Rompe los límites: Destruye para ganar - Capítulo 1
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1: El nacimiento de la muralla 1: El nacimiento de la muralla Ronier seguía en el campo, todavía con la derrota clavada en la cabeza.
Quería despedirse de ese sueño de ganar el torneo con sus compañeros, pero no podía dejar de pensar en lo mismo una y otra vez.
“Perdí… si tan solo me hubiera esforzado más…”.
Baja la mirada, aprieta los puños… y en ese momento algo cambia.
Un recuerdo llega a su mente.
Ve a su hermano con un balón en los pies, todos a su alrededor admirándolo, queriendo ser como él.
Ronier, con apenas 4 años, lo observaba en silencio.
No quería ser como él… quería algo más.
Quería hacerlo el mejor de todos.
Quería ser quien le diera ese último pase, el que lo hiciera brillar aún más.
Ese recuerdo lo sacude.
Sin pensarlo mucho, toma un balón y empieza a patear con fuerza hacia la portería, como desahogándose.
Uno de esos disparos sale completamente desviado, sin dirección… hasta que se escucha un golpe seco.
Un chico que pasaba por ahí recibe el impacto y cae al suelo.
Ronier corre hacia él.
“Oye, perdón… ¿estás bien?” El chico se levanta, sacudiéndose un poco.
“Sí, estoy bien… no te preocupes.” Le devuelve el balón con un pase firme.
Ronier lo controla, pero se queda sorprendido por la fuerza y precisión del pase.
Levanta la mirada y observa mejor al chico.
Su postura, su mirada… algo en él imponía respeto.
No parecía alguien que jugara fútbol… pero tampoco alguien al que quisieras enfrentar.
“Oye… creo que somos del mismo curso, ¿no?
¿Cómo te llamas?” pregunta Ronier.
“Jesús.
Y tú debes ser Ronier… te vi jugar.
Eres muy bueno… ojalá ser como tú.” Ronier sonríe levemente.
“Un gusto, Jesús.
Y sí, ese soy… aunque hoy no gané.
No pensé que te gustara el fútbol.” Jesús baja un poco la mirada.
“Sí me gusta… pero no jugarlo.
No soy bueno con la coordinación… por eso no lo intento.” Ronier lo mira unos segundos… y sonríe.
“Ya veo… entonces, ¿qué tal si jugamos un uno contra uno?
No hay nada que perder.” Jesús duda un momento, pero acepta.
Empiezan.
En el primer intento, Ronier le hace un sombrerito y lo supera con facilidad.
En el segundo, una elástica.
En el tercero, otro regate.
Así hasta el quinto intento.
Era claro quién dominaba… pero algo estaba cambiando.
Jesús empieza a meterse más en el juego.
Su mirada cambia.
Su postura se vuelve más firme.
En el siguiente intento, entra con todo el cuerpo, sin miedo… y luego se lanza con una barrida perfecta.
Le quita el balón.
Ronier cae al suelo.
Silencio.
Jesús se queda quieto un segundo, como sin creérselo.
Luego aprieta los puños, eufórico.
No era talento… era fuerza, decisión, agresividad.
Había algo en él que no se podía enseñar.
Ronier, desde el suelo, sonríe.
Ahí había algo especial.
Se levanta y lo mira fijamente.
“Oye… deberías jugar los intercursos conmigo.” Jesús duda.
No era lo suyo… o eso creía.
Pero entonces recuerda esa sensación… esa emoción que acaba de sentir.
Era la primera vez.
Algo dentro de él se encendió.
Levanta la mirada.
Tenía un nuevo objetivo.
Un nuevo sueño.
No quería hacer goles… quería evitarlos.
Quería destruir las jugadas, romper los ataques, imponerse.
Quería liderar la defensa… como un verdadero comandante en el campo.
Ahí… acababa de nacer una muralla.
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