Rivalidad y Redención - Capítulo 31
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Capítulo 31: Capítulo 1: Perdón (I)
Bloque I
Pasaron varios días, días pesados, silenciosos y francamente incómodos, porque desde aquella última conversación, no he vuelto a ver a Eris, absolutamente nada.
Era como si hubiera desaparecido a propósito y por más que intentaba ignorarlo, la duda seguía clavándose como una astilla, ¿Por qué rompió el trato?, Recuerdo perfectamente cómo apartó mi mano aquel día, muy frío y había una parte de mí, una parte torpe, ingenua y ridícula que no quería creer que ese gesto significaba que tal vez nunca habíamos hecho un trato real y que todo había sido un malentendido.
Pero no, yo sabía mejor que eso, fui un ingenuo y me molestaba aceptarlo.
Mientras caminaba hacia el pabellón exterior, con los pensamientos dando vueltas como un remolino malhumorado, lo vi, el chico rubio, el mismo que aquella vez me habló de “la princesa”, y que luego, casualmente, estaba junto a otros dos chicos.
Nos cruzamos las miradas y eso fue suficiente, no lo pensé dos veces y me acerqué directo hacia él, ignorando por completo a su grupo, y le agarré del brazo sin permiso.
—Necesito hablar contigo, ahora.
Sus amigos inmediatamente se tensaron.
—¿Qué te pasa? —dijo uno, dando un paso adelante.
Pero el rubio levantó una mano, calmándolos.
—No pasa nada—dijo, con una sonrisa extrañamente tranquila—. Vuelvo enseguida.
Les indicó que lo esperaran, solo cuando empezaron a retroceder, me tocó el brazo.
—Puedes quitarme la mano, no voy a huir —comentó con un tono casi juguetón.
La solté, un poco molesto.
Nos movimos hacia un pasillo lateral, uno de los menos transitados, al llegar el chico inclinó la cabeza apenas, como si evaluara mi humor.
—Bueno, ¿Qué necesitas?
—Quién es la princesa —solté sin rodeos.
Su ceja subió de inmediato.
—¿Princesa? —repitió, confundido—. ¿De qué hablas?
—No mientas —dije apretando los dientes—. Sé que eres tú, el encapuchado.
Sus ojos parpadearon… pero no parecieron sorprendidos.
—No tengo idea de qué estás diciendo —respondió, con esa calma irritante—. Y yo no… te conozco.
—Claro. —Me crucé de brazos—. Entonces hablemos de lo que estabas tramando con Adrian.
Ahí sí. un pequeño quiebre, un tic en su expresión.
—¿Adrian? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿De qué conoces a Adrian?
—Escuché toda la conversación —mentí sin la menor vergüenza—. Ya sé lo que planean.
Vi como el chico soltó una risa suave, tenía una mezcla extraña entre alivio y… algo parecido a tristeza.
—Vaya… tan rápido —susurró, en un tono más bajo que antes.
Cambió completamente su postura, mientras que empecé a sentir que el entorno empezaba a estar muy melancólico.
—La princesa está satisfecha con el resultado —dijo finalmente, mirándome con un brillo extraño—. Pero todavía no es momento de que la conozcas.
—¿Conocerla? —repetí, arqueando una ceja—. Si se supone que es Eris.
—Oh, conozco a Eris —respondió con una sonrisa ligera—. Pero no… la princesa no es ella.
Algo en su forma de decirlo me descolocó, y no sonaba como si protegiera a Eris, sonaba como si supiera algo más profundo… algo que no estaba ni cerca de comprender.
El chico acomodó el flequillo y se giró para irse.
—Será mejor que me retire —dijo—. Es extraño que estudiantes enemigos estén conversando solos así.
Se detuvo un segundo, dándome la espalda.
—Mi nombre es Yeo, por cierto.
Y sin esperar más, caminó hacia el pasillo principal donde lo esperaban sus amigos.
Mientras yo me quedé allí, inmóvil y no porque creyera en sus palabras, sino porque no sabía si debía hacerlo, ¿Es confiable? ¿O solo otro mentiroso jugando con mis dudas?, Realmente no lo sabía y eso lo hacía aún peor.
Esa misma tarde, ya en mi cuarto, me tiré boca arriba sobre la cama sin ganas de nada, tenía tareas pendientes, lecturas que el profesor Dante había asignado y un resumen que supuestamente deberíamos entregar la próxima semana.
Pero yo no quería hacer nada, ni pensar, ni escribir y ni siquiera moverme, solo quería que el día terminara, pero fue entonces cuando mi teléfono vibró, tuve que agarrar mi teléfono sin ganas.
“Jiho: ¿Estás ocupado?”
Lo pensé un segundo, antes de responder.
“Yo: No, ¿Pasa algo?”
Jiho tardo apenas unos segundos.
“Jiho: Hay algo que tenemos que hablar. Te mando ubicación.”
Cuando vi la ubicación, fruncí el ceño, no era un lugar que iba demasiada gente, pero tampoco uno donde suela reunirse un grupo de compañeros.
Algo en mi estómago me dijo que no debía ir y que tal vez iba a ser otra conversación incómoda, que probablemente estaba metiéndome en algo que iba a empeorar mi humor.
Pero, por supuesto… fui, me tardé unos minutos en poder encontrarlos.
Jiho sentado en la baranda del corredor exterior y Aiden apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, como si quisiera aparentar serenidad.
Los dos se enderezaron al verme acercar, y Jiho fue el primero en hablar.
—Lían… —suspiró—. Hay más rumores, un poco más fuertes.
Lo miré sin sorpresa y era inevitable.
—Queríamos escuchar tu versión —continuó—. Yo confío en ti, sabes cómo eres… pero Aiden no te conoce lo suficiente aún.
—¿Yo? —Aiden levantó la cabeza con rapidez, intentando sonar firme—. Te equivocas, claro que sé cómo es.
Su tono no ayudó mucho a su propia credibilidad y yo solo solté un suspiro cansado.
—No quiero hablar del tema.
—Lían —insistió Jiho, con suavidad—. No para justificar nada, solo… para saber qué pasó realmente.
Me quedé en silencio varios segundos, estaba agotado, realmente agotado de Eris, agotado de Yeo, agotado de secretos, agotado de rumores.
Así que al final… Hablé, no entré en detalles, tampoco dramaticé, solo relaté los hechos, uno tras otro, hasta terminar y cuando terminé, Aiden tardó un poco en reaccionar.
—Vaya… —murmuró, rascándose la nuca—. No esperaba eso, pero sí te diré algo, aléjate de Grace lo más posible.
Jiho asintió con el ceño fruncido.
—No sabía que había hecho algo así… —dijo, genuinamente sorprendido.
Negué con la cabeza.
—No quiero seguir hablando de eso, además… —respiré hondo—, supongo que mi resultado del examen no fue suficiente para frenar los rumores. Quedamos en cuarto lugar y es normal que piensen lo que quieran.
Ninguno dijo en voz alta que el examen escrito había sido culpa de todos, pero la incomodidad en sus miradas era suficiente para confirmarlo.
Para cambiar de tema, me volví hacia Jiho.
—Por cierto… ¿con quién sales últimamente?, siempre eres el primero en irte después de clase.
Jiho abrió los ojos, sorprendido de que lo notara.
—Ah… eso. —Se rascó la mejilla, algo avergonzado—. Conocí a una chica de la Clase 1. Es muy amable y le gusta hablar de temas médicos, y bueno… ya sabes que a mí me interesa eso, solo somos amigos.
—¿Una chica de la Clase 1? —pregunté—. No es normal hablar con clases enemigas, eso me dijo alguien.
Aiden levantó la ceja.
—¿Alguien?
—Sí —respondí sin titubear—. Me topé con alguien hoy, pero lo juzgaron sin motivo.
No iba a mencionar a Yeo, no todavía.
Jiho asintió lentamente.
—Lo sabía… —suspiró—. Pero igual gracias por la advertencia, lo tomaré en cuenta.
Aiden se cruzó de brazos de inmediato.
—Ok, pero entonces dime su nombre, porque cada vez que yo te preguntaba, no querías decírmelo y cuando Lían te lo pide, sí respondes. ¿Qué es eso?
Jiho se le quedó viendo con una mezcla de paciencia y resignación.
—Aiden, solo soy así porque te conozco desde antes. A Lían no, y quería dar una buena impresión.
Solté una risa leve.
—Entonces… ¿vas a decir su nombre o no?
Jiho suspiró, derrotado.
—Se llama Killias.
Aiden abrió la boca de inmediato.
—¿¡Killias!?, ¡Jinjang! Ese nombre suena a villana final de un juego de rol. ¿Qué clase de chica-
—Aiden, por favor —interrumpió Jiho, rojo de vergüenza.
No pude evitar soltar una risa baja mientras los veía, mientras que Aiden me miró de reojo, como si hubiera estado esperando justo eso.
—¿Qué? —dijo, señalando a Jiho con el pulgar—. No me mires así, desde que éramos niños te digo Jinjang. Yo inventé el apodo, yo lo registré y yo tengo derechos de uso vitalicio.
—No tienes ningún derecho —refutó Jiho, tapándose la cara con ambas manos—. ¡Y no se lo digas a él!
Aiden ignoró por completo el reclamo.
—Para mí siempre serás Jinjang —añadió, orgulloso, como si fuera un título honorífico.
Yo negué con la cabeza, sonriendo sin poder contenerme y en medio de esa pequeña pelea absurda, la tensión acumulada del día… finalmente comenzó a aflojarse.
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