Rivalidad y Redención - Capítulo 46
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Capítulo 46: Capítulo 6: Divagación entre el cuarto (I)
Bloque I
Aiden me escribió diciendo que faltaba una hora para el examen, así que fui directo al edificio académico, realmente me pareció más larga la trayectoria de lo normal, pero en el camino vi a varios estudiantes de grados superiores reunidos, hablando entre ellos, mientras que ninguno me miró.
Recordé lo que Aiden había dicho ese día, “ninguno de los superiores quiere involucrarse con los de 10mo”. Y sí, se notaba, ni una mirad, como si fuéramos transparentes.
Entré al salón, saludé rápido a mis amigos, mientras que Aiden levantó la mano.
—¿Estás listo? —preguntó.
—Creo que sí —respondí—. ¿Tom llegó?
Aiden negó.
—No, para nada.
También se veía molesto y nervioso, igual que yo. El profesor Dante llegó unos minutos después con su tono seco habitual.
—Los grupos se proporcionarán directamente en el edificio del examen, tendrán aproximadamente una hora para completarlo y es un área cerrada, así que ningún otro grupo podrá ver lo que están haciendo.
Aclaró que habría altavoces internos con indicaciones más complejas, pero que ni él tenía la información completa.
Pasaron veinte minutos, y aún Tom no llegaba, Aiden ya estaba inquieto, y por la inquietud me levanté sin pensarlo.
—Profe… ¿Cuántos minutos faltan exactamente para comenzar?
Todos me miraron y el profesor Dante también.
—Cuarenta minutos —respondió—. ¿Por qué?
—Necesito hacer algo urgente, prometo llegar antes de que comience el examen.
El profesor Dante suspiró, como si ya estuviera acostumbrado a estos líos.
—El examen será en el edificio G, cerca de las canchas deportivas, es grande, no deberías perderte… pero preferiría que otro alumno te acompañe.
—Puedo solo —dije.
Y antes de que agregara algo más, salí.
Llegué a los dormitorios, toqué su puerta tres veces, nadie respondió, golpeé más fuerte.
—Tom, sé que estás ahí.
Hubo un silencio, giré la manija y estaba cerrada, entonces golpeé aún más fuerte, con la palma, hasta que el sonido resonó por el pasillo y finalmente, desde adentro, escuché movimiento… pasos lentos y la puerta se abrió apenas unos centímetros, Tom apareció con cara de fastidio, cabello desordenado y ojos hinchados.
—¿Qué quieres ahora? —bufó.
—Faltan cuarenta minutos para el examen, ya viste la hora, ¿Verdad?
Tom se apoyó en el marco de la puerta con una expresión completamente distinta, se veía cansado, molesto… y desafiante.
—No voy a ir.
Yo apreté la mandíbula.
—Deja de joder, Tom, no es el momento.
—Estoy hablando en serio —continuó él—. No voy a asistir, me da igual si me expulsan, realmente prefiero eso a que ir contigo respirándome en la nuca con tus amenazas de “si no vas te saco a la fuerza”, realmente no soy tu prisionero.
—No es una amenaza, es un recordatorio —dije—. Y no te lo voy a repetir.
Tom empezó a reír con una risa nerviosa y cansada, casi rota.
—¿Y qué vas a hacer?, ¿Arrastrarme?, ¿Golpearme?, ¿Esa será tu solución?
Dijo eso empujándome con el hombro para salir del cuarto y ahí se perdió mi límite.
Tom intentó caminar hacia el pasillo, pero lo sujeté del brazo y él me empujó con fuerza.
—¡Suéltame! —gruñó.
Yo lo empujé de vuelta y Tom respondió con un puñetazo directo a mi pecho, no fue tan fuerte, pero sí inesperado e instintivamente, lo empujé hacia la dirección contraria y su espalda chocó con la baranda de seguridad, esa que daba directo al exterior, una caída de dos pisos hacia el área verde y Tom abrió los ojos, sorprendido por la cercanía del borde mientras que yo lo tenía agarrado del hombro y la camiseta, apretando con fuerza.
—No vuelvas a hacer eso —le dije con una voz baja y fría—. No te conviene.
Tom forcejeó, intentando soltarse.
—¡Cálmate, Lían!, ¡Solo dije que no quería ir!, ¡No tienes derecho a—!
Lo empujé un poco más contra la baranda, no para tirarlo, pero lo suficientemente fuerte para que dejara de moverse, mientras que el metal vibró y Tom se había quedado helado y su respiración se aceleró y pude ver el miedo que él tenía.
—Escúchame bien —dije sin subir el tono—. Si no vas, te juro que te arrastro hasta allá y no me importa si pataleas, gritas o lloras, realmente te juro que no me detendré.
Tom tragó saliva y no podía apartar la mirada de mis manos sujetándolo e intentó respirar y hablar, pero su voz le salió quebrada.
—¿Por qué te… importa tanto?, ¿Ah?
—Porque esto no es solo sobre ti —respondí, apretando más la tela de su camiseta—. Es mi examen, mi grupo y mi clase y yo no voy a permitir que lo arruines solo porque estás de mal humor.
Tom dejó caer la cabeza hacia atrás un segundo, como aceptando que no podía ganarme.
—Está bien —dijo finalmente, casi sin aire—. Voy, ¿Contento?
Lo solté y Tom inhaló hondo, masajeándose el hombro, mirando de reojo la baranda como si no creyera lo que acaba de pasar.
—Serás… un maldito loco —murmuró—. Pero supongo que eso ya lo sabía.
—Daté prisa —dije simplemente—. No me hagas volver a tocar la puerta.
Tom entró a cambiarse sin replicar.
Estuve esperando a Tom hasta que salió finalmente de su dormitorio, no dijo una palabra, pero su cara lo decía todo, estaba furioso, realmente no me importó y lo sujeté del hombro, justo donde llevaba la mochila, para que no intentara huir otra vez.
—Camina —le dije.
Él gruño, pero no se soltó y llamé a Jiho para darnos las indicaciones mientras bajábamos por las escaleras.
—Ya están llegando los otros estudiantes —empezó a decir Jiho—. Dense prisa, todos estamos en la entrada del edificio G.
—Ya vamos —respondí.
Tom resopló, molesto, pero avanzó, cada pocos pasos intentaba separarse, y yo lo empujaba ligeramente hacia adelante y cuando finalmente llegamos al edificio G, varias cabezas se giraron en nuestra dirección, no solo vieron a Tom, me vieron a mí, sujetándolo del hombro como si fuera a escaparse y Tom aprovechó ese segundo de atención para empujarme un poco, como si quisiera marcar distancia y Jiho se acercó de inmediato.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Nada —respondí rápido—. No puso su alarma.
Tom me lanzó una mirada de odio puro, pero no dijo nada, eso al menos me servía.
Entre la gente, vi a Melisa acercarse y caminó directo hacia mí y me tocó la espalda con los dedos, como intentando no llamar la atención.
—Lían… —susurró, casi pegada a mi brazo—. ¿Qué pasó con Tom?
Me apartó un poco del resto del grupo para que los demás no escucharan.
—Nada —mentí sin pensarlo—. Solo estoy haciendo algo que Peter me pidió.
Melisa parpadeó.
—¿Peter?
Asentí.
—Sí, me dijo que trajera a Tom con nosotros.
Melisa bajó un poco la mirada, pensativa.
—Entiendo… pero igual… esto tiene que ver con lo que pasó en clase… ¿No?
No quería que se preocupara más.
—Estoy bien, Melisa, en serio. —intenté sonreírle un poco—. Lo llevo controlado.
No va a pasar nada, ella asintió, aunque no parecía muy convencida y antes de que pudiera decir más, sentí una mano firme sujetarme por el hombro, vi que era Peter y se inclinó hacia mí para susurrar.
—¿Qué hiciste?
Lo miré de reojo y lo sujeté también del hombro, respondiéndole igual de bajo.
—Acabo de traer a Tom para salvar a tres estudiantes, nada más.
Peter se quedó callado unos segundos, luego susurró.
—Entonces… tú fuiste quien hizo que él apareciera el día de los cupos.
Lo confirmé con un gesto de cabeza.
—Sí, pero no quiero reconocimiento, tú solo di que fue tu idea. —agregué.
Peter respiró hondo, casi aliviado.
—…Entendido.
Se separó como si nada, volviendo al centro mientras la clase se organizaba alrededor y Tom seguía a unos metros, mirando hacia otro lado y Melisa se quedó a mi lado, todavía un poco inquieta y yo solo no sabía que esto fue suficiente para que Tom arruine todo esto, porque si fallábamos el examen… realmente no tendríamos otras oportunidades.
Esperamos unos minutos más frente al edificio G, Aiden, Peter y Ryan estaban pendientes del reloj, mientras que Melisa hablaba con Riley sobre si todos ya habían llegado y el ambiente era denso, como si todos supieran que este examen iba a ser distinto, hasta que finalmente apareció el profesor Dante, caminando rápido, con su típica expresión de estar lidiando con demasiadas cosas a la vez.
—¿Por qué no han entrado todavía? —preguntó—. Faltan pocos minutos para comenzar, síganme.
Todos los de la clase lo seguimos en fila y pude ver que el edificio G por dentro era más grande de lo que imaginaba, los pasillos se veían nuevos, demasiado nuevos… como si los hubieran remodelado hace poco.
El profesor Dante se detuvo frente a un corredor donde había tres puertas grandes, cada una con un número iluminado arriba 4, 8 y 12.
—Aquí están las habitaciones asignadas a sus grupos —dijo el profesor Dante— La distribución es la siguiente —sacó su tableta y comenzó a leer—. Los que conforman el grupo 4 son Peter, Ryan, Melisa, Jiho, Riley, Cristal, Robert, Charlie, Noah y Dansy
Sentí como si el piso desapareciera debajo de mis pies, el grupo 4… Peter, Ryan, Melisa, Jiho, Riley y los demás…
todos eran relevantes y según la teoría de Jiho, debían estar juntos, eso solo podía significar una cosa. y es que Jiho tenía razón, pero… porque no estoy ahí.
—El grupo 8 es conformada por—pauso un momento—, Holly, Harper, Jaden, Lían, Emma, Grace, Thamy, Tom, Sam y Andy.
Me sentí nervioso porque estaba en el grupo 8 con Tom, Grace y con Jaden y bueno otras chicas las cuales me odiaban abiertamente y otros que nunca les había hablado.
—El Grupo 12 es conformada por Lisa, Tyler, Aiden, Logan, Jacob, Jack, Ethan, Henry, Daniel y Dylan.
No tenía ningún sentido, la desigualdad era muy obvia, me aparté un poco para poder buscar a Jiho, él ya me estaba viendo con una expresión mezcla de sorpresa y preocupación.
Nos acercamos juntos al profesor Dante.
—Profe Dante —dije—, ¿Por qué fui asignado al grupo 8… y no al 4?
El profesor Dante me miró como si no quisiera responder.
—Fue sorteado —dijo, pero sonó inseguro.
Jiho dio un paso adelante.
—No, profe, los grupos principales no se sortean así, el grupo 4 está lleno de gente relevante para la clase, Lían también es relevante.
Dante tragó saliva y bajó la mirada un segundo.
—…Este tema lo veremos después del examen —dijo finalmente—. No puedo cambiar nada ahora.
—¿Pero por qué? —pregunté—. ¿Por qué estoy ahí?
El profesor Dante apretó la tableta contra su pecho, como si le pesara.
—No puedo hablar de eso aquí, no en este pasillo.
Yo quería insistir, quería exigirle una explicación, pero el profesor Dante cambió de actitud de golpe, como si volviera a activar su modo estricto de profesor y me puso una mano firme en el hombro.
—Ve con tu grupo, Lían, a la puerta 8, ahora.
Me quedé paralizado una fracción de segundo, realmente no entendía nada y Jiho me miró con preocupación mientras me dirigía hacia la puerta 8 y aunque intenté caminar con normalidad… por dentro algo no encajaba, el profesor Dante sabía algo, algo que no quería decirme y de alguna forma, yo estaba en medio de eso.
Bloque II
La puerta metálica se cerró detrás de nosotros con un golpe tan seco que hizo vibrar todo el recinto, como si una campana enterrada hubiese resonado bajo nuestros pies.
En ese instante el altavoz se activó.
—Participantes del Grupo 8, tienen un minuto para prepararse, tendrán un total de una hora para terminar este examen, el uso de teléfonos está prohibido.
El sonido se cortó, dejándonos solo con un zumbido eléctrico flotando en el aire.
Nadie dijo nada, pero Sam dio un paso adelante, luego retrocedió sin ningún motivo y Andy empezó a mirar el alrededor con los ojos muy abiertos, moviendo las manos sin saber qué hacer con ellas, mientras que Thamy estaba temblando, intentando parecer que no estaba nerviosa y Tom estaba pegado a la puerta, rígido, como si quisiera fundirse con el metal.
Arriba pude ver un contador que tenía una luz roja, exactamente decía que teníamos una hora.
El minuto empieza a terminarse, mientras que yo tragué saliva y el aire era muy extraño, casi irritante.
—¿Qué hacemos…? —preguntó Sam con una voz tensa.
—Mirar —respondí, sin apartar la vista del entorno.
Nadie más dijo nada y empezamos a mirar a nuestros alrededores en silencio, pude ver rocas enormes parecían mandíbulas de un animal antiguo, un pedestal central y una puerta de piedra, cerrada con mecanismos, parecía que estábamos en una cueva.
El minuto se esfumó y entonces de la nada un humo empezó a salir, blanco y frío, que se filtraba entre las grietas del piso hasta llegar a cubrirnos los tobillos y se pegaba a la piel como si tuviera intención propia.
Sam soltó un murmullo nervioso, con los ojos muy abiertos.
—O-Okay… esto Dante no dijo que estaría en el examen.
Estaba por decir algo cuando empecé a escuchar ruidos, primero eran murmullos y luego zumbidos que eran muy irritantes y después, carcajadas abiertas y me giré.
Ahí estaban, Grace, Jaden, Harper, Holly y Emma recostadas en una roca enorme como si fuera un sofá improvisado, las luces les daban sombras filosas en el rostro, como máscaras retorcidas.
Avancé unos pasos más, acercándome al centro y de pronto, Grace aplaudió una vez, fuerte, sonriendo como quien presencia un espectáculo.
—Miren qué bonito —Su sonrisa era una puñalada disfrazada de amabilidad—. La estrellita ya llegó al centro.
Vi como Harper balanceaba las piernas, golpeando la roca con el talón y Holly hacía girar piedritas entre los dedos y en ese momento Thamy sin perder la calma, preguntó.
—¿Van a ayudar… o van a quedarse ahí nada más?
Grace imitó su tono, exagerándolo con burla teatral.
—“¿Van a ayudar?” No, querida, hoy vinimos a ver espectáculo y ustedes son el espectáculo.
Vi como Jaden apoyó los codos en las rodillas, inclinándose con expresión burlona.
—Y el horario estelar empieza fuerte, no nos hagan dormir.
Pude escuchar como empezaron a reír como si fuese vidrio arañado, intenté ignorarlas, me acerqué al pedestal y la toque, estaba tibia y pesada, y pude ver que habían grabados con forma de raíz, sol, roca, puerta y había cuatro huecos para colocar algo, no había instrucciones.
—¿Cómo sabemos el orden? —preguntó Sam, acercándose más.
—Tiene que estar en algún lado —murmuré.
Alcancé a ver la banda de dibujos, casi perdida en las sombras, pude apreciar el patrón primero raíz, luego sol, luego roca y luego puerta.
—Allá —señalé con el dedo—. Esa es la secuencia.
Andy se inclinó para tomar la piedra de raíz, pero Harper sopló una nube de polvo directo hacia él.
Pfff.
Una ráfaga gris nos golpeó la cara, Sam tosió y Andy casi deja caer la piedra, mientras que Thamy giró con el ceño fruncido.
—¿Pueden dejar de molestar? —dijo, apretando los dientes.
Grace ladeó la cabeza, su sonrisa torcida como una herida abierta.
—¿Molestar? Si solo respiramos, si eso los distrae… qué sensibles son, ¿No?
Jaden añadió con una risa.
—Si con polvo se traban, imagínense después.
—Sam, la piedra con el grabado de raíz — Dije ignorando las provocaciones.
Él me la dio y yo la coloqué en la ranura y escuche como había encajado, y voltee para ver el contador y solo pude ver como habíamos perdido cinco minutos, realmente tiempo perdido, gracias a ellas.
—Emma —dije—. Pásamela.
Ella la tomó con exagerada delicadeza, levantando una ceja, y luego la dejó caer “por accidente”, la piedra rodó y casi cayó en una grieta.
—Uy —dijo con voz dulce y cruel—. Mi error.
Jaden soltó una carcajada que rebotó en la sala y Andy apretó la mandíbula y fue por ella sin quejarse y me la entregó y yo la coloque mientras que escuche como Grace estaba tirando piedras hacia nosotros con mala gana.
—Qué lentos, me estoy aburriendo.
Thamy trajo la tercera piedra, mientras que yo la puse y Holly lanzó una piedrita al pedestal mientras que esta cayó cerca de mi mano.
—Ay, solo quería ver si sonaba hueco.
Ignoré la provocación y tomé la última piedra y la coloqué en la última ranura y de pronto el pedestal se iluminó desde dentro con un resplandor tenue.
Una llave de piedra cayó arriba de nosotros.
—Vamos —dije.
Ellas ni se movieron, y solo nos observaban como si fuéramos un circo gratuito.
Fuimos hasta la puerta y coloqué la llave de piedra. La puerta se abrió, pero detrás de ella solo había un muro de piedra. Lo toqué y vi cómo comenzaba a arrastrarse, era pesado y en ese instante, Sam y Andy se acercaron para ayudar, y después los cuatro empujamos el bloque.
Vi cómo el humo alcanzaba mi pantorrilla y empecé a sentir pequeñas piedritas golpeando una y otra vez contra mi tobillo, cortesía de Harper, realmente era muy molesto. Hasta que el bloque se movió, dejándonos, jadeando.
Pasamos a otra sala, un poco más pequeña, y nos detuvimos frente a un mural cubierto de runas. Holly avanzó sin aviso y lanzó polvo hacia nosotros, parte de ese polvo me dio directo en el ojo y tuve que parpadear con fuerza para no tener que frotarlo.
—Ups —dijo riéndose—. Se me resbaló.
Grace añadió, con esa calma venenosa.
—Si con eso se molestan, no quiero verlos así en otro examen.
Alcé la vista apenas lo suficiente para verla, solo pude ver como Grace me estaba sonriendo, esperando una reacción y no se la di. Volví a centrarme en el mural y, entre el humo y el ardor, distinguí la secuencia, hoja luego puerta y por último raíz.
—Aquí —dije, señalando—. Es esta.
Sam, Andy y Thamy se giraron conmigo para observar el mural.
—Entonces hay que buscar las piedras —dijo Andy.
Nos separamos apenas unos pasos. Andy fue el primero en encontrar una y me la entregó sin decir nada. Poco después, Thamy halló otra y la sostuvo con cuidado, observando las runas para asegurarse de que coincidiera.
—Nos falta una —murmuró Sam.
Antes de que pudiera moverse, Grace ya había tomado una de ellas.
—¿Buscas esto? —dijo, lanzándola sin cuidado hacia Harper.
Harper la atrapó y, riéndose, se la pasó a Jaden, manteniéndola fuera del alcance de Sam cada vez que intentaba acercarse. Era un juego, uno estúpido y deliberado.
—Vamos, devuélvanla —dijo Sam, conteniendo la voz.
—Relájate —respondió Grace.
Thamy dio un paso al frente.
—Ya basta, denle la piedra.
Grace ladeó la cabeza, sonriendo.
—Si fueras mi amiga, no estarías con ellos.
Thamy no retrocedió.
—Y si tú fueras la mía, no estarías haciendo esto.
Antes de que Grace pudiera reaccionar, Thamy le arrebató la piedra directamente de la mano y se la entregó a Sam y el aire se tensó por un segundo.
Sam colocó la última piedra en su sitio y de repente el mecanismo gruñó y la puerta final se desbloqueó, bañándonos por un instante con una luz verde.
Sam cayó contra la pared, exhalando.
—Lo logramos… por fin…
Vi el contador de la pared y pude apreciar que teníamos 42 minutos con 13 segundos restantes para terminar el examen.
Antes de que yo pudiera entrar primero, Grace aplaudió lento y entró como si fuera la que hizo todo.
—Qué emocionante, casi me duermo.
Respiré cansado y con polvo en la garganta y solo pude ver como Tom se adelantaba sin emoción alguna.
Realmente estaba molesto porque terminamos la primera habitación y no gracias a ellos seis, ingresé a la siguiente habitación y solo vi como las luces estaban de color azul mientras que estas se encendían lentamente, reflejándose en las tuberías del techo, mientras que el contador seguía su marcha.
—No —dijo Harper de pronto—. Yo no entro.
Todos nos giramos, y vimos como ella estaba pálida, con las piernas tensas y los brazos cruzados contra el pecho.
—Necesito ir al baño —añadió—. No puedo seguir así
Sam frunció el ceño.
—¿Hablas en serio? —preguntó, más sorprendido que molesto—. Acabamos de abrir la puerta.
Grace reaccionó al instante, girándose hacia el resto.
—¿En serio? —alzando la voz—. ¿Van a fingir que eso no importa?
Andy suspiró con fastidio.
—Importa, pero tampoco podemos detenernos cada vez que alguien se siente incómodo.
Holly nos observó con el ceño fruncido.
—No es algo que se pueda apagar.
—Exacto —añadió Emma—. No todos funcionan como robots.
Thamy dio un paso al frente.
—Nadie está diciendo eso —replicó—. Pero tampoco pueden usarlo como excusa ahora.
Jaden chasqueó la lengua.
—Y no llevamos ni media hora.
Yo no dije nada, solo los observé, con la sensación de que, otra vez, los segundos estaban pasando rápido.
Thamy dio un paso al frente.
—Si perdemos —dijo, sin elevar la voz—, la expulsión cae sobre ti Harper.
El silencio fue inmediato y Harper abrió los ojos.
—¿Perdón?
—Así funciona —continuó Thamy—. El grupo tiene que elegir al expulsado y en teoría cae sobre el que “causó el problema”.
—¿El problema? —repitió Grace, incrédula—. ¿Sabes lo que estás diciendo?
—Estoy diciendo la verdad.
Grace se río, sin humor.
—Claro, porque ir al baño es un crimen ahora.
—No —respondió Thamy—. Detener al grupo lo es.
Alcé las manos para poder parar la pelea.
—Basta —dijo—. No sirve de nada pelear ahora.
Harper lo miró.
—No me digas que me calme —dijo con la voz quebrada—. No puedes decidir eso por mí.
Antes de que pudiera responder, el altavoz se activó.
—Aviso para todos los estudiantes, cualquier estudiante que decida retirarse temporalmente para realizar actividades personales, como alimentarse, descansar o usar los sanitarios, podrán hacerlo, pero dicha retirada será considerada abandono del examen y con llevará expulsión inmediata.
Mientras que la voz se cortó dejando un sonido raro y Thamy apretó los puños.
—¿Ves? —escupió—. Esto es un examen, no uno de tus juegos, además estamos aquí parados sin hacer nada mientras el contador está ahora con 37 minutos, ¿realmente quieres ser la expulsada?
Harper cerró los ojos.
—No quiero que me expulsen —murmuró.
—Entonces entra —dijo Thamy.
Harper respiró hondo.
—Maldito lugar…
Harper y las demás entraron y la puerta se cerró detrás de ellos sin ceremonia.
Habíamos perdido 5 minutos enteros, solo voltee para poder ver la sala y solo vi como Tom seguía sentado, observando la escena como si fuera ajena, mientras que Grace caminaba junto a Harper, murmurándole algo al oído, sentí como nos estaban juzgando y por un momento agarré el brazo de Grace sin medir mi fuerza.
—¿Qué carajo te pasa? —le digo—. ¿Por qué estás actuando así? ¡Tenemos que resolver esto!
Grace se detiene en seco y siento cómo se pone rígida bajo mis dedos.
—¡Suéltame! —grita.
—No —le digo—. No mientras sigas haciendo esto, por ustedes estamos perdiendo tiempo.
—¡Suéltame! —vuelve a gritar, sacudiendo el brazo.
—¡Deja de hacerte la víctima! —respondí gritando—. No es el momento para-
Sentí como una mano me agarro la muñeca con fuerza, pero no aparté la vista de Grace.
—¡Suéltala! —empezó a gritar Jaden—. ¿Estás realmente loco?
—¡Aléjate! —le grité, sin dejar de mirar a Grace—. ¡No te metas!
Jaden empezó a jalarme, pero lo único que hice es medio apartarla con mi brazo.
—¡No interfieras! —le termine gritando—. ¡Esto no es asunto tuyo!
Grace empezó a gritar.
—¡Me estás lastimando!, ¡me estás lastimando, escúchame!
Él sonido de sus gritos empezó a rebotar en las paredes metálicas, solo pude ver como todos nos miraban, y no decían nada, toda esa atención cayendo sobre mí y sin quererlo, algo se activó en mi cabeza.
Un recuerdo, uno que no quería de traer de vuelta, donde los golpes no terminaban, donde esa acusación seguía repitiéndose, y aunque yo gritara, no paraban.
Ahora solo sé que así es como ella se siente… aunque con un dolor mucho menor.
—¡Suéltame! —seguía gritando Grace—. ¡En serio Suéltame!
Jaden avanza un paso.
—¡Te dije que la sueltes! — Jaden gritó aún más—. ¡Ahora!
—¡No! —le grite de vuelta—. ¡Tú no mandas aquí, Jaden!
Volteé para ver a Grace y solo pude ver como sus ojos estaban abiertos, con lágrimas y realmente furiosa.
—¡Me das asco! —Grace gritó con una voz molesta—. ¡Me da asco que me toques!
La frase cayó como un golpe fuerte, sentí que el aire se me cortando y a mi alrededor, todos parecían igual de aturdidos, sin que nadie se movía para hacer algo al respecto y ver como Tom, sentado al fondo, apartando la mirada, como si esto fuera una obra ajena.
Mi mano empezó a temblar y solté el brazo de Grace, ella retrocedió y se masajeó el brazo, frunciendo el ceño, pero enseguida levantó la mirada hacia los demás.
—¿Ven? —dijo, con la voz cargada de indignación—. Sigue siendo lo mismo, sigue siendo un acosador.
Solo pude ver como Sam y Andy se apartaron y las demás chicas evitaron mirarme.
—Siempre intenta hacerse la víctima —añadió—. Pero al final demuestra quién es de verdad.
—Deja de mentir —digo, la voz rota de rabia—. ¡Tú me acusaste falsamente!
Grace da un paso atrás.
—¡No!
—¡Por tu culpa sufrí! —le grité—. ¡Yo y mi madre!, ¡Tú lo sabes!
—¡No estoy mintiendo! —gritó ella.
—¡Recuerdo como te reías! —seguí—. ¡Frente a mí!, ¡Como si yo fuera un chiste!
—¡No! —empezó a gritar otra vez—. ¡No es verdad!
Grace levanta la mano y golpeo la pared con la palma abierta y hubo un sonido seco, metálico.
Clac.
El eco se había quedado colgado en el aire, mientras nadie decía nada y solo se escuchaba como el contador seguía corriendo.
Entonces lo sentí, realmente muy fría, cayó sobre mi muñeca y resbaló lentamente hasta la palma. No levanté la vista. El silencio es tan espeso que parece otro gas más dentro de la habitación.
Otra gota, luego otra y el aire cambió, ya no raspaba la garganta. El aire se volvió húmedo, pesado, como si alguien hubiera cerrado una tapa invisible sobre nosotros.
—Entonces… —dije al fin, con la voz baja y desgastada—. ¿Por qué sigues actuando así?
Grace no respondió. El agua comenzó a caer con más constancia, marcando el tiempo mejor que el contador.
—Si de verdad te importa —seguí—, ¿Por qué haces esto ahora?
Se hizo un silencio denso, casi palpable, mientras las luces cambiaban lentamente. El ocre se diluía en un azul pálido que se deslizaba por las paredes y el suelo, y las sombras, antes firmes, se volvían blandas y borrosas, como si también estuvieran perdiendo su forma.
—No tienes que responder —añadí—. Siempre fuiste así.
Me dejé caer hasta quedar sentado contra la pared y sentí cómo el frío se me metía en la espalda. El agua me corría por el cabello y la nuca, resbalando por el rostro como si no supiera distinguir entre sudor y lágrimas.
La voz se me apagó y, sin permiso, el pasado entró de nuevo. Un salón cerrada, sillas alineadas y un murmullo creciendo a mi espalda, risas bajas, miradas que se apartaban y una acusación flotando en el aire, sin nombre, pero pesada.
Recordé el peso en el pecho, la sensación de no poder defenderme porque nadie quería escuchar, y a mi madre intentando sonreír frente a mí, como si todo fuera a pasar. La pared frente a mí se desdibujó, el azul se volvió blanco y, por un momento, dejé de estar allí.
—Lían.
No reaccioné.
—Lían.
Una mano tocó mi cabeza, no fue fuerte y tampoco brusca, apenas una presión cálida entre el ruido del agua.
Solo pude parpadear y ver recobraba el sentido.
Vi a las chicas agrupadas más adelante. Grace estaba rodeada por ellas, Holly con una mano en su hombro, Emma murmurándole algo al oído, Harper con los brazos cruzados, el rostro duro, mirando en cualquier dirección menos hacia mí y Jaden de pie, rígida, sin dejar de observarme, mientras que solo pude escuchar como Grace lloraba, no de una forma exagerada.
Thamy estaba frente a mí, agachada para quedar a mi altura.
—Confío en ti —dijo en voz baja—. Pero ahora tienes que enfocarte, ya terminamos.
—No… no pude ayudar —murmuré—. Aquí no hice nada.
—Eso no importa —respondió—. En la habitación anterior sí y Riley me contó lo que pasó antes… todo.
La miré.
—Perdón —dijo—. Por no haberlo creído antes.
El agua seguía cayendo y ya empapaba el suelo y reflejaba las luces azules como un espejo roto.
—Esto no se arregla aquí —continuó—. Tú y Grace pueden resolverlo… pero fuera del examen. Ahora tenemos que seguir.
Asentí, despacio y un sonido metálico cortó el ambiente.
Clank.
La puerta del fondo empezó a abrirse y el mecanismo sonó pesado, definitivo. Miré el contador y pude ver cómo nos faltaban 28 minutos, él número me golpeó más fuerte que cualquier grito.
—Perdimos demasiado tiempo… —dije.
—Y aun así seguimos aquí —respondió Thamy—. Vamos.
Me puse de pie, mientras sentía como el cuerpo me pesaba, como si el agua se me hubiera metido dentro. Avanzamos hacia la siguiente habitación. Crucé el umbral intentando recomponerme, respirar y volver al presente.
Pero ellas no se movieron, se quedaron atrás, alrededor de Grace, Harper me miró con desprecio abierto, Jaden no disimuló el asco y ninguna intentó avanzar.
No dije nada, tampoco iba a detenerme y seguí caminando, ya que a veces, seguir es lo único que queda.
Mientras estábamos en la habitación el aire se prendió y me golpeó primero, no quemaba, pero era seco, como respirar dentro de un horno apagado hace poco, donde el calor sigue pegado a las paredes.
La sala es amplia, más de lo que esperaba, y completamente cerrada. Metal oscuro por todos lados, placas unidas por remaches visibles. En el suelo, líneas rojizas recorren la superficie como venas, apagadas… pero vivas.
Luces rojas, tenues, incrustadas en el techo, no había agua aquí, tampoco humedad, solo un calor contenido.
En el centro, cuatro columnas metálicas se alzaban como chimeneas truncadas. Cada una tenía un símbolo incompleto grabado, una palanca y un dial circular con marcas que no entendí de inmediato.
Intenté pensar, pero no pude, mi cabeza seguía atrás. En la gota cayendo, en el grito y en el golpe contra la pared y en el llanto que no miré demasiado tiempo.
—Lían.
La voz de Sam me sacó del ruido y parpadeé.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije—. Solo… dame un segundo.
No era mentira, pero tampoco era verdad.
Sam se quedó a mi lado, no miró las columnas y me miró a mí.
—Oye —dijo—. Quería decirte algo.
Lo miré.
—Eres inteligente —continuó, rascándose la nuca—. De verdad, vi cómo resolviste lo de la trivia… cuando ganamos, pensé que tal vez quedaríamos primeros. Me hice ilusiones, ya sabes —Sonrió un poco incómodo—. Pero luego vi nuestro puntaje del examen escrito… y pensé que lo arruinamos ahí, aun así, preferí tener una inteligencia como la tuya.
No lo dijo como un halago exagerado, lo dijo como un hecho.
—Gracias —respondí—. En serio.
Por un momento, el ruido bajó y tal vez no era solo lo que había pasado antes, tal vez todavía sirvo para algo aquí, vi como Andy ya está caminando alrededor de las columnas, mirando el techo, las paredes, el suelo. Se detiene frente a una de las placas metálicas altas, casi fuera de alcance.
—Creo que ahí hay algo —dijo—. ¿Ven eso?
Entrecerré los ojos y pude ver arriba, muy arriba, que había una hendidura rectangular. Apenas visible y dentro, algo que brilla con un tono anaranjado débil.
—No alcanzo —dijo Andy, estirándose inútilmente—. Y no hay nada para subir.
Miré alrededor, no había nada, ni cajas, ni plataformas, suspiré.
—Súbete a mi espalda —le dije a Andy.
Andy parpadeó.
—¿Qué?
—Que te subas.
Antes de que pudiera protestar, Thamy se adelantó.
—Yo iré —dijo—. Peso menos.
Asentí y me incliné, apoyándome en el suelo caliente, mientras sentía como el calor del metal atravesaba la tela del pantalón y Thamy se subió con cuidado, apoyándose con una mano en mi hombro.
—¿Estás bien? —preguntó Thamy.
—Sí, apúrate.
Empezó a estirarse hasta que sus dedos rozaron la hendidura.
—Hay un botón —dijo—. No, espera… es un sensor.
De la nada se escuchó un clic que resonó en la sala, y las luces rojas parpadearon. En las columnas, los símbolos incompletos se iluminaron parcialmente, proyectando sombras irregulares en las paredes.
—¡Funcionó! —dijo Sam, demasiado pronto.
Las líneas del suelo se encendieron con más intensidad, el calor subió un grado, apenas perceptible.
—Algo pasó —murmuré—. Pero no todo.
Thamy bajó y me enderecé despacio, sintiendo la espalda rígida.
Las columnas ahora mostraban fragmentos nuevos, marcas que parecían indicar flujo, dirección… o equilibrio.
—Creo que no es para activarlas todas a la vez —dijo Andy—. Miren los diales.
Sam giró uno, apenas, un chorro de calor salió de una rendija en la pared.
—¡Sam! —dijo Thamy mientras lo apartaba—. ¡No así!
—¡Perdón!
El dial volvió como antes, pero el aire ya se empezaba a sentir más pesado, mientras que yo empecé a sudar.
—Esto castiga el impulso —dije un poco cansado—. No quiere fuerza, quiere orden.
Lo intentamos de nuevo, una palanca arriba, otra abajo. Un símbolo casi completo… pero no encajó, claramente era un error y de un momento las luces rojas se intensificaron. El calor subió otro nivel.
Sam se limpió la frente.
—No me gusta esto…
—A nadie —respondí.
Fallamos otra vez y otra, cada error no dolía de inmediato, pero se acumulaba, la garganta se me secó y el pulso me latía en las sienes y empecé a notar cómo el cuerpo pesaba más.
—Lían… —dijo Andy—. ¿Seguro que esto es así?
Dudé. dudé de verdad.
—No —admití—. Pero si no probamos, el tiempo se terminará.
El contador siguió corriendo, cada respiración me dejaba la garganta más seca, como si el aire raspase por dentro. Las luces rojas palpitaban con un ritmo irregular, y las líneas del suelo brillaban con más intensidad cada vez que alguien se movía demasiado rápido.
—Esperen —dijo Andy de pronto.
Todos nos detuvimos y miramos a Andy que no estaba mirando las columnas, sino las hendiduras de la pared, se acercó a una, levantó la mano… y la bajó.
—No es solo presión —dijo—. Son sensores… pero funcionan con tiempo.
—¿Cómo que tiempo? —preguntó Sam.
Andy volvió a pasar la mano, esta vez contando en voz baja.
—Mira —dijo—. Se activan… y luego se apagan, no se quedan encendidos.
Sam probó otro.
Tic.
La luz del símbolo apareció… y desapareció a los pocos segundos.
—Genial —murmuró—. Necesitamos varios activos al mismo tiempo.
Miré alrededor y vi cuatro marcas más, así que eran cuatro sensores más.
—Podemos activar tres —dijo Thamy—. Pero el de allá…
Señaló el más alto, casi pegado al techo, fuera de alcance incluso estirándose al máximo, Sam saltó una vez, no llegó.
Andy lo intentó también pero tampoco logró, di un paso atrás, respiré hondo y salté, el impacto me sacudió las piernas, pero no llegué y caí mal y tuve que apoyar una mano en el suelo caliente para no perder el equilibrio. El metal quemaba más de lo que esperaba y apreté los dientes.
—Necesitamos a alguien más alto —dije.
El silencio que siguió fue incómodo y todos miramos a Tom, estaba sentado cerca de la pared, como desde el inicio. Con las rodillas recogidas y la espalda apoyada en el metal, observándonos como si nada de esto tuviera que ver con él.
—Tom —dije acercándome—. ¿Puedes ayudarnos?
No respondió.
—Tom —repetí—. Solo necesitamos que saltes y actives ese sensor.
Levanto la mirada lentamente.
—No —dijo.
—¿Qué? —preguntó Sam—. ¿Por qué no?
—Porque prometí no ayudar —respondió Tom—. Dije que no iba a ayudar.
El calor empezó a subir un poco más, lo empecé sentir en la sien y en el cuello.
—Esto no es ayudar —le dije—. Es evitar que perdamos aquí.
—No —repite—. No voy a hacerlo —Di otro paso hacia él—. Tom —dije, más bajo—, si no activamos ese sensor, no se abrió la puerta.
—No es mi problema.
Aprete los puños
—Claro que lo es —respondí, claramente molesto—. Si perdemos, perdemos todos.
Tom se levanta un poco, molesto.
—Te dije que no —dijo—. Y deja de hablarme así.
Miré a los alrededores y solo pude ver como los sensores parpadean como si escucharan la discusión.
—Te ayudaré —dije—. Si caes, te sostengo, solo hazlo.
Tom me miró fijo.
—Cállate —dijo con un tono más bajo—. Si te callas… ayudaré.
Me mordí la lengua y asentí y no dije nada más y me fui con los demás, pasaron unos minutos y Tom se puso de pie, empezó a sacudirse las manos como si estuviera fastidiado y empezó a caminar hacia la pared alta y empezó a medir la distancia con la mirada.
—Cuando diga ya —dijo Tom—. Actívenlos todos.
Thamy me miro.
—¿Listo?
Me agaché sin responder y ella se subió a mi espalda un poco más rápido que antes y sentí su peso, ligero pero firme.
—Cuenta —le dije a Tom.
—Tres… dos…
Sam y Andy ya están frente a sus sensores.
—Uno.
Tom corrió dos pasos y saltó, al mismo tiempo, Thamy extendió el brazo y tocó el sensor superior, mientras que Sam y Andy presionaron los sensores que les correspondían, por un segundo no pasa nada y luego, las luces rojas se apagaron de golpe y un resplandor naranja cruza las paredes, como fuego contenido y las columnas emiten un sonido grave, profundo.
Clank.
La puerta de la siguiente habitación se abrió y caí de rodillas cuando Thamy empezó a bajarse, mientras sentía el suelo que está caliente, pero realmente no me importó, mientras que el aire empezó a enfriarse lentamente, mientras que Toom aterrizó mal, pero se endereza sin decir nada.
—Gracias —dijo Sam dándole la mano para poder levantarse.
Pero Tom no respondió y solo se dio la vuelta y camino hacia la salida y yo me quedé un segundo más.
Al entrar a la siguiente sala, empecé a sentir como el piso empezaba a brillar cuando nos movíamos, no era de inmediato, pero era como si la sala pensara antes de responder.
Sam se desplazó un poco hacia la izquierda y Andy se acercó más al centro y Thamy dio un paso atrás, las secciones del suelo se iluminaban y se apagan, eran blancas, luego pálidas y después casi invisibles.
—Es extraño —dijo Thamy de pronto.
La miré y estaba quieta, con los brazos pegados al cuerpo, respirando con cuidado para no perder el equilibrio.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—La sensación —respondió—. Como si este lugar… reaccionara a nosotros—hizo una pausa breve, midiendo si valía la pena seguir—, y nosotros reaccionáramos a él.
El humo empezaba a dispersarse hasta la altura de mi abdomen. Se movía lento y espeso, como si el aire estuviera cansado también. Bajé la vista, intentando enfocar el suelo, solo pude ver que había marcas o eso creí, algo borroso, números tal vez, distorsionados por la neblina, solo entrecerré los ojos.
—¿Ves eso? —pregunté.
Thamy asintió apenas.
—Sí. Abajo.
—No logro leerlos —dije—. Todo se mueve.
—Son números —dijo—. Cambian cuando alguien se mueve.
Me tensé y ella respiró hondo antes de continuar.
—Nunca fui buena trabajando en grupo —añadió—. Siempre cociné sola, para mí. Me gusta ordenar los ingredientes, seguir tiempos exactos… si algo se pasa, todo se arruina —levantó la vista, recorriendo la sala sin mover los pies—, esto se siente igual.
Tragué saliva.
—¿Estás diciendo que…?
—Que no es solo una prueba de fuerza o activación —interrumpió—. Es de equilibrio.
Finalmente lo entendí, no estábamos parados sobre el suelo, si no que estábamos parados sobre una balanza.
Los tres la escuchamos y Sam fue el primero en asentir, despacio.
—Yo tampoco he sido buen compañero —dijo—. Me pongo nervioso, hablo de más… y a veces no ayudo tanto como creo. —Se rascó la nuca—. Perdón.
Andy soltó una risa corta, sin humor.
—Si hacemos lista, yo también —añadió—. Me acelero y siempre quiero resolver todo rápido y eventualmente termino equivocándome.
Mientras hablábamos, las luces del suelo parpadearon otra vez, sentí un leve cambio bajo los pies, casi imperceptible, como si algo se reajustara… y fallara, aún seguíamos sin llegar al equilibrio.
Entonces Tom tosió, fue un sonido seco, áspero, que cortó la conversación. Estaba de pie ahora, apoyado contra la pared cerca de la puerta, respirando con dificultad. El brillo rojizo bajo sus pies temblaba, más inestable que el nuestro.
—Me cuesta… —dijo entre tos— respirar aquí.
—Si quieres salir… —empezó Sam.
Tom negó con la cabeza de inmediato.
—No —dijo—. No quiero irme del instituto ahora.
Se enderezó un poco, molesto, frustrado.
—Entré pensando en no participar era lo mejor —continuó—. Que así no haría nada mal, pero… —resopló—. No me gustan estos exámenes, tampoco entiendo tantas reglas y se tiene como si fuera un castigo, todo está calculado, es muy irritante.
Lo miré y algo me apretó el pecho, pensé en como lo confronté y como lo amenace para que asistiera, no era necesario que él hubiera venido sabiendo como esto termino.
—Tom —dije—. Perdón.
Me miró, sorprendido.
—Hice mal en presionarte así antes —añadí—. No tenía derecho.
Tom se quedó en silencio unos segundos.
—No importa —dijo al final—. Yo también me equivoqué intentando no estar aquí, no ayudé… y eso tampoco está bien.
Sam asintió.
—Sí —dijo—. Pero seguimos aquí, eso cuenta, ¿No?
El humo ya me llegaba al pecho, respiré corto y entonces algo cambió, no lo noté al principio, hasta que el símbolo del centro comenzó a parpadear en rojo.
—¿Eso… estaba así antes? —preguntó Andy.
El sonido llegó después y una alarma grave, profunda, que hizo vibrar el aire. Instintivamente me llevé las manos a los oídos, pero el ruido atravesó igual, metiéndose en el cuerpo y las luces del cuarto se apagaron de golpe y un rojo lo invadió todo.
—No… —murmuró Thamy.
Alcé la vista y vi como el contador se había quedado sin tiempo, y el aire quedó suspendido, pesado e inmóvil, nadie hablaba y tampoco hubo un drama, porque todos ya sabíamos que el tiempo se había acabado y no logramos equilibrar la balanza.
La niebla se partió como si alguien hubiera pasado una cuchilla invisible por el aire, en un segundo, el humo desapareció… y pude respirar, demasiado bien.
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