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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Capítulo 14 Sin mascaras
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15: Capítulo 14: Sin mascaras 15: Capítulo 14: Sin mascaras El banquete terminó no con un brindis formal, sino con el sonido estruendoso de bancos de madera siendo arrastrados contra la piedra y el crujido de huesos de pollo bajo botas pesadas.

Los Titanes se levantaron en masa, una marea de pieles grises y olor a violencia.

El aire en el salón pareció aligerarse un poco, aunque la amenaza seguía ahí, latente.

El líder del grupo, Kaelor, el mismo que había intentado olfatearme al principio, se detuvo frente a nuestra mesa antes de salir.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a Vorden desde su altura imponente, con ese desprecio casual que solo los puros reservan para los mezclados.

—No lo olvides, mestizo —gruñó, su voz retumbando como un trueno lejano—.

Sigues a prueba.

Por ahora…

estás a salvo.

Los Clanes no tocarán tu territorio mientras cumplas tu cuota.

Vorden no se levantó.

Se quedó recostado en su silla, con esa elegancia letal que lo caracterizaba, pero vi cómo los nudillos de la mano que sujetaba su copa se ponían blancos.

—Mis cuotas siempre se cumplen, Kaelor —respondió Vorden con frialdad.

El Titán soltó un bufido y luego sus ojos amarillos se desviaron hacia mí.

Me recorrió de arriba abajo una última vez, pero ya no había duda en su mirada.

Había una especie de respeto retorcido.

—Usualmente, no le permitiríamos a un mestizo reclamar una pareja —dijo, escupiendo la palabra “mestizo” como si fuera un hueso atascado—.

Es un privilegio de sangre pura.

Pero tu elfa…

—Hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa—.

Tiene agallas.

Se inclinó un poco más, bajando la voz en una confidencialidad burlona que resonó en todo el silencio del salón.

—Mantenla vigilada, Vorden.

Una hembra con esa mirada podría rajarte la garganta mientras duermes.

El grupo de Titanes estalló en carcajadas.

Fue un sonido gutural, salvaje, que rebotó en las paredes de piedra.

Se rieron de la idea de Vorden sangrando, se rieron de la violencia doméstica como si fuera el mejor chiste de la noche.

Kaelor le dio una palmada en el hombro a Vorden que habría dislocado el brazo de un hombre normal, y se dio la vuelta.

—Nos vamos.

Que tus sombras te protejan, mestizo.

Los vimos salir.

Sus pasos pesados hicieron vibrar el suelo hasta que cruzaron el umbral y las enormes puertas del Gran Salón se cerraron tras ellos con un sonido definitivo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Vorden no se movió durante un largo minuto.

Mantuvo la vista clavada en las puertas cerradas, la máscara de indiferencia empezando a agrietarse por los bordes.

Yo solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo, mis hombros cayendo bajo el peso del terciopelo.

Me toqué el cuello, donde el pulso me latía desbocado.

—”Podría rajarte la garganta mientras duermes” —repetí en un susurro, mirando mi copa vacía—.

No saben cuánta razón tienen.

Vorden giró la cabeza lentamente hacia mí.

La tensión se drenó de su rostro, dejando paso a un cansancio repentino y humano.

—Lo sé —dijo, tomando un trago largo de su vino—.

Por eso duermo con un ojo abierto, Cielo.

Vorden dejó su copa vacía sobre la mesa.

El sonido del cristal contra la madera fue el punto final de la noche.

Se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos con un gesto de cansancio que casi lo hacía parecer humano.

Por un segundo, el monstruo desapareció y solo quedó un hombre agotado por la política de la supervivencia.

Pero la ilusión duró poco.

Bajó la mano y sus ojos oscuros me encontraron de nuevo, fríos y calculadores.

—Ve a tu habitación, Aldariel —ordenó, su voz rasposa—.

Las doncellas te pondrán el pijama.

Cuando terminen, diles que podrán irse a casa.

Me quedé quieta un segundo, procesando sus palabras.

—¿A casa?

—repetí, asegurándome de haber escuchado bien—.

¿Son libres?

—Hicieron su trabajo.

Tú hiciste el tuyo —dijo él, recostándose en la silla y desabrochándose el primer botón de su chaqueta militar—.

El trato está cerrado.

Mis soldados las escoltarán a la ciudad.

Nadie las tocará.

Asentí, una sola vez.

No le di las gracias.

No se le dan las gracias a un secuestrador por liberar a sus rehenes.

Pero sentí un nudo aflojarse en mi pecho, uno que no sabía que estaba apretando mis pulmones desde la mañana.

Me di la vuelta y salí del Gran Salón, dejando al comandante solo en la inmensidad vacía de su trono, rodeado de restos de comida y olor a bestia.

El camino a mi habitación fue borroso.

Mis piernas, que habían estado firmes frente a los Titanes, ahora temblaban con cada paso.

El corsé se sentía como una jaula de hierro que me cortaba la respiración.

Cuando abrí la puerta de mi cuarto, las seis mujeres estaban allí.

Estaban de pie en fila, pálidas, con los ojos rojos de haber llorado en silencio, esperando su sentencia.

La joven del moretón dio un paso al frente cuando me vio, sus manos retorciendo su delantal.

—Mi.… mi señora —tartamudeó, escaneando mi rostro, buscando señales de ira o de fracaso—.

¿El comandante…?

Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé en ella, soltando un suspiro largo.

—Quitadme esto —dije, señalando el vestido—.

Y sed rápidas.

Se movieron al instante.

Manos expertas pero nerviosas desabrocharon el collar de rubíes, quitaron los anillos pesados y aflojaron las cuerdas del corsé.

Cuando la última cinta se soltó y pude respirar hondo por primera vez en horas, el vestido de terciopelo cayó al suelo formando un charco de oscuridad a mis pies.

Me quedé en ropa interior, sintiendo el aire frío, pero también sintiéndome extrañamente más ligera.

La doncella más joven me tendió un camisón de seda blanca.

Era sencillo, suave, la antítesis de la armadura que acababa de quitarme.

Me lo puse, dejando que la seda fresca calmara mi piel irritada.

—Ya está —murmuré, ajustándome los tirantes.

Me giré hacia ellas.

Me miraban con expectación aterrorizada.

—Podéis iros —dije.

Las palabras salieron suaves, pero resonaron como un grito en la habitación—.

El comandante ha dado la orden.

Sois libres.

Volved a vuestras casas.

Hubo un silencio de incredulidad.

Y luego, el alivio rompió la presa.

La mujer mayor soltó un sollozo.

La joven se llevó las manos a la boca.

—Gracias…

oh, gracias, mi señora —lloró la chica, haciendo una reverencia torpe y profunda.

—No me deis las gracias a mí —corté, incómoda, sintiendo el peso de su gratitud inmerecida—.

Solo…

largaos de aquí antes de que cambie de opinión.

Corred.

No tuvieron que decírselo dos veces.

Recogieron sus cosas y salieron disparadas hacia la puerta, huyendo de la pesadilla, huyendo del castillo del monstruo.

La última chica se detuvo un segundo en el umbral, me miró con una mezcla de admiración y lástima, y luego cerró la puerta.

El clic del cerrojo me dejó sola de nuevo.

Miré el vestido tirado en el suelo y las joyas esparcidas sobre la mesa.

Había sobrevivido.

Había engañado a los Titanes.

Y había salvado a las chicas.

Me dejé caer en la cama, enterrando la cara en la almohada que todavía olía, débilmente, a Vorden.

—Uno a cero, Titán —susurré contra la tela, antes de que el agotamiento me arrastrara hacia la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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