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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capítulo 17 Guerra perdida
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18: Capítulo 17: Guerra perdida 18: Capítulo 17: Guerra perdida El patio de entrenamiento estaba bañado por un sol implacable que hacía brillar la obsidiana de los muros.

El aire olía a polvo seco y a sudor antiguo.

Vorden se detuvo en el centro de la arena.

Se giró hacia mí, relajado, con los brazos colgando a los costados.

No adoptó una postura de combate.

Ni siquiera levantó los puños.

Se quedó allí parado como una estatua de arrogancia, invitándome a romperme contra él.

—Ataca —dijo.

Una sola palabra.

Plana.

No esperé.

La furia que había estado hirviendo en mi estómago desde el desayuno estalló.

No busqué una daga de madera esta vez.

Agarré una vara de entrenamiento de roble macizo del armero.

Pesaba, pero no me importó.

Quería hacerle daño.

Quería romperle un hueso, igual que él me había roto a mí.

Grité, un sonido rasgado y gutural, y cargué contra él.

La vara descendió buscando su clavícula.

Vorden ni siquiera parpadeó.

Dio un medio paso a la izquierda, un movimiento tan económico que pareció perezoso, y la vara silbó en el aire vacío, golpeando el suelo con un crac que me hizo vibrar los dientes.

Giré sobre mis talones, usando el impulso para lanzar un barrido lateral hacia sus rodillas.

—¡Cuéntame qué sabes de mí!

—grité, la pregunta saliendo con el golpe.

Él saltó.

Un salto corto, apenas elevándose lo suficiente para que la madera pasara por debajo de sus botas.

Aterrizó en silencio.

—Lenta —murmuró.

Arremetí de nuevo, esta vez una estocada directa a su plexo solar.

—¡Dime qué magia!

—exigí, mis pulmones ardiendo.

Él desvió la punta de la vara con el dorso de la mano, como si espantara una mosca.

El impacto me desequilibró, pero me recuperé, transformando la caída en un giro para golpearle la cara.

—¡¿Por qué estabas en ese callejón de mierda?!

—bramé, la frustración haciéndome llorar los ojos.

Esta vez, no esquivó.

Levantó el antebrazo y bloqueó el golpe.

Madera contra hueso de Titán.

El sonido fue seco, brutal.

La vibración recorrió mis brazos hasta los hombros, un dolor agudo que casi me hace soltar el arma.

A él no pareció dolerle.

Ni siquiera hizo una mueca.

Me quedé allí, empujando la vara contra su brazo con todas mis fuerzas, nuestras caras a centímetros de distancia.

Veía mis propios ojos reflejados en sus pupilas oscuras: salvajes, desesperados.

—¿Por qué me tienes aquí?

—siseé, escupiendo saliva y rabia—.

¡Dímelo!

Vorden me miró.

No había nada en su rostro.

Ni burla, ni ira, ni esa curiosidad de anoche.

Solo una pared vacía.

—Porque eres débil —respondió.

Con un empujón brusco de su brazo, me lanzó hacia atrás.

Tropecé, pero no caí.

No todavía.

—¡No soy débil!

—aullé.

Me lancé una última vez.

Fue un ataque suicida.

Abandoné toda técnica, toda defensa.

Solo quería golpearlo.

Quería borrar esa expresión de superioridad de su cara perfecta.

Lancé una lluvia de golpes.

Arriba, abajo, costado.

Bloqueo.

Esquiva.

Bloqueo.

Era inútil.

Era como intentar pelear contra el mar.

Él fluía alrededor de mi violencia, anulándola, absorbiéndola.

Yo me estaba rompiendo en pedazos por el esfuerzo, y él apenas estaba respirando más fuerte.

Mis músculos ardían.

El sudor me cegaba.

El diente de metal sabía a óxido en mi boca.

—¡Pelea!

—le grité, desesperada, lanzando un golpe torpe a su cabeza—.

¡Pelea conmigo, maldito monstruo!

Vorden se cansó.

Atrapó la vara en el aire con una mano.

Su agarre fue de acero.

Detuvo mi ataque en seco, absorbiendo toda la inercia.

Tiró de la vara hacia él.

Yo, que la aferraba como un salvavidas, salí volando hacia su cuerpo.

Me soltó la vara con una mano y con la otra me agarró por el cuello de la camisa.

Me levantó del suelo, dejándome colgada, con los pies pataleando en el aire, jadeando, derrotada.

Me sostuvo allí un segundo, mirándome como quien mira a un perro rabioso que no deja de ladrar.

—Tu furia es humana, Aldariel —dijo, su voz tranquila contrastando con la violencia del momento—.

Es ruidosa.

Es desordenada.

Y es inútil.

Me soltó.

No me bajó.

Me dejó caer.

Golpeé el suelo de tierra compactada con la espalda.

El aire salió de mis pulmones con un sonido húmedo.

Me quedé allí, mirando el cielo azul brillante, incapaz de moverme, incapaz de respirar, con el cuerpo palpitando de dolor y vergüenza.

Había fallado.

No le había tocado ni un pelo.

No había obtenido ni una sola respuesta.

La sombra de Vorden cayó sobre mí, tapando el sol.

—Te veo en la cena —dijo.

Escuché sus pasos alejándose, rítmicos y pesados, dejándome tirada en el polvo mientras los soldados alrededor volvían a sus ejercicios en silencio, fingiendo que no acababan de ver a su comandante aplastar a una mujer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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