Rivalidad y Redención - Capítulo 7
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7: Capítulo 2: Intentar ser social 7: Capítulo 2: Intentar ser social Mientras me preparaba para ir a clases, no podía evitar que mi mente divagara en un torbellino de pensamientos.
Me preguntaba cómo sería ese primer día oficial, seguramente todos intentarían destacar de alguna forma, especialmente aquellos con ambiciones de liderazgo en la clase.
Me detuve un momento frente al espejo, ajustando el cuello de la camisa del uniforme.
Aún me quedaba algo rígido, como si la tela misma estuviera tensa, nerviosa por el inicio del semestre.
Mi reflejo me devolvió una expresión cansada, con ojeras leves que delataban la noche inquieta.
Respiré hondo, tratando de sacudirme el sueño residual, y me peiné el cabello con los dedos, deseando que el día transcurriera sin incidentes mayores.
Apenas abrí la puerta de mi habitación, me topé de nuevo con Peter.
Él ya estaba listo, con su uniforme impecable y ese aire relajado que parecía inherente a él, aunque hoy noté un brillo extra en sus ojos, como si la emoción de un nuevo día lo hubiera energizado un poco más.
—Buenos días —me saludó con una sonrisa ligera, genuina, que contrastaba con mi somnolencia.
—Buenos días…
—respondí, aún adormilado, frotándome los ojos para despabilarme.
—¿Dormiste bien?
—preguntó mientras ajustaba las correas de su mochila, echándosela al hombro con un movimiento fluido.
—Sí, creo que sí.
¿Y tú?
—repliqué, intentando sonar más despierto de lo que me sentía.
—También, aunque no estoy acostumbrado a camas tan duras —soltó una risa breve, casi musical—.
En casa tenía un colchón que parecía una nube.
Supongo que con el tiempo nos adaptaremos a esta vida de internado.
—Claro, al final todo se vuelve rutina —asentí, cerrando la puerta detrás de mí y uniéndome a él en el pasillo.
Caminamos juntos por el corredor, donde algunos estudiantes ya deambulaban, cargando mochilas pesadas y charlando en voz baja sobre las clases del día.
El eco de nuestros pasos se mezclaba con el de los demás, creando un ritmo irregular contra las paredes, alguien pasó rozándonos, y yo me aparté instintivamente, sintiéndome un poco fuera de lugar entre tanta gente que parecía saber a dónde iba.
El silencio entre nosotros se instaló de nuevo, como una manta pesada, pero esta vez decidí romperlo antes de que se volviera incómodo.
No quería parecer antisocial, aunque una parte de mí prefería el silencio.
—Oye… ¿cuántos años tienes?
—pregunté sin mucho preámbulo, solo para mantener la conversación viva.
—Dieciséis.
Cumplo el quince de junio, soy el mayor de mis hermanos— dijo con un tono juguetón, como si estuviera presumiendo de un título honorífico.
—Vaya, yo también tengo dieciséis, pero cumplo el veintidós de septiembre —respondí, sintiendo una conexión inesperada en esa coincidencia.
—Entonces te gano por unos meses —bromeó, encogiéndose de hombros con una sonrisa ladeada—.
Bueno, sí necesitas algo, puedes contar conmigo como un hermano mayor.
O al menos eso intentaré.
—Eso suena un poco raro —repliqué, riendo por lo bajo, aunque apreciaba el gesto.
—Tal vez, pero en un lugar como este, tener aliados no está de más —río él, y su risa contagiosa aligeró el ambiente.
Por un momento, pensé que la charla se agotaría ahí, pero Peter continuó, como si quisiera profundizar un poco más.
—¿Qué piensas del instituto?
—preguntó, mirándome de reojo mientras bajábamos las escaleras.
—Sinceramente…
me parece un sistema extraño —admití, eligiendo las palabras—.
No entiendo por qué expulsarían a alguien si se supone que venimos a aprender.
¿No debería ser para crecer, no para castigarnos?
Peter se detuvo un segundo en el rellano y miró hacia abajo, como midiendo la idea.
Puede ser… —dijo al final—.
Los folletos lo pintan como algo para mejorar, supongo.
La papelería del internado era pequeña, con estantes altos repletos de cuadernos y cajas de lápices perfectamente alineadas.
Un lector con un símbolo QR azul parpadeaba junto a la caja registradora, emitiendo un bip suave cada cierto tiempo.
Peter se acercó primero, levantó su identificación metálica y la colocó sobre la base.
La máquina respondió con un sonido breve.
—Así es como funciona —dijo Peter, sin alardes—.
La colocas aquí y cobra directo.
Me tocó a mí.
Saqué el teléfono por costumbre y lo abrí para revisar antes de acercarlo al lector: en la pantalla, arriba, decía: Puntos de consumo disponibles: 3/3.
Rango actual: 4.
Debajo, una nota pequeña indicaba.
“Renovación de puntos: 00:01 a.m.” Lo acerqué al lector.
Un pitido, la luz cambió, y la pantalla del teléfono se actualizó en cuanto terminó el proceso.
Puntos de consumo disponibles: 0/3.
—¿Entonces así se fueron mis puntos?
—pregunté, sin poder ocultar el fastidio.
Peter asintió, mirando su propio dispositivo mientras guardaba los cuadernos en la mochila.
No añadió explicaciones que no tuviera, simplemente se limitó a observar.
Salimos rumbo al comedor, donde el bullicio ya empezaba a crecer.
El aroma a café fresco, pan tostado y huevos revueltos se mezclaba con el murmullo de charlas animadas y el tintineo de cubiertos.
Había varias filas organizadas, cada una con lectores QR en los extremos para registrar las comidas.
Peter se colocó detrás de un chico de cabello castaño que parecía conocer de vista.
—¡Robert!
—lo llamó con entusiasmo, sonriendo ampliamente.
El chico se giró, revelando una expresión relajada pero confiada, con ojos que escaneaban todo a su alrededor como si evaluara amenazas constantes.
—Vaya, Peter, no pensé verte tan temprano.
—dijo con un tono sarcástico, antes de voltear hacia mí—.
¿Y este?
—Mi nuevo vecino.
Lían —presentó Peter, dándome una palmada ligera en el hombro.
—Robert Ellis —se presentó él, extendiendo la mano para un apretón firme, casi evaluador.
—Lían —respondí, apretándole la mano con algo de timidez.
Mientras avanzábamos, el lector frente a nosotros mostró la interfaz típica.
El nombre del titular en grande y tres opciones discretas debajo.
Desayuno — Disponible, 06:00 a.m.
— 08:30 a.m.
Almuerzo — Disponible 11:00 p.m.
— 15:30 p.m.
Cena — Disponible 18:00 p.m.
— 20:30 p.m.
Peter tocó la opción de desayuno, y esta se marcó con una “X” roja, indicando que ya estaba reclamada.
—Así de fácil.
No se puede repetir, y recuerda, se renueva todo a medianoche —me explicó con paciencia.
Hice lo mismo, y una luz verde confirmó mi acceso.
La opción de Desayuno se marcó con una “X” roja en mi pantalla.
Peter asintió como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Tranquilo —me dijo—.
Es igual que ayer en el almuerzo.
Recordé que él sí había ido a comer, mientras yo estaba encerrado en mi habitación.
—Cada comida tiene su horario —continuó Peter, bajando un poco la voz para explicarme—.
Si no vienes dentro del rango que marca el sistema, la pierdes.
No puedes reclamar desayuno en la tarde ni cena en la mañana.
Y solo puedes tomarla una vez, así que cuando sale la X… ya fue.
—Vaya… —murmuré—.
Esto es más estricto de lo que pensé.
—Sí —respondió Peter mientras avanzábamos con la bandeja en la mano—.
Y si llegas tarde, el sistema lo marca como “no reclamado”.
Y no te dan nada.
Alzó una ceja con una sonrisa irónica.
—Créeme, ayer vi a varios quedarse sin almuerzo por llegar un par de minutos tarde.
No es bonito ver a gente hambrienta peleando por migajas.
Me quedé mirando mi bandeja llena un momento, asimilando la idea.
Ese control sobre algo tan básico como la comida… era inquietante.
Llegamos finalmente a una mesa vacía.
Dejé mi bandeja con cuidado, sintiendo que cada paso que daba revelaba otra capa de vigilancia.
El comedor estaba lleno, con el ruido de platos, conversaciones rápidas y el constante bip de los lectores en las filas formaban un ambiente extraño, entre cotidiano y asfixiante.
En cuanto nos sentamos, Robert que ya esperaba allí con su propia bandeja apoyó un codo sobre la mesa y se inclinó hacia nosotros, estudiándome con interés genuino.
—¿Qué opinas hasta ahora del instituto, Lían?
¿Ya te sientes como en casa?
—No estoy muy seguro —admití, pinchando mi comida con el tenedor—.
Todo parece más controlado de lo que imaginaba.
Como si cada paso estuviera monitoreado.
Robert arqueó una ceja, apoyando la barbilla en la mano.
—¿Y tú qué rango tienes, Lían?
—preguntó de repente—.
El mío dice A+.
Ni idea de cómo lo conseguí, pero suena bien.
—El mío también —respondí—.
A+.
—¿Ves?
Tiene sentido —Robert chasqueó los dedos como si acabara de resolver un acertijo simple—.
A lo mejor entramos todos con cien puntos o algo así, por eso nos ponen A+.
Y luego va bajando según… lo que sea que hagamos aquí.
—Eso dijo el profesor ayer —añadió Peter—.
Algo de que el rango cambia según tu desempeño… pero no explicó cómo ni en qué.
—Sí, yo tampoco entendí —dijo Robert—.
¿Será que los exámenes son escritos?
¿O más tipo pruebas físicas?
Porque según los folletos esto era un instituto académico, muy de élite, muy buena reputación… pero por dentro no se parece a nada que haya visto.
—Quizá —intervine, levantando la vista, hay posiciones entre los estudiantes.
Líder, sublíder, portavoz… según lo que dijo el profesor Dante.
No sé.
Como jerarquías.
Robert abrió los ojos apenas un poco más, interesado.
—No suena tan descabellado.
Digo, si es un instituto de élite, tendría sentido que fomenten liderazgo o cosas así.
Pero… Frunció el ceño.
—¿Cuándo serían esas votaciones?
¿O cómo las anuncian?
Peter negó lentamente.
—No lo sé, según el profesor Dante pronto seria anunciado.
Anoche revisé un rato la aplicación de clases.
Solo puedo ver la lista de los que están en la Sección 4.
Sacó su teléfono y lo desbloqueó.
—Mira.
—Lo acercó hacia mí.
Una lista de nombres apareció, cada uno con un rectángulo gris que decía “Miembro”.
—¿Todos así?
—pregunté.
—Sí.
Nadie tiene un rol asignado.
Ni líder ni nada —respondió Peter.
Deslicé la vista por la pantalla… y entonces, entre los nombres, uno me hizo detenerme por un momento.
“Grace Miller” El corazón me dio un salto repentino.
¿Cómo no la había visto ayer?
¿Estuvo allí desde el principio?
¿Sabía ella que yo había entrado a Thrymere?
Mis pensamientos se atropellaban uno detrás del otro, helándome la espalda.
Me quedé viendo su nombre unos segundos más, como si pudiera descifrar una respuesta solo observándolo.
—Y ella quien es…?
— Señalando el nombre de Grace.
—Ah, sí —dijo Robert de pronto—.
Ella también es de nuestra sección.
La vimos ayer, ¿verdad, Peter?
—Sí, también le conté a Lían lo de ayer en el almuerzo.
Lo del comedor… Asentí en silencio, intentando que mi rostro no reflejara la confusión que me quemaba por dentro.
Y justo en ese momento, un ruido seco y fuerte retumbó desde el fondo del comedor.
Un golpe de bandeja contra madera.
Los tres miramos donde provino el ruido al mismo tiempo.
Tres estudiantes estaban empezando a gritarse y uno de ellos… era de la Sección 4.
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