró un poco más aliviado. Pero su mirada a su hija fue una clara advertencia.
Aurora seguía sollozando sin control.
Isabella no soportaba verla así. La atrajo suavemente hacia sus brazos y le susurró: —Ya, ya, no llores más. Papá no quería asustarte, solo está un poco ansioso, eso es todo. No lo ha dicho de buenas maneras, pero no tenía mala intención.
Poco a poco, Aurora se fue calmando, y entre hipidos, musitó: —Lo… lo siento…
—No tienes nada que lamentar —dijo Isabella, secándole las lágrimas—, pero si sigues llorando, tu carita bonita se va a estropear. Parecerás un pequeño panda.
—…
Dylan observó la escena, a Isabella calmando a su hija con tanto esmero, y la tormenta en su pecho se fue disipando lentamente.
Sí, esto era lo que él quería.
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