Re:zero-Borealis - Capítulo 1
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1: Prologo— Y así se inició 1: Prologo— Y así se inició Morir… qué palabra tan curiosa.
Para algunos, es el fin.
Para otros, la ansiada libertad de las ataduras de la carne.
Hay quienes la llaman el descanso eterno.
Pero eso no aplica aquí.
No esta vez.
Una vida que terminó demasiado pronto ha llegado a un lugar donde su mera presencia cambiará un mundo entero.
Un mundo en el que el caos y la muerte podrían transformarse… en un reinicio.
Acompáñenme en esta historia, para ver cómo el nacimiento de alguien que nunca debió existir desencadena lo que conocemos como el efecto mariposa o bueno para decirlo mejor para nosotros sería el “Fenómeno del Alma Errante”.
Año 009 – 9 años después de la Gran Calamidad Ubicación: más allá de las montañas, cerca de la frontera con Gusteko El frío mordía la piel.
La nieve caía sin descanso, cubriendo el suelo y las viejas construcciones con un manto blanco.
Un grupo de personas se había reunido frente a la casa del jefe de la aldea: una hacienda modesta, rodeada de viviendas rudimentarias y tiendas de campaña improvisadas.
Nadie estaba bajo techo; todos aguardaban afuera, con los rostros tensos, escuchando los gritos que venían desde el interior.
Dentro, una joven de unos veintitrés años, de cabello plateado, se retorcía sobre un camastro, presa de un dolor que le arrancaba alaridos.
A su lado, una mujer anciana, de unos cincuenta y cinco años, vestida con una bata blanca de lana gruesa, la curandera de la aldea, daba instrucciones con firmeza.
—Vamos, falta poco, Mylika… un poco más.
Ya veo su cabeza —dijo la anciana con voz grave.
Mylika gritaba, aferrada con fuerza a la mano de otra mujer, mayor que ella.
—¡Madre… ahhhh!
Es demasiado… ahhh… —jadeaba entre contracciones.
La anciana miró a la mujer que le sostenía la mano y habló con urgencia.
—Lyssane, ya casi está.
Apóyala, el bebé está muy cerca.
Lyssane besó la frente sudorosa de su hija.
—Mylika, querida… eres fuerte.
Eres mi hija, la mejor luchadora de la aldea.
Vamos, solo un poco más… Mientras tanto, en el exterior, un hombre de unos treinta y cinco años, con barba espesa y cabello gris plateado, observaba la puerta con los brazos cruzados.
Su semblante parecía severo, pero en el fondo se le leía la preocupación.
A su lado, un joven de unos veinticinco años, de complexión atlética —el cuerpo de un cazador o espadachín curtido por el frío— caminaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas, incapaz de ocultar su nerviosismo.
El hombre mayor, jefe de la aldea, clavó su mirada en el joven y habló con voz grave: —Oye, Gareth, idiota… deja de moverte y ponte firme.
Tu hijo o hija está por nacer, y tienes que mantenerte de pie por ese bebé y por mi hija, que está en labor de parto.
Gareth se detuvo, tragó saliva y respondió, inquieto: —No es fácil para mí, jefe Dorian.
No puedo quedarme quieto… estoy muy nervioso.
Me preocupa Mylika… y también el bebé.
Quedarme inmóvil ahora mismo es imposible.
Dorian soltó un suspiro profundo antes de replicar: —Mira, chico, sé que no es fácil.
Créeme, yo también me puse nervioso cuando mi amada Lyssane entró en labor de parto.
Pero nosotros, los hombres, tenemos que mantenernos firmes para darles apoyo.
El dolor que una madre soporta para traer una nueva vida… es algo que jamás podremos entender del todo.
El jefe endureció el tono y se inclinó un poco hacia él.
—Así que te lo diré de la manera más suave posible: o tu trasero se queda quieto ahora… o voy a tener que usar mi hacha para cortarte las piernas, y así mi nieto o nieta tendrá un padre inválido.
Gareth tragó saliva, se dio dos palmadas en las mejillas y respiró hondo.
Luego, se obligó a mantenerse sereno, con la vista fija en la puerta.
En un susurro, apenas audible, murmuró: —Sé fuerte, mi amada Mylika… tú puedes.
La gente de la aldea observaba en silencio.
Había tensión, sí, pero también una emoción palpable: su querida Mylika estaba a punto de traer al mundo a un bebé… el hijo de los dos guerreros más fuertes de la aldea.
Entonces, un último alarido rompió el aire gélido, seguido de unos segundos de silencio absoluto… hasta que, finalmente, el llanto agudo de un recién nacido llenó la casa y se filtró hacia el exterior.
La voz firme, pero satisfecha, de la curandera resonó desde adentro: —¡Es un niño!
Toda la aldea estalló en celebraciones.
Algunos se abrazaban, otros reían y varios corrían a felicitar a Gareth y al jefe Dorian.
Pero Gareth no prestó atención a nadie.
Con paso veloz —y un nerviosismo que lo empujaba a moverse— fue directo a abrir la puerta.
Dorian, contagiado por la emoción, se apresuró junto a él.
Justo cuando ambos extendían las manos hacia la manija, la puerta se abrió de golpe hacia afuera y se estrelló en sus rostros, enviándolos de espaldas al suelo.
En el umbral apareció la curandera, una mujer de porte imponente llamada Nerithis, que los miró con una ceja arqueada y tono amenazante.
—Dorian, hijo mío… te conozco demasiado bien.
Pero no voy a permitir que mi bisnieto sufra el frío por tu culpa.
Luego giró la mirada hacia Gareth, y sin cambiar su expresión agregó: —Aunque lo niegues, Dorian… tú y tu yerno tienen mucho en común: son igual de tarados y bárbaros.
Dentro de la casa, Lyssane sostenía al pequeño recién nacido, que lloraba en sus brazos.
Su cabello azulado caía suavemente sobre el niño mientras lo contemplaba con ternura.
—Es hermoso… es perfecto.
Mylika, mi niña, trajiste al mundo a un bebé precioso.
—Madre… por favor… quiero verlo.
Necesito verlo —susurró Mylika, agotada.
Lyssane se inclinó y acercó al bebé, que aún sollozaba, hasta los brazos de su madre.
En cuanto Mylika lo abrazó y le besó la frente, el niño dejó de llorar y se acurrucó buscando el calor materno.
—Hola, mi pequeño… mi hijo… mi mayor tesoro —susurró Mylika, con lágrimas en los ojos.
Se escuchó el crujido de la puerta al abrirse.
Gareth entró apresurado, y en cuanto vio a su esposa y a su hijo, no dudó: abrazó a Mylika con fuerza, la besó con ternura y, enseguida, depositó un beso en la frente del bebé.
—Buen trabajo, Mylika… buen trabajo.
Trajiste al mundo a un bebé hermoso —dijo, con la voz cargada de emoción.
El jefe Dorian observaba la escena con el pecho inflado de orgullo, y una lágrima deslizándose por su mejilla.
Lyssane, su esposa, se acercó y le susurró: —Dorian… nuestro nieto es hermoso.
Él pasó un brazo por la cintura de Lyssane y respondió, con una sonrisa suave: —Sí… lo es.
Es muy hermoso.
Nerithis, sin detenerse en sentimentalismos, caminó directamente hacia la chimenea.
Colocó más leña en el fuego para reforzar el calor, y luego se volvió hacia su nieta.
—Mylika, por favor, dame al niño.
Debo examinarlo y revisar su salud —indicó con firmeza.
—Espera… por favor, anciana Nerithis —intervino Gareth, alzando una mano—.
Al menos déjeme cargarlo una vez… La curandera soltó un suspiro largo, entre resignación y ternura.
—Está bien, chico… cárgalo.
Pero después me lo das.
Tengo que usar mi protección divina con él para saber si padece alguna enfermedad.
Gareth asintió y tomó al bebé de los brazos de Mylika, quien, exhausta, ya empezaba a ceder al sueño.
Lo sostuvo con cuidado, como si temiera que el mundo entero pudiera lastimarlo, y lo contempló en silencio durante unos segundos.
En su mente, pronunció un voto silencioso: Serás un gran guerrero… y harás muchas cosas.
Yo me encargaré de que así sea.
—Mylika… —dijo en voz baja—, ¿qué nombre le pondremos?
Ella, con los párpados pesados y la respiración entrecortada por el cansancio, esbozó una pequeña sonrisa.
—No lo sabía con certeza… pero si era un niño… iba a llamarlo Leoric.
Así quiero que sea… —hizo una pausa para tomar aire—.
Su nombre será Leoric Valmore.
Gareth repitió el nombre en un susurro, como si estuviera sellando un juramento: —Leoric Valmore…le queda de maravilla.
—Bien, chico… es hora de que vea cómo está mi bisnieto —dijo Nerithis, extendiendo los brazos.
Gareth, con un último beso a su hijo, y se lo entregó a Nerithis.
La anciana lo sostuvo con firmeza y ternura a la vez, colocando una mano arrugada sobre su diminuta frente.
En su mente, recitó: Lectura de la Protección Divina de la Vida.
Un suave resplandor blanco comenzó a emanar de su palma, envolviendo la cabeza del pequeño como una luz cálida y pura.
La habitación entera pareció guardar silencio, como si incluso el fuego de la chimenea se inclinara para escuchar.
Tras unos instantes, Nerithis dejó que la luz se desvaneciera.
Exhaló lentamente y alzó la vista hacia todos.
—Mi bisnieto… será alguien increíble.
Gareth dio un salto de alegría y soltó una carcajada eufórica.
Dorian y Lyssane se abrazaron con fuerza, orgullosos y emocionados.
Mylika, con una sonrisa débil pero plena, dejó que el sueño la reclamara.
Afuera, la pequeña aldea celebraba.
No eran más de veinte personas, pero para ellos, la llegada de un bebé siempre era motivo de esperanza.
Y ese invierno, que para muchos habría sido desgarrador, se convirtió en el más cálido que recordaban desde hacía nueve años… desde la Gran Calamidad provocada por la Bruja de la Envidia.
En otro mundo… mucho antes de todo.
La nieve, el fuego y las voces jubilosas quedaron atrás como un recuerdo distante, desdibujándose en la bruma del tiempo.
Ubicación: Cambridge, Universidad de Cambridge.
Año: 2016.
El cielo estaba cubierto por nubes grises y el aire tenía ese frío húmedo típico de Inglaterra.
Estudiantes caminaban con carpetas bajo el brazo y bufandas apretadas al cuello, cruzando el antiguo patio empedrado, donde las torres góticas parecían vigilar desde siglos atrás.
En uno de los edificios principales, detrás de una ventana alta y arqueada, una figura estaba sentada frente a un escritorio cubierto de papeles, libros y una taza de café olvidada.
El sonido distante de las campanas de la capilla resonaba, marcando las tres de la tarde… y, sin que nadie lo supiera, el destino de aquel lugar y el de un mundo lejano estaban a punto de entrelazarse.
—¡Oye, Jordán!
—la voz de un joven resonó desde la puerta del aula—.
¿Acaso piensas quedarte ahí sentado todo el día?
Tenemos que reunirnos en la casa de Violet para avanzar en el proyecto de ingeniería que nos pidió el profesor.
Jordán levantó la vista, como si despertara de un pensamiento lejano.
—Claro, Michael… —respondió mientras recogía sus cosas—.
Solo estaba recordando que olvidé comprar lo que mi madre me pidió.
—Bueno, no te demores —replicó Michael con media sonrisa—.
Te veré en la tienda con Jennifer.
Jordán levantó una mano en señal de acuerdo, sin molestarse en girarse.
Cuando Michael se fue, su mirada volvió a perderse, y una voz interna, la suya, se presentó como si hablara con el lector: Hola… mi nombre es Jordán Mcgonner.
Soy británico, nacido en Escocia, el menor de una familia adinerada de Londres.
Actualmente estudio en la facultad de ingeniería de la prestigiosa Universidad de Cambridge.
Estoy en mi último año… solo me faltan los proyectos finales, los exámenes y la tesis.
Hizo una pausa mental, como si la realidad lo golpeara.
Aunque, pensándolo bien, con todo lo que falta… todavía me queda un largo camino.
Levantándose de su mesa, Jordán continuó con su narración mental: El chico que acaban de ver es Michael Roberts, mi mejor amigo desde el jardín de niños.
En la universidad es considerado “el popular” —ya saben, capitán del equipo de fútbol, y lo que muchas chicas llaman BGA=E (Bueno, Guapo, Adinerado = Excelente).
Por otra parte, Jennifer Stones —su novia y mi vecina— es la chica ideal: inteligente, cariñosa, y para mí, como una buena hermana mayor.
Siempre me he preguntado qué le ve a Michael… pero luego recuerdo que los hombres nunca entenderemos del todo a las mujeres.
Es uno de esos grandes misterios del mundo.
Quien diga que entiende a una mujer, miente.
Puedes predecir lo que dirá a veces, pero jamás afirmar que la conoces completamente.
Y si alguien lo dice, es mentira… aunque todos quisiéramos que fuera verdad.
En fin… regresando al tema: soy alguien que, a pesar de todo, disfruta estudiar.
Se podría decir que soy un “cerebrito” dentro de un cliché universitario, pero al menos tengo un físico decente gracias a ir al gimnasio y cuidar lo que como.
Al salir de la universidad, vio a lo lejos cómo Michell y Jennifer entraban en un supermercado.
Jordán suspiró y fue tras ellos, todavía intentando recordar qué era exactamente lo que su madre le había pedido.
No notó que una figura con capucha lo seguía a pocos metros de distancia.
Dentro, los encontró cerca de la entrada.
—Oigan, Michell, Jennifer… voy a la zona de lácteos a comprar la leche y el queso suizo que me pidió mi madre.
—Está bien, hermano —respondió Michael—, pero de paso tráete unas cervezas.
Jennifer lo fulminó con la mirada y le dio un golpe en la cintura.
—No le hagas caso, Jor.
Después de todo, iremos a estudiar con Violet, ¿recuerdas?
Jordán soltó una risa y dijo: —Claro que lo sé.
Le lanzó un guiño a Michael, quien entendió al instante y le respondió con un pulgar arriba.
No tardó mucho en reunir lo que necesitaba: el paquete de leche, el queso suizo y unas cuantas botanas.
Solo le faltaban las cervezas cuando, de pronto, se escuchó un grito que congeló el ambiente: —¡Al piso todos, carajo!
—rugió una voz.
Un tipo encapuchado, con un trapo cubriéndole el rostro y una pistola en la mano, tenía a Jennifer como rehén.
El cañón del arma estaba presionado contra su sien mientras ella, con lágrimas en los ojos, temblaba.
Jordán miró a un lado y vio a Michael tirado en el piso, con sangre en la cabeza.
Evidentemente lo habían golpeado por la espalda antes de que pudiera reaccionar.
La cajera, pálida y temblando, había alcanzado a pulsar el botón de pánico.
El asaltante la vio y gritó: —¿¡Qué carajo crees que haces!?
¡Dame el dinero ahora o le vuelo los sesos a esta preciosa!
No me tomó mucho tiempo entender que tenía que actuar.
Estaba en el punto ciego del asaltante, así que agarré lo primero que tenía a mano: el queso.
Se lo lancé directo a la cara.
El golpe lo tomó por sorpresa, llevándose una mano al ojo.
Aproveché el instante y me lancé sobre él para apartar a Jennifer.
—¡Corre!
—le grité.
Forcejeé con el tipo tratando de arrebatarle el arma.
Tenía una fuerza brutal y empezaba a perder la ventaja… hasta que, de pronto, escuché un golpe seco.
Jennifer, con un extintor en las manos, había dejado al asaltante inconsciente.
—Diablos… eso no me lo esperaba —le dije, jadeando.
—Se lo merecía el bastardo —respondió ella con frialdad.
Jennifer corrió hacia Michael, que intentaba incorporarse, mientras yo comenzaba a amordazar al asaltante.
Pero entonces, la puerta del supermercado se abrió de golpe.
Por un momento pensé que era la policía.
Menos mal, llegaron a tiempo, pensé… hasta que vi entrar a otro hombre, esta vez con capucha blanca y un trapo verde cubriéndole el rostro.
Apuntaba un arma directo a Jennifer y Michael.
No lo pensé dos veces.
Me lancé hacia él.
El sonido de los disparos retumbó.
Un dolor insoportable me atravesó el abdomen.
Tres disparos.
Mientras caía, escuché una voz autoritaria gritar: —¡Policía!
¡Tira el arma ahora!
El tipo soltó el arma y se arrodilló.
Un policía lo esposó mientras otro hacía lo mismo con su cómplice.
El tercero se acercó a mí, su voz sonó por la radio: —Estación, envíen una ambulancia, tenemos un herido de bala… es grave.
Dejó la radio y se inclinó, mirándome directamente.
—Oye, hijo, mírame… vas a estar bien.
Solo sigue con nosotros, ¿me oyes?
Mi mirada se desvió del policía a Michael y Jennifer.
Ella lloraba desconsolada, las lágrimas empañaban sus ojos mientras gritaba mi nombre.
Michael, recuperando apenas la consciencia, me miró horrorizado.
—¡Jordán!
¡Jordán!
—gritó, forcejeando con otro agente que lo retenía—.
¡Déjenme, es mi amigo, tienen que ayudarlo!
No sabía qué sentir.
El dolor comenzaba a desvanecerse… y eso me asustó.
Dejé de sentir la ropa empapada de sangre, y mi vista se volvía borrosa.
En mi mente, como un eco lejano, pensé: Mamá, papá… estarán tristes.
Oliver, mi hermano mayor… seguro dirá que me revivirá solo para matarme él mismo.
Sonreí débilmente por dentro.
Diablos… la muerte es una perra.
A veces justa… a veces, no tanto, pero tenías que matarme antes de graduarme maldita.
Mis párpados se cerraban, y aunque aún podía escuchar las voces de Jennifer y Michael llamándome, poco a poco se alejaban, como si fueran arrastradas por una corriente lejana.
Por favor… vida… si existe algo más allá… si tengo otra oportunidad… que mi otro yo conserve algo de mi inteligencia… que pueda hacer algo significativo por los demás… Entonces, el sonido cambió.
Ya no eran sirenas ni gritos, sino una voz femenina, hablándome en un idioma que no entendía.
Entre esas palabras, distinguí un nombre: —Su nombre será… Leoric Valmore.
Leoric… qué lindo nombre.
Y así, el hombre llamado Jordán Mcgonner dejó este mundo tras salvar a sus amigos.
Pero su historia no terminó ahí.
Porque su alma —o lo que quedaba de ella— viajó lejos, muy lejos, para renacer en otro cuerpo, en otro mundo… Un mundo donde sería recordado como Leoric Valmore, el primer rey de una nación que aún no existe… Todavía.
Fin del Prologo REFLEXIONES DE LOS CREADORES Italiux2002 Bueno antes que nada esta es mi primera historia asi que no se como me quedo ni nada pero mas que todo lo hago por diversion o cuando tengo creatividad.
Si bien tengo terminado el prologo y ando avanzando el capitulo 1.
No tengo un horario fijo para publicar historias solo serian cuando las tenga listas.
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