Rey Vikingo: Regreso - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 El reino escondido Parte 7
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17: El reino escondido: Parte 7 17: El reino escondido: Parte 7 —¿Adrenalina?
—Hilda lo miró girando un poco la cabeza y levantándola.
—eso lo mencionaste antes, ¿A qué te refieres con eso?
—regresó a su postura.
—Sí, amigo.
—¿No saben lo que es?
Carajos.
Hablo del instinto que lo Dioses nos dan en momentos así.
Nos llenan al máximo de poder.
—¡Eso mismo pensé yo!
Los Dioses tuvieron que ayudarte.
Tal vez te están bendiciendo para ser un digno Rey.
—¿No es mucho pensar eso?
—cuestionó Arne.
—¿Por qué piensas eso?
¿Dices que él no es suficiente para ser bendecido por los Dioses?
—replicó Hilda.
—Pues verás, sin ofender de nuevo, Erik, ¿Por qué tú serías elegido entre todas las personas?
—Arne… Ya basta, ¿Quieres?
—Tranquilo, Fulker, déjala decir lo que quiera, ¿Desde cuándo no dejamos a los demás opinar?
Todos tenemos derecho a hacerlo.
Arne, ¿Cómo puedes tener razón?
Al final son Dioses, ¿No?
Es imposible saber lo que piensan, al fin y al cabo, somos unos simples humanos, ¿No crees?
—Supongo que tienes razón.
Los Dioses son misteriosos.
—Erik, ¿Te parece si practicas ahora a montar?
Ya terminamos de comer.
—Está bien.
Sé amable conmigo.
—sonreía.
—Lo intentaré.
Hilda desató el caballo elegido por Ezequiel y lo llevaron un poco lejos para tener suficiente espacio.
Ella le indicó acercarse despacio por la izquierda del caballo, hablándole, ya que podía asustarse.
De todas maneras, ella se puso a su lado.
—Apoya el pie izquierdo en el estribo y sujétate de la silla.
—¿Así?
—Sí, ahora pasa con cuidado la pierna derecha por encima.
Hazlo un poco más arriba, bien, así.
Pon la espalda derecha y apoya las rodillas en él.
Haciendo eso no te caerás cuando el caballo se mueva.
—¿Sólo así no te caes?
Es más fácil de lo que creí.
—Era obvio que a ti te sería fácil.
Pero no te confíes, ¿Sí?
—Claro, ¿Cómo hago para avanzar?
—Tienes que presionar suavemente con las piernas y para moverlo, tienes que indicarlo con la rienda y acompañarlo con el cuerpo.
—Ya veo… Entonces… —presionó las piernas.
—¡Espera!
El caballo salió a toda potencia, complicándole maniobrarlo de forma adecuada.
Se movía en varias direcciones.
Hilda y Fulker se subieron a sus caballos enseguida.
Ezequiel de repente sentía como si el caballo le estuviera hablando, aunque sin palabras, era más bien una cierta energía, y de inmediato recordó que lo mismo ocurrió con los peces; en ese momento no le prestó atención por estar concentrado en Hilda.
Cerró los ojos por instinto y esa energía también apareció en él.
Aquellas energías comenzaron a entrelazarse, formando una especie de conexión.
Él se sentía raro.
Con los segundos iban entendiéndose de alguna manera y calmándose, hasta recuperar el control.
—¿Qué fue lo que pasó?
Fue… Asombroso… Al momento de llegar a él, les presumió sonriendo.
Levantaba el pulgar, dirigiéndose con ellos.
Se sorprendieron de la rapidez.
—Tienes talento en esto.
—expresó Hilda.
—lo hiciste muy bien.
—Gracias… La verdad no sé cómo lo hice.
—A eso se le llama talento.
—contestó Fulker.
—no dejas de sorprenderme, en serio.
—Ya veo… ¿Entonces esa sensación extraña es normal?
¿Quieren hacer una carrera?
—¿Una carrera con los caballos?
Claro.
—contestó Fulker.
—si hacemos eso te acostumbrarás a los golpes del lomo, ¡Arne!
¿¡Quieres competir en una carrera!?
¡Erik nos retó!
—¿¡Erik lo hizo!?
¡Bien!
¡Te arrepentirás, Erik!
Se pusieron uno a lado del otro, apuntando al área abierta.
Fulker hizo la cuenta regresiva y salieron a toda marcha.
Al principio iban parejos, hasta que comenzó a notarse la diferencia de velocidad y control, con Hilda en la cabeza.
Fulker iba segundo, Ezequiel y Arne estaban a la par, aunque ella superaba por poca distancia.
—¡Te estoy ganando, Erik!
—gritó Arne sonriendo—.
¿¡Crees que podrás!?
—¡Lo sé, pero también estás perdiendo contra Hilda!
—¿¡Y eso qué!?
¡Yo quiero ganarte a ti!
—lo miró sonriendo sin prestar atención al camino y al árbol en frente.
—¡Cuidado!
—saltó del caballo y la empujó manteniéndola en los brazos—.
¿¡Estás bien!?
Hilda y Fulker se dieron la vuelta enseguida, y sujetaron a los caballos, que habían frenado.
—¿¡Se encuentran bien!?
—exclamó Fulker.
—¡Erik!
—se bajó apenas llegaron—.
¿Qué les pasó?
—no pudo evitar hacer un gesto de molestia al verlos juntos.
Ezequiel la soltó y se puso de pie, ayudando a Arne.
—Estamos bien.
Casi se choca con aquel árbol.
—¿Y eso por qué?
—preguntó Fulker yendo con Arne.
—Estábamos hablando y no noté el árbol, perdón si te asusté, Fulker.
—No te preocupes, al menos estás bien.
Mejor regresemos al lago a armar las jaimas.
—Erik, ven un momento.
—Claro, ¿Qué sucede?
—No me gusta que estés tan pegado a ella.
—¿No quieres que le vuelva a hablar?
—Puedes hacerlo, pero no te acerques tanto, ¿Sí?
—Claro, lo entiendo.
Intentaré no estar tan cerca de ella, ¿Bien?
—se inclinó y le besó en la nariz.
—ah, y enséñame a cocinar como tú, ¿Quieres?
—¡Sí!
Lo haré.
—Por cierto, ¿A quién saliste tan petisa?
—Oye… ¿Te estás burlando de mí?
—expresó seria.
—sabes que peleo mejor que la mayoría, ¿Quieres te mate?
—Veo que no te gusta que mencionen tu altura.
—Tú porque eres muy alto… Tonto.
—Pero ser petisa es una ventaja, puedes ser escurridiza y esquivar mejor.
Además de que las enanas son las más atractivas.
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