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Rivalidad y Redención - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 5 Selección y Error I
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19: Capítulo 5: Selección y Error (I) 19: Capítulo 5: Selección y Error (I) Bloque I Para cuando regresé a clases, tres días después de la mala comida, todavía me sentía débil, aún me dolía un poco el estómago, pero al menos podía caminar sin sentir que iba a caerme.

Cuando llegué al edificio académico, el ruido habitual llenaba los pasillos, estudiantes conversando, otros medios dormidos, algunos comiendo algo a escondidas.

Y ahí estaba Melisa, de pie cerca de la escalera, mirando hacia la entrada como si esperara a alguien.

Cuando me vio, su expresión cambió en un segundo, dejó de lado la distancia, y se acercó rápido.

—¿Estás mejor?

—preguntó.

Tenía las cejas ligeramente levantadas, y su voz sonó sincera, nada obligada.

—Sí… todavía me duele, pero ya pasó lo peor —respondí, llevándome una mano al abdomen con una mueca.

—Jiho dijo que habías comido algo en mal estado —murmuró.

Desvió la mirada un segundo, como si se sintiera culpable—.

Me preocupé.

Sacó un blíster de su bolsillo y lo extendió hacia mí con los dedos rígidos, como si temiera que lo rechazara.

—Toma, son para el dolor, no hacen daño… te van a ayudar.

La manera en que lo hizo, con torpeza, casi evitando mirarme directo, dejaba claro que aún cargaba culpa por haberme evitado, pero aun así me los ofreció.

—Gracias —dije, intentando sonreír un poco.

Caminamos juntos en silencio unos pasos, hasta que ella exhaló como si recordara de golpe algo importante.

—Ah, por cierto… —alzando una ceja con resignación— Peter estuvo diciendo que tenía “el mejor plan de la clase”.

—Rodó los ojos con tanta fuerza que casi pude escucharlo—.

Y lo contó ayer.

—¿Plan para qué?

—pregunté, curioso.

—Para sobrevivir al hambre —respondió, suspirando—.

Quería convencer a toda la clase de ir a comer a Kobebi Coffee.

Tienen un combo de tres sándwiches por un punto, y una tienda cerca vende paquetes de agua por un punto también.

Su idea era que todos comieran ahí y almacenaran agua.

Hizo una mueca, como si el plan le supiera amargo.

—No suena terrible… pero tampoco suena sostenible, Imagínate comer sándwiches todos los días.

No pude evitar imaginarlo y me dieron náuseas solo de pensarlo.

—Es una idea buena solo a primera vista —dije, negando—.

Pero no aguanta semanas.

Mucho menos meses si es que nada cambiaría.

Melisa asintió.

—Yo dije lo mismo… —miró al suelo un instante— pero la clase lo escuchó porque… bueno, es Peter, todos creen que sus ideas valen oro.

—¿Tú qué calificación recibiste?

—pregunté.

Ella frunció los labios, como si le diera vergüenza.

—C —dijo en un susurro—.

Y no me quejo, pero… —sacudió la cabeza— no sé.

Se siente injusto.

La comida mejora, pero tampoco tanto.

Seguimos caminando por el pasillo.

Yo pensé un momento, mirando por la ventana hacia los edificios académicos.

—Melisa, ¿tú sabes cocinar?

—pregunté.

Ella me miró de reojo, arqueando una ceja con ligera sorpresa.

—Sí.

Bastante.

Solo que aquí todo es… reducido —explicó, moviendo una mano para enfatizar—.

Paquetes pequeños, porciones contadas.

Suelo cocinar en las noches, pero me quedo sin puntos.

—Y si cocinas solo para un grupo pequeño.

Tres personas… máximo cuatro.

Ella se detuvo un segundo, parpadeando.

—¿En las mañanas?

—preguntó.

—Sí.

Algo simple.

Refacciones pequeñas.

Nada que reemplace el desayuno del comedor.

La comida del comedor no llena, pero es gratis.

Y si comen eso, y encima una refacción tuya más tarde, sería suficiente para no estar muriéndose de hambre todo el día.

—Tiene sentido… —susurró.

—Y mientras tanto, ahorran.

Se organizan.

Cuando suban a C o B, tendrán mejores comidas y más margen para cocinar algo más eficiente.

Ella pensó en eso, con la mirada perdida en algún punto del suelo, luego levantó la vista y pude ver cómo la idea se acomodaba en su mente.

—Suena mejor que comer sándwiches todos los días —admitió con un leve gesto de resignación.

—Mucho mejor —dije—.

La idea de Peter sirve solo para emergencias.

Pero la tuya sería sostenible.

Ella bajó la mirada otra vez, mordiendo apenas su labio inferior.

—¿La mía?

—preguntó, con un tono pequeño.

Asentí.

—Sí.

Tú eres la Portavoz.

Si lo dices tú, todos van a escuchar.

Si lo digo yo… van a hablar más, no pensar más.

El silencio cayó entre nosotros, no era incómodo… pero era cargado.

—¿Quieres que diga que tú me ayudaste?

—preguntó finalmente, levantando la vista para buscar mi reacción.

Negué de inmediato.

—No.

No quiero meterte en eso.

Solo… confía en mí.

Sus ojos se suavizaron, como si esas palabras le aflojaran un nudo en el pecho.

Ella respiró hondo.

—Confío en ti, Lían —respondió, con una pequeña sonrisa que intentó ocultar.

Y seguimos caminando hacia el salón.

Esta vez sin distancia, sin evasivas… solo esa sensación tenue, cálida, de que algo entre los dos empezaba a reconstruirse.

Cuando llegamos frente al salón, Melisa dio un paso para entrar primero… pero yo me detuve.

Ella me miró, confundida y justo en ese instante, escuché pasos detrás, Jiho venía caminando hacia nosotros.

Aiden aún más atrás, distraído con su teléfono.

Respiré hondo.

—Es mejor que nos separemos aquí —le dije a Melisa en voz baja.

Ella entrecerró los ojos, tratando de entender.

—¿Por qué?

Bajé aún más la voz, inclinándome apenas hacia ella.

—Es mejor que no estemos tan cerca… Por tu seguridad.

La comprensión cruzó su rostro con rapidez.

Un pequeño destello de culpa apareció en sus ojos, esa mirada que decía claramente “esto es por los rumores… otra vez”.

Y aun así no discutió, solo desvió la mirada, apretó los labios en silencio y entró al salón sin decir nada más.

Jiho llegó justo cuando ella desaparecía por la puerta.

—¿Qué fue eso?

—preguntó, levantando una ceja con incredulidad.

—No sé —respondí, aunque ambos sabíamos que sí.

Metí la mano en la chaqueta, saqué el blíster de pastillas que Melisa me había dado y lo observé un segundo, pensativo.

—¿Tienes agua?

—le pregunté.

—Sí.

¿Quieres un trago?

Jiho destapó una botella casi llena y me la ofreció, bebí como si hubiera pasado semanas sin agua, tragando sin pausa.

Jiho me observó con una mezcla de risa y preocupación.

—Solo fueron tres días, Lían —se burló—.

Pareces náufrago encontrando su primer vaso de agua.

Solté una risa que se convirtió en tos.

—Perdón —le devolví la botella—.

Tenía sed.

—Se nota.

Entramos al salón, mientras que los demás iban tomando asiento por grupos.

Peter hablaba con Ryan animadamente como si estuviera explicando una misión imposible.

Jaden discutía con media fila sobre algo que claramente nadie quería escuchar, mientras a su lado estaba Grace asintiendo.

Cuando ya todos estaban más o menos ubicados, el profesor Dante entró, cargando un montón de hojas dobladas en una carpeta.

En cuanto dejó la carpeta en el escritorio, Melisa levantó la mano.

—Profesor Dante… ¿puedo hablar antes de que empiece?

Dante ni siquiera levantó la cabeza.

Solo soltó un suspiro largo, resignado.

—Sí, sí.

Hagan lo que quieran en mi clase —murmuró mientras acomodaba papeles—.

Yo solo voy a revisar esto.

Melisa se puso de pie, se acomodó la camisa con un gesto nervioso, respiró hondo, y empezó a hablar.

—Quería proponer algo para la sección —dijo con voz firme—.

Sobre la comida.

Inmediatamente varios se inclinaron hacia adelante, atentos.

Otros murmuraron.

—Peter comentó ayer la idea de comer en Kobebi Coffee, pero creo que podría haber una mejor opción para alimentarnos… no solo sobrevivir.

Un murmullo recorrió el salón.

—Creo que podemos hacer grupos de tres o cuatro personas… cinco como máximo.

Grupos pequeños —.

Hablando más segura —Cada grupo puede cocinar refacciones como meriendas de mañana, tarde o noche.

Nada que reemplace las comidas del comedor, que son gratis, sino algo extra para no morirse de hambre entre tiempos —explicó.

Los ojos del profesor Dante se levantaron apenas, sorprendido.

Claramente no esperaba que alguien llegara con algo tan concreto tan rápido.

Melisa continuó  —La idea es sencilla, cada grupo aporta puntos.

Uno o dos puntos por persona.

El cocinero compra la comida en el súper, con los demás y prepara algo que rinda para su grupo.

Es mejor que todos los días comer sándwiches… y además ayuda a que podamos ahorrar hasta subir de rango.

Peter se levantó de golpe.

—¡Oye!

¿Cómo pensaste en eso?

—preguntó, más intrigado que molesto.

Melisa abrió la boca y casi dijo mi nombre.

pero se detuvo, me buscó con la mirada, solo un instante, luego respondió.

—Pues… yo cocino a veces por las noches.

Hago galletas, panes… y pensé que podría hacer refacciones por las mañanas o tardes.

Solo se me ocurrió.

Ryan levantó la mano con calma.

—Me parece una idea excelente —dijo con voz seria—.

Mucho más inteligente que comer pan con pan todos los días.

Varios estudiantes se rieron, otros aplaudieron, todos empezaron a asentir.

Veía como Melisa se sonrojaba un poco, pero sonreía, sus ojos se cruzaron con los míos, una sonrisa pequeña.

Entonces Jaden se levantó.

—¿Y por qué no cocinas tú para todos?

—preguntó, casi retándola—.

Si toda la clase pone un punto, podrías cocinar para dos o tres días completos.

Sería más eficiente.

Melisa parpadeó, sorprendida.

—Podría… sí —respondió lentamente—.

Pero sería demasiado para mí sola, es agotador cocinar para muchas personas, prefiero grupos pequeños.

Tres a cuatro o cinco como mucho.

Jaden frunció el ceño, molesta.

Se sentó con un golpe seco en la silla.

Era obvio que no sabía cocinar, ni quería admitirlo.

Riley levantó la mano desde su asiento, apoyándose en la mesa.

—¿Y los grupos serán mixtos?

—preguntó con media sonrisa—.

Porque sinceramente, dudo que los hombres sepan cocinar algo que no los mate.

Melisa soltó una risita, inclinando la cabeza para ocultar la sonrisa.

Ella recordaba mi espagueti desastroso y yo también, pero luego Melisa se volvió más formal, se aclaró la voz.

—Podemos hacerlos mixtos —respondió—.

O por afinidad.

Como gusten.

Peter asintió, tomando el liderazgo natural.

—Yo puedo organizar los grupos —dijo con energía—.

Profesor, ¿puedo usar su pizarrón?

El profesor Dante le tiró el marcador sin levantar la vista de sus hojas.

—Sí, toma y ahí está la lista de alumnos.

Peter tomó la lista, se acercó al pizarrón y empezó a escribir, Ryan se levantó para ayudarlo, Riley también se acercó, mientras que Melisa se inclinó hacia Peter y le susurró algo.

No lo escuché.

Pero vi cómo Peter asentía.

Cuando terminaron, Peter empezó a leer.

—Grupo 1…, Grupo 2…, Grupo 3…- —Grupo 4: Lían, Melisa, Aiden, Jiho y Ethan.

Ethan levantó la mano tímidamente, tenía el cabello casi morado oscuro y ojos celestes, un contraste suave en su cara.

Saludó con una sonrisa nerviosa.

Yo asentí, Jiho también y Aiden, sin dejar su teléfono, levantó la mano en automático y Melisa… volvió a mirarme, con una sonrisa pequeña.

Una que decía más que cualquier palabra… Gracias por ayudarme y ahí supe que ese grupo… sería importante, mucho más de lo que cualquiera imaginaba.

Cuando Peter terminó de leer los grupos y todos estaban todavía comentando entre risas quién cocinaría con quién, el profesor Dante carraspeó fuerte, llamando la atención.

—Muy bien —dijo—, suficiente emoción por hoy.

Las conversaciones se apagaron, Peter dejó el marcador, Ryan guardó su cuaderno, Riley se acomodó en su asiento e incluso Aiden levantó la vista del teléfono.

Dante abrió una carpeta gris, arrugada por las esquinas.

—Ya tengo la información del segundo examen —anunció, sin alzar mucho la voz, pero con el tono exacto para que todos lo escucharan.

Se hizo un silencio expectante.

—Será una prueba… —buscó la palabra, moviendo el papel un poco— digamos, más cerebral que física.

Cooperación, pensamiento rápido, nada de correr esta vez.

Algunos soltaron suspiros de alivio.

Otros se tensaron más.

—Esta vez son puntos de sección, no personales.

Así que si fallan… bueno, arrastran a todos con ustedes.

Un par de estudiantes hicieron caras.

Vi como Ethan hundió la cabeza en su cuaderno.

—Para los que quieren detalles, trabajarán en equipos.

Habrá preguntas, tiempo limitado, presión, ya saben… lo normal.

—Dante movió la mano como si describiera el clima—.

Cinco participarán directamente y los demás estarán ocupados con otra parte del examen.

Todo cuenta.

Ryan levantó la mano un poco.

—¿Temas específicos?

Dante lo miró con una expresión que respondía más que las palabras.

—Generales.

Lo que un ser humano promedio debería saber —dijo, y luego añadió—.

Espero que ustedes entren en esa categoría.

Dante chasqueó la lengua y cerró la carpeta.

—En fin.

El examen es en diez días, no voy a explicar más y no quiero que empiecen con sus teorías extrañas de preparación intensiva y terminen más confundidos.

Caminó entre las filas de escritorios, sin prisa, hasta llegar a Melisa.

—Portavoz —dijo, extendiéndole la hoja—.

Toma, te lo dejo a ti, léelo y haz lo que tengas que hacer con esto.

Melisa agarró la hoja con ambas manos.

Dante volvió a su escritorio.

—Bien —dijo, dejándose caer en la silla—.

Si alguien después de la clase quiere preguntarme algo, que no sea en mi salón, sino en la sala de profesores.

Un murmullo recorrió el grupo mientras Melisa bajaba la mirada hacia la hoja, leyéndola por encima, Peter se inclinó para intentar ver, Ryan también y muchos estaban calculando mentalmente estrategias que probablemente no funcionarían.

La clase continuó como siempre, con Dante revisando hojas, haciendo preguntas rápidas y respondiendo dudas de manera precisa, pero sin entusiasmo.

Los demás tomaban notas, levantaban la mano de vez en cuando y el ambiente se mantuvo denso pero controlado, cada tanto alguien susurraba, pero nada que interrumpiera el ritmo del profesor.

Yo me mantuve concentrado a medias, pensando en las refacciones, en Melisa, y en cómo organizaríamos el grupo para el examen.

A mi alrededor, Peter y Ryan parecían discutir en voz baja posibles sobre el siguiente examen, mientras Riley se mantenía cerca, escuchando y opinando de vez en cuando.

Cuando el timbre sonó, anunciando el final de la clase, Dante dejó sus hojas sobre el escritorio, levantándose con un leve suspiro y antes de levantarse, Dante suspiró y aclaró la voz.

—Ah, y una cosa más —dijo, captando la atención de todos—.

A más tardar a las 2 p.m.

en su teléfono se mostrarán los resultados del primer examen, la tabla general de puntos.

Hubo un pequeño imprevisto con alguien, así que no se pudieron publicar antes.

Un murmullo recorrió la clase…

Todos querían saber cómo les había ido, especialmente para mí que estaba luchando por el primer puesto…

—Listo —dijo—.

Pueden retirarse.

Melisa se levantó de inmediato, caminó hacia Peter y Ryan, y Riley se unió a ellos sin pedir permiso.

Yo me quedé un momento observando cómo se alejaban, viendo la naturalidad con la que Melisa interactuaba con ellos.

Y sí… me dio curiosidad.

No suficiente como para preguntarle, pero suficiente para sentir ese pequeño tirón incómodo en el pecho.

Me acerqué a Jiho.

—¿Alcanzaste a ver lo que decía la hoja?

—pregunté.

Jiho negó con la cabeza inmediatamente.

—Ni una palabra.

Supongo que quiere verla bien con Peter y Ryan antes de decirnos algo.

Aiden se acercó despacio, escuchándonos sin disimular.

—¿Ustedes sí la vieron?

—preguntó.

—No —respondimos Jiho y yo al mismo tiempo.

Aiden suspiró y se rascó la nuca.

—Ella sabe lo que hace.

Mejor no meternos.

—Sí… —respondí, pero había algo en mí que seguía inquieto.

Mientras guardaba mis cosas, noté las miradas, varias, de distintos rincones del salón, no eran curiosas, eran miradas que pesaban de molestia.

Sabía que los rumores no mueren solo porque uno quiere.

—Voy afuera —murmuré.

Jiho iba a decir algo, pero levanté una mano.

No quería preguntas.

Salí del salón, bajé las escaleras y empecé a caminar sin rumbo por los pasillos.

Pasé junto a dos estudiantes que murmuraron algo en voz baja.

No escuché las palabras, pero el tono bastó para entenderlas.

Suspiré, Tenía que despejarme.

Sin darme cuenta, terminé llegando al centro de actos, un patio circular con un pequeño escenario al fondo.

A esta hora casi nadie pasaba por ahí, me detuve justo en el centro, respiré profundo y entonces, detrás de mí, una voz grave habló.

—No te muevas.

Me quedé quieto por reflejo.

El tono no era una broma.

—Así está bien —continuó la voz—.

Solo quiero verte bien.

Un escalofrío me bajó por la espalda.

Definitivamente era un chico.

Pero no podía identificarlo.

—¿Quién eres?

—pregunté, intentando girar un poco.

—La princesa va a cometer un error —dijo, ignorándome por completo—.

Un error grave.

Mi respiración se cortó un segundo.

—Por eso quiero que participes en el segundo examen.

—¿Princesa?

—pregunté, confundido—.

¿De qué estás hablando?

El desconocido soltó una exhalación cansada, como si no tuviera paciencia para explicarme nada.

—El examen será una trivia competitiva.

Cinco por clase.

Los demás harán la parte escrita, el examen vale 250 puntos seccionales.

Eso ya lo sabes.

No lo sabía tan detallado o al menos… no así.

La voz siguió hablando, sin darme tiempo a reaccionar.

—La princesa no va a interferir, no está interesada en “jugar”.

Pero sí está interesada en hacer perder a las cuatro clases.

Sentí un pequeño salto en el pecho.

—¿Hacer perder… a todas?

—pregunté.

—Si sus planes funcionan, las cuatro clases caerán juntas.

Pero si tú entras al examen, no podrá destruirlas.

— Pauso por un momento —.

Así que participa.

Esta vez intenté darme vuelta rápido, pero no había nadie, nada.

no había ni una sombra moviéndose.

Era como si la voz hubiera sido un pensamiento, un susurro inventado.

Pero no lo era, lo había escuchado y lo había sentido detrás, me quedé ahí solo, con el corazón acelerado.

—…Mucha gente —murmuré—.

Demasiada gente metida en esto para que sea una broma.

Era intuición, no lógica, Entonces la princesa… ¿será Eris?, Pero no tenía pruebas, mirando alrededor.

—No sé qué fue eso… —susurré.

Pero sí sabía algo, el examen ya no era solo un examen y si alguien más estaba moviendo las piezas desde las sombras era mejor detenerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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