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Re:zero-Borealis - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capitulo 1- Todo comienzo tiene un sueño de por medio
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2: Capitulo 1- Todo comienzo tiene un sueño de por medio 2: Capitulo 1- Todo comienzo tiene un sueño de por medio Capítulo 1 Ubicación: Aldea Borea Año: 009 Despues de la Gran Calamidad (DGC) – Una semana después del nacimiento de Leoric El viento helado descendía desde las colinas del norte, arrastrando pequeños cristales de nieve que brillaban como polvo de diamante.

Mylika avanzaba por el camino central de la aldea, el crujir de sus botas sobre la escarcha marcaba un compás firme.

Llevaba la espada enfundada a un lado, un bulto envuelto en pieles sobre la espalda, y en él, el suave sonido de un bebé despierto.

Las casas, hechas de madera oscura y techos cubiertos de nieve, recordaban a las antiguas aldeas vikingas.

A su paso, los aldeanos —abrigados con túnicas gruesas, capas de lana y pieles de reno— la saludaban con una mezcla de respeto y afecto.

—¡Oh, hola Mylika!

—la llamó una mujer de cabellos castaños, con un pañuelo de lana cubriendo su cabeza—.

¿Cómo estás?

¿Y cómo está el pequeño Leoric?

Mylika sonrió y se detuvo.

—Señora Meridia, estoy bien… y Leoric —dijo inclinando un poco el hombro para mostrar el bulto— está aquí conmigo.

Un suave llanto escapó del bebé, como si confirmara sus palabras.

Meridia abrió los ojos con sorpresa.

—¿Aquí?

Pero… ¡ese pequeño debería estar en casa, y tú reposando!

No ha pasado ni una semana desde que diste a luz.

Mylika dejó escapar una risa breve.

—No te preocupes.

Ya sabes que mi Protección Divina me permite recuperarme más rápido que cualquier persona.

Lo que a otra mujer le tomaría semanas, yo lo superé en apenas dos días.

Siguió caminando junto a Meridia mientras hablaban.

—Voy a casa de mis padres para dejar a Leoric.

Debo volver a patrullar y asegurarme de que no haya Criaturas Malignas rondando… o ya sabes, ellos.

Gareth está vigilando el norte.

Meridia frunció el ceño y suspiró.

—Siempre olvido que eres de las pocas en la aldea con una Protección Divina.

Y lamento que tengas que apresurar tu recuperación para cuidarnos… Pero en cuanto a ellos, no deberían ni acercarse.

Este frío sería mortal para los semi-humanos, sobre todo en pleno invierno.

—No los subestimes —respondió Mylika, ajustándose la capa—.

Son más fuertes que la mayoría de los humanos, pero bueno cambiando de tema como vamos con las provisiones.

Meridia también queriendo cambiar el tema responde.

—Con las provisiones estamos bien.

Mi esposo y los demás regresaron hace poco con un bisonte de las nieves.

Tendremos carne para varios días.

Hizo una breve pausa, como quien se guarda una duda.

—Oye… ¿y el pequeño Leoric?

¿También tiene una Protección Divina?

Mylika sonrió con un dejo de orgullo.

—Por supuesto.

Aunque todavía no sabemos cuál.

Mi madre lo examinó con su Lectura de Protección Divina de la vida y confirmó que la tiene, junto con buena salud.

Lo demás… lo descubriremos con el tiempo.

Mientras continuaban hablando, un cuervo negro pasó volando bajo, posándose sobre un poste de madera.

Desde lo alto, observó en silencio a la guerrera y a su hijo.

Al llegar a la casa del jefe Dorian, Mylika golpeó suavemente la puerta y el olor a estofado recién hecho escapó por las rendijas.

Desde dentro, se escuchaba el chisporroteo de la leña y el burbujeo de la olla.

—¡Ya voy!

—respondió una voz femenina.

Lyssane apareció en el umbral, aún con el delantal puesto y las manos cubiertas de un tenue aroma a especias.

En cuanto vio a su hija y al pequeño, dejó todo y fue directo hacia ellos.

Mylika, con una sonrisa cansada, extendió los brazos para recibir un abrazo… pero quedó inmóvil al ver que su madre pasaba de largo y se dirigía directamente al bulto envuelto en su espalda.

—¿Cómo está mi pequeño osito blanco?

—dijo Lyssane con ternura, tomando a Leoric entre sus brazos.

El bebé, con su cabello blanco idéntico al de su madre, soltó una risa suave al sentir el calor y la familiaridad de su abuela.

—Vaya… —comentó Mylika, arqueando una ceja—.

Veo que mi madre me acaba de reemplazar por su nieto.

Lyssane, sin dejar de mecer al bebé, sonrió con complicidad.

—¿Qué dices, hija?

Claro que en estos momentos mi prioridad es mi nieto.

Desde que me dijiste que estabas embarazada dejé de hacer patrullas para cuidarte, dedicarme a la casa… y, por supuesto, para poder pasar todo el tiempo posible con este pequeño cuando naciera.

Mylika solo suspiró, entre divertida y resignada, mientras cerraba la puerta y dejaba el frío afuera.

Antes de retirarse, Mylika dijo con voz firme: —Madre, iré a patrullar.

Cuida a Leoric… y dile a papá que me dé alcance.

—Está bien —respondió Lyssane con una leve sonrisa—, pero recuerda regresar para la cena.

Hoy tendremos estofado de bisonte.

Sin más, Mylika ajustó la funda de su espada, se acomodó la capa y se alejó con paso decidido, dejando un rastro de huellas frescas sobre la nieve.

Lyssane, por su parte, volvió su atención al pequeño en sus brazos.

Leoric la observaba con sus ojos rojos brillantes, idénticos a los de su madre y su abuelo.

Para Lyssane, estaba claro que el gen de Dorian era dominante: todos los hijos de la rama familiar heredaban el cabello blanco y esa mirada profunda como brasas encendidas.

Entre risas, acercó su frente a la del bebé.

—No me sorprendería que tu abuelo tuviera sangre de vampiro… —susurró en tono de broma—.

Pero eso es imposible, porque siempre ha sido tu abuela quien lo doma.

Sin embargo, en el fondo de su mente sabía que no eran simples coincidencias.

Como hija de Nerithis, conocía las características de las Criaturas Malignas y de los Seres de la Noche.

Sus viajes de juventud junto a su madre la habían llevado más allá de Lugunica y de las grandes ciudades; había visto cosas que pocos creían reales.

Todo aquello ocurrió antes de “ese” incidente.

En ese entonces, Mylika tenía apenas catorce años y ella rondaba los treinta.

Aquella calamidad fue tan terrible que las pesadillas la acosaron durante meses… y si no hubiera sido por la fortaleza de su familia y la guía de su madre Nerithis, probablemente habría quedado marcada para siempre.

Pasaron dos horas hasta que, finalmente, el jefe de la Aldea Borea, Dorian, regresó junto a Gareth después de patrullar la zona sur.

El crujido de la puerta anunció su llegada.

Al entrar, Dorian se encontró con la cálida imagen de Lyssane sentada junto a la chimenea, con Leoric en brazos.

El estofado burbujeaba suavemente dentro de la olla, su aroma llenando la cabaña.

El pequeño, a pesar de tener apenas una semana de nacido, estaba muy despierto, jugueteando con los cabellos plateados de su abuela.

Cuando dormía, era como un tronco; pero en sus ratos activos, parecía absorber cada detalle del mundo que lo rodeaba.

Gareth se acercó a su suegra con una sonrisa cansada.

—Buenas tardes, señora Lyssane.

¿Puedo cargarlo un momento?

Ella le dedicó una mirada seria.

—Bien… pero antes, ve a darte un baño.

Andas cubierto de tierra.

Gareth suspiró, con un gesto casi infantil.

—No es tanto… además, desde temprano sólo he podido verlo dormido.

Hoy ni siquiera me ha reconocido.

—No es no —dijo Lyssane, tajante—.

Al baño, ahora.

Y no te acostumbres a bañarte aquí; recuerda que tú y Mylika tienen su propia cabaña.

—Está bien… señora Lyssane —respondió Gareth, resignado.

Mientras tanto, Dorian se quitaba la chaqueta, dispuesto a ponerse cómodo, pero Lyssane lo interrumpió.

—Cariño, antes de que te acomodes, Mylika pidió que le dieras alcance en el norte.

—¿Te dijo exactamente dónde?

—preguntó él, arqueando una ceja.

—No.

Sólo dijo “el norte”.

Probablemente esté en su zona de patrullaje habitual… junto al río Crynol.

Dorian asintió, volviendo a colocarse la chaqueta y ajustando su cinturón.

—Espero tener doble ración de estofado cuando vuelva.

—Por supuesto —respondió Lyssane con una sonrisa—.

Además, tu nieto te estará esperando.

Hoy la familia cenará junta.

Dorian la miró de reojo.

—¿Tu madre también vendrá?

Lyssane soltó un suspiro.

—Ya sabes cómo es ella.

En estos momentos está en su choza preparando pociones con las hierbas que recolectamos hace tres días.

Le dejé su porción allí y hablamos un rato.

Me dijo que, aunque aún no sabe cuál es la Protección Divina de Leoric, cuando nuestro nieto pueda hablar podrá decirnos.

Dorian asintió y le dio un beso a su esposa y a Leoric en la frente, para luego partir en busca de Mylika.

Mientras tanto, en la choza a las afueras de la aldea Borea —residencia de Nerithis—, la mujer preparaba pociones en un caldero mientras hojeaba un tomo de magia titulado “Qué se sabe de las protecciones divinas, tomo I”.

Al mirar de reojo el estofado que reposaba a un lado, suspiró y decidió detener lo que estaba haciendo.

Apagó el fuego, vertió el contenido del caldero en una botella de cristal y la colocó con cuidado en una repisa.

Después jaló una silla y se sentó, dejando que los recuerdos acudieran a su mente.

Fragmentos de su vida desfilaron ante sus ojos: su juventud dedicada al estudio de la magia y las pociones; el día en que conoció y se enamoró de un caballero de Lugunica; el nacimiento de Lyssane; la tragedia de perder a su esposo en una misión; sus largos viajes por naciones extranjeras en compañía de su hija… y, finalmente, el arribo a esta aldea donde habían vuelto a empezar de nuevo.

En aquel entonces, la aldea era numerosa, mucho más grande que en la actualidad.

Todo cambió tras aquel suceso.

Ahora no era más que una pequeña población olvidada por Gusteko.

Pocos lo sabían, pero su yerno Dorian era, en realidad, un noble del Santo Reino de Gusteko.

Los Valmore habían sido parte esencial de la historia del reino desde su fundación.

Sin embargo, con el paso de las generaciones, el prestigio del apellido se desvaneció, y el Santo Reino —como otros reinos— terminó por marginarlos.

Para Nerithis, la perspectiva sobre los nobles era clara: no son más que bestias hambrientas de poder, capaces de matar y traicionar incluso a sus propias familias, o a quienes más confían, con tal de obtenerlo.

Su yerno, Dorian, podía ser considerado un caso aparte.

En realidad, no se le podía llamar noble en el sentido estricto, pues nunca recibió la educación propia de uno; fue criado como cazador y guerrero.

Incluso ahora, en lo que muchos llamarían el auge de su fuerza, podía ser reconocido como el mejor guerrero de toda la región.

Pero, como ocurre en cada ciclo, las nuevas generaciones terminan superando a las anteriores.

Mylika era el mejor ejemplo: desde que cumplió diecisiete años ya había dejado atrás a su padre, tanto en el manejo de la espada como en la cacería.

Durante una pausa, mientras probaba un poco del estofado, Nerithis dejó escapar un pensamiento casi irónico: —Aunque aun no entiendo los gustos de esa niña para casarse con alguien como Gareth… El mocoso es un buen espadachín y cazador, sí, pero yo hubiera preferido algo mejor para mi nieta.

—Sonrió para sí misma, y añadió en silencio—.

Pero mientras ella sea feliz, me basta.

Además… si mis pensamientos se hubieran cumplido, quizá hoy no tendríamos al pequeño Leoric con nosotros.

Ubicación: Río Crynol, a 150 metros de la Aldea Borea Mylika patrullaba en silencio, con la espada envainada y sus ojos rojos escudriñando los alrededores, atenta a cualquier peligro.

El crujido repentino de una rama quebrándose rompió la calma.

Por reflejo, desenvainó su espada y la dirigió hacia el origen del ruido.

Al ver de quién se trataba, soltó un suspiro.

—Padre… veo que madre te entregó mi mensaje.

Dorian apareció entre los árboles, llevando su hacha de batalla descansando en la espalda.

Caminó hacia su hija mientras ella volvía a guardar la espada.

—Sí —respondió con voz grave—.

Justo cuando regresaba con Gareth de patrullar el sur, tu madre me dijo que querías que viniera a buscarte aquí.

Se cruzó de brazos y añadió con cierto reproche: —Así que dime, hija, ¿qué es lo que quieres?

Mylika sostuvo la mirada de su padre, firme.

—Quiero hablar contigo.

Dorian arqueó una ceja, interrumpiéndola.

—¿Sólo para eso?

¿Me hiciste salir de casa, después de regresar de una patrulla, sólo para charlar?

Mylika Valmore… —su voz sonó más severa—.

Espero que el motivo de tu charla tenga sentido.

Ella no desvió la mirada.

—Créeme, padre.

Me conoces bien.

Sabes que si quiero hablar de estos temas es porque deben quedar en privado.

Sin testigos.

Sólo tú y yo.

El veterano guerrero la observó en silencio unos segundos, con esa mezcla de dureza y orgullo que siempre mostraba.

Finalmente asintió, aunque sin suavizar el gesto.

—Sigue.

Quiero oírlo todo.

Mylika asintió y respiró hondo antes de hablar: —Padre… de verdad quiero saber por qué estamos en guerra con los semi-humanos.

Y no me digas que es porque no son iguales a nosotros, ni por otra excusa.

Tú mismo me enseñaste que, cuando se trata de sobrevivir, no importa la raza, la religión ni el género.

Lo único que importa… es sobrevivir.

Y si la respuesta es trabajar juntos, entonces que así sea.

Dorian permaneció en silencio, escuchando con el ceño fruncido.

Ella continuó, la voz cargada de emoción: —Sabes bien que, después de lo que pasó por culpa de la Bruja de la Envidia, nuestra aldea fue reducida casi en un setenta por ciento.

Perdimos amigos, vecinos… Y ahora, ¿esto?

Dime, padre… ¿de verdad crees que, si peleamos contra los semi-humanos ahora, nuestra aldea sobrevivirá?

Y eso sin contar a los bandidos.

Su respiración se aceleraba, pero no se detuvo.

—Y si, en cambio, evitamos entrar en conflictos… ¿crees que la comida nos alcanzará?

El invierno pasado fue terrible.

Sólo sobrevivimos gracias a la caza.

Las reservas se agotaron, y las cosechas ya no son abundantes.

Además… Dorian levantó la mano, deteniéndola.

La mirada de Mylika se suavizó y soltó un suspiro para calmarse.

El jefe de la aldea habló con voz grave: —Te escuché, hija.

Y tenías razón al pedirme hablar aquí y no frente al pueblo.

Muchos te habrían señalado como una traidora.

Se acercó un paso, apoyando la mano en el mango de su hacha.

—Yo también pienso como tú.

Pero reflexiona en esto: ¿y si los semi-humanos fueran quienes vinieran primero a atacarnos?

¿Y si nuestra paz no les importara?

La miró fijamente, con esa dureza que sólo un padre y guerrero podían tener.

—Mylika… nunca debemos dar nada por sentado.

Mucho menos cuando llevamos las esperanzas de nuestra gente sobre los hombros.

Mylika iba a decir algo más, pero su padre la interrumpió con un tono firme: —Además… no pienso pedir ayuda a Gusteko.

Ellos se olvidaron de nuestra existencia hace mucho tiempo.

Ahora sólo nos queda sobrevivir sin depender de nadie más.

La joven lo miró directamente a los ojos y respondió con voz contenida: —Entonces, padre… ¿por qué no separarnos de Gusteko de una vez?

Dorian la sostuvo con la mirada, su expresión endurecida por la experiencia y la carga del mando.

—Porque somos débiles, Mylika.

Si nos desligamos de Gusteko ahora, nos convertiríamos en un blanco fácil.

Por lo menos, mientras mantengamos la fachada de que seguimos perteneciendo al Reino Santo, la aldea conserva un cierto grado de importancia y respeto.

Eso basta para que otros lo piensen dos veces antes de atacarnos.

Dio un respiro profundo, bajando un poco la voz.

—No creas que no lo he considerado… Independizarnos de Gusteko fue mi primera idea.

Pero no ahora.

No es el momento.

Sin más, Dorian abrazó a su hija.

Al separarse, le pasó un brazo por el hombro y dijo con una sonrisa suave: —Bueno, mi pequeña Mylika, creo que es hora de volver.

El sol ya casi se oculta y tu madre debe estar por servir la cena.

Mylika soltó una risa ligera.

—Además, creo que Gareth y Leoric también me extrañan… ¿no lo crees?

—Eso es un hecho —respondió Dorian, aunque su expresión cambió a una de curiosidad—.

Pero dime, hija mía… ¿por qué Gareth?

¿Por qué te casaste con él?

Mylika arqueó una ceja, sorprendida por la pregunta, y luego rió de nuevo.

—¿Por qué?

Pues… porque fue él quien tomó la iniciativa.

Es tierno y, lo más importante, es una de las personas en las que más confío para cuidarme las espaldas en batalla.

Dorian soltó un suspiro acompañado de una sonrisa resignada.

—Las decisiones de mi hija debo respetarlas.

Después de todo, ya eres una adulta… y, sobre todo, ahora eres madre.

Mientras caminaban de regreso a la aldea, Mylika lo miró de reojo.

—Pero dime, padre… ¿por qué tú y hasta la abuela parecen no llevarse bien con Gareth?

—No es que no me lleve mal con él —respondió Dorian—.

Es solo que conozco a ese mocoso desde hace muchísimo tiempo… desde que tenía seis años.

—Yo también lo conozco de toda la vida —replicó Mylika—.

Somos casi de la misma edad, solo que él me lleva dos años.

Dorian asintió con una mueca, como si recordara viejos tiempos.

—Sí… pero aún así me cuesta tomarlo en serio como yerno.

Como guerrero es distinto: a pesar de su actitud idiota y algo torpe, es de gran calibre.

Me animaría a decir que si ustedes dos dejaran la aldea y se aventuraran a recorrer el mundo… terminarían siendo reconocidos como leyendas.

Mylika frunció el ceño y lo interrumpió con seriedad: —¿Cómo puedes decir eso, padre?

Sabes que la aldea apenas cuenta con seis guerreros, sin contarnos a nosotros tres.

Si nos fuéramos, sería sentenciarlos a muerte y ponerlos en un riesgo que no merecen.

Así que, aunque intentes engatusarme o convencerme con tus palabras, será inútil.

¿Entendiste, padre?

Dorian se pasó la mano por la cabeza y soltó un suspiro derrotado.

—Entiendo, Mylika… entiendo.

Unos momentos después, en la residencia del jefe de la aldea.

La familia Valmore compartía la cena: estofado de bisonte acompañado de un poco de pan duro.

No era un festín, pero era lo justo y necesario… y, sobre todo, estaban felices.

Mylika sostenía a Leoric en brazos, haciéndole muecas que arrancaban pequeñas risas del bebé.

Gareth, sentado al lado, relataba lo ocurrido durante la patrulla a su suegra, mientras Lyssane escuchaba con atención, aunque sin dejar de vigilar la mesa.

Para ella, aquellos momentos de unión eran tesoros que no podían darse el lujo de perder.

Dorian, en silencio, levantó la vista de su plato y miró a su hija con seriedad.

—Ten fe, hija.

Todo saldrá bien, ¿de acuerdo?

Mylika lo miró sorprendida, pero pronto le regaló una sonrisa brillante.

—Lo creo, padre… porque así tendrá que ser.

Lyssane arqueó una ceja y entrecerró los ojos, alternando la mirada entre su esposo y su hija.

—¿Y bien?

¿Qué charla tuvieron ustedes dos allá afuera?

Como si lo hubieran ensayado, Dorian y Mylika respondieron al unísono: —Secreto entre padre e hija.

Lyssane los observó un instante en silencio y luego suspiró con una sonrisa tranquila.

—Con que en esas estamos, ¿eh?

Un escalofrío recorrió la espalda de ambos al ver esa expresión.

Conocían demasiado bien a Lyssane, y entendieron de inmediato el mensaje oculto detrás de esa calma: “Más tarde les daré una paliza con mi magia”.

Año 014 del calendario de Lugunica – 5 años después Ubicación: Aldea Borea La aldea había cambiado mucho.

De las veinte personas que la conformaban en el pasado, ahora eran alrededor de treinta y cinco.

Habían nacido niños y niñas, y algunos viajeros que en su paso por el lugar decidieron quedarse, fortaleciendo la comunidad.

Durante esos años no hubo conflictos con semihumanos; su presencia nunca se acercó a los alrededores.

Los únicos peligros fueron las bestias salvajes y, en ocasiones, alguna mabestia solitaria.

Con el tiempo, las viviendas también mejoraron: ya no quedaban chozas improvisadas ni tiendas endebles, sino casas firmes, similares a la residencia del jefe de la aldea.

Incluso aquella casa principal había crecido un poco más, pues Mylika y Gareth se habían mudado allí con Leoric.

En el patio de la propiedad, un joven de unos veintinueve años, de cabellera dorada, sostenía un combate de práctica con un niño de apenas cinco años, de cabello blanco como la nieve y ojos rojos encendidos.

Eran Gareth y su hijo Leoric.

A primera vista cualquiera pensaría que el padre se contenía por tratarse de un niño, pero no era así.

En más de una ocasión, Leoric lograba dominar el ritmo del enfrentamiento.

Si Gareth seguía en pie y mantenía la ventaja, era únicamente gracias a su experiencia en combate real y a la maestría adquirida tras años de lucha con la espada.

El chocar de las espadas resonaba en el patio.

La espada de madera de Leoric, aunque pequeña, se movía con sorprendente precisión, obligando a Gareth a retroceder unos pasos.

El niño embistió con un giro rápido, bajando su hoja hacia la pierna de su padre, pero Gareth bloqueó con un movimiento fluido y lo empujó hacia atrás.

—¡Otra vez, Leoric!

—exclamó con una sonrisa desafiante, alzando su espada de entrenamiento.

Leoric apretó los dientes, sus ojos rojos ardiendo con determinación, y volvió a cargar.

Sus movimientos eran veloces, instintivos, como si su cuerpo supiera qué hacer incluso antes de pensarlo.

Gareth alzó una ceja: aquel talento natural era imposible de ignorar.

En un descuido mínimo, Leoric logró colarse por la guardia de su padre y rozar con la punta de su espada de madera el costado de Gareth.

—¡Te atrapé!

—gritó el niño con una mezcla de orgullo y alegría.

Gareth rió fuerte y retrocedió, fingiendo dramatismo.

—¡Ah, mi propio hijo me hiere en combate!

¿Qué haré ahora?

Leoric no se dejó distraer.

Aprovechó el momento para arremeter de nuevo, lanzando una serie de ataques veloces.

Gareth, ahora más serio, bloqueó uno tras otro, notando que la fuerza del pequeño iba en aumento.

Finalmente, en un movimiento rápido, desvió la espada de Leoric y lo desarmó, haciendo que el arma de madera cayera al suelo.

El niño resopló, cansado pero con una sonrisa orgullosa.

Gareth, en lugar de celebrar su victoria, se inclinó y le revolvió el cabello.

—Nada mal, Leoric.

Si sigues así… pronto no seré rival para ti.

El pequeño levantó la barbilla, satisfecho.

—¡Te lo dije, papá!

Algún día seré más fuerte que tú.

Gareth sonrió de lado y asintió, aunque en su interior aquella frase no le parecía un simple sueño infantil, sino una promesa inevitable.

Después del combate, al ver a su hijo guardar la espada de madera, Gareth tuvo un instante de silencio.

Fue entonces cuando un recuerdo lo golpeó con fuerza: un flashback de hacía tres años, cuando Leoric reveló por primera vez de qué se trataba su Protección Divina.

Flashback – Hace 3 años Leoric tenía apenas dos años cuando comenzó a hablar.

Sin embargo, no lo hizo de la forma convencional: su manera de expresarse era como la de un niño de cinco.

Su vocabulario no era refinado, pero sí lo bastante claro para entenderse.

Aquello emocionó profundamente a Mylika y a Gareth.

Lyssane y Dorian, que en ese momento estaban organizando materiales para la aldea, acudieron al escuchar lo sucedido.

También ellos compartieron la alegría.

Cuando Lyssane avisó a su madre, Nerithis fue rápidamente hacia la casa.

Pensamos que estaría feliz —y en efecto lo estaba—, pero lo sorprendente fue la pregunta que lanzó sin rodeos: —Dime, Leoric, ¿podrías decirme cuál es tu Protección Divina?

Todos quedamos sorprendidos por lo directa que fue la pregunta.

Mylika iba a intervenir, pero Leoric asintió con calma y respondió con una naturalidad que nos dejó helados: —Claro.

Mi Protección Divina es la Protección Divina del Dominio.

Su función es que cualquier cosa que haga, obtendré un dominio perfecto en esa área: ya sea un arte, una disciplina, o incluso un terreno, tendré control absoluto sobre ello.

También puedo extender ese dominio a los animales, adiestrándolos… e incluso a las personas, haciéndolas sumisas.

Al oír eso nos quedamos helados.

La Protección Divina de Leoric era, en pocas palabras, monstruosa: tan poderosa como peligrosa.

Nerithis lo miró con seriedad y le dijo con voz firme: —Escúchame bien, pequeño Leoric, y quiero que lo entiendas.

Tu Protección Divina es muy poderosa, pero también peligrosa.

No debes compartirla a la ligera con nadie, porque muchas personas podrían hacerte daño.

¿Entendido?

Leoric, aún con la inocencia de un niño, parecía a punto de llorar.

Pasándose su manita por los ojos, respondió con un tono quebrado: —Lo entiendo, abuela Nerithis… lo entiendo.

—Y, con un leve sollozo, agregó—: No sé el significado de ciertas palabras, pero haré lo mejor que pueda y usaré mi protección de la mejor manera posible para cumplir sus expectativas.

Esas palabras no parecían propias de un infante.

No sabíamos si aquello era algo normal o debía preocuparnos.

Nerithis, sin embargo, como toda bisabuela, suavizó el ambiente acariciando la pequeña cabeza de Leoric y sonrió: —Está bien, pequeño.

Y no me llames abuela, que soy tu bisabuela.

No queremos que tu abuelita Lyssane se ponga triste porque le quitas su puesto, ¿verdad?

Leoric movió su cabecita con rapidez y dijo: —A la abuelita Lyssane no.

—Muy bien, pequeño —respondió Nerithis con ternura.

Después de eso, hablamos en familia y tomamos una decisión: criaríamos a Leoric de la mejor manera posible, para que jamás se convirtiera en alguien malvado ni se corrompiera por el poder.

Fin del flashback Leoric se encontraba poniéndose vendas en brazos y piernas, mientras Lyssane lo instruía con paciencia sobre cómo debía colocárselas.

La enseñanza, en realidad, era innecesaria: el niño ya dominaba la técnica a la perfección.

Pero para Lyssane no se trataba de utilidad, sino de significado, de ejercer su papel como abuela y de compartir ese momento con él.

Las horas pasaron, y después de la cena todos dormían.

Mylika descansaba junto a Gareth; Dorian y Lyssane lo hacían en su propia habitación matrimonial.

Pero la cama de Leoric permanecía vacía.

El pequeño estaba en el techo de la casa, recostado y con la mirada perdida en el cielo nocturno, observando las estrellas y las auroras que iluminaban la noche.

De pronto, una presencia apareció a su lado.

Sin necesidad de mirar, Leoric supo de inmediato quién era.

—Bisabuela Nerithis, gracias por hacerme compañía —dijo con una sonrisa tranquila.

Nerithis caminó con paso sereno y se sentó a su lado.

—Leoric, ya no soy tan joven como antes.

Tu bisabuela tiene sesenta años… ya estoy mayor.

El niño la miró y respondió con inocencia: —Pero, bisabuela, usted todavía está muy joven.

Nerithis soltó una risa suave.

—A otras mujeres échales ese cuento, pequeño.

—Luego lo miró fijamente—.

Dime, ¿cómo vas con tu entrenamiento?

Leoric suspiró antes de contestar: —Voy aprendiendo poco a poco, abuela.

Aunque, para ser sincero, a veces se siente un poco aburrido… porque cada cosa que hago termino dominándola.

Pero aun así sé que no tengo las mismas habilidades o la experiencia de mis padres con la espada, ni la fuerza de mi abuelo con el hacha, ni el manejo de la magia que usted y la abuela Lyssane tienen.

Aunque domine las cosas, la experiencia… esa sí que es importante.

Nerithis asintió lentamente, con aprobación.

—Muy bien, Leoric.

El hecho de que no seas arrogante y no des nada por sentado me tranquiliza.

Ser bueno en todo lo que haces no significa que tengas el conocimiento profundo.

La experiencia también es esencial, y la humildad con la que lo reconoces… es un gran comienzo.

Leoric miró a su bisabuela y, con una sonrisa brillante, le dijo: —Por supuesto, abuela.

Después de todo, yo quiero lo mejor para la aldea y todos sus habitantes.

Nerithis le sobó la cabeza y respondió con ternura: —¿Sabes?

Eres idéntico a tu bisabuelo en personalidad y actitud.

Espero que no compartas su destino y que, esta vez, sí puedas cumplir tus objetivos.

Leoric asintió con determinación y declaró: —Por supuesto.

Después de todo, ¡yo seré el mejor líder!

Fin del capitulo 1

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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