Resiliencia - Capítulo 49
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
49: Cápitulo 49: La farmacia y Werner 49: Cápitulo 49: La farmacia y Werner Le comenté a Dusty lo sucedido.
—Te lo dije.
Las personas son así por naturaleza.
Ni él lo creía en su totalidad, era como si dijera oraciones que estuvo practicando con anterioridad.
—¿Qué sucede?
Lie se acercó a la conversación.
Le conté lo que sucedió.
Haciéndolo ver menos grave de lo que fue, pero siendo realista.
—Serios problemas —habló Lie a la nada.
—¿Qué cosa?
—Eso te va a traer serios problemas.
Esas chicas son conocidas por ser peleadoras y por meterse en problemas.
El tema es que son tan conocidas, que son amigas de la mayoría del colegio, por lo que si comienzan los rumores, con gran probabilidad van a estar del lado de ellas.
—Mm… tienes razón —confirmó Dusty.
—Aun así, sé que harta gente te apoyará, siempre has tenido buena fama.
—No sé si todavía.
—No creo que la gente se olvide de todo de un día para otro.
—Eso espero.
—¿Por cierto a dónde vamos?
—preguntó Lie.
Caminamos unas cuantas cuadras desde el colegio.
—No sé, yo te seguía a ti.
—¿Como?
Pensé que yo te estaba siguiendo.
—Jaja.
Estamos siguiendo a Dusty —aclaré su preocupación.
—¿No es broma?
¿Verdad?
—No, me está llevando a una farmacia.
Mientras seguíamos caminando, le explicamos lo que íbamos a hacer, no tenía nada que esconder, así que le respondí todas sus dudas.
Dusty también aclaró como funcionaban algunas cosas que omitió la vez anterior.
Lo único que ninguno de los dos mencionó fue lo del dinero que le pagaría a Dusty a cambio.
—Que miedo los chicos de hoy en día —terminó comentando Lie.
—Eres un año mayor nomas, abuelo.
—Tienes razón, aun así, me veo más niño que ustedes.
—Dusty tiene más cara de bebe que nosotros.
—¡Oh!
Es verdad, ahora que lo mencionas puedo notarlo.
¿Estás seguro de que tienes 16?
—finalizó preguntando a Dusty.
—Ni me lo digas —rio Dusty—.
La gente creía que iba en básica hasta que me dejé crecer el pelo y me lo teñí.
Llegamos a afuera de la tienda.
—¿Van a entrar conmigo?
—Yo ya te dije que no podía —insistió Dusty —No sé si deba, pero si quieres te acompaño —ofreció Lie —No, no.
Iré yo nomas.
Entré a la tienda.
Había dos personas, una de ellas, una abuelita que iba saliendo.
Aproveché de sostenerle la puerta para que pasara con tranquilidad, me agradeció con una tierna sonrisa.
Me alivió el corazón.
La otra estaba en caja pagando.
Así, supuse que no se tardaría en salir.
—Hola buenas, en que puedo ayudarlo —me atendió uno de los dos empleados.
—Quiero… —se me olvidó el nombre, maldición, debí anotarlo o preguntarle nuevamente a Dusty antes de entrar—.
Lo siento se me olvido cual era el nombre.
Tenía la posibilidad de salir para consultárselo, no me demoraría mucho, sin embargo, puede que todo salga bien si solo se lo explico.
Terminé pasándole un papel de cuaderno con un gran número seis en el centro.
—¿Qué es esto?
—Un seis.
—No entiendo, no tenemos ningún producto que se guíe por números.
—Quiero la dirección de las drogas —le pedí a susurros mientras me secaba las manos.
—¿Drogas?
¿Qué drogas quiere?
—La dirección —insistí nervioso.
—Disculpe, pero podría darme su carnet de identidad.
Esto no iba a funcionar.
Se lo tendí.
—Usted es menor de edad, no podemos venderle drogas.
—La dirección.
—Ya le dije que no puedo venderle nada de drogas, no lo haga difícil o tendrá problemas Eso sonó a amenaza.
—¿Problemas?
La señora se fue, era un buen momento.
De un de repente me subí al mesón que servía de separación del cliente con el empleado.
Ya me harté, siempre siendo bueno; ayudando a la gente.
Ahora haría lo que sea para ayudarme a mí.
—¡Hey!
¡¿Qué haces?!
Me lancé contra el tipo, debía tener unos treinta años, estaba bien afeitado así que se le notaban menos.
Su contextura era delgada, y de inmediato me di cuenta de que no tenía mucha fuerza.
Apenas se dejó caer al piso, lo sujeté de la bata blanca.
—Me vas a decir donde mierda están las drogas o te mataré.
—No sé de qué habla.
—Crees que soy idiota.
¿Dónde están las cajas con la dirección?
—Se acabaron, no tenemos autorización para seguir entregando.
—No pregunté eso.
El otro empleado vino corriendo a ayudar a su amigo.
—¡Hey!
¡Hey!
¡¿Que mierda haces?!
Un gordo barbudo; ya viejo, agarró un palo de madera e intentó amenazarme.
—¡Suéltalo!
—movió el palo como si se tratara de un animal.
Saqué la cuchilla y la posicioné en el costado del cuello; le enterraría el colmillo.
El chico debajo de mí apenas la vio se comenzó a desesperar.
—¡¡No quiero morir, no quiero!!
—gritó mientras se intentaba zafar— ¡¡Por favor, no me mates!!
Así lucía una amenaza de verdad.
—¡Estas loco!
¡Maldito lunático!
¡¿Que mierda quieres?!
—¡Dime donde están las cajas con la dirección de las drogas!
—grité para darle énfasis a que de verdad podía asesinarlos.
—¿¡Qué drogas!?
—¡Deja de hacer como que no saben!
¡Las malditas drogas ilegales, a eso me refiero!
El sujeto tragó saliva y ojeó hacia otro lado.
Seguí su preocupación.
Reflexionó sobre las cámaras de reojo y volvió su atención a mí.
—¡¡No le digas!!
¡¡No le digas!!
Se atrevió a decir desesperado el que estaba en el piso.
—Chico, no sabes lo que estás haciendo —intentó calmarme el barbudo.
¿Tanto le temen a una cámara?
—¿Crees que no?
¡Por algo te estoy preguntando, dime donde están y todo se termina!
—No lo entiendes.
Vas a perderlo todo y nosotros también si te decimos —empezó a tranquilizarse.
Esto tuvo efecto en su compañero.
—¡¡Crees que me importa!!
¡¡No tengo nada que perder!!
¡Así que, o me dicen o lo mato!
¡Soy menor de edad, así que aun puedo hacerlo sin ir a la cárcel!
—completé con una mueca de gusto.
—¿Menor de edad?
¡Mierda!
—¡¡Dile, dile donde están las malditas drogas!!
¡¡Deja que lo maten!!
—comenzó a discutir el sujeto en el suelo.
Los segundos esenciales donde no podía razonar, se acababan.
—Pero… ¡Ahg!
No lo entiendes.
Nosotros también vamos a salir perjudicados —mencionó el barbudo.
La hoja de la navaja comenzó a rozar la piel de su compañero.
El sin barba pudo sentir el hielo cortando parte de su piel, como si fuera de papel.
—¡¡Tráeselas!!
¡¡Tráelas!!
Ni él sabía si gritaba por desesperación o por que se rindió.
—Bien, bien.
¡Cálmense!
El tipo del bate, ante las desesperadas palabras de su compañero de trabajo, soltó el palo y salió corriendo a buscar lo que solicité.
—¡Estas muerto!
¡¿Lo sabes?!
—comenzó a hablar el chico que estaba aplastando.
Sus palabras salían entre cortadas, con miedo.
—¿Crees que me importa?
—Deberías.
Te van a torturar, te van a hacer llorar como el niño que eres, te van a descuartizar.
Su mirada perdida me irritaba.
Le alejé la navaja del cuello.
Él se relajó.
No sé qué sucedió por su mente que creyó que lo estaba dejando ir.
—¡Muerto, estas muerto!
—seguía delirando.
—Jajaja.
De verdad crees… Se intentó mover empujándome hacia un lado sin dejarme terminar de hablar.
Sujeté la navaja con firmeza, la llevé encima de mi cabeza y se la clavé en la pierna.
Me aseguré de abrir los ojos para ver cada detalle.
—¡¡¡Aaaaaahhhhh!!!
El grito que soltó era atormentante, era casi seguro que Niel y Dusty lo lograron escuchar.
Su compañero también.
Volvió corriendo.
—Si sigues hablando te la entierro en la otra.
¿Entendiste?
—Sí, sí, sí.
—dijo llorando de dolor.
—¿Qué te dije?
Moví la navaja dentro de su pierna.
Las lágrimas que tenía.
La sensación de que lo podía matar.
El temía por su vida y esta estaba en mis manos.
Podía decidir si lo hacía o no.
Tal sensación, era magnifica, quería envolverme en ella.
Volví a levantar la cuchilla para hacer lo mismo.
—¡¡Espera!!
—me detuvo el amigo, que llegó con una pequeña caja de fármacos—.
¡Aquí esta!
¡Ahora déjalo!
¡Aquí esta lo que quieres!
¿Por qué me trata como un animal?
—Tíralo.
Tal como exigí, me lo cedió.
Revisé el contenido, tal como dijo Dusty, entre los sobres con pequeñas pastillas, apareció un papel con una dirección.
—Es inútil, aunque vayas, no vas a encontrar nada.
Nos vetaron hace unos días por problemas de ser encontrados —dijo el caballero de tercera edad con sobrepeso.
—No me interesa —le hice saber.
—¡Como quieras!
Eso sí, que sepas en que acabas de arruinarnos la vida.
—Tampoco me interesa.
Me levanté, crucé el mesón por encima.
De ahí pude ver como la sangre del tipo manchaba el piso poco a poco.
Cuando salí, di vuelta el cartel de abierto a cerrado.
Dusty y Lie estaban esperando en la misma esquina de la farmacia.
Ambos estaban algo nerviosos.
Dusty, que estaba pálido.
—Que… ¿Qué sucedió?
—preguntó Dusty.
—Me dieron la dirección, pero me dijeron que no encontraríamos nada.
—Eh… Tienes sangre en la ropa.
Lie se dio cuenta de que debajo del bolsillo del pantalón, sangre se derramaba, oscureciendo la tela de este.
Pensé que se sorprendería, o se aterrorizaría, al parecer le dio igual.
—Es de uno de los sujetos, se puso agresivo por lo que le pedí.
Dusty mantuvo su distancia.
—Mejor nos vamos.
Volvimos cerca del colegio.
Lie para mi suerte se tenía que ir, prefería no involucrarlo.
Antes de marcharse solicitó que si cualquier cosa que pasaba, lo llamáramos.
Nos subimos al Lotus Evora.
—¿Puedo subirme?
—preguntó Dusty.
Su pelo teñido cruzaba por un color similar al del vehículo.
—¿Cómo crees que vamos a llegar a la dirección?
—Tienes razón, pero no conduzcas muy rápido por favor.
—Como desees.
Apenas se subió y salí de entre los vehículos, el motor se aceleró, las ruedas pegadas al piso casi resbalan por el súbito incremento de velocidad, la luz amarilla marcaba que pronto no podríamos pasar, al pasar por debajo del semáforo este cambio al rojo.
La expresión de Dusty lo decía todo.
Su cuerpo se pegó al asiento, su mano buscó algo de que sujetarse.
La dirección marcaba un lugar alejado de la ciudad, pasado el rio principal por uno de los grandes puentes.
Nos desviamos varias veces entre un sinfín de pasajes y llegamos a donde decía el sitio, un pasaje con casas de un solo piso, enrejadas para evitar el contacto directo con el exterior.
Tenía que admitir que el sitio me generaba algo de desconfianza, la calle no tenía salida y la entrada era bastante estrecha.
—Bájate —pedí a Dusty —¿Qué?
¿Por qué yo?
—¿Sabes conducir?
—No.
—Vez.
Anda tú y si sucede algo, vienes corriendo.
—¿Por qué debería?
—Ya te pagué, así que deberías ir.
Aparte que ya lo has hecho antes, yo no.
—Maldición.
Si me secuestran, espero que sepas que es toda tu culpa.
—Lo que digas.
Solo apresúrate.
—¿Por qué acepté?
—reclamó para sí mismo.
El ruido se opacó cuando cerró la puerta.
Siguió balbuceando, sin embargo, no entendí lo que decía; estaba más pendiente a los alrededores que a sus reclamos.
El vehículo era demasiado llamativo.
Eso podía traer más problemas que soluciones, incluso puede que me quieran robar.
Aunque alguien de este barrió pensaría que se trata de alguien vinculado al narcotráfico, al andar en un coche deportivo por esa zona sin temer.
Si bien Dusty salió calmado, algo me desagradaba de su tan pronta salida.
—¿Qué sucedió?
—pregunté bajando la ventanilla.
—Se me olvido el dinero —dijo acercándose.
—¿Qué?
Dusty me miraba con temor.
¿Qué le sucedía?
Preferí esperara a que se acercara.
Se subió al auto con una intranquilidad bien oculta.
—Prende el auto.
—¿Qué sucedió?
—volví a preguntar.
—Cuando entré, vi a uno de los chicos del colegio.
Él sabe que he venido antes, porque él me trajo.
No sé si me vio, pero si sabe que estoy acá, no sé qué pueda ocurrir.
—¿Y si voy yo?
—No, no.
Tenemos que irnos de acá, de inmediato.
Él también te conoce, si nos quedamos todo va a salir mal.
—Pero si nos vamos, voy a perder la oportunidad de acercarme.
—Te puedes acercar a él en el colegio, pero, ¿Acá?
No.
Vámonos Si nos íbamos, perderíamos la oportunidad.
Aun así, por nuestra seguridad quizá sea lo mejor.
Pero entonces, que sentido tendrá que hayamos venido.
Si realmente es como dice y esta uno de los tipos del colegio, es más fácil sacarle la información allá.
¿Y si se equivoca?
No podré saber cómo acercarme al maldito que mató a mi familia.
¡Mierda!
No sé qué hacer.
¡Piensa!
Si lo que dijeron los de la tienda es cierto, tienen miedo de ser atrapados, por eso vetaron las cosas.
Significa que nadie debería haber venido a esta dirección luego de que lo decidieran, pero no han actuado, ¿Por qué?
¿Acaso les avisaron?
¿O será otra cosa?
¡Maldición!
Si entro, pueden que tengan armas, yo solo tengo una cuchilla.
¿Entro de igual manera?
Sería suicidio.
Pero si el chico me reconoce, no pasará nada bueno.
¡Maldición!
El probablemente sabe lo de los rumores de mi familia, debe saberlo todo.
Si sabe que vine, no irá al colegio o puede que vaya preparado.
Todo es demasiado inconcluso si me quedo.
Lo mejor será irnos.
—Van a sospechar si nos vamos de la nada —intenté finiquitar mi decisión con alguna palabra de Dusty.
—Es mejor a que nos maten.
¡Son como la puta mafia!
—¿Tienen armas?
—Tienen de todo.
No usan las de fuego, pero también tienen.
Tienen pistolas traumáticas, también de esas que te electrocutan y tienen unas malditas Katanas.
—¿Katanas?
—¿Que no te digo que son como una jodida mafia?
—Está bien, está bien.
Nos vamos.
—Por favor, apresúrate.
Alguien salió por la puerta de la casa en la que acababa de llegar Dusty.
Era él, el chico de cuarto año del colegio.
—¡Mierda!
¡Es Werner!
Lo había visto antes, era demasiado reconocible por su pálido color de piel y su altura, los ojos de un color casi gris y el pelo negro.
Los genes alemanes de su apellido le atribuían la mayor parte de sus rasgos.
Dusty se ocultó.
Fue evidente que lo alcanzó a ver.
Encendí el auto.
En la mano tenía una pistola.
Con cuidado, la levantó.
Mi cuerpo se tensó, mis manos quedaron insertadas en el manubrio.
Los nervios me inmovilizaron.
El arma de fuego apuntaba en mi dirección.
Si no te retiras, te disparo.
Cambió su postura.
Su confianza se desbordaba.
Tenía claro que no fallaría.
No sabía si era real, tampoco quería descubrirlo.
Me hizo la señal acompañándola con un levantamiento de ambas cejas.
Mis ojos seguían viendo el atemorizante agujero, mis manos se desesperaron por poner reversa.
Las señales que intentaban llegaban a mis pies me dejaron retroceder hasta salir del callejón.
Hizo descender el arma de un tramo, se notaba pesada.
Me observaba incesante, era amenazante.
Confundido, continué el camino hasta salir del sector.
Antes de entrar a la carretera detuve el vehículo.
Estaba aturdido, como si no pudiera pensar.
No entendía la razón.
No podía evitar pensar en el cañón del arma, algo diminuto que salía por ahí, causaba un daño mortal.
Algo aterrador, realmente traumático, algo horrible.
Ya conocía ese poder, te daba fuerza, te hacía sentir confiado, al costo de perder todos los demás sentidos.
Sin miedo, uno es capaz de todo; es capaz de matar a una persona.
Me proyecté apuntando con el arma, esa mirada desesperada por sobrevivir bajo la máscara, al borde de las lágrimas, suplicando por su vida.
Pensé haber borrado ese momento de mi memoria, solo estaba oculto.
Sentí una sensación similar a la adrenalina.
Rebufé.
Mis comisuras se alejaban —¿Qué sucede?
—preguntó Dusty intentando interpretarme.
Rei a carcajadas.
Estoy comenzando a pensar que podría a caer en la locura.
Volví a reír.
La realidad se acercaba, pero la seguía evadiendo.
Respiré y exhalé en grande.
Pronto, ya no aguantaría.
Me calmé.
Me sentía capaz de volver y chocar el vehículo contra la casa.
Mi mente ya se relajó y resolvió el miedo.
Terminé dejando a Dusty cerca de un paradero.
Técnicamente lo arrojé.
Necesitaba algo con que desquitarme.
Terminé volviendo al departamento.
Esmeralda tenía todo listo para cenar.
Me dirigí directo a mi habitación.
Ella quedo extrañada, aun así, no intentó nada.
Era preferible así.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com