Rivalidad y Redención - Capítulo 6
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6: Capítulo 1: Un nuevo comienzo (III) 6: Capítulo 1: Un nuevo comienzo (III) Bloque III No sé en qué momento me rendí al cansancio, pero cuando abrí los ojos, el reloj del teléfono institucional marcaba las 21:24 p.m…
Tenía tanta hambre que el estómago me dolía.
Me levanté despacio, estirando los brazos.
—Solo iré por algo rápido —murmuré.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado apenas por las luces de emergencia.
No se oía casi nada, salvo el sonido de mis pasos y el eco lejano de una puerta cerrándose.
Caminé hasta la cafetería principal cerca de los dormitorios, siguiendo las flechas azules en las paredes.
Cuando llegué, me encontré con un cartel digital parpadeando sobre la puerta.
“Cerrado.
Horario de atención: 6:30 a.m.
– 20:30 p.m.” Suspiré, mientras me quedaba pro un momento frente a la puerta, considerando si debía regresar o no.
Pero la idea de dormir con hambre me revolvía el estómago.
Así que decidí seguir caminando, buscando algo abierto.
Después de unos minutos, encontré una pequeña tienda de conveniencia en el ala lateral del edificio.
No había nadie más, solo una encargada detrás del mostrador, revisando una tableta.
—Buenas noches —saludé.
—Bienvenido —respondió sin levantar mucho la mirada—.
Tres artículos máximos o hasta tres puntos, lo que ocurra primero.
Asentí, aunque no entendí del todo.
Tomé una canasta y empecé a buscar cosas básicas como un rollo de papel, una caja de cepillos, un jabón y un par de productos pequeños que parecían útiles.
Al llegar al mostrador, la mujer negó con la cabeza.
—Solo tres artículos o tres puntos, no ambos.
Miré los precios en la pantalla táctil.
El paquete de higiene con jabón incluido, 1 punto, el paquete de 16 rollos de papel, 2 puntos y los demás… pasaban el límite.
—¿Tres puntos en total o por producto?
—pregunté con cierta confusión.
—En total —contestó ella con calma—.
El sistema SEIT limita las compras diarias.
SEIT.
Ese nombre lo había escuchado varias veces desde que llegué, pero todavía no entendía del todo su alcance.
Asentí deje los productos que no usaría y pagué los tres puntos con el teléfono y me guardé las cosas.
Mientras caminaba por la vereda, seguía dándole vueltas.
Todo estaba tan medido, tan controlado… que hasta comprar papel parecía un procedimiento oficial.
Pero el hambre seguía ahí y me negaba a volver sin comer, así que seguí buscando.
A unos pasos de distancia encontré otra tienda, esta vez con un cartel que decía.
“Comedor auxiliar – Alimentos instantáneos”.
Dentro, el olor a sopas instantáneas y pan horneado era irresistible.
Tomé un vaso de sopa instantánea y una bebida, y me acerqué al mostrador.
El encargado —un chico de último año con uniforme negro— me escaneó el teléfono y luego negó con la cabeza.
—Ya gastaste tus puntos diarios —dijo.
—¿Cómo que ya los gasté?
—pregunté, confundido—.
Es otra tienda.
—El límite es por día, no por local.
El SEIT lo controla todo.
—¿El… SEIT?
—pregunté, un poco avergonzado—.
¿Qué es exactamente eso?
El encargado levantó la mirada por primera vez.
Su expresión era una mezcla de sorpresa y cansancio.
—Como un estudiante de la Thrymere no sabe esto?
— Suspiro — El SEIT es un sistema general de evaluación integral, controla tus puntos, tu rango y hasta qué puedes comprar o hacer dentro del instituto.
Depende de ti… si subes o bajas.
Eso es todo.
¿Algo más?
Me quedé quieto, con el vaso de sopa aún en la mano.
El chico de la caja ni siquiera sonaba grosero, solo acostumbrado a repetir esa frase.
Detrás de mí, un grupo de estudiantes mayores empezó a reírse entre murmullos.
El calor me subió al rostro.
No por el hambre, sino por la sensación familiar de ser el centro de las miradas.
—No, Gracias… —murmuré, girando para ir a dejar la sopa y la bebida donde los estantes.
El chico volvió a concentrarse en la pantalla como si nada.
Mientras caminaba, me detuve un instante y miré la pantalla del teléfono.
En la esquina superior aparecía un ícono con tres barras y, al tocarlo, se desplegó una pequeña ventana.
Puntos de consumo disponibles: 0/3.
Rango actual: 4.
Fruncí el ceño.
—¿Rango 4?
—susurré para mí mismo—.
¿Qué se supone que significa eso?
No había explicaciones, solo esas letras que parecían juzgarme.
Cuando dejé el vaso de ramen en su sitio, me fijé mejor en los precios de los estantes, pude ver que algunos productos marcaban 4 puntos, otros 7, incluso 10.
Me quedé quieto, procesando.
—Si el límite diario es de tres… ¿quién puede comprar eso?
—pensé, casi en voz baja.
Si el SEIT es un sistema de control; parecía una forma de clasificar a los estudiantes.
Sin embargo, no quise darle más vueltas.
No quería llamar la atención ni causar problemas el primer día.
Así que respiré hondo, dejé los productos exactamente dónde estaban y me giré hacia la salida.
Salí sin mirar atrás.
El camino estaba vacío, y el eco de mis pasos sonaba más fuerte de lo normal.
Sentía una mezcla entre frustración y curiosidad.
No sabía si me molestaba más tener hambre o no entender cómo funcionaba este instituto que parecía decidir hasta lo que podías comer.
Mientras seguía caminando, choqué con alguien en una esquina.
El impacto fue leve, pero suficiente para que ambos retrocediéramos.
—Perdón —dije enseguida.
—No pasa nada —respondió una voz femenina, firme pero tranquila.
Al levantar la vista, vi a una chica con el cabello negro recogido y una expresión serena.
Por alguna razón, me resultó familiar, aunque no supe decir de dónde.
Ella solo asintió y siguió su camino.
Me quedé unos segundos mirando hacia donde se había ido, tratando de recordar, pero no lo logre.
Cuando llegué al edificio de los dormitorios y entré al elevador, vi a un chico pasar corriendo por el pasillo del fondo, con una bolsa colgando de la mano.
Al girar la cabeza, lo reconocí enseguida.
era Peter.
—¿Tú también saliste a buscar algo de comer?
—pregunté cuando las puertas del ascensor se abrieron en nuestro piso.
Peter levantó la bolsa con una sonrisa medio avergonzada.
—Sí, pero terminé gastando todos mis puntos en comida.
Ni un solo producto de higiene.
—Dejó escapar una risa cansada—.
Supongo que no planeé muy bien mis prioridades.
No pude evitar sonreír, aunque mis manos se movían un poco torpes al acomodar la bolsa de compras en el suelo.
—Yo hice justo lo contrario —dije, bajando un poco la mirada—.
Tengo papel y un paquete todo en uno de higiene personal… pero nada para cenar.
Peter me observó por un instante, con la cabeza ligeramente inclinada y esa sonrisa fácil que parecía genuina.
—Entonces… ¿podemos hacer un truque?
—preguntó, levantando una ceja, como si fuera la propuesta más natural del mundo.
—Trueque?
—pregunté, un poco inseguro —Sí… comida por higiene.
Me incliné un poco, mostrando el paquete que llevaba.
—Tengo un paquete todo en uno de higiene personal.
Peter arqueó una ceja, curioso.
—¿Y qué trae?
—Dos cepillos, una pasta de dientes, bolsitas de jabón y un poco de hilo dental —respondí.
Él asintió y luego me mostró su bolsa.
—Perfecto.
Yo tengo un vaso de ramen, un paquete grande de galletas que son 16 galletas en total y un paquete de cuatro botellas pequeñas de agua.
—Trato hecho —dije Las puertas del elevador se abrieron y salimos al pasillo silencioso del dormitorio, como nuestros cuartos quedaban uno al lado del otro fuimos juntos.
Peter fue el primero en hablar.
—Podemos hacer el intercambio adentro.
Es más cómodo.
Asentí sin decir mucho, abriendo la puerta de mi habitación.
Dejé la bolsa de compras en la mesa y abrí los cajones de la pequeña cocina, ya que no lo había revisado antes.
Dentro encontré dos tazas, un vaso, dos platos y un paquete de cubiertos de pocas unidades.
Nada más.
—Parece que aquí tampoco se molestaron en darnos mucho —murmuré, sacando una de las tazas.
Peter se acercó con una de las botellas de agua pequeñas y me la entregó.
—Podemos calentar esto en el microondas —dijo.
Mientras el agua giraba dentro del microondas, él se acomodó junto a la mesa y, con un tono más pensativo que otra cosa.
—Oye, ¿tú sabes cómo funciona el SEIT?
—Pregunté a alguien del personal —respondí—.
Me dijo que es un sistema que controla los puntos, los rangos y hasta el consumo, pero que depende tanto del estudiante individual y creo que también de la clase.
Me encogí de hombros, sin tener realmente idea de qué significaba eso.
Peter murmuró algo entre dientes, pero no alcancé a escucharlo.
—¿Qué dijiste?
—pregunté, frunciendo el ceño.
Él solo me lanzó una mirada tranquila y luego sonó el timbre del microondas.
—Listo —dijo cambiando de tema—.
Pásame las botellas de agua, voy a preparar esto.
Mientras él se ocupaba, Peter comenzó a relatar algunas de sus dudas, como si hablara más consigo mismo que conmigo.
—Cuando fui a la cafetería después de clases, nos pidieron escanear un QR.
Lo pasas por el lector de comida, hacen el registro y luego solo tienes que esperar a que te entreguen el plato.
A nuestro grupo nos dieron todo igual, nada raro… pero noté que, a unos alumnos, no sé si eran de nuestro grado o de cursos superiores, pero les sirvieron una comida distinta, tenían menos cantidad y diferente de la nuestra.
Uno de ellos incluso me murmuró que —.
Disfrutara lo que tenía—, y luego se fue.
Hizo una pausa y se sirvió un poco de agua caliente.
—Tenía tantas preguntas después de eso, pero no dije nada.
Solo fui a comer con mis amigos y ya.
Le eché un vistazo a mi teléfono mientras él hablaba.
En la pantalla aparecían los puntos de consumo, pero abajo también estaba la sección de comidas de la cafetería donde eran tres botones que parecían una lista de chequeo solo decía desayuno, almuerzo y cena.
Cada uno se marcaba si ya estaban reclamados o no, en mi caso tenía las 3 opciones con una “X”.
Nada más.
—Todo esto… —murmuré, señalando el teléfono—.
Es… mucho para entender de golpe.
Peter sonrió levemente, sin responder directamente, y terminó de preparar la comida.
El ambiente se sentía más cómodo mientras compartíamos este primer momento juntos en el dormitorio, pero todavía había algo en su expresión que me hacía preguntarme si realmente decía todo lo que pensaba.
Terminamos de comer, dejando las bolsas y utensilios sobre la mesa.
El ambiente era más cómodo, aunque seguía esa sensación de primer día.
todo era nuevo, extraño y un poco intimidante.
Peter se recostó en la silla, observándome con una sonrisa tranquila.
—Oye… ¿podrías darme mañana unas bolsitas de jabón y un cepillo?
—preguntó—.
Mañana tocaré tu puerta para que me des la pasta de dientes.
Asentí, sintiendo cierta timidez.
—Está bien —dije.
Él arqueó una ceja y continuó.
—¿Ya sabes qué clases tenemos?
Negué con un gesto, y revisé rápidamente mi teléfono.
Había una opción de calendario o algo similar.
Al tocarla apareció una lista con los días de la semana, de lunes a viernes.
—Según esto —dije—, mañana toca sesiones de matemáticas, luego economía y caligrafía que son sesiones de dos horas cada una.
Comienzan a las 10 a.m.
y terminan a las 6 p.m.
Peter asintió, pensativo.
—¿Ya tienes cuadernos y todo eso?
—preguntó—.
Porque yo no traje nada.
De repente me di cuenta de que… yo tampoco.
—Ah… no, no tengo nada —murmuré, frunciendo el ceño.
—Entonces… —dijo Peter, con esa sonrisa que parecía tranquilizadora—, mañana podríamos ir juntos a comprar en alguna librería, si hay.
Asentí con la cabeza, sintiendo que era una buena idea.
—Está bien.
Se levantó, recogiendo sus cosas.
—Bueno, me voy.
Nos vemos en la mañana.
Cuando cerró la puerta, me quedé unos segundos en silencio, mirando la habitación recién organizada y los utensilios que había descubierto antes.
Pensé en Peter y en lo extraño que me resultaba confiar completamente en él.
Podía ser un buen amigo, sí, pero había algo en su expresión, en su sonrisa tranquila, que me daba una sensación ambigua.
Tal vez era por todo lo que había vivido antes…, la desconfianza hacia los demás.
No estaba seguro si podía confiar del todo.
Suspiré, me cambié para dormir y me metí en la cama, dejando que el cansancio y la incertidumbre del primer día me arrullaran lentamente.
Mientras cerraba los ojos, pensé que mañana sería otro día y que tendría que enfrentar muchas cosas nuevas.
Pensé en lo que podría pasar según esto, todo era como una competencia, pero yo todavía no había vivido nada realmente.
Tal vez tendría que esforzarme por hacer amigos, por conocer a la gente correcta… por prepararme, por si acaso.
Con eso, la noche terminó, y el silencio del dormitorio me acompañó hasta quedarme dormido.
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