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Renaciendo como el bastardo del señor del fuego - Capítulo 13

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  3. Capítulo 13 - 13 Volumen 4 El salvador que nadie pidió
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13: Volumen 4: El salvador que nadie pidió.

Capitulo 2: El Plan de Cuatro Días 13: Volumen 4: El salvador que nadie pidió.

Capitulo 2: El Plan de Cuatro Días “Cuatro Días de Ventaja” La noche anterior a su llegada a la Isla Kyoshi, el barco surcaba un océano calmo, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento.

Ren se encontraba en la cubierta superior, de espaldas al grupo, mirando la oscuridad.

No el mar… la oscuridad.

La suya.

La del mundo.

La que sabía cómo moldear.

Azula fue la primera en acercarse, silenciosa pero expectante.

Ty Lee se movió detrás de ella, más calmada que en días previos, pero todavía ligeramente inquieta ante la tensión en el grupo.

Mai y Suri se quedaron a cierta distancia, observando.

Ren habló sin voltearse.

—Mañana por la tarde deberíamos estar viendo la costa sur de la isla.

Azula asintió.

—Estaremos listas.

Ren finalmente giró, sus ojos atrapando la luz tenue de las linternas del barco.

—No.

Aún no lo estamos.

Porque llegar mañana arruinaría el plan.

Azula frunció el ceño.

—¿Qué plan?

Ren señaló el horizonte.

Una fina línea negra donde el cielo y el mar se besaban.

—La Isla Kyoshi no es solo tierra.

Es un símbolo.

Un refugio independiente.

Orgulloso.

Y lo más importante… profundamente influenciable por el miedo.

Ty Lee abrió los ojos.

—¿Miedo?

Ren se acercó a ella, apoyando una mano ligera sobre su hombro.

Su toque fue tan suave que la chica se quedó inmóvil, como si temiera romper el momento.

—La gente que teme es la gente más fácil de moldear, Ty Lee.

Mai cruzó los brazos.

—¿Quieres invadir la isla antes de tiempo?

—No —corrigió Ren—.

Quiero infiltrarme.

Solo yo.

El silencio se tensó como una cuerda.

Azula lo miró fijamente, con una mezcla de respeto y esa dependencia latente que Ren había cultivado.

—¿Qué harías allí solo durante cuatro días?

Ren sonrió de lado.

Lenta, peligrosamente.

—Lo que mejor hago: plantar ideas.

Ideas que se propaguen como virus.

Ideas que conviertan a los habitantes en piezas útiles.

Suri dio un paso adelante.

—¿Cómo pensarías manipularlos sin ser descubierto?

Ren la miró con malicia contenida.

—Una máscara, una capa, una historia cuidadosamente construida.

Un enemigo en común.

Una amenaza que los haga confiar en mí.

En su “salvador”.

—Hizo un gesto con los dedos, como si dispersara humo—.

Después de eso, cualquier palabra que diga tendrá peso.

Incluso mentiras obvias.

Azula sonrió.

Era una sonrisa fría, afilada, orgullosa.

—Manipular a toda una población… Me gusta cómo suena.

Ren se acercó a ella, lo bastante para que solo la princesa escuchara el siguiente susurro: —Y es solo el primer paso.

El verdadero objetivo… es el equipo del Avatar.

Azula respiró más lento, su mirada iluminándose con expectación oscura.

—Explica.

Ren se separó un poco, para que la conversación volviera a ser grupal.

—Los grupos unidos emocionalmente pueden quebrarse si se controlan los elementos correctos: el miedo… la duda… la compasión equivocada.

Suri entrecerró los ojos.

—Planeas llegar antes para preparar el terreno y usarlos como peones en nuestro encuentro con el Avatar.

Ren asintió.

—Exactamente.

Si los habitantes creen en mí antes de que lleguen nuestros objetivos… si ya tienen mi historia en la cabeza… si ya temen lo que yo diga que deben temer… entonces sus reacciones ante el Avatar serán… predecibles.

Manipulables.

Útiles.

Ty Lee tragó saliva.

—¿No es peligroso?

Ren la tocó suavemente en el mentón, levantando su rostro hacia él.

—Todo riesgo puede ser controlado… con la preparación adecuada.

Ty Lee se sonrojó ligeramente y asintió, volviendo a su posición.

Mai observó todo en silencio, y Ren volvió su mirada hacia ella.

—Tú, Mai, sabrás si algo empieza a fallar.

Confío en tu juicio para detectar fracturas antes de que se vuelvan un problema.

Mai bajó los ojos solo un instante.

Ese reconocimiento le importaba más de lo que quería admitir.

Ren retomó el tono principal.

—Hoy, antes de que el sol salga, abandonaré el barco en un bote pequeño.

Llegaré a la isla de noche, escondido, sin llamar la atención.

En cuatro días, todo lo que diga se convertirá en verdad allí.

Azula exhaló un susurro casi reverencial.

—¿Y qué hacemos nosotras?

Ren la miró profundamente.

—Esperar mi señal.

Cuando pise de nuevo este barco, la isla entera estará lista para recibirnos… y el destino del Avatar habrá comenzado a inclinarse a nuestro favor.

Las linternas se apagaron con el viento.

Y en la oscuridad, los ojos de Ren brillaron como dos brasas blancas.

La noche anterior a su llegada anticipada a Kyoshi cayó como un velo denso sobre el campamento.

Las brasas agonizaban dentro del pequeño círculo de piedras; apenas quedaba un resplandor rojizo que iluminaba el rostro serio de Ren.

Mai dormía con un cuchillo bajo la almohada, Ty Lee respiraba con inquietud aunque sonriera incluso en sueños, y Azula… Azula mantenía los ojos cerrados, pero su cuerpo seguía rígido, disciplinado, contenida por una calma que no le pertenecía.

Ren permanecía sentado sin moverse, la espalda recta, la mirada fija en el fuego muriendo.

Respiraba hondo, como si cada inhalación cargara un propósito distinto.

Entonces, un segundo ritmo respiratorio comenzó.

Uno que no venía de su pecho… sino dentro de él.

Las sombras se alargaron.

El aire tembló.

Y el cuerpo de Ren, con una precisión que era casi antinatural, comenzó a separarse de sí mismo.

Primero surgió una silueta suave, elegante, como una pintura de tinta desprendiéndose del original.

El humo tomó forma.

La forma tomó piel.

Ren Yin.

Su piel era pálida y lisa, hermosa como porcelana.

El cabello negro era tan pulcro que parecía un lienzo recién cepillado.

Sus ojos ámbar emitían una calidez ardiente reprimida bajo una expresión distante.

Cuando abrió los ojos por completo, el aire alrededor del campamento subió unos grados.

Una fina llamarada azul envolvió su mano con gracia impecable… y se disipó.

Pero al intentar ponerse de pie, tuvo que apoyarse en el tronco cercano.

Su cuerpo temblaba, frágil como si cada músculo fuera un cristal demasiado fino.

Con todo, habló con una serenidad afilada: —Finalmente… estoy completo en este estado.

—Su voz era suave, pero había firmeza detrás—.

Aunque este cuerpo no soporta mucho esfuerzo.

Del otro lado de Ren surgió una explosión contraria: en lugar de humo elegante, un desprendimiento abrupto, como una sombra robusta arrancándose del cuerpo original.

Ren Yang.

Cabello blanco revuelto, casi plateado bajo la luna.

Ojos negros, brillantes de picardía y alegría agresiva.

Sonrió con amplitud… y sin aviso, dio un salto hacia atrás que fracturó el suelo bajo sus talones.

—¡Uaaah!

—exclamó riéndose—.

Yo extrañaba esto.

¡Así es mucho más divertido!

Su presencia era impulsiva, energética, desordenada… pero cada movimiento llevaba una precisión fría.

Podía levantar un tronco pesado como si fuera una rama seca.

Yin lo miró con un juicio silencioso.

—No hagas ruido.

Los otros podrían despertar.

Yang giró la cabeza como un niño travieso.

—¿Y qué si despiertan?

No pueden hacer nada.

Además… —dio otro salto, rápido como una flecha— …sin fuego control estoy obligado a ser creativo.

Y tú… —se acercó a Yin con una sonrisa ladeada— …te quedarás sin respiración después de dos pasos si no tienes cuidado.

Yin no reaccionó al comentario.

Simplemente mantuvo su postura firme.

—Mi control del fuego es necesario para mantener a Azula… equilibrada.

Y para manejar a Mai y Ty Lee sin llamar la atención.

—Una ligera llama azul giró sobre sus dedos como un susurro—.

Puedo mantener su confianza.

Puedo manejar sus emociones.

Con delicadeza.

Yang se rió bajito.

—Traducción: tú eres el suspiro suave que hace que bajen la guardia.

Y yo soy la piedra que se les estrella encima cuando ya confían demasiado.

Yin desvió la mirada hacia el campamento.

—Debes infiltrarte entre los demás.

El Equipo Avatar.

Son emocionalmente… permeables.

Especialmente Aang.

Él será tu vía de entrada.

Yang abrió los brazos dramáticamente.

—¡No puedo esperar para conocerlos!

Seguro creerán que soy un torpe adorable.

Y cuando menos lo esperen… Sus ojos brillaron con una frialdad que no combinaba con su sonrisa amplia.

—…ya estarán bailando al ritmo que yo quiera.

Yin suspiró, cansado por el simple acto de sostenerse.

—Recuerda: yo no puedo resistir enfrentamientos directos.

Si ocurre algo, actúa tú.

Yo manipularé desde adentro.

Sin fricciones.

Sin sospechas.

Yang chasqueó la lengua.

—Tú eres la seda.

Yo soy el acero.

El fuego terminó por apagarse.

La luna iluminó por un instante a ambas mitades.

Dos Ren.

Ambos incompletos.

Ambos peligrosos.

Ambos perfectamente diseñados para un mundo que estaba a punto de no tener escapatoria.

Y así, sin hacer ruido, cada uno tomó su camino.

Yin, hacia la tienda de Azula… Yang, hacia el bosque, en dirección al rastro del Avatar… La verdadera historia apenas estaba comenzando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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