Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 11
- Inicio
- Todas las novelas
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 11 - 11 Capítulo 10 Una Armadura de Vergüenza
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
11: Capítulo 10: Una Armadura de Vergüenza 11: Capítulo 10: Una Armadura de Vergüenza El sonido de la llave girando en la cerradura me sacó de golpe de mis pensamientos.
Mi corazón dio un vuelco violento.
La puerta se abrió.
Vorden estaba allí.
Llenaba el marco de la puerta, impecable en su uniforme negro, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y oliendo a jabón caro y a poder absoluto.
Me miró.
Sus ojos oscuros bajaron instantáneamente a mi regazo, luego subieron a mi cara, evaluando, buscando.
—Sigues sentada —dijo, su voz tranquila pero cargada de esa autoridad que hacía que el aire se sintiera más denso—.
Te dije que vendría por ti.
Se adentró en la habitación y el espacio se encogió.
Me puse de pie instintivamente, retrocediendo un paso.
Me sentí ridícula, sucia y pequeña frente a él.
Él estaba limpio; yo llevaba su suciedad pegada a mi piel como una segunda capa.
—¿En qué estabas pensando con esa cara de tragedia?
—preguntó, deteniéndose frente a mí.
Extendió una mano y, con un gesto casi distraído, me acomodó el cuello de la túnica, rozando mi piel sensible con sus nudillos fríos.
—En un pan de centeno —respondí, la verdad saliendo antes de que pudiera detenerla.
Vorden arqueó una ceja, una chispa de diversión cruel iluminando su mirada.
—¿Un pan de centeno?
—Su sonrisa se ensanchó, pero no había calidez en ella.
Era la sonrisa divertida de un depredador mirando a una presa que piensa en cosas insignificantes—.
Eres una criatura de ambiciones ridículamente pequeñas, Cielo.
Su mano bajó del cuello a mi hombro, sus dedos cerrándose sobre mi clavícula con una posesividad pesada que me hizo estremecer.
Sentí el calor de su palma traspasando la tela, quemando la piel que él mismo había marcado hacía unos minutos.
—Aprovecha esta noche —murmuró, su voz bajando a un tono confidencial y oscuro—.
Mañana, cuando llegue la delegación del Norte, el aire en este castillo se volverá irrespirable.
Hoy la cena es solo conmigo…
y con mis soldados observando cada uno de tus movimientos.
Me apretó el hombro, obligándome a mirarlo a los ojos.
—Así que levanta la cabeza.
No camines como la ladrona que eres.
Camina como lo que yo digo que eres.
Si dudas, si muestras un solo instante de debilidad, mis propios hombres olerán la mentira y te destrozarán antes de que sirvan el vino.
Me agarró del brazo, no con delicadeza, sino con la firmeza innegable de quien asegura su propiedad, y tiró de mí hacia el pasillo.
No soy una llave, pensé mientras me arrastraba hacia la boca del lobo.
Soy un fraude.
Pero si ser un fraude me mantiene viva una noche más…
entonces mentiré.
La cena fue un espectáculo de silencio y violencia contenida.
Estábamos sentados en la cabecera, elevados por encima del mar de soldados que comían ruidosamente abajo.
Nadie se atrevía a mirar directamente a nuestra mesa, pero sentía sus ojos en cada bocado que daba.
El aire estaba cargado, espeso, oliendo a carne asada y a la hostilidad de trescientos hombres.
Vorden comía con una calma irritante, cortando su carne con precisión quirúrgica.
Yo, en cambio, apenas podía tragar.
El sabor metálico de mi diente y el nudo en mi estómago hacían que la comida me supiera a ceniza.
De repente, dejó los cubiertos.
Tomó su copa de vino, pero no bebió.
Se limitó a girar el tallo de cristal entre sus dedos gruesos mientras me observaba por encima del borde.
—Mañana —dijo, su voz baja, diseñada para llegar solo a mis oídos a través del estruendo del comedor—, vas a tener que caminar ahí fuera como si fueras la dueña de todo el maldito continente.
Como una reina que se digna a pisar el suelo que otros limpian.
Tragué el trozo de pan que tenía en la boca con dificultad.
—No sé cómo hacen eso las reinas —admití en un susurro áspero—.
Soy una ladrona, Vorden.
Sé caminar para que no me vean, no para que todos me miren.
Él soltó una risa corta, sin humor.
—Te daré las ropas adecuadas.
Sedas del sur, terciopelo, joyas que valen más que la vida de todos los hombres en este salón juntos.
—Sus ojos recorrieron mi túnica sucia con desdén—.
Parecerás parte de la realeza.
Pero el mejor disfraz del mundo no sirve de nada si el actor es una mierda.
Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal sobre la mesa.
Su aroma, ese que ahora estaba impregnado en mi propia piel bajo la ropa, me golpeó de lleno.
—Por suerte —murmuró, y una sonrisa ladeada, casi lobuna, curvó sus labios—, eres altanera.
Y eres increíblemente necia.
Parpadeé, sorprendida por el insulto disfrazado de halago.
—¿Gracias?
—espeté, frunciendo el ceño.
—No es un cumplido, es una herramienta —corrigió él, sus ojos brillando con esa luz extraña—.
Son cualidades que mi especie respeta.
Los gigantes…
los Titanes…
respetamos la audacia.
Sobre todo, en especies más pequeñas y frágiles como la tuya.
Alzó la mano y, con un dedo, levantó mi barbilla, obligándome a sostener su mirada.
Sentí la fuerza latente en ese solo dedo, capaz de romperme la mandíbula si quisiera.
—La mayoría de los humanos, e incluso los elfos, bajan la cabeza cuando ven a uno de nosotros.
Se encogen.
Es instinto de presa.
Pero tú…
—Su pulgar rozó mi labio inferior, tocando el borde de metal—.
Tú me escupiste sangre cuando te rompí la nariz.
Me desafiaste en el baño.
Y ahora, me estás mirando a los ojos como si quisieras clavarme ese cuchillo de mesa en la garganta.
La verdad de sus palabras colgó entre nosotros.
Porque sí, una parte de mí estaba aterrorizada, pero la otra parte, la parte que había sobrevivido en las calles, quería verlo sangrar.
—Eso es lo que necesito mañana —sentenció, soltándome y recostándose en su silla como un rey satisfecho—.
No agaches la cabeza ante los del Norte.
No tiembles.
Míralos con ese desprecio suicida que tienes.
Porque no cualquiera se atreve a mantenernos la mirada, Cielo.
Y si lo haces, creerán que eres mía.
Porque solo algo que me pertenece tendría la arrogancia de no temerles.
Levantó su copa en un brindis burlón hacia mí.
—A tu necedad, elfa.
Que sea lo que nos salve mañana.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com