Rompe los límites: Destruye para ganar - Capítulo 27
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Capítulo 27: las semifinales
28 de mayo. Han pasado dos semanas desde que se anunciaron los cuatro equipos que pasan a semifinales. Los ánimos están renovados.
Jesús, Sebastián y Ronier, que aún seguía con algo de dolor, entrenaban con todo el equipo. Ronier había tomado las riendas como siempre y, aunque el dolor seguía ahí, sabía que tenía un compromiso con el equipo.
Con una hoja de papel en la mano, donde tenía apuntados los ejercicios, organizaba todo mientras los demás se preparaban.
De repente, un grupo de estudiantes pasó corriendo cerca de la cancha. La curiosidad pudo más y decidieron seguirlos. Llegaron hasta el tablero principal.
Ahí estaba.
El orden oficial de las semifinales.
9A vs 7A — 4 de junio
9B vs 11A — 6 de junio
Por un momento nadie dijo nada.
El silencio en 9B lo decía todo. Recordaban aquella derrota. No había sido aplastante… pero sí suficiente para entender lo que tenían enfrente.
Otra vez.
9B contra 11A.
Los dos mejores del grupo cara a cara.
Ronier fue el primero en romper el silencio.
“Ellos sí son una molestia”.
Sebastián respondió sin dudar.
“Sí… son el obstáculo para llegar a la cima”.
Jesús dio un paso al frente.
“Todos júntense. La semifinal es contra 11A. Esto es todo o nada. Ya saben cómo juegan, rápidos, individuales e impredecibles. Jackson y Adrián aparecen en cada jugada”.
Ronier asintió.
“Hoy trabajaremos presión alta y salida desde atrás. Jesús, tú mandas la defensa”.
“Claro. Ellos buscan romper con regates y pases inesperados y atacan por las bandas. Manuel, Jorge, no les den espacio”.
“No te preocupes”, dijo Manuel. “Voy a darlo todo”.
Mientras el equipo se organizaba, Sebastián estaba a un lado, golpeando el balón contra la pared una y otra vez.
Ronier se acercó.
“¿Otra vez ahí? Esta es tu oportunidad para superar a Adrián en goles”.
Sebastián no se detuvo.
“Lo sé. Y también es la tuya para superar a Jackson. Pero no pienso dejar que nadie que no sea yo se lleve ese título. Le voy a ganar a Adrián… y a ti también”.
Ronier sonrió levemente.
“Ojo con querer hacerlo todo solo. El gol llega si jugamos en equipo. Intentaré hacerte el máximo goleador… pero no prometo nada. Ahora ven, toca entrenar”.
En ese momento, Jackson y Adrián pasaban cerca.
Se detuvieron.
Antes de hablar, cruzaron miradas.
No había miedo.
Solo determinación.
“Oye, Sebas”, dijo Adrián. “¿Listo para que te deje atrás? Ya tengo seis… y en la semifinal voy a marcar más”.
Sebastián dio un paso al frente.
“Quiero ver que lo intentes. Yo voy a marcar más que tú”.
Jackson intervino con calma.
“No se peleen. Lo importante es que gane el mejor equipo… aunque ese será 11A”.
Ronier se acercó.
“Ya veremos eso. Vamos a demostrar quién tiene a los mejores”.
Los de 11A se marcharon sin decir más.
El entrenamiento continuó con intensidad. Felipe, Sergio y Alejandro trabajaban en el medio campo, moviendo el balón con rapidez.
“Junior y Edgar son buenos”, dijo Felipe. “Pero no pasarán”.
“Si controlan el medio, se complica todo”, respondió Sergio. “Así que no les daremos espacio”.
Por otro lado, Alexis hablaba con Sebastián.
“Cuando te quedes en el centro, yo me voy por la banda. Así rompemos la defensa”.
“Buena idea”, respondió Sebastián. “Cuando llegue el pase de Ronier, tenemos ventaja”.
En la tarde, el entrenamiento se centró en tiros libres y córners.
“Manuel, dale efecto al balón”, dijo Ronier. “Tiene que caer justo donde llegue el delantero. Jesús y Álvaro subirán en cada córner”.
“No te preocupes”, respondió Jesús. “En el juego aéreo no me van a ganar fácil”.
Al final del día, Sebastián se quedó practicando disparos desde distintas posiciones. Uno tras otro.
Ronier y Jesús lo observaron en silencio antes de acercarse.
“¿Sigues pensando en el título de goleador?”, preguntó Ronier.
“Un poco”, respondió Sebastián. “Pero también entendí algo… sin tus pases, sin la defensa de Jesús y sin el equipo… no estaría aquí”.
Jesús asintió.
“Esto ya no es de uno solo”.
Ronier miró el campo durante unos segundos.
“Entonces aprovechemos cada entrenamiento. No podemos fallar ahora”.
Sebastián recogió el balón y lo sostuvo con firmeza.
“De acuerdo… vamos por la semifinal. 9B va a ganar”.
El balón quedó inmóvil entre sus manos.
La cancha empezó a quedarse en silencio.
Y en ese silencio… se sentía lo que venía.
El verdadero partido… estaba a punto de comenzar.
4 de junio. Ronier, Jesús y Sebastián recordaban que ese día se jugaba el partido entre 9A y 7A. De ahí saldría el rival en la final para el ganador de la otra semifinal.
Ronier estaba entusiasmado. Quería que 9A ganara. Quería volver a enfrentarse a Diego.
Y esta vez no tenía dudas.
Iba a ganar.
Mientras tanto, en la cancha, Diego organizaba a su equipo con la seguridad de alguien que ya había estado ahí antes. No solo hablaba, también señalaba, corregía posiciones y marcaba el ritmo incluso antes de que empezara el partido.
9A y 7A salieron al campo.
Maikol también tenía un objetivo claro. Ser el máximo goleador. Estaba muy cerca y no dejaban de buscarlo con pases largos.
El partido comenzó y desde el primer minuto se notó la diferencia.
9A dominaba el balón e imponía el ritmo.
7A intentaba responder con esfuerzo y trabajo en equipo. Buscaban espacios, intentaban avanzar, pero siempre aparecía alguien cerrando, anticipando y corrigiendo. Les faltaba ese jugador que marcara la diferencia en ataque.
Y eso les pesaba demasiado.
La primera jugada peligrosa fue de 7A. Intentaron un centro al área, pero la defensa reaccionó con firmeza y cortó el balón. Sin pensarlo, lanzaron un pase largo preciso hacia Maikol, que había bajado al medio campo.
Controló el balón y arrancó en velocidad. Dejó atrás a su marcador, se acercó al área y recortó hacia adentro.
Por un instante, todo pareció detenerse.
El portero dudó.
Y Maikol disparó con fuerza.
Gol de 9A.
El impacto fue inmediato.
7A empezó a desesperarse. Se notaba la frustración y con ella llegaron los errores. Un mal pase, un control largo, decisiones rápidas pero mal ejecutadas. La presión de 9A no les daba espacio para pensar.
El partido comenzó a romperse.
Aun así, lo intentaron. Corrieron, presionaron, buscaron espacios, pero cada intento terminaba en nada. Poco a poco, la frustración empezó a notarse en sus rostros.
9A era superior en cada zona del campo.
El partido siguió con la misma dinámica hasta el final.
3-0.
Doblete de Maikol y un gol de Marcos.
La portería quedó en cero.
9A celebraba. Estaban en la final una vez más. El mismo grupo que había llegado el año pasado, ahora más fuerte y más completo.
“Estos tipos no se cansan de ganar”, dijo Ronier mientras observaba el partido.
Por dentro, algo se activaba. No era miedo.
Era una promesa.
“Está vez te ganaré… Diego. No dejaré que pase lo del año pasado”, pensaba Ronier con una mirada fijada en diego.
Sebastián lo miró.
“Bueno… ya sabemos quiénes son nuestros posibles rivales”.
Ambos se quedaron en silencio unos segundos.
Entendían lo que venía.
Después del partido, Diego y sus compañeros pasaban por los pasillos mientras recibían halagos. Al llegar al salón de 9B, entraron sin pedir permiso.
Diego avanzó unos pasos y se apoyó en la puerta, mirando a todos con seguridad, como si ya tuviera claro lo que iba a pasar.
“Ya puedo oler la copa… aunque antes tenemos que jugar contra 11A. No creo que 9B pase de semifinales. En su último partido les pasaron por encima”.
Sergio se levantó, serio.
“No te tenemos miedo. Ahora entiendo que ganarles no es un sueño”.
Felipe dio un paso adelante.
“Es verdad. Ahora podemos ganar. Ahora somos un equipo”.
Ronier sonrió al ver a todos.
“¿Ves? Ahora todo cambió. Ya no estamos solos. Ahora somos un equipo… y deberías pensarlo dos veces antes de darnos por muertos”.
Diego se quedó mirándolos un segundo más. Sabía que 9B había mejorado.
Pero no iba a cambiar su forma de pensar.
“Eso se verá en el campo. Al final solo habrá un ganador… y será 9A”.
Se dio la vuelta y le hizo una señal a su equipo para irse.
Antes de salir, miró directamente a Ronier.
Esta vez no había burla.
Había algo distinto.
Había respeto… ambos querian ese partido más que nada.
Cuando se fueron, algo cambió en el ambiente.
El equipo de 9B se quedó en silencio por un momento.
Pero no era duda.
Era determinación.
Se miraron entre todos y sin decir nada entendieron lo mismo.
Ahora estaban más unidos que nunca.
Y tenían un objetivo claro.
Ganar.
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