Rivalidad y Redención - Capítulo 4
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4: Capítulo 1: Un nuevo comienzo (I) 4: Capítulo 1: Un nuevo comienzo (I) Bloque I Regresando a mi casa, caminando por la acera con las manos hundidas en los bolsillos, me preparaba mentalmente para otro día monótono, uno más en esa rutina asfixiante que parecía no tener fin.
Pero al llegar, algo me sacó de mi ensimismamiento, la puerta estaba entreabierta, un detalle que no encajaba en lo habitual.
Fruncí el ceño, confundido.
¿La había olvidado cerrar?
No, eso no tenía sentido, siempre era cuidadoso con eso.
Empujé la puerta con cautela y entré, el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal.
—¿Mamá?
—llamé, mi voz resonando en el vacío de la casa.
Silencio absoluto.
Las luces estaban apagadas, sumiendo el pasillo en una penumbra inquietante.
Un escalofrío recorrió mi espalda, como si el aire mismo me advirtiera de algo malo.
Me acerqué al interruptor con pasos tentativos y encendí la luz, iluminando la habitación de golpe.
Tuve una corazonada inmediata, sentía que había alguien en la sala.
Caminé hasta la sala, mis sentidos en alerta, el pulso acelerado.
Allí estaba un hombre vestido con un traje negro impecable, sentado en el sofá como si fuera el dueño del lugar.
Sostenía una taza de té con una tranquilidad perturbadora, sus dedos elegantes curvados alrededor del asa.
Su expresión era fría, casi inexpresiva, y sus ojos me observaron con la paciencia calculada de un depredador que había esperado pacientemente a su presa.
—Parece que ya has vuelto…
Lían —dijo, su voz suave pero helada, como un viento invernal que se colaba por las grietas.
Aquellas palabras me congelaron la sangre en las venas.
Retrocedí un paso instintivamente, el instinto de huida activándose.
—¿Quién demonios eres y como entraste a mí casa?
—.
Pregunté, mi tono más agudo de lo que pretendía, cargado de desconfianza.
El hombre no respondió de inmediato.
En cambio, llevó la taza hacía sus labios con deliberada lentitud, como si mi pregunta fuera un mero inconveniente, algo irrelevante en su agenda.
Tomó un sorbo, saboreándolo, antes de bajar la taza de té con precisión.
—Deja de ser ruidoso —dijo finalmente, su voz calmada, pero con un filo de autoridad que no admitía réplicas.
Me di vuelta bruscamente hacia la salida, el pánico impulsándome a intentar escapar de la casa.
Pero me detuve en seco al ver a un hombre corpulento bloqueando la puerta principal, sus brazos cruzados y su mirada impasible.
Intenté entonces dirigirme a la cocina, donde sabía que había una salida trasera, mis pasos apresurados sobre el suelo.
Sin embargo, allí también había otro guardia, idéntico en su postura intimidante, cortándome el paso.
Empecé a sentir un fuerte escalofrío que se extendía por mi cuerpo, como si el miedo se hubiera convertido en una corriente eléctrica.
—Vuelve aquí —ordenó el hombre del sofá, su voz tranquila, pero con un matiz de impaciencia—.
No me gusta repetir las cosas.
Apreté los dientes, la frustración y el temor mezclándose en mi interior, pero no tenía opción.
Regresé a la sala lentamente, mis pies pesados, hasta quedar frente a él, sintiendo su presencia como una sombra opresiva.
—Te pregunté quién eres —insistí, mi voz ahora más baja, pero temblando ligeramente por la adrenalina.
El hombre suspiró, un sonido largo y resignado, dejando la taza sobre la mesa con un clic suave.
—Me llamó Esteban Laíne.
Soy tu padre —declaró, sus palabras cayendo sobre mí como un golpe inesperado, dejando un eco de confusión en mi mente.
Me dejó inquieto, parpadeando repetidamente mientras intentaba procesar lo que acababa de oír.
Mi mente giraba en espiral — ¿Padre…?
Ya tengo uno.
Y está muerto —repliqué, mi voz teñida de incredulidad y un toque de defensiva.
Esteban ladeó la cabeza ligeramente, una leve sonrisa curvando sus labios, como si encontrara mi reacción divertida pero predecible.
—Eso es lo que crees.
Pero en realidad, yo soy tu padre biológico —explicó, su tono neutral, sin emoción.
Un nudo de incomodidad se formó en mi estómago, apretando como una garra —¿Biológico…?
No me digas que- Pero él me interrumpió con desinterés, agitando la mano como si descartara una idea absurda.
—No es lo que piensas.
En realidad, ella no es tu madre biológica.
El suelo pareció tambalearse bajo mis pies, el mundo inclinándose en un vértigo repentino.
—¿Qué…?
—murmuré, mi voz apenas un susurro, el shock robándome el aliento.
Esteban metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta con movimientos precisos y sacó un sobre.
Lo colocó sobre la mesa con calma, como si estuviera presentando una simple carta de negocios, y lo empujó hacia mí.
—Supuse que dudarías —dijo, su voz inalterada—.
Así que traje pruebas.
Con el corazón latiéndome en la garganta, como un tambor descontrolado, tomé el sobre y lo abrí.
Dentro había un documento oficial: un análisis de ADN.
Empecé a sentir un gran hormigueo que se transmitía por mi cuerpo, una sensación extraña y nueva, como si mi piel estuviera viva con electricidad.
Leí el documento, enfocándome en una frase que saltaba como una sentencia.
“La presunta madre es excluida como la madre biológica del menor probado.
Probabilidad de maternidad: 0%.” Mis manos empezaron a temblar incontrolablemente, el papel crujiendo bajo mis dedos.
—Esto… esto es una mentira —balbuceé, negando con la cabeza, desesperado por aferrarme a mi realidad.
—No lo es —afirmó él, su expresión inmutable, como una máscara de piedra.
Levanté la vista, buscando algún rastro de duda en su rostro, pero no había nada —¿Cómo conseguiste esto…?
—pregunté, mi voz quebrada por la confusión.
—Tengo mis métodos —respondió vagamente, encogiéndose de hombros con indiferencia.
Mi respiración se agitó, convirtiéndose en jadeos cortos.
Quería gritar que todo era una mentira, que tenía que haber un error garrafal, pero los números estaban allí, fríos e irrefutables, negando todo lo que había creído cierto durante años.
—Vine a recogerte —continuó él, cambiando de tema como si nada— Ya me aburrí de tener a un hijo ilegítimo perdido en este sitio.
Pero… quiero hacer algo.
Empecé a sentir escalofríos profundos, el frío instalándose en mis huesos.
—No necesito nada de ti.
No entiendo nada.
¿Por qué me buscas ahora?
—exigí, mi tono elevándose con la frustración acumulada.
Esteban entrecerró los ojos ligeramente, evaluándome —Lo necesitarás.
O te lamentarás.
Pero sé que lo harás —advirtió, con su voz baja pero cargada de certeza —Tu madre trabaja todos los días sin descanso, ¿no?
Y además… ¿ella no está enferma?
—agregó, inclinándose un poco hacia adelante, su mirada perforante.
El aire en la habitación se volvió pesado, espeso como niebla.
Empecé a sentir una rabia hirviente, algo crudo y nuevo que bullía en mi pecho.
—¿Tú… cómo sabes eso?
—gruñí, mis puños cerrándose instintivamente.
—Porque lo sé todo sobre ti —replicó, su tono desprovisto de cualquier emoción, como si estuviera recitando hechos triviales.
—No te atrevas a hablar de mi familia —espeté, el enojo haciendo que mi voz vibrara.
—No es tu familia —corrigió él, con una frialdad que me cortó como un cuchillo.
Apreté los puños con más fuerza, las uñas clavándose en mis palmas.
—Vine por ti con una condición —prosiguió, ignorando mi ira—.
Si regresas conmigo, le daré tratamiento a tu madre.
—¿Y qué quieres a cambio…?
—pregunté, entre dientes, sospechando lo peor.
—Estudiarás en el instituto Thrymere —declaró, como si fuera algo obvio.
—¿Thrymere…?
—repetí, frunciendo el ceño, reconociendo el nombre, pero sin entender el porqué.
—Ese mismo.
Un instituto de élite donde todo se rige por posiciones.
—Pero ¿y si me niego…?
—desafié, mi mente buscando una salida.
Esteban sonrió —Tu madre se quedará sin tratamiento.
Y tú no tendrás un futuro aquí, y no creo que puedas salir de este sitio — amenazó, su voz ahora un susurro letal.
Hubo un silencio opresivo, el tiempo deteniéndose mientras me resignaba en mi mente.
—Dame tiempo para pensar… —pedí, mi voz más débil de lo que quería.
—Te daré solo cinco minutos —concedió, consultando su reloj con impaciencia.
—¡Pero—!
—protesté, pero él me cortó.
—Sin peros.
No me gusta perder el tiempo —sentenció, cruzando los brazos.
Los segundos pasaron como una eternidad tortuosa.
Tuve que razonar, ¿era por el bien de mi madre, aunque no compartiéramos sangre?
¿O me resignaba a perderla?
Sentía que todo dependía de su felicidad, pero tenía dudas sobre si ella sabía que no era su hijo biológico.
Sin embargo, nunca me trató mal, siempre me mimaba, incluso en su ausencia constante.
Así que, con el pecho apretado, elegí.
—… Acepto —murmuré, el peso de la decisión cayendo sobre mí.
Esteban sonrió ampliamente, sacando un documento de su chaqueta —Perfecto.
Firma aquí —indicó, extendiéndomelo con un bolígrafo.
Tomé el bolígrafo y puse mi nombre, mis manos aun temblando ligeramente.
—Bien.
El primer trato está hecho, así que vamos por el segundo —anunció, su voz volviéndose aún más seria, un cambio que me puso en alerta.
—¿Segundo?
—repetí, frunciendo el ceño en confusión.
—Sí, el segundo —confirmó, enderezándose en el sofá—.
Tienes que llegar al primer lugar en tu primer año, es sencillo, ¿no?
Si no lo logras, dejaré a tu madre sin ningún tratamiento.
—explicó, con un toque de arrogancia.
—No lo es —contradije, sintiendo el peso de la demanda.
—Claro que lo es.
Tienes mi sangre, mi inteligencia y también mi modo de pensar —afirmó, su sonrisa regresando, sutil pero confiada.
—Tú qué sabes sobre eso.
—Primero, mi descendencia tiene los mismos pensamientos que yo —dijo, inclinándose más—.
¿Nunca has pensado en la gente es aburrida, que estas solo están para molestar o también para manipular?
Me quedé paralizado, el impacto de sus palabras golpeándome como un recuerdo reprimido.
Sí, había visto a la gente así desde el principio, como gente molesta pero también manipulable, pero intenté dejar de pensar eso desde que empezó el gran caos en mi vida, ese torbellino de acusaciones y aislamiento.
—Pero sé que te lo dejaré sencillo, así que… Eris, pasa.
Los pasos de alguien resonaron en la sala, ligeros pero decididos.
Una chica entró en la habitación, y de inmediato noté el parecido, se parecía a mí de una manera inquietante.
Tenía el cabello rubio, ondulado y liso, cayendo hasta su pecho, sus ojos eran entre amarillo y dorado, parecían cálidos, pero en realidad eran fríos como el hielo.
Cuanto más la observaba, su expresión se endurecía, adoptando una mirada fría que me hacía sentir examinado.
—Ella es Eris, mi hija y tu hermana así que por eso se ven un poco iguales —explicó Esteban, con un orgullo sutil en su voz.
—¿Qué…?
—balbuceé, el shock renovándose.
Esteban sonrió de nuevo, disfrutando mi desconcierto.
—¿Y qué tiene que ver ella con la apuesta…?
—pregunté, confundido, mi mente luchando por conectar las piezas.
Esteban me miró, como si la respuesta fuera obvia, un destello de diversión en sus ojos —Tú y ella estarán en diferentes secciones.
El que llegue al primer lugar en el primer año, le concederé la propuesta dada.
El que no, destrozaré lo que más ama —declaró, su tono ahora siniestro, cargado de amenaza implícita—.
Así que… mañana por la mañana se le notificará a tu madre, Lían, ya que en una semana empezarás a estudiar… Bien, con esto me retiro, así que vámonos.
Eris no dijo una palabra, pero su mirada de desprecio se clavó en mí como una daga, perforando mi confianza antes de girarse y seguir a Esteban, quien ya se dirigía hacia la puerta con pasos firmes.
Los guardias, que hasta ese momento habían permanecido en silencio como estatuas, comenzaron a marcharse, sus pisadas sincronizadas desapareciendo en la distancia, dejándome solo en la sala.
Me quedé allí inmóvil, intentando asimilar lo que acababa de pasar.
Solo había un silencio ensordecedor y un ambiente pesado, como si el aire estuviera cargado de veneno, sabía que había hecho un trato macabro, uno que podría destruir todo lo que valoraba.
Pensé que el tiempo se había detenido en esa eternidad de pensamientos revueltos, pero entonces escuché el sonido de la puerta principal abriéndose de nuevo.
Era mi madre, entrando rápidamente, su rostro marcado por la preocupación, las líneas de fatiga más profundas que nunca.
—Lían… —dijo, mirándome de arriba abajo, buscando alguna señal de lo que había sucedido, sus ojos llenos de ansiedad maternal.
Me quedé en silencio, observándola, pero no le dije nada.
Solo asentí levemente, manteniendo una expresión neutral, sin mostrar ni una pizca de la tormenta interior que me devoraba.
Era lo que tenía que hacer, ¿no?
Fingir que todo estaba bien, como siempre lo había hecho.
—No pasó nada, mamá.
No te preocupes —fue lo único que logré decir, mi voz forzada en un tono calmado, antes de girarme y caminar hacia mi habitación, cada paso sintiéndose como plomo.
Cerré la puerta con un golpe sordo, el eco resonando en mi pecho.
Mientras intentaba llegar a la cama, mis piernas flaquearon ligeramente.
Al acostarme, sentí cómo todo el peso de la situación caía sobre mi cuerpo, aplastándome como una losa invisible.
Pero no podía quedarme allí, perdido en pensamientos oscuros.
Sabía que tenía que hacer algo, aunque aún no supiera qué.
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