Rivalidad y Redención - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 7E Ser tan débil
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26: Capítulo 7E: Ser tan débil 26: Capítulo 7E: Ser tan débil Interpretado por Michelle Lehmann Nunca pensé que un solo lugar pudiera cargarse de tantos recuerdos.
El pabellón deportivo… El mismo sitio donde Michael y yo nos escapábamos para estudiar juntos, donde él me contaba que quería ser un líder “diferente”, donde yo le decía que creía en él.
Donde nos reíamos de Marcus, donde él se burlaba suave de mi torpeza, donde me prometió que “cuando fuera líder”, yo estaría a su lado.
Ese mismo lugar, ahora se sentía vacío, muy frío.
Como si los recuerdos hubieran sido colocados aquí solo para hacer que doliera más.
Michael estaba de espaldas, revisando su teléfono.
Ni siquiera levantó la mirada al escuchar mis pasos.
—Ya era hora —murmuró, sin emoción—.
Tengo cosas que hacer.
Me detuve a pocos metros, insegura.
—Michael… quería hablar contigo del examen.
Sobre lo que pasó.
Él guardó su teléfono con un suspiro profundo, cansado, molesto, como si yo fuera una molestia más en su lista interminable.
—¿Hablar?
—repitió, volteando al fin— ¿Hablar de qué?
Y esa mirada… no fue la de un amigo, si no la de un juez.
—Fallaste —sentenció—.
Fallaste rápido, fallaste mal.
Y gracias a eso no ganamos el primer lugar.
Mi pecho se cerró.
—Yo… de verdad traté, pero hubo alguien que me estaba saboteando —mi voz casi no salía—.
Sentí que- —No —me interrumpió, avanzando hacia mí con frialdad—.
No empieces con eso.
Me quedé en silencio, mientras Michael negó con la cabeza, fastidiado.
—¿De verdad vas a decir que alguien te saboteó?
¿En un examen de trivia?
Michelle, por favor.
—Fue Lían… —susurré, sintiendo mi voz romperse—.
Él… estaba hablándome y— —¿Lían?
¿Quién demonios es ese?
¡¿Estás inventando excusas?!
—me gritó.
Su voz retumbó por todo el pabellón y me congelé.
—No me vengas con historias —disparó—.
Nadie te molestó.
Caíste sola, fallaste sola y por eso perdimos.
Me mordí el labio, intentando detener las lágrimas, quería explicarle, quería que él me escuchara, quería que recordara quién era yo para él.
Pero él ya no era Michael.
Ya no era el chico que se reía conmigo detrás del pabellón.
—Yo solo quería ayudar… —fue lo único que pude decir.
Él soltó una risa amarga, que jamás le había escuchado.
—¿Ayudar?
No serviste ni de apoyo moral.
¿De verdad esperas que crea tus cuentos?
Hubiéramos ganado si tú no hubieras caído.
Así de simple.
Cada palabra era un corte, los recuerdos, las tardes juntos, las promesas… Todo se hacía trizas.
—Si te queda algo de dignidad —añadió con desprecio—.
No me hables a mí, ni a Gaby, ni a Marcus.
Yo no voy a cargar con un lastre.
Se dio la vuelta.
—Y no vuelvas con excusas.
Yo necesito tus resultados.
Y se fue.
Se fue sin mirar atrás, como si yo nunca hubiera significado nada.
Mis piernas temblaron, no pude contener las lágrimas.
Me llevé una mano a la pared y ahí, en el mismo lugar donde años antes reímos juntos… y lloré, no sé cuánto tiempo pasó.
Solo sé que, cuando el sonido de pasos se acercó, no tuve fuerzas para fingir.
Eris se detuvo a mi lado, con los brazos cruzados, no tenía expresión de burla, ni lástima.
Solo una mirada que decía “ya sabía que esto iba a pasar”.
—Así que por fin entendiste —dijo, con calma cortante.
No respondí, no podía.
Ella continuó —Michael siempre ha sido así.
No le importas tú, ni nadie que no pueda usar.
Me limpié el rostro, temblorosa.
—Perdón… —susurré—.
No te apoyé cuando te postulaste para líder.
Pensé que él… pensé que sería diferente.
Eris me observó con calma.
—No necesito tu perdón —dijo—.
Necesito que veas la realidad.
Su voz no era tierna.
Era firme.
—¿Sabes por qué rechacé ser sublíder?
—preguntó.
Negué con la cabeza.
—Porque no iba a apoyar a alguien destinado a hundirse.
Michael no me engañó, yo ya sabía quién era.
Mis manos se apretaron sin querer.
—Y tú —añadió ella—, lo estás viendo ahora.
Se acercó un poco más, bajando la voz.
—¿Quieres saber quién sí te saboteó?
La miré con el corazón acelerado.
Eris sonrió, pero era una sonrisa pequeña… calculada.
—Lían.
Sentí un vuelco en el estómago.
—Y ahora que viste quién es Michael de verdad —susurró—.
Dime… ¿qué vas a hacer?
Me quedé en silencio largo rato, sentí cómo mi respiración se hacía más lenta, más profunda, como si algo dentro de mí, una pieza que llevaba meses fuera de lugar finalmente encajara.
Un clic sutil, pero suficiente para cambiarlo todo.
Eris esperó, no me presionó y no me apresuró.
Solo dejó que el vacío dentro de mí se ordenara por primera vez desde mi llegada a Thrymere.
—Voy a ayudarte —dije con un temblor que ya no era miedo—.
A ser la líder que debió estar desde el principio y… te diré todo lo que sé sobre Lían.
Eris asintió, una sola vez.
—Bien.
Bienvenida al lugar correcto.
El viento sopló entre nosotras, frío, arrastrando hojas secas, como si limpiara lo que quedaba de la versión que había sido.
Me levantó un mechón de cabello y lo movió hacia atrás, como si me estuviera empujando a dejar mi versión anterior en ese mismo instante y supe que, a partir de ese momento… Nada volvería a ser igual.
Hubo un silencio más, uno distinto… uno que ya no me dolía.
Respiré hondo después de tomarme un tiempo, no me contuve.
—Entonces… —comencé—, te contaré cómo lo conocí.
De cómo no fue casualidad reconocerlo desde el primer día.
Eris levantó la mirada, atenta.
—Te escucho.
Tragué despacio, sintiendo el peso de los recuerdos llegando como una marea inevitable.
—Había una compañera mía… —empecé—.
Alguien que no le hizo daño a nadie.
Él se acercó siendo amable, como siempre hace.
Pero yo lo conozco… sé cómo usa esa calma suya para meterse poco a poco…—Tomé aire—, hasta que un día… se volvió cruel.
La acosó emocionalmente.
Rompió su confianza.
Y la mía también.
Mi voz ya no temblaba, ahora tenía filo.
—Yo intenté ayudarla… pero él siempre encontraba excusas, siempre nos manipulaba, hasta que me cansé, me alejé de ella… de él.
Y terminé mudándome, escapando.
Mi garganta ardió, pero no de tristeza, era rabia antigua y ahora rabia viva.
—Y ahora que lo vi aquí otra vez… —cerré los ojos—, lo odié desde el primer instante.
Y cada día lo odio más.
Eris no sonrió, pero sentía que era lo que ella necesitaba escuchar.
—Entonces — Eris sentenció con suavidad letal—, estás donde debes estar.
Y por primera vez, tuve claro mi propósito, aunque naciera del odio que nunca quise recordar, esto sería mi combustible.
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