Rivalidad y Redención - Capítulo 5
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5: Capítulo 1: Un nuevo comienzo (II) 5: Capítulo 1: Un nuevo comienzo (II) Bloque II Había pasado exactamente una semana desde aquella impactante revelación.
Desperté sintiéndome igual de cansado que siempre, el peso de los días acumulados en mis hombros como una carga invisible.
Me levanté con movimientos automáticos y caminé directamente hacia la cocina, el suelo frío bajo mis pies descalzos recordándome la frialdad que se había instalado en mi vida.
Aún tenía grabado en la mente el rostro de mi madre, distorsionado por la ira y el dolor, sus gritos resonando en la casa esa noche, exigiendo saber quién era yo realmente, acusándome de ser un intruso en su vida, ordenándome que me largara y no volviera hasta que todo se aclarara.
No la culpaba, el shock la había quebrado, igual que a mí.
Desde entonces, su trato había cambiado drásticamente, miradas evasivas, silencio pesado, sin rastro de la calidez que antes me envolvía.
Herido por sus palabras, salí esa noche sin rumbo, terminando en un parque cercano.
Me senté en un banco, mirando las nubes pasar lentamente en el cielo nocturno, formas etéreas que se desvanecían como mis ilusiones de familia.
La gente pasaba a mi alrededor, ajena a mi tormenta interior, parejas riendo, niños jugando, un mundo que seguía girando mientras el mío se desmoronaba.
Durante esa semana, había presentado un examen de admisión para ingresar a Thrymere, un proceso que se sentía borroso y acelerado, como si el tiempo se hubiera comprimido en un torbellino.
Mientras preparaba un té humeante y un pan simple para el desayuno, el aroma reconfortante contrastando con mi ánimo sombrío, el sonido agudo del timbre interrumpió mis pensamientos dispersos.
Me dirigí a la puerta con pasos lentos, abriéndola para encontrarme con un hombre mayor, de expresión amable y arrugas que sugerían años de servicio discreto.
—Buenos días, joven —dijo con una sonrisa cortés, su voz suave pero formal, inclinando ligeramente la cabeza.
Me sentí incómodo con el título, como si me vistiera con una identidad ajena.
—Disculpe, ¿podría llamarme Lían en vez de joven?
—corregí, mi tono plano, cruzando los brazos para ocultar mi inquietud—.
Y…
¿podría esperar un momento mientras me preparo?
—Está bien, no se preocupe, jov…
—tosió para corregirse, ajustando sus gafas con un gesto nervioso, como si estuviera acostumbrado a protocolos—, Lían.
Solo tenga en cuenta que debe estar listo en menos de media hora.
No querrá llegar tarde en su primer día, según lo programado —advirtió, su mirada gentil pero insistente.
—Entiendo…
Muchas gracias —murmuré, invitándolo a pasar a la sala con un gesto vago, mientras subía apresuradamente a mi habitación.
Terminé de prepararme en minutos, el espejo reflejando un rostro pálido y ojeroso que apenas reconocía.
Cuando bajé, encontré al secretario Jin observándome con el ceño fruncido, una expresión de preocupación paternal.
—Lían, ¿no llevará equipaje?
—preguntó, su tono teñido de evidente inquietud, inclinando la cabeza como si evaluara mi descuido.
—¿Para qué necesitaría equipaje?
—repliqué, confundido, rascándome la nuca mientras procesaba sus palabras.
—Es un internado—explicó con un deje de desánimo, suspirando como si lidiara con un niño distraído.
Me quedé en silencio por unos segundos, el impacto hundiéndose en mí como una piedra en agua quieta.
No tenía idea de que Thrymere implicaba vivir allí, separado de todo lo conocido.
Sin embargo, no había tiempo para procesarlo; el reloj tic-tacaba inexorable.
—No queda tiempo…
—murmuré, más para mí mismo, mi voz un susurro resignado.
Jin suspiró de nuevo, rindiéndose ante mi falta de preparación con un gesto de hombros.
—Será mejor que nos vayamos.
Pero antes de irnos, ¿podría decirme su talla de ropa?
Mientras el chofer lo lleva con su padre, iré a comprar lo necesario —propuso, sacando un bloc de notas con eficiencia práctica.
Le pasé los datos rápidamente, y tras un intercambio breve de palabras, subí al auto.
Mientras el vehículo arrancaba con un ronroneo suave, vi por la ventana cómo Jin se dirigía en otra dirección, su figura desapareciendo en la distancia.
Me sentí un poco culpable, como si lo estuviera cargando con mis errores, pero ya era tarde para remediarlo.
Mientras él chofer un hombre de voz grave que tarareaba una melodía a cada rato.
—Joven Lían, ya hemos llegado —anunció el chofer Su voz me sacó de mis pensamientos erráticos, el auto deteniéndose con suavidad.
Sin darme cuenta, habíamos llegado a la residencia de mi supuesto padre.
Desde el asiento, pude ver la enorme construcción alzándose ante mí como un monumento imponente, fachadas elegantes y jardines meticulosamente cuidados.
Era más grande de lo que había imaginado, un símbolo de poder que me hacía cuestionar, ¿A qué se dedicaba exactamente Esteban para permitirse tal lujo?
Bajé del auto con pasos tentativos y me acerqué a la entrada, el aire fresco golpeando mi rostro.
Antes de que pudiera tocar la puerta, un hombre la abrió con precisión, dejándome pasar sin una palabra.
No sabía a dónde dirigirme, los pasillos amplios y laberínticos desorientándome, hasta que una anciana se acercó con una sonrisa tenue, sus ojos arrugados por el tiempo.
—Buenos días, usted debe ser el joven Lían, ¿no?
Sígame, su padre lo está esperando —dijo, su voz cálida pero profesional, guiándome con pasos lentos.
Mientras la seguía por los pasillos, mis ojos recorrieron cada rincón, muebles lujosos, pisos pulidos que reflejaban la luz, todo demasiado ordenado, demasiado perfecto, como un escenario montado.
Al pasar por una pared adornada, me detuve ante un gran cuadro, Esteban posando con expresión severa junto a cuatro niños.
Reconocí de inmediato a Eris, su rostro idéntico al de la niña en la foto, pero los otros tres…
rostros desconocidos que me intrigaban, ¿hermanos?
La anciana se detuvo frente a una puerta ornamentada y me indicó con un gesto.
—Pasa —se oyó una voz firme desde el otro lado, cortante como una orden.
Abrí la puerta y entré, el aire cargado de tensión —Buenos días…
—saludé con cautela, mi voz baja, quedándome en el umbral.
Esteban me observó con una expresión inescrutable, sus ojos escrutándome como si midiera mi valor —El secretario Jin fue a comprar lo que necesitas.
Veo que no te preparaste —comentó, no sorprendido, solo indiferente, reclinándose en su sillón.
—Nadie me avisó —respondí, mi tono defensivo, sintiendo un nudo en el estómago—.
Pensé que era un instituto normal, no un internado.
—Ya veo…
—dijo, desviando la mirada hacia un perchero donde colgaba un uniforme impecable, planchado a la perfección—.
Este es el uniforme que usarás.
Me acerqué y lo tomé sin decir mucho, el tejido suave pero pesado en mis manos.
—Ya tienes que irte.
Antes de que te vayas…
—hizo una pausa, su expresión volviéndose incómoda, como si las palabras le costaran—.
Lo… digo, no causes problemas.
Me miró fijamente, una advertencia implícita en sus ojos entrecerrados —Bien.
Hasta pronto —concluyó, despidiéndome con un gesto de mano.
Me cambié en uno de los baños de la casa, el espejo empañado por mi aliento ansioso, y cuando terminé, escuché al secretario Jin llamando a la puerta con toques suaves.
—Disculpe, joven Lían, ¿ya está listo?
—preguntó, su voz amortiguada.
—Sí, ya voy —respondí, saliendo para verlo junto al auto, su postura erguida.
—Todo su equipaje ya está en el vehículo —dijo, con un tono más animado, como si intentara aligerar el ambiente.
—Gracias…
—murmuré, aun sintiéndome extraño, al estar en una casa lujosa.
Antes de subirme, miré una vez más la casa, preguntándome si este sería mi nuevo “hogar”, un suspiro escapando de mis labios antes de entrar al auto.
El trayecto hasta Thrymere pasó en un parpadeo, paisajes borrosos fuera de la ventana.
Me dejaron en la entrada, el chofer bajando mi equipaje con eficiencia antes de despedirse con un saludo breve.
Era la segunda vez que veía el instituto, su magnitud abrumadora donde había edificios altos, jardines extensos, un aura de élite que intimidaba.
Apenas di unos pasos cuando un portero me detuvo, su uniforme pulcro contrastando con mi desaliño.
—Buenos días.
¿Cuál es su nombre?
—preguntó, su voz rutinaria.
—Lían Smith —respondí, entregando mi identificación.
—Bien.
Aquí tiene las llaves de su dormitorio.
Estará en el edificio D.
Ahora necesito revisar su equipaje —indicó, su expresión neutral.
—De acuerdo…
—acepté, observando mientras revisaba con meticulosidad.
El cansancio comenzó a hacer estragos en mí, mis ojos pesados, casi quedándome dormido de pie hasta que me devolvió las cosas y me permitió pasar.
El instituto estaba abarrotado de estudiantes cargando equipaje, voces y risas mezclándose en un caos organizado.
Mientras caminaba entre ellos, choqué accidentalmente con alguien, un roce torpe.
—Perdón —dijo el estudiante, su voz amable, ajustando su mochila.
Era alto, con el cabello negro que caía con natural descuido sobre la frente y unos ojos igual de oscuros, profundos.
Tenía esa presencia tranquila que llamaba la atención sin necesidad de intentarlo.
—No hay problema —murmuré sin darle importancia, continuando mi camino.
Llegué al edificio D tras una corta búsqueda gracias a unos unas señalizaciones y encontré mi habitación.
Para mi sorpresa, el mismo chico con el que había chocado estaba en la puerta de al lado, ofreciéndome una sonrisa amistosa que ignoré al entrar a mi cuarto.
Era un espacio individual, más pequeño de lo imaginado, paredes blancas.
Me puse a desempacar, descubriendo que el secretario Jin había comprado más ropa de la que cabía en mi armario, pilas de prendas dobladas con precisión.
Suspiré, acomodando lo que pude, notando la ausencia de mi portátil y teléfono, un vacío que me inquietaba.
Entonces, sonó la campana, su timbre estridente cortando el aire.
—Buenos días, A todos los estudiantes es necesario que se presenten en quince minutos en el auditorio —anunció una voz amplificada.
Salí de mi habitación, cerrando la puerta con un clic, pero no tenía idea de dónde quedaba el auditorio.
Mientras ajustaba la llave, el estudiante vecino salió también, su expresión curiosa.
—Hola… de nuevo —dijo, mirándome con una sonrisa tentativa—.
¿Sabes dónde queda el auditorio?
—No, no sé dónde está —admití, encogiéndome de hombros.
—Oh, bien.
Gracias, no sé si podría acompañarte —propuso, su tono esperanzado.
—Está bien —acepté a regañadientes.
—Gracias —respondió, aliviado.
Caminamos juntos en silencio, el ambiente incómodo, como si una barrera invisible nos separara.
Llegamos rápidamente, y en cuanto entramos al auditorio, me separé de él sin ceremonia.
Me miró desconcertado, pero se fue en otra dirección.
Había mucha gente, nuevos estudiantes con estudiantes superiores, un mar de uniformes y murmullos.
Me senté en una silla vacía, el asiento duro contra mi espalda.
Mientras me acomodaba, vi a la directora acercándose al podio con seriedad, su postura rígida.
—Este es mi último día como directora del instituto —anunció, su voz firme, mientras murmullos crecían entre los estudiantes.
Luego presentó al nuevo director, un hombre imponente y serio, su presencia dominando el escenario.
—Buenos días para todos, mi nombre es Marcel.
Mientras hablaba me daba cuenta de que no se había molestado en adornar sus palabras.
Su discurso fue largo y tedioso, pero lo importante fue cuando anunció un tema importante.
—A partir de ahora las reglas será más estrictas, y los exámenes serán cruciales que determinarían nuestro futuro en el instituto.
Nos entregaron hojas detallando las nuevas reglas, papel crujiendo en manos ansiosas, y luego nos permitieron regresar a clases.
El ambiente estaba tenso en algunos grupos, alegre en otros.
Observé alrededor, pensando, “Solo somos cuatro clases por grado…”.
Buscando el salón 1-04, me topé con varios estudiantes en el pasillo.
Algunos caminaban con prisa, otros parecían igual de perdidos que yo.
Cuando finalmente llegué, el sonido del timbre ya había cesado.
Entré sin decir nada, tratando de pasar desapercibido, y me senté en un asiento libre al fondo del salón.
El profesor ya estaba allí, de pie frente al pizarrón.
Era alto, de complexión corpulenta, con hombros anchos y una postura firme que hablaba por sí sola.
Su cabello castaño oscuro estaba peinado con precisión, y los lentes rectangulares que llevaba le daban un aire más severo que amable.
A través de ellos, unos ojos negros observaban cada movimiento del salón con una calma.
No parecía tener más de treinta años, pero su presencia imponía como si llevara toda una vida dando clases.
—Bien —dijo finalmente, con un tono profundo y medido—.
Mi nombre es Dante, seré su instructor principal durante este tiempo.
Cualquier duda que tengan, pueden consultarla al finalizar la presentación.
No me gusta que me interrumpan mientras hablo, así que les pido que escuchen con atención.
Sus palabras se deslizaron por el salón como una advertencia cortés.
Luego tomó una tableta del escritorio y continuó.
—Cada uno de ustedes tendrá un rol asignado dentro de la clase.
Los principales son líder, sublíder y portavoz.
La votación será pronto, así que ya saben lo que deben hacer.
Al escuchar eso, varios comenzaron a susurrar entre ellos, algunos curiosos, otros claramente interesados en el puesto.
El murmullo creció poco a poco, llenando el salón con un zumbido de especulaciones y comentarios discretos.
—Escuchen bien.
—Su voz profunda resonó en el salón—.
Cada examen se podrán ganar puntos.
—Dentro de estos exámenes, —dijo en voz baja— puede aparecer lo que llamamos un punto de expulsión.
Esto significa que, en ciertos exámenes, uno de los estudiantes podría enfrentarse a la posibilidad de ser expulsado, la razón de esto es porque vemos la capacidad de cada estudiante.
El ambiente en la clase se volvió aún más denso y confuso.
Algunos susurraban entre ellos, intentando procesar toda la información.
Yo permanecía en silencio, absorbiendo cada palabra.
—También deben entender que habrá dos tipos de tablas.
—Continuó el profesor Dante—.
La primera es la Tabla Personal, que mide sus puntos individuales.
La segunda es la Tabla de Clase, que evalúa el desempeño colectivo de su sección.
El profesor Dante avanzó unos pasos, dejando que sus palabras se asentaran en la mente de todos.
—Ahora escuchen con atención, porque esto es nuevo para la mayoría —dijo—.
Este instituto trabaja con un sistema de Rango Limitante por Clase.
Las clases del 1 al 4 comienzan con 0 puntos al iniciar el semestre.
—Cada examen suma una cantidad específica de puntos —explicó Dante—.
Durante el primer semestre realizarán exámenes, los cuales en total suman alrededor de una cantidad de puntos posibles.
La clase debe alcanzar al menos la media de esos puntos.
Dejó que el murmullo creciera y luego lo cortó con una mirada.
—Normalmente, esa media se calcula con base en un 30% del total.
Sin embargo, como los exámenes no siempre tienen la misma ponderación, el sistema calcula automáticamente la media mínima necesaria según los puntos máximos del semestre.
Esa cifra se actualiza después de cada examen.
Algunos estudiantes ya parecían entrar en pánico.
—Si su clase no logra alcanzar ese mínimo… —Dante hizo una pausa deliberada— toda la sección será expulsada.
El silencio fue absoluto.
Nadie respiró.
—Finalmente, —continuó Dante, mirando a todos en la sala— quiero recordarles que ya hemos realizado el primer examen, la Evaluación Integral Inicial.
Esta prueba, la realización como parte de la admisión, evaluó su rendimiento general y les asignó una calificación basada en su desempeño.
Dante hizo una pausa para asegurarse de que todos entendieran antes de continuar.
—Recuerden que esta calificación inicial afectará su posición en la Tabla Personal.
Un estudiante con una A+ puede ser expulsado al igual que un estudiante con una F.
Aquí no hay favoritismos, todos son iguales.
No se permite establecer jerarquías de puntos ni confrontaciones basadas en sus calificaciones.
—Cada uno de ustedes tiene acceso a su Punteo General —continuó Dante—, el cual pueden consultar desde su Dispositivo Estudiantil.
Este teléfono contiene toda la información relevante como su grado, sección, nombre, calificación actual (A+, A-, B, C, D, E o F), grado de estudiante y los puntos acumulados.
También incluye aplicaciones internas como mensajería, agenda, registro de clases y notificaciones del sistema.
El profesor Dante comenzó a repartir los dispositivos, caminando entre los estudiantes con un gesto firme, entregando a cada uno el suyo.
—A pesar de su apariencia similar a un teléfono común —añadió Dante, deteniéndose frente al salón—, su conexión con el exterior está completamente restringida.
No podrán comunicarse con personas fuera del instituto ni acceder a redes externas.
Todo lo que hagan aquí quedará registrado en el sistema.
Cuando el teléfono llegó a mis manos, la pantalla se iluminó con un brillo tenue al activarse por primera vez.
Entonces, prendí el teléfono y apareció una ficha.
Nombre: Lían Smith Sección: 04 Calificación: A+ Grado de Estudiante: 10mo Puntos Individuales: 0 Había hecho el examen de admisión con errores, quería mantener una nota casi perfecta, pero no lo logré.
Lo que me sorprendió fue descubrir que, aun así, había alcanzado una A+.
Tampoco sabía que esa calificación dependería de algo más que mis respuestas.
Aun así, sabía que tenía tiempo para mejorar.
Lo que más me llamó la atención fue el indicador de puntos, un simple 0.
Sabía que ese número cambiaría con el tiempo, a medida que los exámenes avanzaran.
El profesor Dante lo había dejado claro, las clases empezaban desde abajo.
Los puntos se obtenían con cada examen, y la media mínima determinaría si la sección seguía existiendo… o era expulsada.
La sección entera expulsada… Ese pensamiento se clavó en mi cabeza.
¿Entonces tenía que competir a nivel individual y a nivel de clase?, ¿Mi rendimiento también afectaría a los demás… y el de ellos a mí?
Tragué saliva sin querer… Si quería sobrevivir aquí, no bastaba con sobresalir yo solo.
Mientras aún procesaba esa idea, la voz del profesor Dante cortó el murmullo del salón.
—Pronto se anunciarán las reglas del primer examen —concluyó con firmeza—.
No puedo decirles el nombre de la prueba, porque forma parte del secreto.
Hizo una pausa breve, como si disfrutara del silencio incómodo que había logrado crear.
—Hoy no habrá más clases.
A partir de mañana, sí.
Y así, sin más explicaciones, dio por terminada la reunión.
El ambiente quedó suspendido entre tensión y anticipación, como si todos esperáramos que algo más fuera a ser dicho… pero no llegó nada.
Mientras el profesor Dante se retiraba, la clase quedó en silencio tenso, el peso de sus palabras resonando.
Pensé que los próximos meses serían los más difíciles de mi vida La mayoría de los estudiantes salía, y vi al chico de antes conversando con otros, ya formando lazos.
Me preparaba para irme cuando se acercó, deteniéndome con una sonrisa.
—Espera un momento —dijo, su expresión abierta.
—Hola otra vez —intenté sonreír, incómodo, ajustando mi mochila.
—Me llamo Peter Wright, ¿y tú?
—preguntó, extendiendo la mano con entusiasmo.
—Me llamo Lían…
Lían Smith —respondí, estrechándola brevemente.
—Seamos buenos compañeros —propuso, su sonrisa amplia y genuina.
Ya me daba la vuelta, pero me detuvo de nuevo.
—¿Podríamos intercambiar de teléfonos para ver nuestras estadísticas?
Tengo curiosidad —sugirió, sus ojos brillantes.
Accedí, y me mostró el suyo, tenía las mismas descripciones que la mía, misma calificación mismos puntos individuales solo cambiaba el nombre.
—Vaya… sacaste una A+, igual que yo —comentó, sonriendo con cierta sorpresa—.
Veo que te esforzaste.
—Creo que sí —respondí con un tono bajo—, aunque recuerdo que tuve errores en el examen.
Peter asintió, rascándose la cabeza como si lo recordara también.
—Sí, yo también tuve algunos fallos… pero al final salió bien.
Supongo que eso cuenta.
—Claro —dije, intentando sonar amable.
—¿Te gustaría ir a la cafetería?
Para charlar un poco después de todo esto —propuso, relajado, como si ya fuéramos viejos conocidos.
Negué con la cabeza, todavía procesando la información reciente.
—Gracias, pero necesito ordenar unas cosas primero —respondí, forzando una leve sonrisa que no ocultaba mi distracción.
—Ah, está bien.
Otro día será, ¿eh?
—aceptó sin perder el entusiasmo.
Me tranquilice al saber que había hecho mi primer amigo, un pequeño atisbo de normalidad en medio del caos.
Sabía que aquella charla, por más sencilla que pareciera, podía tener más peso del que imaginaba.
Mientras me dirigía a los dormitorios, el pasillo estaba adornado con flores vibrantes que intentaban dar vida al ambiente, aunque a mí solo me parecía más pesado, más opresivo.
Mis pensamientos giraban en torno a las votaciones, el liderazgo y cómo cada decisión podría alterar el destino de la clase.
Ya casi llegaba a mi habitación cuando una voz resonó detrás de mí.
—Lían… Me detuve en seco.
El tono era familiar, pero algo en él me puso en alerta.
Al girar, vi a Eris, observándome con una mirada intensa, mezcla de curiosidad y algo más oscuro, imposible de descifrar.
—¿Eres Lían?, ¿verdad?
—me dijo con una sonrisa que irradiaba demasiada confianza para mi gusto.
—Sí… —respondí, sintiendo cómo la tensión entre nosotros comenzaba a crecer.
—Estaré encantada de competir contigo —continuó, manteniendo ese tono desafiante.
—Entonces, ¿en qué sección estás?
—preguntó mientras caminábamos hacia la entrada del edificio.
—Sección 4 —respondí, firme.
—Perfecto —comentó con una seguridad que me dejó helado—.
Yo estoy en la sección 3.
Volvió a adoptar ese tono provocador.
—Si fueras un hijo legítimo, te parecerías más a nosotros.
Pero genéticamente… veo que no eres tan brillante, ¿lo entiendes?
—sus palabras cortaron el aire como una daga.
Sentí una punzada en el pecho, pero la disimulé.
—Sí… lo entiendo —murmuré, manteniendo la calma.
—Al menos lo admites —dijo, esbozando una sonrisa más dura que sus palabras—.
Pero no cambiará nada.
Siempre serás diferente.
Tragué saliva antes de responder.
—Lo sé.
Pero sigo siendo parte de esta familia, te guste o no.
—Será interesante entonces —respondió con un tono más ligero, casi amistoso—.
Por cierto —añadió, sacando su teléfono—, ya me entregaron mi teléfono.
No sabía que le darían tanto empeño a esto.
Me mostró la pantalla.
Contenía lo mismo que tenía yo, pero solo cambiaba la sección.
No pude evitar esbozar una sonrisa, pese a la incomodidad.
—Debo decir que me impresiona tu A+.
Yo también tengo una A+, así que parece que estamos a la par.
Eris arqueó una ceja, esbozando una sonrisa ligera.
—¿En serio?
Qué bien por ti —dijo, con un tono que parecía amable, pero con un matiz difícil de descifrar.
Retomé la conversación con cautela.
—Una duda… ¿el instituto cambió sus reglas?
Esto debe tener una razón importante.
Eris respondió con una sonrisa encantadora, pero con un matiz de reproche.
—Quizá.
—Bien… —murmuré, sintiendo cómo nacía en mí un sentimiento de competencia hacia ella.
—Pero ya es hora de que me vaya —dijo, mirando a los alrededores, si estuviera vigilando—.
Hasta luego, Perdedor.
Te advierto algo… no será fácil competir contra mí.
Destruiré todas tus esperanzas.
— Hizo una breve pausa, asegurándose de que mis ojos siguieran cada palabra.
—Así que espéralo —continuó, con una sonrisa fría—.
Quiero ver cómo llorarás.
Eris río suavemente mientras se alejaba, dejando tras de sí una sensación pesada, como si sus palabras quedaran grabadas en el aire.
Respiré hondo, tratando de procesar todo lo ocurrido.
La competencia con Eris no solo sería intensa dentro del instituto… empezaba a imaginar que sería mucho más personal.
Cuando llegué a mi habitación, el peso de sus palabras me aplastaba.
Suspire fuerte, dejando escapar la tensión.
Para desenfocarme, comencé a ordenar lo último de mi equipaje.
Sin darme cuenta, terminé exhausto.
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