Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 12 El Precio de la Perfección
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13: Capítulo 12: El Precio de la Perfección 13: Capítulo 12: El Precio de la Perfección Las mujeres hicieron una reverencia apresurada y comenzaron a salir en fila, con los ojos clavados en el suelo.
Pero algo me chirrió.
Un recuerdo afilado de la noche anterior.
—Espera —ordené.
La última en la fila, la más joven, la que me había lavado la espalda con manos temblorosas, se congeló con la mano en el pomo de la puerta.
Se giró despacio, con el terror pintado en cada facción de su cara infantil.
Me acerqué a ella, el terciopelo de mi vestido susurrando contra la piedra.
—El comandante…
—empecé, bajando la voz—.
Él me dijo ayer que no había doncellas en este castillo.
Que no tenía servicio.
La chica tragó saliva.
Sus ojos se llenaron de agua al instante.
Miró hacia el pasillo para asegurarse de que nadie escuchaba y, con un movimiento rápido y desesperado, se subió un poco la tela de la blusa barata.
El aire se me escapó de los pulmones.
En su costado, floreciendo sobre las costillas delgadas, había un hematoma enorme.
Era de un color violeta oscuro, casi negro, con bordes amarillentos.
La marca inconfundible de una bota militar o de la empuñadura de una espada.
—No las había, mi señora —susurró, con la voz rota por el llanto contenido—.
Sus soldados…
nos sacaron de nuestras casas anoche.
Rompieron las puertas mientras dormíamos.
Se bajó la blusa rápidamente, temblando como una hoja.
—Nos trajeron a rastras para esto.
Para usted.
—Me miró a los ojos, y ya no vi respeto, vi una súplica de vida o muerte—.
El comandante dijo que si usted no estaba impecable…
que si no parecía una diosa…
nosotras pagaríamos el precio por nuestra incompetencia.
Una lágrima se deslizó por su mejilla sucia.
—Nuestra libertad, nuestra vida…
todo depende de cómo se vea usted para la comida.
No esperó mi respuesta.
Soltó un sollozo ahogado, abrió la puerta y corrió hacia el pasillo, dejándome sola.
La puerta se cerró con un clic suave.
Me quedé allí, paralizada en medio de la habitación, rodeada de lujo.
El vestido de terciopelo que hace un segundo me parecía una armadura de poder, de repente se sintió increíblemente pesado.
Asfixiante.
No era una reina.
Era una excusa.
Vorden no solo me había vestido; había secuestrado y aterrorizado a mujeres inocentes solo para asegurarse de que mi pelo estuviera brillante.
Mi vanidad, mi pequeño momento de “empoderamiento” frente al espejo, estaba construido sobre los huesos rotos y el terror de esas chicas.
Me llevé la mano a la boca, rozando el diente de metal.
Sabía a sangre.
El juego acababa de cambiar.
Ya no se trataba solo de mi supervivencia.
Si fallaba hoy, si no convencía a los Titanes, la sangre de esas chicas también estaría en mis manos.
Volví al espejo.
Ya no me miraba con vanidad.
Me miraba con la precisión obsesiva de un artificiero desactivando una bomba.
Alisé una arruga inexistente en la falda de terciopelo negro.
Comprobé que el cierre del collar de rubíes estuviera recto, alineado milimétricamente con mi columna vertebral.
Me aseguré de que ni un solo cabello plateado escapara del recogido elaborado.
Perfecta, me repetí, aunque el estómago se me revolvía.
Tienes que estar perfecta.
Por ellas.
Cada detalle tenía que ser impecable.
Si una costura estaba torcida, si mi postura flaqueaba, el precio no lo pagaría yo.
Lo pagarían las costillas de esa chica.
La puerta se abrió sin llamar.
No necesité girarme para saber que era él.
La temperatura de la habitación pareció subir y bajar al mismo tiempo, una fluctuación violenta que erizó el vello de mi nuca.
Su aroma a sangre y especias oscuras llenó el aire, reclamando el espacio.
Lo vi aparecer en el reflejo del espejo, detrás de mi hombro.
Llevaba un traje formal de corte militar, negro sobre negro, con bordados de hilo de plata que destellaban como relámpagos atrapados en la tela.
Estaba devastadoramente guapo, de esa manera cruel y afilada que hacía que te odiaras por notarlo.
Sus ojos, pozos de oscuridad antigua, recorrieron mi figura de arriba abajo.
Se detuvieron en la curva de mi cuello, en la cintura ceñida por el corsé, en la caída del terciopelo.
No hubo un suspiro de admiración.
Solo un asentimiento clínico.
—Al menos ya no pareces una rata de alcantarilla —dijo, su voz plana, desprovista de calidez.
Sentí la ira burbujear en mi garganta, caliente y ácida, alimentada por la imagen del moretón en la criada.
Me giré despacio, controlando cada músculo, moviéndome con la fluidez letal que él mismo me había exigido.
Levanté la barbilla, mostrándole mi perfil, dejando que la luz de la mañana arrancara destellos sangrientos a los rubíes.
—Me veo perfecta —corregí, mi voz sonando tan fría como el acero—.
Y más te vale recordarlo.
Di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, obligándolo a mirarme desde mi nueva altura, realzada por los tacones y por la furia.
—Y otra cosa, comandante —siseé, bajando la voz a un susurro peligroso—.
No me hables así frente a los otros.
Él arqueó una ceja, la diversión bailando en sus ojos ante mi atrevimiento.
—¿O qué, Cielo?
Sonreí, y me aseguré de enseñar el diente de metal.
—O te dejaré un tatuaje con la forma de mi mano en tu precioso rostro.
Y créeme, con estos anillos pesados, no se te borrará en una semana.
El silencio se estiró entre nosotros, tenso como una cuerda de arco.
Esperé su ira.
Esperé que me recordara quién era el dueño y quién la mascota.
Pero Vorden sonrió.
Fue una sonrisa lenta, depredadora, llena de dientes blancos y aprobación oscura.
Se inclinó hacia mí, tanto que su aliento rozó mis labios pintados de rojo.
—Esa es la actitud —murmuró—.
Mantén esas garras afiladas, elfa.
Porque los invitados acaban de llegar.
Y están hambrientos.
Me ofreció el brazo, un gesto de caballero burlón.
—¿Vamos a darles un espectáculo?
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