Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 12
- Inicio
- Todas las novelas
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 12 - 12 Capítulo 11 El Disfraz Perfecto
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
12: Capítulo 11: El Disfraz Perfecto 12: Capítulo 11: El Disfraz Perfecto El camino de regreso fue silencioso, pero no tranquilo.
Mi piel seguía zumbando por la adrenalina de la cena y por la cercanía constante de su cuerpo mientras caminábamos por los pasillos de piedra.
Al llegar a mi puerta, Vorden no se detuvo para una despedida cortés.
Abrió la puerta, empujándola para que se abriera de par en par hacia la oscuridad de mi habitación iluminada solo por las brasas de la chimenea.
Pasé por su lado, tensa, esperando alguna última orden, alguna amenaza velada sobre los Titanes del Norte.
En lugar de eso, sentí el impacto.
Su mano abierta bajó con fuerza sobre mi trasero.
Una palmada seca y sonora que retumbó en el pasillo vacío.
El golpe no fue suave.
Fue firme, posesivo, una marca de propiedad estampada a través de la tela basta de mis pantalones.
El ardor floreció al instante en mi piel, enviando una sacudida de indignación —y una chispa traicionera de calor— directa a mi columna vertebral.
Me giré sobre mis talones, los puños apretados, la sangre hirviendo en mis venas.
—¡No me toques como si fuera una de tus yeguas!
—empecé a gritar, mi voz cargada de veneno, lista para escupirle cada insulto que había aprendido en los barrios bajos.
Pero las palabras murieron en mi garganta.
Vorden ya se estaba alejando, con esa arrogancia perezosa en los hombros, sin siquiera dignarse a mirar atrás.
Pero no fue su indiferencia lo que me calló.
Fue lo que había sobre mi cama.
Olvidé el ardor en mi trasero.
Olvidé el insulto.
Mi instinto de ladrona, esa urraca interior que siempre se sentía atraída por lo brillante, tomó el control absoluto de mi cerebro.
Entré en la habitación como hipnotizada.
Sobre las sábanas —las mismas que todavía llevaban las manchas de nuestra “tregua”— descansaba un vestido.
No era ropa.
Era una declaración de guerra tejida en hilo.
Era de un terciopelo negro tan profundo que parecía absorber la luz del fuego, pesado y suntuoso.
El corpiño estaba rígido, diseñado para realzar y proteger, bordado con hilos de oro que formaban patrones de espinas y dragones.
Y junto a él…
Las joyas.
Un collar de rubíes oscuros, del color de la sangre arterial, engarzados en oro negro.
Anillos pesados.
Brazaletes que parecían esposas ceremoniales.
Me acerqué, extendiendo una mano temblorosa.
Mis dedos sucios, con tierra bajo las uñas, rozaron la suavidad imposible del terciopelo.
—Dioses…
—susurré.
Nunca en mi vida había tocado algo así.
Había robado baratijas, sí.
Monedas de plata, algún anillo de cobre.
Pero esto…
esto valía más que el barrio entero donde nací.
Era un lujo obsceno, violento y magnífico.
La curiosidad devoró mi ira.
Levanté el collar, sintiendo el peso frío de las piedras preciosas contra mi palma callosa.
Brillaban con una luz malévola bajo el resplandor de las brasas.
—Un disfraz —murmuré, recordando sus palabras.
El mejor disfraz del mundo.
Me acerqué el vestido al cuerpo, mirándome en el espejo.
El contraste era ridículo: mi cara lavada, mi pelo enmarañado, la túnica de saco gris…
y encima, esta obra de arte digna de una emperatriz oscura.
Pero por primera vez desde que llegué a este castillo, una sonrisa pequeña y afilada curvó mis labios.
Si tenía que interpretar un papel para salvar mi pellejo, si tenía que ser la reina de los monstruos por un día…
al menos iba a verme espectacular mientras lo hacía.
Solté el vestido sobre la cama con cuidado y miré hacia la puerta cerrada, donde el eco de la palmada de Vorden todavía parecía resonar.
—Muy bien, Titán —dije a la madera vacía—.
Veremos quién se roba el espectáculo mañana.
————————————————————— No me despertó el sol.
Me despertó una invasión.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe y entraron no una, ni dos, sino seis mujeres.
Un pequeño batallón armado con toallas calientes, cubos de agua humeante que olían a lavanda y aceites, y cepillos con cerdas de jabalí.
Me senté en la cama de golpe, con el corazón acelerado, buscando por instinto una daga bajo la almohada que no tenía.
—Arriba, mi señora —dijo la que parecía estar al mando, una mujer robusta con cara de pocos amigos—.
El comandante ha ordenado que esté lista antes de que el sol toque las murallas altas.
Mi primera reacción fue encogerme.
Cubrirme con las sábanas.
Ocultar la suciedad de mi piel, el rastro seco en mi espalda, la marca de mordisco en mi hombro.
Era el instinto de la rata callejera: escóndete y no te verán.
Pero entonces, recordé las palabras de Vorden.
«Camina como si fueras la dueña de todo el maldito continente.» Respiré hondo.
El aire frío de la mañana llenó mis pulmones y endureció mi columna vertebral.
Si me comportaba como una ladrona asustada frente a estas mujeres, el rumor correría por el castillo antes de que me pusiera la primera enagua.
Sabrían que soy un fraude.
Solté la sábana.
No me cubrí.
Me puse de pie desnuda, con la barbilla en alto, dejando que la luz gris de la ventana iluminara cada centímetro de mi cuerpo marcado.
Dejé que vieran los moretones en mis caderas con forma de dedos enormes.
Dejé que vieran la mancha seca en mi espalda baja.
El jadeo colectivo de las criadas fue el sonido más dulce que había escuchado en días.
Sus ojos se abrieron como platos.
Hubo miedo en esas miradas.
Miedo y un respeto nuevo, oscuro y reverencial.
Veían las marcas de la bestia en mí, y eso me convertía en algo intocable.
—¿A qué estáis esperando?
—pregunté.
Mi voz salió fría, aburrida, imitando esa cadencia arrastrada que Vorden usaba cuando quería ser insoportable—.
¿A que el agua se congele?
Llenad la bañera.
Las mujeres parpadearon, saliendo de su estupor, y se movieron a toda prisa.
Me metí en el agua caliente.
Cuando una de las chicas, una joven con manos temblorosas se acercó con una esponja para frotarme la espalda, dudó al ver la suciedad.
—Limpia —ordené, sin mirarla, concentrada en examinar mis uñas sucias—.
Y frota fuerte.
Si queda una sola mancha, haré que tú misma la limpies con la lengua.
La chica palideció y empezó a frotar con un vigor renovado.
Me dejé lavar, peinar y aceitar como una muñeca de porcelana, pero dirigí cada movimiento.
—¡Cuidado!
—espeté cuando la mujer del cepillo me dio un tirón en un nudo—.
Ese cabello vale más que tu vida entera.
Trátalo con respeto o le diré al comandante que intentaste arrancármelo.
La amenaza vacía funcionó a la perfección.
La mujer tragó saliva y empezó a cepillarme como si mi pelo fuera de cristal.
Disfruté del miedo.
Era embriagador.
Por primera vez en mi vida, no era yo la que temblaba.
Era yo la que hacía temblar.
Luego llegó el vestido.
Me pusieron el corsé, apretándolo hasta que mis costillas protestaron, pero no me quejé.
Necesitaba esa presión.
Me hacía sentir contenida, dura.
El vestido de terciopelo negro cayó sobre mí, pesado y suntuoso, tragándose a la chica del callejón y dejando en su lugar a una criatura de sombras y oro.
Me sentaron frente al espejo para ponerme las joyas.
La doncella principal tomó el collar de rubíes oscuros.
Sus manos dudaron cerca de mi garganta.
—Está torcido —señalé, mirándola a través del espejo con ojos de hielo—.
¿Es tu primer día o es que tus ojos no funcionan bien?
—Lo siento, mi señora —murmuró, corrigiendo la posición del collar con dedos nerviosos.
—Mejor —concedí.
Me levanté.
El terciopelo rozó el suelo de piedra.
El collar pesaba en mi cuello como un yugo de reina.
Me pasé la lengua por el diente de metal, sintiendo el frío, y sonreí a mi reflejo.
La ladrona había desaparecido.
La mujer que me devolvía la mirada era altiva, cruel y hermosa de una manera letal.
Parecía exactamente el tipo de mujer que se acostaría con un monstruo y desayunaría con sus huesos.
Me giré hacia el ejército de criadas, que esperaban con la cabeza gacha.
—Podéis retiraros —dije, agitando la mano con desdén—.
Y decidle al comandante que estoy lista.
No me gusta hacer esperar a mis súbditos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com