Resiliencia - Capítulo 44
- Inicio
- Todas las novelas
- Resiliencia
- Capítulo 44 - 44 Cápitulo 44 Una sonrisa un tesoro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
44: Cápitulo 44: Una sonrisa, un tesoro 44: Cápitulo 44: Una sonrisa, un tesoro Soñé con mi familia.
Estábamos todos contentos, nos bañábamos en una termales.
Nunca he ido, pero me encantaría.
También apareció una chica, se las presentaba.
Esmeralda estaba hablando con ella.
Mientras que yo con mi hermano hablábamos.
—Que suerte tenemos.
Fue lo último que recuerdo.
Ni siquiera sabía quién era la chica.
Pensaba que era cercana, pero se sentía diferente.
Era como si no la reconociera, tampoco lograba ver su cara.
Desperté con lágrimas, con sed y con una pesadez de cabeza.
Alguien me despertó sin querer.
Era Linna.
Estaba en la misma cama que yo.
¿Qué hace ella acá?
Se acomodó y me abrazó.
Buscando respuestas note que no era ella.
Se parecía demasiado, pero está claro que no lo era, era mayor.
Acostada sobre mí, estaba la chica que se llamaba Isadora.
De igual manera, la duda continuaba ¿Qué hace acá?
¿¡Y Melaine!?
¡Mierda!
Traté de moverme para buscar respuestas.
Ella me sintió, se volvió a acomodar en mí, impidiéndome el paso se despertó para verme.
Su mirada era pura.
Por un instante me hizo perder la resaca.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Dime —dijo volviendo a cerrar los ojos.
—¿Qué hicimos?
—Nada.
—¿Nada?
Antes de contestar refregó su cuerpo contra el mío, su piel se sentía abrigada.
—Te dormiste antes.
—¿Ósea que no hicimos absolutamente nada?
—Nos besamos, pero no pasó a más.
—Ya veo —me relajé.
Era extraño, no la sentí incomoda, el apego corporal solo me dificultaba querer salir—.
¿Por qué estoy sin polera?
—Te la sacaste cuando me arrinconaste en la puerta y te acostaste así.
—Hm… —tenía mis dudas, aun así, ella era la única testigo.
De momento solo podía creerle.
Me intenté levantar por segunda vez.
En realidad, quería quedarme acostado.
La culpa me consumía.
Ella era en extremo, linda; peligrosamente atractiva.
Solo usaba una polera y su ropa interior.
Debajo no vestía nada o eso alcance ver cuando levanté las sábanas para salir.
Ella se recostó usando todo el espacio de la cama.
Al parecer quería seguir durmiendo.
Se fijo en mí cuando buscaba mi polera.
—¿Por qué tienes tantas cicatrices?
—Son de la caída de la moto.
—La mayoría, no todas —logró notar.
No le mencioné de donde provenían.
Busqué mi polera.
La encontré en el piso.
Me vestí con ella.
Cuando levanté la vista vi que algo se movió en el sillón.
Por un instante mi sistema nervioso se detuvo.
Luego, lo reconocí.
—¿Valentino?
—pregunté.
Se volteo sin muchas ganas.
—Buenos días —respondió casi por obligación mientras seguía usando su celular.
—¿Estuviste ahí todo el tiempo?
—Desde antes de que llegaran ustedes dos.
—¿Viste todo?
—Puede ser —¿Qué hicimos?
—Qué no hicieron.
—¿En serio?
—Es broma Seguramente en su mente se estaba riendo, aun así, su expresión no mostraba nada.
—Estaban enrollándose cuando entró Melaine.
Entonces tú te pusiste a llorar, te acostaste y te quedaste dormido.
Sentí una vergüenza.
—¿No dormiste?
—intenté cambiar.
—Lo hice, acá mismo.
Si es que hicieron algo luego de que me durmiera no supe nada.
—Pervertido —arrojó la chica desde la cama.
Apenas se le entendió, tenía la cara contra la almohada.
—¿Cómo?
—volví con Valentino.
—Es broma, no creo que haya pasado algo después.
Seguía estando serio, pero se sentía un excéntrico humor en sus palabras.
Me giré a buscar mi celular.
Si bien podía pedirle la hora a Valentino, prefería verla por mí mismo, para comprenderla.
Eran las 11:39 A.M.
Solo entendí que quedaba poco para las 12:00 A.M.
Debajo de la hora, una llamada perdida.
Una llamada perdida… Más bien eran… ¿¡55!?
Cincuenta y cinco llamadas perdidas.
De Esmeralda.
Doce a las ocho de la mañana, otras veintiuna una hora después, media hora más tarde nueve llamadas y desde las once trece llamadas más.
La última hace diez minutos.
Sentí una punzada.
Como si una mano me apretara los órganos y me quitara la respiración.
Sentí frío en toda la espalda.
El temor a lo que podían significar esas llamadas incrementaba con cada segundo.
Eran demasiadas.
La llamé de vuelta.
Mis sentidos se volvieron demasiado tensos.
Me hallo asustado.
El celular al otro lado sonó por primera vez.
No alcanzó al segundo cuando alguien en el otro lado contestó.
—“¡Absalon!
¡Absalon!” —“¿Esmeralda?” —contesté apenas.
—“Sí eres tú.
¿¡Estás bien!?
¿¡Dónde estás!?
Por favor dime que te encuentras bien.” Las quebradas y desesperadas palabras de Esmeralda me estremecieron.
¿Qué le sucedía?
—“Sí, estoy bien.
¿Qué sucedió?” —“Gracias.
Gracias.” Su voz estaba alterada, preocupada en exceso.
—“¿Qué sucedió?” —“¿¡Dónde estás!?” —“En la casa de una amiga.” —“¿¡Por qué no me avisaste!?” No podía verla.
Estaba seguro que detrás del teléfono las lágrimas de Esmeralda afloraron.
—“Lo olvidé” —contesté avergonzado por tal ineptitud.
—“¿¡Cómo se te pudo olvidar!?
¿¡No vez que me tienes preocupada!?” —notaba un nudo en su garganta.
—“Lo siento.” —“¡No importa!
Ya no importa.” —“De verdad lo siento.” —“¿Estás bien verdad?
¿No te sucedió nada?” —“Sí.
Estoy bien.” —“Bien, bien.
Me alegro.
Realmente me alegro.” Pude escuchar cómo se secaba las lágrimas.
—“¿Sucedió algo malo?” —me atreví a preguntar al ver que su preocupación pasó un umbral.
—“Algo así.” —“¿Qué pasó?” —“El departamento… Está destruido.” No pensé nada, solo supuse lo peor.
—“¿Cómo?” —quería asegurarme de que escuché bien.
—“Está hecho un desastre por todos lados.” —“No entiendo.
¿Y tú?
¿Estas bien?” —“Sí, no hay problema conmigo.
Trabajé un turno extra, así que llegué recién.” —“Pero, ¿y que sucedió con el departamento?” Me estaba desesperando por saberlo todo.
¿Nos robaron?
¿En un departamento?
—“Esta todo destruido.
Las mesas, los sillones, los televisores, los muebles, los vasos, todo, esta todo revuelto en el piso.
Esta absolutamente destruido.” Me quedé en silencio.
¿Un robo?
No.
Podía imaginar que podía ser, sin embargo, ¿eso en realidad es así?
¿Es posible que sea por nuestra situación?
¿Quién lo hizo?
¿Quienes?
La respuesta debería ser tan obvia que la quiero omitir.
Quiero convencerme de que fueron otro tipo de personas.
¿Bajo qué razón lo iban a hacer?
¿Cuál era el fin de destruir todo un departamento?
—“Había un mensaje.” —terminó diciendo Esmeralda ante mi silencio.
—“¿Qué decía?” —“Podemos llegar a cualquier lugar.” ¿Por qué me cuesta tanto respirar?
Estaba con dolor de cabeza y me estaba mareando.
Sentí ganas de regurgitar lo bebido anoche.
La chica y Valentino, se dieron cuenta de que no estaba bien.
—¿Estas bien?
No le respondí.
En cambio, me dirigí a Esmeralda.
—“Voy para allá.” —“Esta bien.
Por favor, ten cuidado.” —“Lo tendré.” Corté.
En nada, me arreglé las zapatillas.
—Melaine.
¿Saben dónde está?
—le consulté a los que me acompañaban.
—Yo no —dijo la chica.
—Está al lado.
—¿En la pieza de al lado?
—Sí, pero esta encerrada.
No ha abierto a nadie, así que debe estar durmiendo.
—Entiendo.
Le agradecí a Valentino con una reverencia y me despedí.
Toqué la puerta de la habitación siguiente.
Nadie respondió.
Intenté abrir, tenía cerrado con llave.
—Melaine.
No sé si estas durmiendo o si quiera si estás ahí, pero quería agradecerte… Por todo.
Mejor dicho, quiero pedirte disculpas —estaba nervioso, si bien antes me disculpé, esta vez sentí que de verdad embarré lo nuestro—.
En verdad lo siento.
No sé qué hice, ni por que lo hice.
Sé que no es reconfortante, pero siento que no te merezco.
Aun soy muy inmaduro, infantil y aun no sé cómo estar bien conmigo.
Quiero sanar por completo antes de seguir.
Entenderé si encuentras a alguien mejor.
De verdad lo lamento.
Ella me dio su confianza y me dijo que le gustaba.
No sé qué tan cierto sea, no quería poner en duda sus palabras.
Sabiendo eso, eché todo a perder.
Quizá sea lo mejor, o al menos tendré que convencerme de que lo es.
Bajé en un instante.
Me encontré con los ayudantes de la mansión.
Iba a preguntar por el señor Philip, supuse no se hallaba acá.
Encontré las llaves del Jeep, estaban al lado de las demás.
No había ningún sistema de seguridad para sacarlas.
Encendí el Wrangler y el ventanal se abrió sin apuro.
Salí apenas cabía.
Casi rozando el vidrio.
Subí el ascensor del departamento de esmeralda asustado.
Me sentí observado todo el camino.
Abrí el departamento con cuidado de que no hubiera nadie cerca.
Al otro lado estaba Esmeralda con un cuchillo de cocina en la mano.
—¡Absalon!
Me asombré por el cuchillo.
Lo arrojó a la mesa y vino corriendo donde mí.
Me abrazó.
Sus intenciones me llegaron al corazón.
—¿¡Estas bien!?
Alguien se preocupaba por mí.
Quería abrazarla de vuelta, mas no tenía la fuerza suficiente.
—Sí, no me pasó nada.
—Menos mal.
Estaba aterrada.
Pensé lo peor cuando llegué y no te veía.
Todo es un desastre.
Me apartó para mirarme.
Para asegurarse de que no tenía nada.
Sus ojos; igual de claros que siempre, se mostraban frágiles y livianos.
Agradecía poder verlos tan de cerca, preocupados por mí.
—Llegaste demasiado rápido.
—Me vinieron a dejar en auto.
Ella todavía no sabe que conduzco.
Es mejor así.
—Ya veo.
¿No te sucedió nada extraño de camino?
—No, no.
—Ya veo.
Menos mal —suspiró—.
Hay que tener cuidado, más ahora.
—Lo sé.
Logré ver el fondo.
El departamento estaba, tal como dijo Esmeralda; completamente destruido.
Las cosas por el piso, vidrios rotos, muebles dados vuelta, todo rasgado.
—Te vez cansado.
“Tú también” le quise decir.
Era claro que ya lo sabía.
—No he dormido mucho.
—Ya veo.
¿Qué tal si duermes un rato?
—Está bien, pero creo que tú también deberías.
—No te preocupes, yo estoy bien.
Primero tengo que ordenar esto.
A pesar de que ella durmió lo mínimo durante 24 horas, se veía igual de resplandeciente que siempre.
La admiraba.
—¿Necesitas ayuda?
Era obvio.
—No.
Limpiaré con tranquilidad.
Tú ve a descansar, que luego tenemos que hablar.
—Está bien.
No sé si era por lo cansado que estaba o por lo lento que pensaba, pero me dirigí a mi habitación.
Los pasos eran lentos.
No quería empeorar nada, más de lo que estaba.
Mi habitación estaba destrozada.
De alguna manera tenía la vaga esperanza de que no fuera demasiado.
Era lo mismo que en toda la casa.
Vi como el colchón estaba dado vuelta.
Las sábanas tiradas en el piso.
Mi ropa también.
El espejo estaba destrozado por completo.
El mueble estaba abierto.
Las pastillas arriba de este, esparcidas.
Quizá Esmeralda las vio, por eso me pidió hablar.
Maldición, no sé si me crea que no he consumido.
La libreta de mi abuelo, estaba tirada en el suelo.
Alrededor se esparcían varias hojas gruesas.
Las recogí.
Ya no me importaba saber que encontraría.
El dolor de cabeza me endureció.
Estaba listo para ver, las di vuelta.
Son… Imágenes.
Muchas… Fotos, fotos físicas de él.
De él y de nosotros.
Salía yo con él, arreglando una vieja camioneta.
Estábamos sonriendo.
Él se veía feliz, yo también.
Algo cayó en la fotografía, a la vez que todo se volvía borroso.
Pasé el antebrazo por mis ojos.
Levanté las fotografías faltantes.
Era toda la familia.
Mi hermano, mi hermana, mis abuelos, mis padres, mis primos; algunos que no había visto desde hace mucho tiempo.
Algunos de sus amigos, incluso reconocí al señor Philip con él, detrás un barco imponente.
Todas tenían algo en común.
En todas sonreíamos.
No había ninguna en la que estuviéramos serios.
La sonrisa es el tesoro más grande que uno puede dar.
Siempre decía eso.
Mi abuelo tenía las fotos bajo llave, en una caja fuerte.
En una jodida caja fuerte.
No era capaz de aguantar.
Las lágrimas solo salían, sin intención de detenerse.
¿Por qué me sucedía todo esto?
¿Por qué a mí?
No se lo deseaba a nadie, pero ¿por qué a mí?
¿A mi abuelo?
¿A mi familia?
¿A nosotros?
¿Que hicimos mal?
Me siento desesperado por respuestas.
Las necesito, pero no sé cómo conseguirlas, no se hacer nada.
Solo se llorar.
Llorar, es lo único que se hacer.
Sentí que me quebraba.
Me estaba quebrando.
Me sentía débil.
Miré las fotos una por una sollozando.
Volví al inicio.
Me fijé en la fotografía en la que salía con mi abuelo.
Estábamos arreglando su moto, yo era más pequeño que ahora, no entendía mucho de aquello, él estaba agraciado al verme hacer como que hacía algo productivo cuando tomaron la foto.
Yo envainado por su felicidad, sonreía.
De alguna manera, ahora también sonreí, estaba llorando, pero esbocé una sonrisa.
Una nostálgica.
No, era una sonrisa de felicidad, quizás estaba confundido.
Estaba agradecido con él.
Algo quería salir con fuerzas.
Quería gritar.
Anhelaba agradecerle por todo, a todos.
Ya no podía.
Aun sabiendo eso, no dejé de sonreír.
Les entregué lo que quizás sería mi última sonrisa.
Me levanté sin importar el cansancio.
Ya no tenía tiempo.
Ordené toda la habitación y bajé a ayudarle a Esmeralda.
Estaba acostada en el sillón.
Durmiendo, acurrucada.
Se veía cansada y debilitada.
Le hablé; no respondió.
No insistí.
Ordené lo que quedaba por mi cuenta.
Tratando de meter el menor ruido posible.
Ella se encargó de lo peor.
Así que traté de hacer lo mejor posible Estaba cerca de terminar cuando escuché a Esmeralda.
—Vi algunas drogas en tu pieza —dijo con la voz apagada, viendo sin pensamientos el piso ya limpio.
—No las consumo si es lo que te preocupa —respondí sin ganas.
—Entiendo que se hayan legalizado, que las hicieron menos fuertes y adictivas, que es casi lo mismo que tomar alcohol… —De verdad.
Solo me las dieron.
No las he probado y tampoco quiero hacerlo.
—Aun así, si necesitas conversar.
Sobre lo que quieras, ahí estaré para escucharte, aunque no necesites que diga algo, aunque sea solo para desahogarte.
Pero de verdad, las drogas y el alcohol son lo peor, no son una salida.
—Lo sé.
—Quiero que confíes en mí.
—Lo hago, de verdad.
Me diste un lugar para vivir sin conocerme más que por mi hermano, es como de alguna manera fuéramos familia.
Me siento cómodo acá y siento gran confianza contigo.
—Así me vas a hacer llorar.
Sonreí algo desanimado — Pido disculpas.
—Sabes.
Tiendes a hablar como tu hermano.
—¿Cómo mi hermano?
—Siempre alegre y bromeando para animar a los demás, incluso cuando llega la hora de ponerse serios y hablar de problemas propios, dicen cosas para alentar a la otra persona —cayó en cuenta de quien hablaba.
—Puede ser.
Quizá es solo una forma de huir.
Nunca me ha gustado ver los problemas como tal, siempre he tratado de huir de ellos.
Incluso ahora más que nunca, quiero encerrarme en fiestas y juntas, donde no tenga que preocuparme por mí; en donde solo disfrute con gente, hable con nuevas personas, e incluso beba o hasta me drogue para evitar pensar.
Sin embargo, esta vez, quiero cambiar las cosas.
Puede que sea un capricho y nunca lo consiga, pero quiero sentirme con el poder suficiente para resistir de frente los problemas.
Si no hago algo, poco cambiará.
—Es algo que encuentro admirable de igual manera.
Como respuesta solo pude expandir mis comisuras, no había suficiente energía.
No hay que preocuparse, en algunos momentos tuve que resistir.
Tengo que seguir haciéndolo.
—Hay algo que quiero decirte.
—¿Qué cosa?
—pregunté —Te voy a arrendar un departamento hasta que todo esto termine.
—¿Nos vamos a ir de acá?
—No, solo tú.
—¿Por qué?
La respuesta era obvia.
—No quiero ponerte en riesgo.
Tuviste suerte de no haber estado acá.
Si es verdad que pueden llegar a cualquier lado, prefiero que estes alejado, por tu seguridad.
—Pero, ¿eso no sería peor?
—respondí confundido por el repentino cambio—.
Es menos seguro que estemos separados y solos.
En caso de que nos pase algo a alguno de nosotros, lo sabremos de inmediato si vivimos bajo el mismo techo.
Así podríamos hacer algo en caso de… —No, te mandaré con John.
No está involucrado directamente con el caso, así que puedes estar seguro con él.
—No quiero.
—Es por tu seguridad.
—No confió en él.
—No debes confiar en nadie, pero es por tu bien.
—Esmeralda, solo confió en ti.
Si bien puede ser contraproducente seguir acá luego de lo que pasó, supongo tu tampoco vas a dejar el caso y menos irte de acá, así que si vas a seguir investigando tú también vas a estar en peligro.
Incluso para haber entrado hasta acá debieron tener algún contacto, para pasar también, ya que la puerta no se notaba forzada cuando entré.
Si eso es así, no voy a estar seguro en ningún lugar.
Y si es así sea donde este, prefiero quedarme acá contigo.
—¡Wow!
Si que eres rápido.
—Supongo también puedes usar eso en su contra —continué en mi contexto.
—Puede ser.
Eres hábil para comprender cosas.
—No sé si sea tan así.
—Créeme que sí.
Puede que sea porque estaba cansada, pero no me di cuenta de que la entrada no estaba forzada, pues la puerta solo estaba abierta cuando llegué.
Se levantó a ver la puerta.
Tal como dije, no tenía nada extraño, significaba que debían tener la contraseña y la llave del departamento.
—Eso… Solo lo pensé de casualidad.
—Pero sirve.
¡Bien!
Sacó unos teléfonos antiguos de unos cajones de la cocina con un doble fondo.
Tenía cuatro teléfonos, también había un arma; no sabía si era real.
Al ver que la extrajo y la sobrepuso en la mesa acompañada de dos cargadores, comprendí que lo era.
—¡Ten!
—me ofreció.
Pensé que me daría el arma.
En cambio, me cedió uno de los celulares.
—Llévalo siempre contigo.
Tiene GPS, si sucede cualquier cosa, solo tienes que apretar el asterisco y llamar.
Así podré saber si le sucede algo al otro, si algún día te llego a llamar.
Llamas a John y le dices que mande a alguien a donde estoy.
Si tú me llamas.
No importa la hora, iré a donde estas.
Incluso si no es muy grave y solo son sospechas tuyas; si estas en cualquier tipo de problema, quiero que me llames.
—Está bien.
¿Eso significa que nos quedaremos acá?
—Sí.
Pondré cámaras dentro del departamento, para que lo sepas.
Por favor, de ahora en adelante no confíes en nadie, aunque sea algún conocido tuyo o de tu familia, no sabemos qué tan peligroso pueda ser.
Solo sabemos que hay mucha gente involucrada, gente capaz de muchas cosas.
Ten cuidado y bajo cualquier circunstancia que creas necesaria llámame, no te contengas por favor.
—Lo entiendo.
—No podemos confiar ni en los vecinos.
Hablaré con ellos y los investigaré.
A los de recepción también.
Puede que nos hayan asustado, sin embargo, los atemorizados son ellos; se están desesperando.
Le pediré a mi compañero que me haga el favor de ayudarme con los posibles involucrados de la lista.
Puede que no estemos tan lejos de encontrar algo que nos sirva, aunque… —me observó con cuidad—.
Tengo miedo si es que es así.
—Es normal, supongo.
—Eso creo.
No tengo mucho que perder por mi parte, pero aún tengo que cuidarte.
¿Por su parte?
¿Se refiere, a su familia?
Ahora que lo pienso, no sabía nada de ella.
Bueno, debe ser por algo, quizá más adelante me atreva a preguntar por su pasado.
—Trataré de no serle una carga.
—Jaja.
No me hables tan formal.
—Lo siento mi superior.
—Jajaja.
Entiendo.
Mejor ayúdame a terminar de ordenar.
—Pero si eso estaba haciendo.
—Lo sé —sonrió.
Por alguna razón, sentí que era la primera vez que lo hacía.
“Una sonrisa, un tesoro”.
Mi abuelo no se equivocaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com