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Resiliencia - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Cápitulo 45 La nueva Amandine y pelea en el parqueadero
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45: Cápitulo 45: La nueva Amandine y pelea en el parqueadero 45: Cápitulo 45: La nueva Amandine y pelea en el parqueadero Fui al colegio intentando encontrar a Dusty.

Como supuse, luego de lo que le hice, era bastante probable que no fuera un buen tiempo.

No tenía mayor interés en el colegio, así que pensaba marcharme al término de la clase.

Una chica trató de impedirme el paso; Amandine, más bien, quería que la viera.

Pasé de largo, no tenía muchas ganas de hablar con ella.

—No me ignores —insistió.

—¿Qué quieres?

—¿Cómo me veo?

Me siguió.

Bajé mi vista a la figura que tenía al lado, al parecer cambió el estilo su pelo.

Antes ya lo tenía corto, ahora lo tenía aún más y se encontraba desordenado, como si una fuerte ráfaga de viento desde el piso le hubiera levantado el pelo.

Lo suficientemente ordenado como para no pensar que así se levantó.

—Bien.

Fui sincero.

—¿Te gusta?

—Me gutsa —Ya veo.

Menos mal.

—Pareces puta.

¿¡Ah!?

Una chica pasó con apuro al lado de nosotros.

Iba sola, me sorprendió que lo dijera estando sola.

No era común que digan ese tipo de cosas a menos que estén en grupo.

Aunque conociendo que Amandine no se defendería jamás, podía imaginar por qué lo dijo con tanta facilidad.

En el instante creí que se equivocó de persona o estaba hablando con ella misma, entonces se giró para que supiera a quien le hablaba.

Amandine no bajó la mirada.

La chica me observó de reojo.

Tenía el pelo corto, liso, teñido de rojo desde la mitad, hasta las puntas.

Sus ojos eran oscuros y fríos.

Siguió caminando como si fuera su día a día.

Iba a preguntarle si estaba bien.

Por alguna razón no lo hice.

—No baje la mirada —se entusiasmó luego de que se marchara.

—Ya veo —atendí.

—¿Sabes lo que significa?

—No.

Se acercó a mi brazo y se aferró a este con considerable fuerza.

Me dio igual, no sentí nada.

Sí me sorprendió, incluso diría que me conmovió, pero seguí caminando con la misma facilidad.

Para llegar a la salida tuve que pasar por las galerías.

—Absalon.

Thomas, quien estaba con sus amigos en un lado de estas me llamó y bajó a acompañarme.

—¿Cómo estás?

—¿Bien y tú?

—Algo preocupado, pero mejor que nunca.

—¿Preocupado por qué?

—pregunté casi por obligación.

—Pronto tengo una serie de partidos bien importantes.

—¿Ósea que vas a seguir con el basquetbol?

—Por eso mismo son importantes.

Con esto, me decidiré si quiero al básquetbol como algo más que un pasatiempo.

—Ya veo.

—Por cierto, ¿viste que se cortó el pelo?

—Thomas notó la presencia de Amandine.

—Claro que lo vi.

—Anduvo molestando desde el viernes para verte y que mencionaras su nuevo estilo de cabello.

—¿Te molesta?

—exclamó Amandine.

—A mí no, pero puede que sí moleste a Absalon.

—Eso no es así, ¿verdad?

—me consultó.

Solo sacudí mi cabeza, lo tomaron como una negación.

—Aun así… —Thomas continúo hablando y discutiendo con su hermana.

Ahora la veía como tal.

Me mostraban que su relación mejoró desde la última vez.

En otra ocasión era probable que ni siquiera se hubieran hablado el uno con el otro.

Mi mente se perdió de sus argumentos.

Mi atención ya no era gobernada a sus palabras.

Dirigí mi vista hacia el otro lado de las galerías.

Alguien me estaba mirando de hacia un buen rato.

Ahí estaba Niel, hablando con un grupo de amigos de su generación, entre ellos Sion y Dante.

Él me observó, sus ojos volvieron a ser como antes, apagados, serios, con resentimiento.

Me sentí culpable por la indiferencia que me generaba sus posibles pensamientos.

El timbre para entrar a clases se extendió por todas las secciones.

Los demás se fueron sin esperar demasiado.

Incluso Amandine se despegó para reiterar sus clases.

—¿No vienes?

—consultó Thomas al ver que no me movía.

—No.

Creo que me iré —dije volviendo a mis sentidos.

Iría a clases, pero no quería ver a Linna.

Aún estaba temeroso por tenerla de frente.

Pensé que también estaría indiferente ante ella, pero meses de amor nunca se desvanecen por completo.

Llegué al gimnasio mucho antes de lo acordado, por suerte ambos estaban.

El recepcionista Toledo, me hizo pasar a la sala donde me encontré a Vania.

—Estas lento —mencionó en medio de la batalla.

—Perdón.

—¿Sucede algo?

—me consultó con verdadera preocupación.

—No, nada.

—¿Entonces?

—Solo estoy sobrepasando algunas cosas ¿Debería decirle?

Para que, seguramente ella tiene sus problemas también, para que entregarle los míos.

Además, existe la probabilidad de que nunca más la vea.

Quizás si me decido.

Este sería el último entrenamiento que tendría con ella.

No quería, pero tampoco quiero ponerla en peligro, es como si me persiguiera.

No quiero que mis problemas caigan en ella.

Me alejaría de todos.

Al menos hasta que encuentre alguna solución para mí.

No es lo más inteligente alejar a todos.

Sí lo menos agotador.

—¿Descansemos?

—me ofreció.

—Bueno.

Pasamos la tarde, como no quería dejarle un mal día, traté de comportarme como siempre.

Al otro día, volví al colegio con la esperanza de que Dusty apareciera.

No lo hizo.

Lo tendría que ir a visitar a su casa.

Antes, tenía que ir a resolver algo.

Para hacer tiempo, estuve hasta la última clase.

La de Ingles.

Linna también estaba ahí.

Ella se sienta de las primeras, yo de los últimos.

Por suerte no hicimos contacto visual en ningún momento de la clase.

Antes de salir del salón ella notó mi existencia.

Sus ojos no dijeron nada, estaban en trance, como si mirara a la pared detrás mío, como si fuera otro objeto de la sala.

Mientras el profesor ordenaba sus cosas, tomé las mías para marcharme.

—Hay exámenes pronto.

¿Los vas a realizar?

—me consultó.

—Sí.

—¿Estás seguro?

Si me lo pides.

Puedo hacerte una prueba especial.

Considerando tus circunstancias… ¿Mis circunstancias?

Trato especial.

¿Usarlo como excusa no era antimoral?

¿No se ve como algo poco ético?

Lo aborrezco.

—Sí no estuviera bien, no vendría a clases.

—Entiendo.

Lamento lo descuidado.

Nunca antes me hubiera atrevido a hablarle a un profesor así.

¿Mi escusa?

¿Mis circunstancias?

¿Sería hipócrita decir que lo hice porque no tengo nada que perder?

¿O lo hice porque todo me da lo mismo?

Era lo mismo que reclamaba, ¿no?

Así es.

Debería odiarme.

Me di la vuelta al colegio.

En donde aparqué el vehículo, al frente de la plaza.

No pasaba desapercibido.

Todos se acercaban o le sacaban una foto intentando no ser descubiertos.

Quizá lo estacioné ahí, con esa intención.

Para hacerles saber que ellos no eran nada, quizá para aparentar que tengo más que nadie.

Quizás… Quizás debería calmarme.

—¿Me llevas?

Amandine esperaba al lado del auto.

Las personas murmuraban.

—No.

—¿Por qué?

—¿A dónde quieres ir?

—No sé.

A donde digas tú.

—Voy al gimnasio.

—Voy contigo.

—¿Para qué?

—Para estar contigo.

—Te voy a ser sincero, no estoy de ánimo.

Quizás otro día.

Ahora que lo pensaba, ¿cómo supo que era mío?

No importa.

Me subí intentando ignorarla.

Muchas personas se fijaron en mí.

¿Si no tuviera el vehículo siquiera me hubieran mirado?

Estoy demasiado ofuscado, debería respirar y… Amandine abrió la puerta y se subió.

Calmarme.

Estaba preparándome para echarla, bajo cualquier excusa.

Algo me detuvo, tras un suspiro, como si me rindiera, me mantuve callado.

Ella tampoco se atrevió a decir ni una palabra en todo el camino, le parecía cómoda la situación.

—Altiro vuelvo, quédate aquí un rato.

Asintió en señal de obediencia.

Como el estacionamiento no está lejos del gimnasio no me demoraría mucho.

—Absalon, ¿qué tal?

Llegas temprano, igual que ayer.

—Señor Toledo.

—Vania acaba de llegar.

Está practicando en la sala.

¿Debería despedirme?

—Quería hablar con usted.

El señor Toledo inclinó su cabeza hacia un costado.

Estaba atento a lo que diría.

—Le pedí una semana para ver si me acostumbraba.

Y fue una semana gratificante.

No es como que no me haya gustado o que me sienta inconforme, sé que es mucho lo que me ofreció para lo poco que pude dar.

Aprendí demasiado en muy poco tiempo.

Se lo debo a usted y a Vania.

Pero creo que me decidí por no continuar.

Es mucho que procesar aparte del colegio, los horarios me dejan sin tiempo y siento que es lo que más necesito últimamente.

De todos modos, le agradezco la gentileza y el buen trato.

—Jaja —intentó sonreír para hacer amena la despedida—.

Ni que lo digas chico, siempre ha sido tu decisión.

Fue bueno que hayas venido y no es necesario que me lo expliques, sin embargo, encuentro que esas palabras deberías decírselas a Vania.

Quizá tenga razón.

No sé si quiero despedirme de ella.

Una despedida significaría que no la volvería a ver.

—No creo que sea necesario.

Supongo la seguiré viendo fuera de los entrenamientos, quizá vuelva de vez en cuando pase a molestarlos o practicar algo.

—Está bien.

No te detendré, pero si me encantaría que siguiera viniendo, pues, eres con seguridad su primer amigo, hace tiempo que no le veía sonreír así cuando entrena.

¿Por qué lo dice?

Suena como si me chantajeara.

¿De qué me quejo?

Yo igual la considero una amiga.

Existía una gran diferencia entre la Vania que conocí en un inicio y la de ahora.

No fue mucho tiempo, mas si fue agradable y desahogante.

Era estar en un mundo aparte.

—No se preocupe, lo haré.

Le manda mis saludos.

—¡Cuídate!

Quedé algo amargo.

No me despedí, ni bien la saludé, debería haberlo hecho.

Me encantaría que hubiera escuchado todo.

Su primer amigo… No puedo evitar juzgarlo.

Una chica, que toda su vida entrenó.

Le gustaba, al menos más que estudiar.

Estaba decidida por que ese sería su camino.

Ahora que lo pienso, nunca hablamos de la vida del otro.

Todo siempre fue risas y enojos, golpes y derribos.

Lo pasábamos bien, aunque no voy a negar que me irritaba a veces.

Que volátiles son las relaciones sociales.

Conocer a alguien, hacerse amigos, no volver a hablar.

¿Me atrevería a dirigirle la palabra si algún día la veo en la calle o en algún otro lugar?

No lo sé, puede que lo intente si es que va con… Una mano me agarró del cuello de la camisa.

Busqué respirar, no se me permitió.

Cuando lo conseguí algo chocó con mi cara.

Fue un golpe duro, en la zona superior de la mejilla.

Me logró desestabilizar lo suficiente como para hincarme.

La adrenalina comenzó a recorrer mi cuerpo.

La sensación que dejó el golpe, se quedó tanteando.

Estaba listo para devolverle el favor a quien sea que fuese, antes, una patada me empujó por la espalda.

Mi columna sufrió, demasiado.

Caí de rodillas apenas sosteniéndome frente a alguien.

¿Quién mierda era?

¿Quiénes eran?

Muchas personas pasaron por mi mente, las ignoré.

El pie se levantó y me azotó la cara.

Me repuse apenas pude.

Me encontraba mareado, sin poder respirar bien y entumecido.

La sensación se expandió a mis dientes, a mis labios y a mi nariz.

No lo pensé dos veces, saqué la cuchilla para lo peor.

Listo para ver sus expresiones, les vi la cara, no parecían preocupados.

Eran cuatro personas, a ninguno lo reconocida.

Dos de ellos tenían el uniforme del colegio Galeno.

Debían ser de último año.

Los otros, parecían ser aún mayores.

—¿Quién mierda son?

—Que te importa.

El que habló también mostró una cuchilla, acompañándola de una sonrisa.

Era un maldito psicópata.

Mi cuerpo se tensó.

El dolor se desvaneció, estaba listo para todo.

Cuatro contra uno.

—Cobardes.

Solo tenía una opción.

—Crees que me importa.

Aproveché sus palabras para salir escapando por donde venía.

No podía irme.

Tenía que ver si Amandine y el auto estaban bien.

Subí al piso superior.

Aún quedaba otro estacionamiento arriba, necesitaba usar la poca oscuridad que aportaba.

Pude ver como tres de ellos subían por las escaleras, el de la cuchilla se retrasó, no lo alcancé a ver.

Me escabullí entre los vehículos estacionados, faltaban unos pocos para estar todos ocupados.

En silencio me moví de vehículo en vehículo hasta el otro lado, en donde había una bajada especial para vehículos.

Estaba listo para salir corriendo por ahí, pero el sujeto de la cuchilla apareció.

Sin mucha utilidad me volví a ocultar.

Se acercó impaciente.

Me alejé unos cuantos vehículos, a la vez, me acercaba a los otros tres que se separaron para buscarme.

Uno de ellos se subió a un auto, desde ahí gritó a los demás descubriendo donde estaba.

Se bajó del vehículo al ser el más cercano.

Me oculté detrás de una minivan.

Me detuve sin que se diera cuenta, traté de calmar mi respiración y cuando pasó corriendo por la esquina de la minivan, lo sujeté y con fuerza lo intenté tirar al piso.

Terminó chocando con la puerta trasera de la minivan.

Le clavé la cuchilla en alguna zona del abdomen, la mantuve ahí.

Se movió como si nada para empujarme con fuerza, me llevé la navaja conmigo.

Me golpeó en la cara, el mismo golpe que antes.

Esta vez me dejó un dolor grave.

Tratando de no perder el control me abalancé contra él, le volví a enterrar la cuchilla reiteradas veces.

Solo reclamó.

Me estaba cansando.

Se sujetó de mi para no dejarme escapar.

Intenté cortarlo de nuevo, pero no alcanzaba; sus brazos y su peso no me dejaron mover los brazos, me tenía atrapado.

¿¡Cómo era posible que siguiera teniendo tanta fuerza!?

Escuché como uno de sus compañeros se acercaba.

Me desesperé.

Lo golpeé con la rodilla, aproveché la contracción que hizo para sacar mis manos y lo empujarlo contra la mini van.

Apenas rebotó y aproveché de devolverle el golpe en la cara.

Me terminé escapando por el lado contrario de donde que venía su compañero.

Apenas lo dejé tirado, el amigo apareció.

Si corría era seguro que me alcanzaría, no me quedaba mucha energía.

Para mi suerte decidió atender a su ensangrentado amigo.

Les gritaba a sus compañeros que me escapaba.

Uno de ellos respondía a sus reclamos.

No se oía otra cosa que bulla y gritos fuera de mi exasperación.

Por lógica podía saber dónde estaba el sujeto del cuchillo.

Se acercó lo suficiente para dejar un espacio en la bajada y subida de vehículos.

Aproveché la circunstancia.

No creí que sería capaz, me arrojó el cuchillo.

Este apareció a unos pocos centímetros de mí, me generó un escalofrió.

Era su perdición, si me devolvía lo podría asesinar.

Lamenté que el forcejeo me agotara tanto.

No tenía suficientes energías para enfrentarme a los tres así que agarré la cuchilla arrojada del piso y continué corriendo.

Alcance a escuchar como maldecía con euforia y les decía a los demás que me escapaba.

Lancé la cuchilla lejos de cualquier presencia.

Busqué el vehículo.

Ahí estaba; donde lo abandoné, sin ningún rasguño.

Amandine estaba tranquila, inmersa en su mundo.

Al parecer no se percató de lo que sucedió.

Se sorprendió cuando abrí el vehículo de golpe.

—Estas… —comprendió que mi exalto era justificado—.

Sangrando.

Cerré de golpe.

Lo encendí y aceleré apenas fue posible.

Quedamos pegados a los asientos.

Se me descontroló un poco, lo volví a estabilizar enseguida.

Mi dirigí a la bajada de vehículos.

Ahí apareció uno de los sujetos, lo iba atropellar.

Antes de alcanzarlo se ocultó en el pilar.

Si hubiera acelerado lo hubiera arrollado o hubiera chocado.

Aprovechando que alguien estaba traspasando la barrera, aceleré para usar el breve lapso antes de su cierre.

Para evitar colisionar con el auto, me vi obligado a desviarme sobre un pequeño saliente de la vereda.

El vehículo se estremeció por completo.

Un sonido desagradable resonó; un chillido.

Al pasar junto al coche, este accionó la bocina.

Aparentemente continué sin problemas, terminé aventándome a la siguiente cuadra.

En poco tiempo ya me había alejado lo suficiente como para dejar de verlo.

—La sangre… —iba a preguntar Amandine —No es mía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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