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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capítulo 9 Maldito seas Vorden
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10: Capítulo 9: Maldito seas Vorden 10: Capítulo 9: Maldito seas Vorden El silencio que siguió al cierre de la puerta fue más ensordecedor que sus gritos.

Me quedé inmóvil en la cama deshecha, escuchando el eco fantasma de sus pasos alejándose por el pasillo.

Mi cuerpo todavía vibraba, una réplica sísmica de la violencia que acababa de ocurrir.

Mis músculos temblaban por el esfuerzo, por la tensión, y por esa descarga residual de placer que ahora, en la soledad fría de la habitación, se sentía como ácido en mis venas.

Me gustó.

El pensamiento fue un parásito que intenté aplastar de inmediato.

No, me corregí, clavando las uñas en las palmas de mis manos hasta hacerme daño.

No me gustó.

Mi cuerpo reaccionó.

Es biología.

Es fricción.

Es supervivencia.

Pero la mentira sabía a ceniza.

Me senté lentamente.

El movimiento hizo que sintiera el rastro húmedo en mi espalda baja.

Se estaba enfriando, volviéndose pegajoso.

Su esencia.

Su marca.

La necesidad de correr al baño y frotarme la piel con agua hirviendo hasta sangrar fue tan fuerte que me puse de pie de un salto.

Di dos pasos hacia la puerta del baño.

Me detuve en seco.

—No te duches.

La orden de Vorden resonó en mi cabeza, mezclada con la amenaza de los Titanes que vendrían mañana.

Si me lavaba, si borraba su olor, estaría muerta.

Él no me protegería.

Él me lo había advertido.

Bajé la vista a mis manos.

Estaban limpias, pero me sentía sucia hasta la médula.

—Maldito seas, Vorden —susurré.

El nombre extraño, gutural, rodó por mi lengua, chocando contra el diente de metal.

Me di la vuelta y caminé hacia el espejo.

Intenté evitar mirar la cama, pero mis ojos traicioneros buscaron el desastre por instinto.

Las sábanas de seda negra estaban arruinadas, revueltas en un caos de tela y fluidos.

Parecía la escena de un crimen.

Y en cierto modo, lo era.

El rastro brillante y pegajoso de su semen se mezclaba sin pudor con la mancha oscura, casi negra a la luz de las brasas, de la sangre de mi virginidad.

Allí, sobre el lujo del colchón, mi inocencia y su brutalidad se habían fundido en un mapa grotesco que me revolvió el estómago.

En el espejo, mi reflejo me devolvió la mirada.

Tenía el pelo enmarañado, los labios hinchados y rojos por la barba de él y por mis propios mordiscos.

Mis ojos…

mis ojos parecían más oscuros.

Había algo roto en ellos, o tal vez, algo que se había endurecido.

Me giré para mirar mi espalda en el espejo.

Allí estaba.

El brillo húmedo sobre mi piel pálida, secándose lentamente.

Una firma de posesión invisible para los demás, pero que yo sentiría con cada movimiento.

Tenía que vestirme.

Caminé hacia donde había pateado mi ropa.

Recogí la túnica basta y los pantalones.

Vestirse fue la parte más difícil.

Tuve que deslizar la tela sobre mi piel sin lavar.

Sentir la ropa interior y los pantalones rozar contra la sensibilidad que él había dejado entre mis piernas, y sentir la túnica cubrir la suciedad de mi espalda, sellando su olor contra mi cuerpo.

Me sentí como si me estuviera poniendo una armadura hecha de vergüenza.

Me abracé a mí misma, sintiendo un escalofrío.

Ahora llevaba su olor.

Llevaba su diente en mi boca.

Llevaba su semen en mi piel.

Me estaba convirtiendo, pieza a pieza, en algo que le pertenecía.

Caminé hacia la ventana.

El sol estaba empezando a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo sangre que presagiaba la noche.

—Cenar —murmuré para mí misma.

Tenía que bajar allí.

Tenía que sentarme a su lado, frente a sus soldados, y mañana frente a los Titanes que llegarían, sabiendo que bajo mi ropa estaba marcada como ganado.

Respiré hondo, y el aire todavía olía a él.

No podía permitirme llorar.

Las lágrimas eran agua, y yo necesitaba ser piedra.

Si mi cuerpo iba a traicionarme, si iba a responder a su toque, entonces usaría esa respuesta.

Dejaría que él creyera que me había roto.

Pero mientras miraba el horizonte, acaricié el diente de metal con la lengua una vez más.

Frío.

Duro.

Sobrevive, me ordené.

Cena con el monstruo.

Mañana…deja que te huelan.

Y cuando bajen la guardia…

recuérdales por qué los elfos fuimos una vez los depredadores.

Me alisé la túnica, levanté la barbilla y esperé a que vinieran a buscarme.

El juego acababa de empezar, y Vorden acababa de enseñarme que, en este tablero…la dignidad era un precio que tenía que pagar para seguir jugando.

Me dejé caer en el único sillón de la habitación, con las piernas recogidas contra el pecho, ignorando cómo la tela de los pantalones se pegaba a mi piel de la manera más incómoda posible.

Todo esto…

¿por qué?

La pregunta giraba en mi cabeza, como la tela en el aspa de un molino de viento.

Cerré los ojos y la imagen volvió a mí, nítida y patética.

No era una misión secreta.

No estaba transportando planos de guerra ni joyas de la corona.

Estaba robando un pan.

Un maldito bollo de centeno, duro como una piedra y con moho en una esquina, de un puesto en el mercado bajo.

Eso era lo que valía mi vida hace cuarenta y ocho horas.

Recordé el olor a pescado podrido del callejón.

El sonido de las botas del guardia golpeando los adoquines detrás de mí.

No era un asesino de élite; era un tipo gordo con una alabarda oxidada que solo quería cortarme una mano para dar ejemplo.

Me había acorralado.

Yo ya había aceptado que iba a sangrar.

Y entonces…

apareció él.

Vorden.

No salió de las sombras; las sombras parecían desprenderse de él.

Recordé el sonido, ese crujido húmedo y definitivo cuando le rompió el cuello al guardia con la misma indiferencia con la que uno rompe una rama seca.

Lo mató por mí.

Por una ladrona de pan.

—Una llave —murmuré al aire vacío, soltando una risa amarga que sonó más como un graznido.

Me toqué el pecho, buscando alguna vibración mágica, algún eco de grandeza.

Nada.

Solo el latido frenético de un corazón asustado y el dolor sordo en mis músculos.

«Tu linaje…

Tienes acceso a lugares que yo no puedo pisar.» Eso había dicho.

Mentira.

Tenía que ser una mentira o un error cósmico.

No soy noble.

No soy una princesa perdida que fue escondida al nacer para su protección.

Crecí comiendo sobras y durmiendo en los tejados para que las ratas no me mordieran los dedos de los pies.

Si tuviera sangre especial, si fuera una “llave” mística capaz de abrir puertas prohibidas…

¿no me habría servido de algo cuando me moría de frío el invierno pasado?

¿No me habría salvado de tener que robar para no morir de hambre?

Miré mis manos.

Estaban ásperas, con callos por trepar muros y cicatrices finas de peleas callejeras.

No eran manos de alguien especial.

Eran manos de superviviente, sí, pero manos sucias.

Y ahora, esas mismas manos sucias llevaban el olor de un Titán.

—Se ha equivocado —susurré, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación—.

Ha confundido a una rata con un tesoro.

Eso era lo más aterrador de todo.

Porque cuando Vorden se diera cuenta de que no soy la llave que busca, de que no sirvo para abrir su maldita puerta…

ya no tendrá motivos para protegerme de sus soldados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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