Rivalidad y Redención - Capítulo 8
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8: Capítulo 2: Intentar ser social (I) 8: Capítulo 2: Intentar ser social (I) Bloque I Mientras caminábamos hacia el edificio académico, mis pensamientos seguían enredados.
No podía dejar de repasar mentalmente todo lo que había pasado minutos antes.
La pelea, el griterío, la bandeja volando por los aires… pero, aun con eso fresco, lo que realmente me había desconcertado fue ver el nombre de Grace en la pantalla del teléfono de Peter.
Grace.
Aquí, en Thrymere, en la misma sección y lo peor es que no la había visto ni una sola vez el día anterior.
La imagen del chico arrojando su bandeja me volvió a la mente.
Lo recordé enseguida, Tom Harrison.
Lo reconocí porque justo antes Peter me había mostrado la lista de la sección.
Su foto, su nombre.
Había sido imposible no asociarlo.
Había visto a Tom perder los estribos, empujar al otro estudiante, gritarle que la porción extra era suya… hasta que un encargado los sacó del comedor, a los tres involucrados.
Pero incluso así, nada de eso me había dejado tan tenso como ver el nombre de Grace.
—¿Estás bien?
—preguntó Peter, sacándome abruptamente de mis pensamientos.
Su voz sonaba sincera, casi preocupada.
—Sí… sí, solo estoy un poco cansado por la pelea —respondí, aunque sabía que esa no era toda la verdad.
Robert, que caminaba del otro lado, intervino.
—Oye, ¿ese no era Tom?
El de la sección 4, ¿no?
Estábamos viendo la lista cuando pasó eso.
Peter se llevó una mano a la nuca.
—Supongo que sí… no alcancé a verle bien la cara.
Yo no dije nada.
Preferí guardarme mis conclusiones.
Entramos al salón poco después.
el salón estaba sorprendentemente silencioso.
Éramos apenas unos quince estudiantes dispersos entre las filas, algunos estaban revisando sus teléfonos, otros hablaban en grupos pequeños y unos pocos simplemente observaban la puerta, esperando que llegara alguien que conocieran.
Todavía no había llegado el profesor Dante.
Peter dejó su mochila en un asiento y Robert se acomodó a su lado.
Apenas tocaron la mesa, un par de chicos los llamaron desde el fondo con un gesto.
Peter respondió con una sonrisa y se levantó.
—Ah, ya vinieron —dijo él—.
Voy a saludar, ¿vendrás con nosotros?
No sonó tanto a una invitación… y Robert tampoco esperó mi respuesta.
Simplemente siguieron a aquel grupo, sin mirar atrás.
Me quedé solo, me quedé de pie unos segundos, sintiéndome fuera de lugar, hasta que alguien me tocó suavemente la espalda.
—Hola… ¿podemos hablar?
—preguntó una chica con voz tímida.
Tenía el cabello café y llegaba hasta sus pechos, ojos cafés avellana y una expresión amable que contrastaba a la calidez.
—Está bien —respondí, agradecido de no tener que ser yo quien empezara.
Nos sentamos en el suelo, entre dos columnas, porque era incomodó estar sentados a la par.
Melisa soltó un suspiro corto como si ya estuviera acostumbrada a improvisar.
—Me llamo Melisa Lavoie—dijo, girándose un poco hacia mí.
—Lían Smith… mucho gusto —respondí, intentando sonar casual.
—A ver… ¿qué te gusta hacer?
¿Tienes algún hobby o algo con lo que mates el tiempo?
Pensé un segundo.
—Pues… antes jugaba básquetbol.
No era muy bueno ni muy malo.
También dibujaba un poco, cuando tenía rato.
—¿Básquet?
—repitió, levantando las cejas—.
Entonces eres deportista, aunque no pareces serlo.
—Bueno… supongo que un poco —dije, rascándome la nuca.
—Yo no soy tan atlética —confesó riendo—.
Me gusta cocinar y salir con mi perro.
Es un Golden, súper noble.
Si lo conocieras te enamoras.
—Suena… bastante bien.
Extraño tener un perro —admití sin pensarlo mucho.
—¿Tuviste uno?
—Sí, cuando era más pequeño.
Pero ya no —respondí, encogiéndome de hombros.
Ella asintió, como si entendiera más de lo que decía.
—Igual, está genial.
No todos aquí hablan tanto —comentó—.
Pensé que iba a tener que sacarte las palabras con pinzas.
Eso me sacó una pequeña risa.
—Estoy nervioso, creo —acepté—.
Es raro estar aquí con tanta gente que ni conozco.
—Créeme, todos están igual —dijo mientras se ponía de pie—.
Pero oye… me cayó bien hablar contigo.
Mis amigas acaban de venir.
—Sí… también a mí —respondí, levantándome también.
—Entonces hablamos luego, Lían.
—Hasta luego, Melisa.
— la vi irse con sus amigas Me quedé viendo cómo Melisa se alejaba y se reunía con un grupo de chicas que parecían llevarse muy bien.
Se acomodó entre ellas con facilidad, como si encajara en cualquier lugar.
Yo, en cambio, regresé a mi asiento, esperando que nadie más intentara hablarme.
Sentía que ya había agotado toda mi energía social del día.
Me acomodé la mochila a un lado y bajé la mirada al suelo.
Estaba pensando en lo bien que me había salido la conversación —comparado a lo que esperaba— cuando una sombra se plantó justo frente a mí.
Levanté la vista.
Era un chico bastante más alto que yo, de cabello negro perfectamente peinado.
Llevaba lentes de marco delgado que le daban una expresión más seria, y sus ojos… grises.
Un gris claro que parecía analizar todo a su alrededor sin pestañear demasiado.
—Hola —dijo con voz firme.
Me enderecé de inmediato, un poco tenso.
—Ah… hola —respondí un poco incomodado.
El chico me sostuvo la mirada unos segundos más de lo cómodo, como si estuviera midiendo mi reacción.
—Me llamó Ryan Hughes—se presentó al fin, sin extender la mano ni sonreír, solo dando el dato como si fuera suficiente.
—Yo me llamó Lían —contesté, intentando sonar normal.
Asintió apenas, un gesto tan leve que casi parecía un cálculo, no un saludo.
Se notaba que era alguien reservado, pero no por timidez… sino porque parecía seleccionar cada palabra que decía.
—Vi que estabas solo —comentó con un tono neutro, casi plano—.
Solo vine a presentarme.
—Gracias… —respondí, sin saber si así se supone que debía reaccionar.
Ryan ladeó la cabeza ligeramente, fijándose en cómo apretaba mis manos contra mis piernas.
Sus ojos grises eran demasiado perceptivos.
—Estás incómodo —dijo, no preguntando, solo afirmando.
Me tomó por sorpresa la sinceridad.
—Un poco —admití, exhalando—.
Todavía estoy tratando de… adaptarme al entorno.
Ryan bajó la mirada un segundo, ajustándose los lentes con un gesto mecánico.
—Es normal —respondió—.
No soy bueno para las primeras impresiones.
Su tono no cambió, seguía frío, pero de alguna manera era honesto.
No estaba fingiendo cortesía.
—No quiero incomodarte más —añadió dando un paso atrás—.
Solo quería saludarte.
—Está bien… gracias —dije otra vez, algo torpe.
Él asintió una última vez y comenzó a alejarse, caminando con la misma postura recta y segura con la que había llegado.
Mientras lo veía irse, me quedó la sensación de que Ryan era alguien complicado de leer.
Alto, serio, observador… demasiado observador.
No parecía alguien malo.
Solo… alguien que también estaba lidiando con su forma particular de encajar.
Aun así, su mirada gris quedó dándome vueltas en la cabeza más de lo que debería.
Mientras seguía procesando el breve encuentro con Ryan, el murmullo del salón fue creciendo.
Estudiantes pasaban entre las filas buscando lugar, algunos se saludaban con entusiasmo, otros simplemente se sentaban en silencio, mirando sus teléfonos.
El ambiente, que al inicio había sido casi incómodo, empezó a llenarse de vida.
Entonces sonó el timbre.
Un sobresalto recorrió el salón, las conversaciones que se cortaban de golpe, sillas que se ajustaban, mochilas que se colocaban debajo de los escritorios.
La puerta del salón se abrió de par en par y una oleada de estudiantes entró apresuradamente.
El número aumentó rápido, veinte… veinticinco… veintiocho… Pero solo llegaron veintinueve, Tom no apareció.
Entre esa multitud que fue ocupando los asientos, la vi entrar.
Grace.
No sé si la buscaba o si simplemente mi mirada la encontró por costumbre, pero en cuanto cruzó la puerta la reconocí al instante.
Tenía el cabello de color negro intenso, estaba recogido en una trenza lateral, y aunque su expresión era tranquila, cargaba esa misma aura distante que recordaba.
Caminó hacia un asiento del centro sin mirar a nadie… o eso pensé por un segundo.
Sentí —aunque quizá solo era mi imaginación— que sus ojos pasaron fugazmente por donde yo estaba.
Una punzada me atravesó el estómago.
¿Me vio?
No tuve tiempo de seguir pensando, porque la puerta se abrió otra vez.
Esta vez no fue un estudiante.
Fue el profesor Dante.
Entró cargando una carpeta y un termo metálico, con la expresión cansada de alguien que había tenido una mañana demasiado intensa para ser tan temprano.
Se detuvo delante del escritorio, dejó sus cosas y nos observó un momento, contando mentalmente.
Luego suspiró.
—Primer día oficial —dijo, masajeándose el puente de la nariz— y ya uno de ustedes causó un problema antes de que iniciara la clase.
Algunos se removieron incómodos en sus asientos; otros miraron alrededor, buscando culpables.
Yo no dije nada.
Sabía de qué hablaba sobre Tom, pero parecían preferir no mencionar nombres.
El profesor continuó.
—Bien.
Ignoraremos ese incidente por ahora y comenzaremos con lo previsto.
Bienvenidos a su primer día de clases en la Sección 4.
Abrió su carpeta y empezó a tomar lista, mientras explicaba brevemente cómo funcionaría el curso, las normas básicas y lo que veríamos durante la semana.
Mientras el profesor Dante seguía hablando sobre el programa académico, mi atención oscilaba entre sus palabras y la presencia de Grace a unos cuantos asientos de distancia.
No estaba mirando hacia mi dirección… o al menos eso parecía.
Tenía la vista puesta en su cuaderno, repasando los márgenes con la punta del lápiz, como si estuviera absorta en algo completamente distinto a la clase.
Esa tranquilidad suya me descolocaba.
Era la misma expresión que solía tener antes, cuando todo era normal.
Antes de que todo… cambiara.
Intenté enfocarme al frente, pero me resultaba imposible ignorar la sensación de alerta en mi estómago.
El profesor Dante pasó una diapositiva que mostraba los temas de la semana.
—…y recuerden —continuó—, aunque Thrymere sea un instituto de alto rendimiento, no queremos que piensen que todo será presión.
Las primeras semanas serán de adaptación.
Conocerse, ubicarse y entender la estructura interna del programa.
A mi lado, alguien soltó una risa baja, como si hubiera entendido otra cosa.
El profesor levantó la vista.
—¿Algún problema…?
—buscó en su lista—.
Charlie.
El chico sacudió la cabeza de inmediato.
—No, profesor.
Solo estaba acomodando mi mochila.
Dante lo miró un segundo más de lo necesario, luego siguió.
—Bien.
Como les decía, no se preocupen.
Todo será gradual.
Además… —volvió a suspirar— con lo que pasó esta mañana, creo que todos necesitarán un poco de calma.
Vi a algunos intercambiar miradas incómodas.
Yo también lo sentí, esa sensación de que Thrymere era más frágil de lo que parecía.
—Con eso dicho, vamos a empezar con algo sencillo —anunció Dante, dejando la carpeta a un lado—.
Quiero que por hoy solo… —su expresión se relajó un poco— hablen.
Pueden presentarse con quienes tienen cerca.
Nada estructurado.
Nada formal.
Solo… hablen entre ustedes.
Mañana comenzamos de lleno.
El salón explotó en actividad al instante, sillas arrastrándose, mochilas moviéndose, grupos formándose sin esfuerzo.
Todos parecían saber hacia quién ir.
Yo no me moví.
Mi cuerpo simplemente… no respondió.
Tenía los codos apoyados en la mesa y la mirada perdida en un punto fijo del escritorio.
Intenté respirar hondo, pero la presión en el pecho me lo impedía.
No era nerviosismo.
Era ella, Grace estaba allí.
A unos cuantos asientos, perfectamente visible entre el movimiento de la clase.
Su expresión era tan familiar como dolorosa, fría, ese desagrado que conocía demasiado bien.
En un momento, mientras escuchaba cómo los demás hablaban animados, mis ojos se cruzaron con los suyos.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Grace frunció ligeramente el ceño, como si le molestara incluso verme sentado en la misma habitación.
Su mandíbula se tensó y desvió la mirada al instante, como si yo fuera algo que prefería ignorar… o borrar.
Sentí un vacío en el estómago.
Mi cuerpo dejó de reaccionar por completo.
No sé cuánto tiempo estuve así.
Segundos, quizá un minuto.
Hasta que una mano tocó mi hombro.
—¿Estás bien?
—preguntó el profesor Dante, inclinándose un poco para verme mejor.
Di un leve sobresalto, volviendo a la realidad.
Parpadeé varias veces, como si el mundo hubiera vuelto a encenderse de golpe.
—Sí… sí —respondí, forzando una sonrisa torpe—.
Solo… estaba pensando.
—Está bien —dijo Dante, aunque su mirada decía que no estaba convencido—.
Intenta hablar con alguien, ¿sí?
Esta parte es importante.
Respiré hondo para calmarme después de que el profesor Dante siguiera su camino.
Todavía podía sentir la mirada de Grace clavada en mi nuca antes de que apartara la vista, molesta, sorprendida… o ambas.
No quería pensar en eso.
La clase seguía llenándose de grupos pequeños.
Algunos ya parecían conocer a medio salón.
Yo, en cambio, me quedé quieto, mirando la mesa como si eso hiciera que pasara desapercibido.
Hasta que dos estudiantes se pararon frente a mí.
Levanté la mirada, un poco confundido.
El primero tenía el cabello castaño, ligeramente desordenado en puntas hacia arriba, no lo suficiente para parecer descuidado, pero sí para darle un aire energético.
Sus ojos eran de un verde claro que llamaba la atención incluso sin querer.
El segundo tenía un contraste total, cabello blanco con matices grisáceos, peinado de forma más sencilla, y ojos morados que parecían mucho más tranquilos.
Ambos eran casi de mí misma estatura.
El de cabello castaño fue el primero en hablar.
—Hey… ¿estabas solo?, ¿verdad?
—preguntó con una sonrisa natural, casi amistosa desde el principio.
Yo asentí torpemente.
—Ah… sí.
— Respondí un poco avergonzado.
—Pensamos que quizá querías unirte —continuó el castaño—.
Solo somos nosotros dos, y pues… te vimos sentado aquí.
El chico del cabello blanco asintió una sola vez, serio, pero no distante.
—Estar solo no es cómodo —añadió él.
Intenté sonreír un poco, sorprendido por lo directos que eran.
—Gracias… —respondí—.
Sí, pueden sentarse.
El castaño soltó una risa leve.
—Perfecto.
Yo me llamó Aiden —dijo, poniéndose una mano en el pecho como si fuera una presentación teatral improvisada.
—Y yo me llamó Jiho —añadió el otro con voz tranquila.
—Lían —me presenté yo, algo más relajado.
Aiden dejó su mochila en el asiento de al lado y se dejó caer en la silla con confianza.
—Bien, Lían —dijo— ahora ya no estás solo.
Jiho se sentó con más cuidado, acomodando la silla sin hacer ruido.
—Aiden insistió mucho —comentó Jiho sin emoción aparente—.
Dijo “ese chico parece que está sufriendo socialmente”.
No estoy citándolo… pero casi.
—¡Ja!
¡No dije eso!
—protestó Aiden, empujándolo con el codo, y luego me miró—.
Pero sí se veía que estabas… eh… incómodo.
—Lo estaba —admití—.
Gracias por venir.
Aiden sonrió como si esa respuesta lo dejara satisfecho.
—Perfecto, entonces ahora somos un equipo de tres.
Jiho, dile que somos geniales.
—No lo somos —respondió Jiho sin dudar.
Aiden se atragantó riendo.
—¡Amigo, ayuda un poco!
— Aiden había expresado —Es mejor no crear expectativas —contestó Jiho.
Yo solté una pequeña risa, la primera genuina desde que entré al salón.
—Creo que me van a caer bien —les dije.
Aiden levantó el pulgar.
—Lo mismo pensamos de ti.
Sentí que no estaba solo en esté salón.
La clase avanzó sin demasiado sobresalto después de la introducción del profesor Dante.
Aun así, mi mente seguía dispersa.
Entre la presencia de Grace, la tensión del inicio, el cansancio social… y la aparición repentina de Aiden y Jiho, apenas podía concentrarme.
Cuando todas las clases terminaron, el timbre sonó con un eco seco que se llevó consigo las voces del salón.
Varios estudiantes se levantaron de inmediato, ansiosos por salir.
Otros se quedaron recogiendo sus cosas con calma.
Yo me levanté junto a Aiden y Jiho, que también se preparaban para salir.
Mientras caminábamos hacia la salida, aproveché el momento para preguntar algo que me rondaba desde que Robert lo mencionó en el comedor.
—Oigan… —murmuré, bajando un poco la voz— ¿de qué rango son?
Aiden volteó primero, arqueando una ceja, como sorprendido de la pregunta.
—¿Rango?
¿Lo del teléfono?
—preguntó.
—Sí —respondí—.
Solo… curiosidad.
Aiden sacó su identificación de la mochila y me la mostró sin pensarlo dos veces.
Rango: A+ Jiho, sin necesidad de palabras, también sacó la suya y la giró hacia mí.
Rango: A+ Me quedé en silencio un segundo.
La teoría de Robert cobraba más sentido.
—¿Y tú?
—preguntó Aiden—.
¿También tienes A+?
Asentí para luego ver a ambos.
—Sí, igual — respondí sin decir nada.
—Oye, pensándolo bien… —comenzó— creo que sé por qué todos empezamos con A+.
—¿Sí?
—pregunté.
Aiden levantó su teléfono para señalarlo con el dedo.
—¿Viste que hay dos tablas?
Una individual y otra seccional.
Fruncí el ceño viendo que no había visto esa parte del teléfono, termine tocando esa parte para que se desglosaran dos opciones, puntos individuales y puntos seccionales, desglose la seccional, aparecían las 4 clases con 0 puntos y luego intente desglosar la individual, pero aparecía un mensaje diciendo “Sin datos”.
—Pues… creo que ahí está la clave —continuó—.
Si tenemos una tabla grupal, debe significar que en algún momento nos van a evaluar por equipos.
Y si todo está en cero todavía, tiene sentido que el sistema nos dé a todos la misma base.
Jiho acompañó la teoría con un leve movimiento de cabeza.
—Una base que luego se ajustará —agregó él—.
Dependiendo de las evaluaciones.
Aiden dio un chasquido suave de dedos, como si confirmara su propio pensamiento.
—Exacto.
Si es un instituto de élite, seguro quieren medir cómo cooperamos y cómo competimos.
Es probable que los rangos empiecen a moverse cuando una de esas dos tablas se actualice.
Individual o seccional.
Me quedé mirando mi teléfono unos segundos antes de guardarlo otra vez.
—O sea… que no solo depende de lo que haga cada uno —dije—, sino también de la sección.
—Eso creo —respondió Aiden—.
Tiene sentido.
Si estamos divididos en grupos desde el inicio, no sería solo por logística.
Jiho añadió con calma.
—Y menos en un lugar como este, donde todo parece estar diseñado con intención.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
Un sistema que podía subir o bajar tu rango no solo por tu rendimiento… sino por el del grupo entero, además del rango limitante.
—Pues… esperemos que no sea demasiado caótico —murmuré.
Aiden río un poco.
—Creo que lo caótico es lo estándar aquí.
Y así, entre teorías, dudas y un mar de estudiantes moviéndose alrededor, terminamos de alejarnos del edificio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com