Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 13 El Banquete de los Monstruos
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14: Capítulo 13: El Banquete de los Monstruos 14: Capítulo 13: El Banquete de los Monstruos Las puertas del Gran Salón se abrieron con un gemido de madera y hierro que resonó como un trueno.
El ruido que nos golpeó fue una pared física.
Risas graves, el sonido de huesos rompiéndose, el choque de copas de metal.
Pero lo peor fue el olor.
No olía a banquete real.
Olía a una carnicería.
Sangre rancia, pieles sin curtir, sudor ácido y carne asada demasiado poco hecha.
Vorden no vaciló.
Entró con la barbilla alta, arrastrándome con él, su brazo bajo el mío duro como una barra de hierro.
—No tiembles —susurró sin mover los labios.
—No estoy temblando —mentí, aunque mis rodillas se sentían líquidas—.
Estoy conteniendo las ganas de vomitar por el olor.
Al dar el primer paso dentro, el silencio cayó sobre la sala como una guillotina.
Cientos de cabezas se giraron.
Si los soldados de Vorden me daban miedo, los seres que ocupaban las mesas largas del centro me helaron la sangre.
Eran enormes.
Incluso sentados, sus hombros eran el doble de anchos que los de un hombre normal.
Llevaban pieles de osos y lobos sobre armaduras abolladas, y sus pieles tenían tonos grisáceos, como piedra erosionada.
Titanes.
No eran hermosos como Vorden.
Eran brutales.
Eran montañas de cicatrices y músculo deforme.
Sentí sus miradas clavarse en mí.
No eran ojos humanos.
Eran ojos amarillos, rojos y negros, brillando con una inteligencia maliciosa y hambrienta.
Vorden me guio a través del pasillo central hacia la mesa principal.
Caminábamos entre los monstruos.
Podía escuchar sus respiraciones pesadas, podía sentir el calor que irradiaban sus cuerpos masivos.
—Vaya, vaya…
—una voz retumbó desde una de las mesas cercanas, profunda como piedras rodando en una cueva—.
El mestizo ha traído postre.
Un Titán se puso de pie, bloqueando nuestro camino.
Era inmenso.
Tenía una cicatriz que le cruzaba la cara partiendo su nariz en dos y le faltaba una oreja.
Apestaba a cerveza rancia y a sangre vieja.
Vorden se detuvo.
Sentí cómo sus músculos se tensaban bajo la tela de su traje, preparándose para la violencia.
Pero no hizo nada.
Me miró de reojo, esperando.
«Si dudas, te comerán.» El Titán se inclinó hacia mí.
Su cara quedó a centímetros de la mía.
Pude ver los restos de carne cruda entre sus dientes amarillos.
Inhaló profundamente, olfateándome descaradamente, buscando el miedo.
—Huele a elfa —gruñó, y una gota de saliva cayó al suelo cerca de mi zapato—.
Pero huele…
raro.
Sus ojos amarillos se clavaron en los míos.
—¿Estás perdida, cosita?
—se burló, extendiendo una mano del tamaño de mi cabeza hacia mi cara—.
¿O eres el juguete nuevo del comandante?
Mi corazón martilleaba tan fuerte que pensé que se me rompería una costilla.
Pero entonces, la imagen de la criada golpeada cruzó mi mente.
Si yo mostraba miedo ahora, ellas morirían.
El miedo se convirtió en hielo.
No retrocedí.
Ni un milímetro.
Levanté la mano y, con un movimiento rápido y seco, aparté su garra mugrienta de mi cara.
El sonido del golpe resonó en el silencio del salón.
El Titán parpadeó, aturdido.
Nadie, nunca, lo había tocado.
—Quita tu mano sucia de mi camino —dije.
Mi voz no tembló.
Salió clara, nítida y cargada de un desprecio real—.
Hueles a perro mojado y estás bloqueando mi vista.
El Titán rugió, su cara contorsionándose de ira.
Levantó el puño para aplastarme.
Pero entonces, se detuvo.
Volvió a olfatear.
Sus fosas nasales se dilataron.
Sus ojos bajaron a mi cuerpo, a mi cuello, captando finalmente el aroma que Vorden me había obligado a llevar.
El olor del comandante.
El olor de la propiedad reclamada.
El Titán bajó la mano lentamente, pero sus ojos no dejaron los míos.
Había odio allí, sí.
Pero también había duda.
—Vorden —gruñó el gigante, mirando a mi acompañante—.
Tu mascota tiene dientes.
Vorden soltó una risa oscura, relajada, y pasó su brazo alrededor de mi cintura, atrayéndome contra su costado con una posesividad asfixiante.
—Dientes de metal, de hecho —corrigió Vorden, sonriendo con crueldad—.
Y te sugiero que no intentes tocarlos, Kaelor.
A menos que quieras perder esa mano.
Vorden me empujó suavemente hacia adelante, obligando al gigante a apartarse o ser atropellado.
Kaelor se apartó, gruñendo, dejándonos pasar.
Seguí caminando, con la cabeza alta, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda.
—Bien hecho —susurró Vorden en mi oído, y por primera vez, hubo una nota de auténtica admiración en su voz—.
Casi te orinas encima, pero lo hiciste bien.
—Cállate —siseé, sonriendo falsamente a la sala—.
Solo llévame a una silla antes de que mis piernas recuerden que no son de piedra.
Mantenemos esa atmósfera de tensión donde cada sorbo y cada palabra son una maniobra de poder.
La cena avanzó, no con cortesía, sino con una brutalidad festiva.
Los Titanes no comían; devoraban.
Arrancaban la carne de los huesos con los dientes, limpiándose la grasa en las pieles que vestían, y bebían vino negro en jarras que parecían barriles pequeños.
Y yo bebía con ellos.
El vino era espeso, fuerte, con un regusto a especias y sangre que habría tumbado a cualquier dama de la corte en el primer sorbo.
Pero yo no era una dama.
Yo había crecido bebiendo licor de patata destilado en bañeras oxidadas para quitarme el frío de los huesos en las noches de invierno.
Ese veneno barato quemaba el estómago; esto…
esto era néctar en comparación.
Vorden me observaba por el rabillo del ojo cada vez que un sirviente me rellenaba la copa.
Veía la tensión en sus hombros, esperando que me desmayara o empezara a balbucear.
Pero no lo hice.
Mantuve la espalda recta, el mentón alto y la copa llena.
El alcohol entumeció el miedo, dejando en su lugar una claridad fría y temeraria.
—¡Jah!
—Uno de los Titanes, un gigante de piel grisácea sentado tres sillas más abajo, golpeó la mesa con su puño, haciendo saltar los cubiertos—.
¡Mírala!
Se inclinó hacia delante, ignorando la grasa que le corría por la barba trenzada.
—Tu elfa bebe como un jabalí, Vorden —bramó, con una mezcla de incredulidad y respeto rudo—.
No he visto a hembras humanas aguantar ni la mitad de ese vino sin caerse bajo la mesa.
¿De dónde sacaste a una criatura así?
¿Del fondo de una botella?
El salón se quedó en silencio momentáneo.
Vorden abrió la boca para responder, probablemente con alguna mentira elegante sobre mi linaje o mi entrenamiento.
Su mano se movió hacia su copa, relajada pero lista.
No le dejé hablar.
Dejé mi copa sobre la mesa con un clic suave pero audible.
Giré la cabeza lentamente hacia el gigante, regalándole una sonrisa perezosa que mostraba el destello plateado de mi diente.
—Yo diría que yo lo encontré a él —interrumpí, mi voz suave, sedosa, cortando el aire denso del salón.
Sentí la mirada de Vorden quemándome el lado de la cara, sorprendido.
Los ojos del gigante se abrieron un poco más.
Me encogí de hombros, rozando el terciopelo de mi vestido, y sostuve la mirada del monstruo sin pestañear.
—Pero esa historia es para otra ocasión, señores —concluí, levantando mi copa en un brindis burlón hacia él—.
Sigan disfrutando de la comida.
La carne se enfría.
El gigante parpadeó, procesando la audacia.
Luego, soltó una carcajada estruendosa que hizo temblar las lámparas de araña.
—¡Tiene agallas, mestizo!
—gritó el Titán, levantando su propia jarra hacia mí—.
¡Me gusta!
Vorden soltó el aire que estaba conteniendo.
Su mano, que había estado tensa sobre el mantel, se deslizó por debajo de la mesa hasta encontrar mi rodilla.
Apretó con fuerza, sus dedos clavándose en mi piel a través de la tela.
No me miró, pero vi la curva leve de su sonrisa mientras tomaba un sorbo de su vino.
—Te gusta jugar con fuego, Cielo —murmuró, tan bajo que solo yo pude escucharlo.
—Si voy a arder —respondí, bebiendo de nuevo—, al menos que sea divertido.
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