Rivalidad y Redención - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capítulo 4 Angustia y Deliberación II
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15: Capítulo 4: Angustia y Deliberación (II) 15: Capítulo 4: Angustia y Deliberación (II) Bloque II El sonido del despertador me sacó de un sueño que no recordaba.
Abrí los ojos despacio, sintiendo cómo el aire frío del dormitorio golpeaba mi cara.
Por un momento, el silencio fue tan profundo que incluso mis propios pensamientos parecían quedarse quietos.
Solo pude ver la hora del despertador, y pude ver que faltaban unas dos horas… solo dos horas, para el examen.
Me quedé mirando el techo unos segundos más, sin prisa por levantarme.
No estaba nervioso… todavía.
Era más bien esa incomodidad previa, como si mi cuerpo supiera que algo estaba por llegar.
Finalmente me levanté, me puse los zapatos y me alisté como siempre.
El pasillo estaba silencioso, iluminado apenas por las luces blancas que parpadeaban de vez en cuando.
Todavía podía escucharse el golpeteo suave de la lluvia afuera, amortiguado por los muros gruesos del edificio.
Cerré la puerta de mi cuarto y comencé a caminar hacia adelante, sin rumbo fijo más que avanzar… hasta que sentí unos pasos rápidos detrás de mí.
—Ey —dijo una voz agitada—.
Por fin despiertas.
Me giré apenas lo suficiente para verlo, Peter estaba ahí, con el cabello completamente mojado, gotas de agua resbalando por su frente.
Su ropa estaba húmeda por la llovizna, probablemente porque había salido temprano a desayunar y regresó corriendo solo para buscarme, se veía cansado… y preocupado.
—¿Qué pasa?
—pregunté, extrañado.
Peter cruzó los brazos.
—¿Por qué Jaden te dijo eso?
—soltó sin rodeos—.
No entiendo cómo empezó, ni por qué te señaló a ti.
Necesito saberlo.
Me quedé en silencio, no porque estuviera pensando la respuesta… sino porque no quería dar ninguna.
No quería regresar a esos recuerdos, ni abrir cosas que ya había enterrado.
—No importa —murmuré.
—Sí importa.
—insistió, dando un paso hacia mí—.
Soy el líder de nuestra clase, ¿lo recuerdas?
Tengo que encargarme de que todos estén bien.
No puedo hacer nada si ni siquiera sé qué está pasando contigo.
Respiré hondo, cansado.
—Peter… cuando un rumor empieza, casi nunca es por lógica.
Es porque alguien no quiere a alguien.
Punto.
—Lo miré de frente—.
Aunque digas que a veces es por advertencia o por proteger a otros… casi siempre nace del rechazo de una persona hacia otra de una mala intención, de alguien que quiere dañar.
Los pasos de Peter se detuvieron por un segundo, luego oí su voz, más suave —Entonces… ¿no me lo dirás?
—No quiero recordar cosas innecesarias —añadí—.
Si puedes evitar traerlo de vuelta… te lo agradecería.
Después de decir eso, avancé un paso, y justo al girar la cabeza para seguir caminando, lo vi, Peter estaba quieto.
Su cabello mojado le caía hacia adelante, ocultándole parte del rostro.
Pero aun así pude verlo, tenía una expresión molesta contenida.
Como si mis palabras le hubieran dolido más de lo que esperaba, fue por solo un segundo.
Luego respiró hondo, bajó los hombros y volvió a ser él, volviendo a su expresión alegre, la que enseñaba al resto del mundo.
Se acomodó el cabello con un movimiento rápido, casi mecánico.
—Está bien —dijo al fin, retomando su tono usual—.
No lo mencionaré más.
Por tu seguridad… yo haré algo al respecto.
No respondí, Solo asentí y seguimos caminando.
Pasando por el comedor, Peter me miró de reojo.
—¿Vas a desayunar?
—preguntó, intentando sonar casual.
—No.
—Metí las manos en los bolsillos—.
Solo compraré unas galletas o algo rápido.
—Hmm… ya veo —murmuró, y desvió la mirada hacia adelante.
El resto del trayecto fue silencioso, salvo por el eco de nuestros pasos, las galletas apenas me quitaron el sabor amargo que me había quedado después de la conversación.
Cuando llegamos al salón, ya había movimiento y voces dispersas.
Como siempre, Peter se separó sin drama alguno, juntándose con Robert para ir hacía donde estaban Ryan y Melisa, saludándolos con un gesto rápido de la mano.
Yo avancé hacia el fondo, donde estaban Aiden y Jiho.
—¿Dormiste bien?
—preguntó Aiden, ladeando la cabeza.
—Más o menos —respondí.
Jiho me observó con una mirada breve, tranquila.
—¿Estás seguro de que estás bien?
—preguntó, con esa voz calmada que tenía cuando realmente se preocupaba.
—Sí —dije, y esta vez me salió sin esfuerzo.
No preguntaron nada sobre el rumor y lo agradecí más de lo que estaba dispuesto a admitir.
A lo lejos, un grupo de chicas volvió a mirarme de reojo.
Una de ellas murmuró algo y las otras desviaron la mirada justo cuando las noté, sus expresiones hablaban por sí solas, seguían hablando de mí.
Aiden soltó un suspiro exagerado, frustrado.
—Otra vez esas caras… —murmuró, recostándose en la silla.
Yo solo me acomodé en mi asiento, faltaba poco para el examen y aun con la lluvia, el rumor y la tensión… lo único que necesitaba era mantenerme firme.
Pero antes de que pudiera seguir pensando, la puerta del salón se abrió, el profesor Dante entró, caminó hacia su escritorio mientras miraba al grupo entero con una mezcla de paciencia y resignación, apoyó los papeles sobre la mesa y, sin alzar demasiado la voz, soltó.
—¿Puedo saber por qué nadie trae ropa deportiva puesta?
El salón entero quedó en silencio, mientras que el profesor Dante suspiraba, largo y profundo.
—Qué bueno que llegué antes.
Si hubiera entrado justo a la hora… —frunció el ceño— probablemente no hubieran podido hacer el examen a tiempo.
Algunos estudiantes se agitaron nerviosos.
—Bien —continuó—.
Tienen siete minutos para ir a cambiarse.
A los dormitorios y de regreso — Mientras hacía un gesto circular con la mano.
—Y escríbanles a sus compañeros que aún no han llegado.
No quiero excusas.
Ryan levantó la mano de inmediato, casi sobresaltado, como quien ya conoce la respuesta, pero igual quiere intentarlo.
—Profe… —empezó, con voz firme—.
¿Podemos hacer el examen con el uniforme normal?
Es que, si vamos corriendo, nos… —No.
—Dante lo cortó de inmediato—.
Es obligatorio usar ropa deportiva, no insistan.
Ryan bajó la mano sin hacer drama, solo dejando escapar un breve suspiro.
—Entendido —murmuró, y su expresión volvió a endurecerse.
—Así que, apúrense —añadió Dante, señalando la puerta—.
Si llegan tarde, no voy a buscarlos.
Jiho y Aiden se levantaron al mismo tiempo que yo, empujando las sillas hacia atrás.
—Vamos —dijo Jiho, ajustándose la sudadera.
Melisa también se puso de pie.
Doblaba el aviso mientras caminaba con pasos rápidos.
Por un segundo, nuestras miradas chocaron.
Ella desvió la vista inmediatamente, como si ese segundo hubiera sido demasiado y lo único que pude hacer fue suspirar por dentro.
Esa distancia cansaba… pero no podía culparla.
Corrimos por la vereda, donde estaba mojada, mientras reflejaba la luz, y el aire todavía estaba frío con una llovizna leve.
Llegamos a los dormitorios, los tres nos separamos para poder ir a cambiamos casi sin hablar, llegue a mi habitación para ir rápido a buscar mi ropa deportiva para luego salir.
En el primer piso del edificio académico, los primeros rayos de sol atravesaron las ventanas altas, iluminando el pasillo con un brillo suave.
Jiho frenó un poco para revisar su reloj.
—Llegamos muy rápido—dijo, más tranquilo, se estaba acercando hacia mí Aiden estiró los brazos, sacándose la tensión de encima.
—Por fin deja de llover… ya era hora.
Respiré profundo, el aire ya no olía tanto a humedad.
—Bien —murmuré—.
Vamos.
Y juntos, los tres regresamos al salón, listos para enfrentar lo que vendría en el examen de resistencia.
Cuando estábamos a punto de entrar al salón, escuchamos voces elevadas provenientes del interior, no eran voces de estudiantes, nos apresuramos para poder ver.
Era el profesor Dante… discutiendo con alguien.
Entramos justo cuando Tom que estaba en el fondo del salón, siempre apartado del resto estaba frente al profesor con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—No quiero hacer el examen.
—dijo Tom, con un tono que se notaba retenido pero explosivo—.
Y si no quiero hacerlo, puedo irme.
—No puedes irte —respondió Dante, con la paciencia al borde del límite—.
Los exámenes son obligatorios.
Si falta uno, faltan los datos, y no puedo permitir- —Me da igual tus datos —lo interrumpió Tom, dando un paso hacia atrás.
Intentó irse, literalmente dándose la vuelta, pero el profesor Dante lo sujetó del brazo, firme, pero sin lastimarlo.
—Si te vas ahora —dijo, con un tono que por primera vez sonó verdaderamente serio— lo más probable es que recibas un castigo directo.
No estás en posición de- —Me da igual —repitió Tom, zafándose de su agarre de un tirón y se alejó caminando, como si cada paso fuera puro desafío.
Dante se quedó inmóvil unos segundos.
Luego se pasó una mano por el rostro, agotado.
—…No he conocido a alguien tan terco hasta ahora—murmuró.
No volvió a detenerlo, se limitó a suspirar y girar hacia nosotros.
—Muy bien.
Los que sí quieren cumplir con el examen —miró brevemente hacia donde Tom había desaparecido— síganme.
Los 28 estudiantes restantes se pusieron en movimiento, además de mí, caminamos por los pasillos del edificio, salimos del mismo, caminamos mucho hasta que llegar a un edificio enorme.
Antes de entrar, uno de los supervisores nos detuvo para entregarnos un brazalete a cada uno.
Era parecido a un reloj digital, pero no lo era realmente no tenía ni siquiera pantallita, solo una banda blanca con pequeñas luces celestes que parpadeaban cada cierto tiempo.
No sabía qué era esa cosa, pero asumí que tenía que ver con medir las pulsaciones, el ritmo cardíaco o algo relacionado a la resistencia del examen.
Aun así, la sensación de no entender qué llevaba puesto se quedó conmigo mientras avanzábamos.
Las puertas metálicas se abrieron solas al acercarnos.
Y entonces lo vimos, un espacio gigantesco.
Como un polideportivo mezclado con un estadio, muy amplio, iluminado por luces potentes, con un techo altísimo que hacía eco incluso del más pequeño murmullo.
No había gradas llenas, solo unas pocas hileras de asientos a los lados.
Lo que dominaba el lugar era el espacio abierto.
Allí estaban las otras clases, reconocí varias caras, entre ellas, la más imposible de ignorar, Eris junto a Isabelle, conversando.
Eris tenía ese mismo aire provocador que siempre cargaba consigo, aunque su perfil serio hacía imposible saber si estaba de buen humor o no.
La recuerdo… pensé.
Desde el primer día, nunca fue difícil identificarla.
Los obstáculos estaban alineados en dos hileras enormes.
Ocho replicas en total que traían, cuerdas para trepar, llantas para correr tipo circuito militar, tablones de equilibrio, barras horizontales, y una pista de resistencia que rodeaba todo el bloque final, solo de verlos, ya sabías que no era una prueba de velocidad era pura resistencia.
El profesor Dante se adelantó y pasó al frente.
—Los llamaremos de uno en uno —explicó—.
Tendrán un máximo de treinta minutos para terminar el circuito.
Si se tardan más… perderán diez puntos de lo que hayan ganado.
Ya lo saben.
Los grupos comenzaron a acomodarse alrededor del área delimitada.
Antes de que empezara la lista, los profesores estaban alistando unos archiveros.
—Adrian Labert, Clase 1.
—llamó su profesora.
Vimos pasar al primer estudiante, un chico alto, se notaba que entrenaba constantemente, logró terminar el recorrido en menos de siete minutos.
Un murmullo enorme recorrió el salón gigante.
— Se pasó —dijo Aiden.
—Ese tipo entrena mucho—añadió Jiho.
Y tenían razón.
Después de unas pocas rondas, llegó el turno de un grupo de estudiantes de la clase 4, entre los de enfrente estaba Peter.
Las chicas empezaron a murmurar apenas caminaron hacia el inicio.
Algunas incluso se empujaban discretamente para verlo mejor.
Incluso Isabelle —que estaba junto a Eris— lo observó con atención, con una expresión entre curiosidad y evaluación, yo lo noté porque justo desde donde estaba, ellos estaban en mi campo de visión.
La división estaba clara la clase 1 estaba de la izquierda, la clase 2 detrás de ellos, la clase 3 enfrente a la derecha y nuestra clase estaba atrás de la clase 3 Peter saludó con la mano a algunos conocidos antes de comenzar y como era de esperarse, pasó el circuito en doce minutos.
No tan rápido como el chico de la otra sección, pero impecable en técnica, las chicas de nuestra clase empezaron a aplaudir.
Otras susurraron cosas que preferí no escuchar.
Pasaron más estudiantes y entonces llamaron el nombre que ya esperaba.
Eris Laíne, se adelantó con una postura confiada, sin mirar a nadie, comenzó, era rápida.
Demasiado rápida para alguien que no parecía ser alguien tan hábil.
—Diez minutos exactos — dijo su profesora, anotando el resultado.
—Es muy veloz —dije sin pensarlo.
Jiho, que la había estado observando con una ceja ligeramente levantada, se giró hacia mí.
—¿La conoces?
—preguntó.
—No —respondí—.
Es la primera vez que la veo hacer algo.
Aiden metió las manos en los bolsillos.
—La clase 3 siempre parece traer a gente así, por lo que estamos viendo.
Jiho volvió a mirar hacia el circuito.
—Sea quien sea, es bastante buena.
Asentí en silencio, aunque mi mente continuó evaluando ese desempeño.
Para ser tan provocadora… hace mucho más de lo que uno esperaría.
Me limité a seguir observando cómo Eris se alejaba del circuito sin perder la compostura, como si todo hubiera sido un simple calentamiento.
Pasaron unos minutos más hasta que escuché mi nombre.
—Lían Smith, Clase 4.
—llamó el profesor Dante.
Sentí una leve presión en el pecho, no eran nervios.
Solo era la concentración, me acerqué al inicio.
Respiré hondo y empecé, tomé las cuerdas, avancé por las llantas, crucé tablones, subí barras, no corrí, tampoco aceleré innecesariamente.
Me movía al ritmo exacto que necesitaba para no agotarme.
Solo tenía que terminar dentro del tiempo, ni un segundo más.
Cuando terminé la vuelta final, escuché el cronómetro.
17 minutos con 26 segundos.
Me detuve, respirando profundo, pero no exhausto.
—Bien hecho —dijo Jiho desde el borde.
—Te lo dije —añadió Aiden—.
A tu ritmo, pero bien hecho.
No había gritos.
Ni aplausos.
Ni miradas curiosas apuntando a mí, solo Jiho y Aiden esperándome al borde del circuito y para ser sincero, eso… era suficiente.
Caminé hacia la zona donde los que ya habían terminado se reunían, aun acomodando mi respiración cuando escuché una voz detrás de mí.
—Lían.
Me giré, pude ver que era el profesor Dante.
Tenía una carpeta en la mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón deportivo, como si estuviera evaluando a cada estudiante incluso fuera del circuito.
—Puedes retirarte —dijo sin rodeos—.
No necesitas asistir a clases por el resto del día.
Ya cumpliste con tu parte.
Asentí, un poco sorprendido.
—En unas horas se mostrarán los resultados —añadió——.
Estarán visibles para todos.
Así que… descansa.
Te irá bien.
No supe si lo último lo decía por cortesía, o porque realmente lo creía.
El profesor Dante se fue a revisar otra de las pistas, y yo comencé a caminar hacia la salida del edificio, mientras avanzaba, varios estudiantes de otras clases iban saliendo también, comentando entre ellos sus tiempos, sus errores, quién había sido el más rápido, quién había tropezado, cosas normales.
Y entonces la vi, Eris.
Estaba apoyada en una baranda metálica junto a la salida, como si hubiera estado esperando a alguien… o simplemente disfrutando del espectáculo de la gente agotada.
Cuando pasé cerca, sus ojos se elevaron hacia mí.
Sonrió, una sonrisa pequeña, ligera, pero cargada de intención.
Movió los labios sin emitir sonido, pero pude leerlo perfectamente —Hola, perdedor—.
Me mantuve en silencio, no le di una reacción, ni una mirada de regreso, solo seguí caminando.
La ignoré por completo, no porque me afectara… sino porque no había manera de ganar nada respondiéndole.
Salí del edificio con un aire más tranquilo, el sol había terminado de romper las nubes grises, el suelo seguía húmedo, reflejando fragmentos de luz.
Caminé hacia los dormitorios, quería descansar, quería pensar si lo había hecho bien y sentí que el día se había vuelto más relajado después de lo ocurrido.
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