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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 15 Ecos de Metal y Magia
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16: Capítulo 15: Ecos de Metal y Magia 16: Capítulo 15: Ecos de Metal y Magia El sueño no fue un descanso.

Fue una repetición.

Estaba de vuelta en el callejón.

La oscuridad olía a pescado podrido y humedad.

Escuché el crujido húmedo del cuello del guardia rompiéndose, y luego…

Vorden se giró hacia mí.

Pero esta vez no me golpeó.

Esta vez, el callejón se disolvió en las sábanas de seda de mi habitación.

El peso de un Titán me aplastaba contra el colchón.

Sentí el ardor de la invasión, la fricción innegable que mi cuerpo había traicionado, el sudor de él goteando sobre mi espalda marcada.

El sabor metálico del diente nuevo llenaba mi boca, un recordatorio constante de que mi boca, mi cuerpo, ya no eran míos.

—Eres mía, Cielo.

Grita mi nombre.

Grité.

Grité en el sueño, luchando contra las sombras que tenían sus manos, contra el fantasma de su aliento caliente en mi cuello.

Me desperté con un grito ahogado que me rasgó la garganta.

Me incorporé de golpe en la cama, el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro atrapado.

Estaba empapada en sudor frío.

Las lágrimas me nublaban la vista, calientes y vergonzosas, corriendo por mis mejillas.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por las brasas moribundas de la chimenea.

Jadeé, tratando de orientarme, tratando de separar la pesadilla de la realidad.

Estoy sola.

Estoy a salvo.

Se acabó.

La puerta se abrió de golpe.

No hubo llamada.

No hubo advertencia.

La madera chocó contra la pared de piedra con un estruendo violento.

Una silueta masiva llenó el marco de la puerta, recortada contra la luz de las antorchas del pasillo.

Vorden.

El instinto se apoderó de mí.

Olvidé a la “reina” de terciopelo negro que había desafiado a los Titanes.

Olvidé la victoria de anoche.

En ese momento, solo era la rata callejera que había sido golpeada, violada y marcada por el hombre que ahora estaba parado allí.

Me agazapé.

Retrocedí gateando por el colchón hasta chocar contra la cabecera de madera fría.

Me hice pequeña en la esquina más oscura de la cama, subiendo las rodillas al pecho, envolviéndome con los brazos en un intento patético de protección.

Temblaba de pies a cabeza.

Vorden entró en la habitación.

Llevaba el mismo pantalón de entrenamiento negro, pero estaba descalzo y sin camisa.

Su pecho ancho y lleno de cicatrices subía y bajaba rápidamente.

Sus ojos, pozos negros que brillaban con una luz extraña en la oscuridad, me encontraron al instante.

Escanearon mi figura encogida, las lágrimas en mi cara, el terror puro en mi postura.

Se detuvo a los pies de la cama.

El silencio se estiró, denso y sofocante.

—Creí que ya te estabas endureciendo, Cielo —dijo.

Su voz era baja, ronca por el sueño, pero la burla habitual sonaba extrañamente plana.

No había el veneno de siempre.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, odiando que me viera así.

Odiando el miedo que me paralizaba los músculos.

—¿Por qué…?

—Mi voz se quebró.

Tuve que tragar saliva y empezar de nuevo—.

¿Por qué has venido?

No había gritado en voz alta.

Lo sabía.

Mi grito se había quedado en la pesadilla.

No había hecho ningún ruido que justificara esta irrupción.

Vorden dio un paso hacia mí.

Vi cómo sus dedos se flexionaban a sus costados.

Parecía…

inquieto.

La inmovilidad de depredador había desaparecido, reemplazada por una tensión nerviosa que no le pegaba.

—Tu magia —respondió de inmediato.

Las palabras salieron rápidas, sin el filtro calculado que solía usar—.

Estaba agitada.

Errática.

Asustada.

Se sentía como electricidad estática recorriendo los pasillos.

Sus ojos se clavaron en los míos, y por un segundo, la máscara del comandante frío cayó por completo.

Había algo crudo en su mirada.

Una urgencia.

—Vine a ver que estuvieras bien.

El silencio volvió a caer, pero esta vez estaba cargado de una confesión que ninguno de los dos esperaba.

Él pareció darse cuenta de lo que había dicho.

Su mandíbula se tensó.

La frialdad volvió a sus ojos como una compuerta cerrándose de golpe.

Enderezó los hombros, recuperando su armadura de indiferencia.

—Como dije —añadió, con un tono clínico y desapegado—, muerta no me sirves.

Se dio la vuelta para irse, tan bruscamente como había entrado.

Pero yo ya no estaba temblando.

Mis brazos cayeron a mis costados, y me quedé mirando su espalda ancha llena de cicatrices mientras se alejaba hacia la puerta.

Sus palabras resonaban en mi cabeza, más fuertes que cualquier pesadilla.

¿Magia?

—¡Respóndeme!

—le grité antes de que cruzara el umbral.

La palabra rebotó en las paredes de piedra.

Me impulsé hacia adelante, saliendo del refugio de las sábanas, ignorando el frío que me golpeó la piel sudada.

—¿Qué magia?

—exigí, la confusión y la rabia superando al miedo—.

Soy una ladrona, Vorden.

¡Robo pan, no lanzo hechizos!

¡Dímelo!

Él se detuvo.

Su mano se quedó suspendida sobre el pomo de la puerta.

Los músculos de su espalda desnuda se tensaron, cada cicatriz blanca destacando como un mapa de violencia sobre su piel oscura.

Pero no se giró.

No me enfrentó.

—Vorden —insistí, mi voz temblando por la desesperación de entender—.

¡No puedes soltar eso e irte!

—No —dijo.

Su voz era un muro de piedra.

Infranqueable.

Giró la cabeza ligeramente, lo suficiente para que yo viera su perfil duro, recortado contra la luz del pasillo.

Ya no había urgencia ni preocupación en su rostro.

Solo cansancio y esa distancia abismal que siempre ponía entre nosotros cuando sentía que perdía el control.

—No ahora.

No esta noche.

Abrió la puerta.

El aire del pasillo entró, frío y ajeno.

—Descansa —ordenó, sin mirarme, con ese tono de mando que no admitía réplica—.

Cuando estés lista…

hablaremos.

Y salió.

La puerta se cerró con un clic suave, definitivo.

Me quedé allí, sentada en medio de la cama deshecha, con el pecho agitado y las manos vacías aferrando la seda del camisón.

La palabra “magia” flotaba en el aire viciado de la habitación como humo, pesada, imposible.

Me miré las manos.

Las mismas manos sucias, callosas, que habían pelado patatas y cortado bolsas en los mercados bajos.

No se veían diferentes.

No brillaban.

No vibraban.

Pero él lo había sentido.

Él había venido corriendo.

Y por primera vez, el miedo a Vorden fue reemplazado por un miedo mucho más profundo y antiguo: el miedo a lo que yo era realmente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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