Resiliencia - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Capitulo 46 Hermanos Thomas y Amandine
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46: Capitulo 46: Hermanos Thomas y Amandine 46: Capitulo 46: Hermanos Thomas y Amandine No pude hablar hasta que llegamos.
—Llamaré a Thomas.
Estábamos afuera de la casa de Amandine.
Ya me conocía el recorrido, así que no tardé mucho.
¿Qué pensara ella?
No vio nada de lo que sucedió, no estaba tan asustada como lo estaría alguien normalmente.
Le pidió a Thomas que abriera el portón.
Su mano cuando dejó el celular temblaba.
Caí en lo sucedido.
Como un golpe de realidad, mis manos también comenzaron a temblar.
Avancé con lentitud, se hizo eterno el transcurso de la calle a la casa.
Detrás de nosotros el portón nos encerraba.
Thomas salió desde la casa para darnos la bienvenida.
Todo estaba en silencio.
Estaba justo en frente, pero Amandine no bajaba; seguía sentada sin moverse.
Mientras Thomas se acercaba, Amandine me recorrió de pies a cabeza, cuando la miré de vuelta nuestros ojos se encontraron.
Sin mover su boca entendí lo que quería decir, me pidió disculpas.
¿Por qué?
A medida que se acercaba, nos pudo ver a través del vidrio.
Vio algo que le alarmó, se desesperó.
Abrió la puerta de Amandine y la bombardeo con preguntas de su cuidado.
—¿¡Estas bien!?
—repetía.
Amandine solo asintió.
Cuando se mostró, no quise observarlo, sus ojos fueron directo a la navaja que tenía aun en la mano.
Y la sangre escurrida por todos lados.
Su voz preocupada salió: —¡Mierda!
¡Mierda!
¡Absalon!
¿¡Estas bien!?
No respondí.
Una mano me acarició, estaba helada.
La mano de Amandine se posó sobre la mía.
Me asusté, la tensión que tenía en el cuerpo se desvaneció como si se tratara de algo mágico.
La cuchilla cayó a alguna parte del vehículo.
Mis manos resbalaron dejando el manubrio completamente ensangrentado.
Comencé a temblar.
Desesperado traté de limpiarme con la ropa, quedo peor, ahora estaba todo manchado.
Solo estaba actuando, pero lo sentía real.
Thomas se dio la vuelta.
Y abrió la puerta.
Me limpié la cara tratando de sacar la sangre que tenía en la mejilla.
Quedo peor.
—¿¡Qué sucedió!?
¿¡Qué pasó!?
¿Estás herido?
—Creo que no —dije con la voz temblorosa.
Thomas me desprendió del cinturón y comenzó a revisar por encima de la ropa.
—¿¡Te duele algo!?
—Creo que no.
—¿¡Seguro!?
¡Por favor, dime que no pasó nada!
—No pasó nada —mi voz se quebraba—.
No te preocupes.
Me encontraba al borde de las lágrimas, las palabras apenas lograban salir.
En mi interior, sentía el impulso de reír.
No existía una razón lógica para tal sensación.
—Vamos —me trató de levantar con cuidado.
—Creo que puedo solo.
Lo intenté.
Como si fuera increíble, pude levantarme y salir del auto.
—¡Vamos adentro!
No quería.
—¡Vamos!
—Insistió dándome un pequeño aventón con la palma de la mano e indicándome el camino.
Terminamos entrando.
Me llevó a la habitación principal.
Le exigió a Amandine que esperara en la sala y cerró la puerta.
—Hay que revisarte.
Me saqué la ropa con cuidado, como si estuviera lastimado de gravedad.
Él se preocupó.
Luego de ver que no tenía nada en el torso, al menos nada reciente, su preocupación se desvaneció.
Entonces le surgieron un sinfín de otras preguntas.
Decidió omitir la mayoría y se preocupó por el presente.
—La sangre, ¿De quién era?
—De unos sujetos.
Me asaltaron —dije como si estuviera desorbitado por lo que acababa de suceder.
—¿Te asaltaron?
—Sí.
Era como si me hubieran esperado, como si me quisieran secuestrar o… —hice como si estuviera sufriendo, ya no diferenciaba si estaba actuando o era una realidad.
—Está bien.
No es necesario.
—Gracias.
—La sangre, ¿significa que lo mataste?
—No creo.
Solo herí a uno, no sé qué tan grave fue —mencioné arrepentido de tales acciones.
Si alcancé algún órgano vital, existía una alta probabilidad de que eso lo llevara a la muerte, era lo que esperaba.
Sin embargo, las posibilidades de sobrevivir seguían siendo considerables.
Lo verdaderamente doloroso sería el proceso de recuperación.
—¿Y Amandine?
—Ella está bien.
Estaba en el auto así que no la vieron.
Ella no tenía una pizca de sangre en su cuerpo, así que era obvio que le creyó cuando le respondió que estaba bien.
—Ya veo.
Me alegra que estén bien.
Un silencio recayó en la sala.
Me llevé las manos a mi pelo y suspiré intentando parecer sutil.
—Deberías limpiarte cuanto antes.
Puedes usar ese baño —apuntó la puerta semiabierta de la habitación—.
Te traeré una toalla de inmediato.
Apenas se fue en busca de tal.
Amandine entró.
—¿Estás bien?
—se acercó.
—Lo estoy.
No te preocupes.
Sus manos tocaron mi piel.
Estaban frías.
Quería calentarlas con las mías.
Aunque estaban llenas de sangre, no podía permitírmelo.
Recorrió su mano por mis cicatrices.
—¿Qué te sucedió?
Sus ojos estaban preocupados.
Aterrados quizás.
—Nada grave… —¡Amandine!
¡Ándate de acá, por favor!
Thomas entró furioso.
—Pero… —¡Pero nada!
¡Sales como si nada y no avisas!
¡Imagínate te hubiera sucedido algo!
¡En mi puta vida hubiera sabido!
No se indultó.
Solo se marchó.
—Lamento eso —se disculpó Thomas luego de cerrarle la puerta.
—Yo hubiera actuado igual.
Me pasó la toalla.
—Te traje algo de ropa también.
—Gracias.
Traté de entrar donde me mencionó, pero su agarre del antebrazo me detuvo.
—Hey, Absalon… —Dime.
Se tomó su tiempo.
—Nada.
Después lo vemos —prefirió.
—¿Está bien?
—Te cerraré, desde dentro puedes abrir sin problemas.
—Okey.
Gracias.
Era claro que tenía muchas preguntas.
Prefirió no decir nada, agradecía eso.
Estuve buen rato limpiando la sangre.
Parecía que no se acababa nunca.
El agua que pasó por el rojo se tornaba rosa, hasta que no quedo casi nada.
Limpiando mi propia ropa no pude evitar recordar los movimientos que se llevaban sangre con ellos.
La sensación de punzar a alguien con una navaja me recorría; se mantendría para siempre en mi memoria.
No quedaría como algo extraño o agobiante, seria un recuerdo tentador, anhelaba repetirlo con mayor ofuscación.
Una vez seco, limpio y vestido, me sentí renovado.
Como si hubiera cambiado de persona.
Al salir de la habitación con mis cosas en la mano vi a Thomas ordenando la mesa.
Dejándola lista para tomar onces.
—Me siento mucho mejor ahora —opté por agradecerle.
—Qué bueno.
La ropa, puedes dármela.
La pondré a lavar.
—Gracias —la cedí a su cuidado.
—Puedes llamar a Amandine, por favor.
Así dejo todo listo.
—¿Está en su habitación?
—Sí.
Tal como pidió me moví al segundo piso, la puerta estaba cerrada, así que toqué.
—Soy Absalon.
Thomas me pidió que te avisara que está servido.
—Entra.
Lo hice.
Estaba acostada boca abajo.
—¿Puedes hacerme cariño en el pelo?
—dijo con la almohada en la cara.
Miré mis manos.
¿Hacerle cariño?
Lo haría, mas me daba cuidado, hace un momento tenía mis manos ensangrentadas; sucias y dañadas.
Todavía tenía la sensación de que mancharía todo lo que altere.
—No creo que pueda.
—¿Por qué no?
—se giró para poder verme.
—Me da cosa.
—Está bien.
No importa —se levantó y me hechó de la habitación empujandome—.
Tú anda, yo voy enseguida.
Quedé sin descifrar lo que tenía que hacer o decir.
Decidí bajar.
Thomas estaba sirviendo el té.
—Siéntate —me ofreció.
La mesa era grande cabían ocho personas, pero a coste de algo de comodidad, fácilmente se presentaban diez.
Me senté al lado derecho de la cabecera principal, donde supuse iría Thomas.
—¿Y Amandine?
—Dijo que ya venía.
—¿No te encerró con ella?
Pensé en reírme.
El ánimo solo sostuvo una penosa sonrisa.
—De hecho, me corrió de la habitación —no entendía para nada sus acciones—.
No la entiendo —decidí compartirle mis pensamientos.
—Jaja.
Te comprendo —aseveró Thomas intentando ponerse de mi lado—.
Hace poco me dijo que le gustabas —compartió con alguna intención en mente.
Me hice el sorprendido.
Él no era ingenuo; ya sabía todo, actuar era innecesario.
—Me lo confesó.
—Lo sé.
Sabes, ella tiene algo de mala fama en el colegio, incluso fuera del colegio, más por lo que pasó con Niel.
Desde entonces se la ha hecho difícil estar tranquila.
No sé qué tan enserio va lo de ella, pero de alguna manera me alegra que sea una persona como tú.
Si fuera sincero, le diría que no creo mucho en sus palabras, podía casi asegurar de que no era primera vez Amandine le decía a alguien, algo similar.
Para Thomas es quizá la primera vez que lo escucha de ella, por lo que puede estar malinterpretándolo.
Tiene mayor sentido que se lo haya contado por su mejor relación de hermanos, a que haya optado por presentar sus verdaderos sentimientos.
—¿Cómo yo?
—pregunté con verdadera intriga.
—Sí.
No sé, de alguna manera me haces confiar en ti.
No sé cómo explicarlo bien, incluso sabiendo que hoy te atacaron, saber que te defendiste de unos sujetos, no es algo que haría cualquiera.
Y lamento decirlo; entendiendo tu situación y todo, sin embargo, me motivas a querer pelear contra todo; cambiar a alguien que me gustaría ser y no solo seguir lo que se supone es coherente.
—Eso, es algo que nunca me había dicho, se siente genial si soy sincero.
Digo, ser alagado por ti.
—Jaja.
Te aseguro que no lo digo por decir, de verdad lo pienso.
De la misma manera me gustaría que cuidaras de Amandine.
—Lo haré, no te preocupes.
Lo lamento Thomas, no será tan así.
Ella tiene que defenderse y velar por ella misma.
Si le ayudo en algún momento será por conveniencia, no me meteré en problemas que no deseo.
Ya tengo demasiado en que pensar como para cuidar de alguien.
—Como amigos, obvio.
No sé si luego serán algo más, ahí ya no me meteré.
Sí confieso que me gustaría que fueran buenos amigos, incluso conmigo y mis compañeros.
De hecho, ahora que me acuerdo, todavía te debo la salida a los juegos.
—Lo había olvidado.
—Yo también.
En caso de que te acuerdes y yo no, me la cobras.
No importa el día.
—Lo tendré en cuenta.
Y sobre Amandine, solo la veo como una amiga o una compañera cercana.
—En algún momento serás mi novio —se escuchó una tierna voz detrás mío.
Amandine escuchó mis últimas palabras.
Quizá toda la conversación.
Thomas la notó, aun así, no dijo nada.
Descendió lo que quedaba de escaleras, con una sudadera gigante negra que le llegaba a la mitad de los muslos.
Dejando sus piernas al descubierto.
Era provocativa.
—Tenemos visita y te vistes así —reclamó Thomas sin alcance.
—Es Absalon.
—Mm… Como quieras —se dio su tiempo—.
Puedes sentarte si deseas.
Por alguna razón, al ser yo, ella podía actuar como quisiera.
—¿Te vas a quedar?
—preguntó Thomas una vez cenando.
—No creo.
—Es tarde —mencionó en la cabecera de la mesa.
—Lo sé, pero tengo que llegar a mi casa.
No me gusta la idea de dejar a Esmeralda sola.
—No te puedo dejar ir.
¿A qué se refiere?
Puede que solo sea mis fantasías, pero si menciona algo que me pondrá en una mala posición, temo que hasta ahí llegaría nuestra relación.
Seguramente vio mi preocupación y se apresuró en explicarlo.
—Me refiero a que no puedo dejarte manejar a esta hora, menos teniendo en cuenta que acabas de pasar algo aterrador.
Pensé que reportaría todo lo sucedido, si bien puede ser lo natural en estos casos, era lo que menos quería.
Por suerte, solo estaba preocupado por mi salud mental.
—¿Está bien si me quedo entonces?
Si me volvía a negar sería anti-atmosférico y podía poner en juego su confianza.
—Sí, puedes dormir en la principal.
—¿Y tú?
—Yo dormiré en otra habitación, sobran así que no te preocupes.
—Duerme conmigo —ofreció Amandine.
—¿Quieres dormir con ella?
La cara de Thomas se tornaba amenazante.
—Lo agradezco, pero no es necesario.
Thomas volvió a la normalidad, sonrió con algo en mente.
—Es broma, no te hubiera dicho nada si aceptabas.
Mientras no me hagas tío todo bien.
Me torné rojo, peor que un tomate.
No sabía dónde mirar luego de tal comentario, de casualidad avisté a Amandine, ella también estaba roja.
Ambos terminamos bajando la mirada.
Una carcajada de Thomas se convirtió en risa.
—Deberían verse.
Parecen un tomate —no dejó de reír.
—No bromes hermano o me seguirás dando ideas.
Thomas me volvió a observar esperando mi comentario, estaba presionando para que me negara a todo.
—Tío Thomas, no suena mal.
La venganza —¿¡Ah!?
—ambos hermanos gritaron al mismo tiempo.
Se dieron cuenta de sus reacciones.
A los dos le hizo gracia.
Solo supieron reír luego de tal escena.
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