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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 1 El Beso del Verdugo
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2: Capítulo 1: El Beso del Verdugo 2: Capítulo 1: El Beso del Verdugo El aire en el callejón todavía crepitaba con la violencia de hace unos segundos, pero mi corazón no latía desbocado por el miedo.

No ya no.

Latía por él.

Se cernía sobre mí, una pared de músculo puro y letalidad controlada que bloqueaba la poca luz de la luna.

Acababa de matar por mí, y maldita sea, la violencia no debería verse tan bien en nadie.

Pero en él…

era devastador.

Su pecho subía y bajaba, rozando casi con el mío, invadiendo mi espacio personal de esa manera que hacía que todo mi sistema nervioso se encendiera como una tormenta eléctrica.

—¿Estás herida?

—Su voz era un gruñido bajo, una vibración que sentí directamente en mis huesos.

Negué con la cabeza, incapaz de formar palabras.

Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios.

La tensión entre nosotros se tensó, un cable a punto de romperse.

Había una promesa en esa mirada, un hambre que reflejaba la mía.

Bésame, supliqué en silencio, dejando que la adrenalina se transformara en algo mucho más líquido y caliente.

Bésame y hazme olvidar.

El mundo se redujo a la curva de su mandíbula y al calor que irradiaba su cuerpo.

Se inclinó hacia mí.

Cerré los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, rindiéndome, esperando la presión de su boca, la suavidad contrastando con su fuerza…

El impacto no fue un beso.

Fue una colisión sísmica.

Un estallido de dolor blanco y cegador explotó en el centro de mi cara.

El sonido repugnante del cartílago rompiéndose resonó dentro de mi cráneo un milisegundo antes de que la fuerza del golpe lanzara mi cabeza hacia atrás.

Mi cráneo rebotó contra los ladrillos con un crac seco que hizo vibrar mis dientes.

Me deslicé por la pared, las rodillas cediendo mientras el mundo daba vueltas en una neblina roja y palpitante.

—¿P-por q…?

—intenté preguntar.

Pero las palabras no salieron.

Solo hubo un gorgoteo húmedo.

Escupí, y algo duro y blanco repiqueteó contra los adoquines sucios, rodando en un charco de mi propia sangre.

Mi diente.

Levanté la vista, mareada, a través de las lágrimas que me nublaban la visión.

Él seguía allí, mirándome.

Ya no había deseo en sus ojos.

Solo una frialdad calculadora.

El dolor llegó en una segunda oleada, más densa y pesada que la primera.

No era solo el latido agónico en mi nariz o el hueco palpitante donde segundos antes había estado mi diente.

Era la traición.

Una puñalada fría y venenosa que dolía más que el golpe físico.

Él me salvó, gritó mi mente, luchando por encontrarle sentido a la locura.

Mató por mí.

Pero mientras parpadeaba, tratando de limpiar las manchas negras que bailaban en mi visión, lo vi limpiarse los nudillos.

Un movimiento casual, casi aburrido, como si se quitara una mota de polvo y no mi sangre.

—¿Por…

qué?

—gorgoteé de nuevo.

La palabra salió envuelta en una burbuja roja que estalló en mis labios.

Él no respondió.

Ni siquiera parpadeó.

Esa mandíbula perfecta que yo había querido besar seguía tensa, pero sus ojos…

dioses, sus ojos estaban vacíos.

No había arrepentimiento.

No había la más mínima chispa de preocupación.

Solo una indiferencia aterradora.

El callejón comenzó a inclinarse hacia la izquierda.

O tal vez era yo.

Mis piernas, que habían aguantado la carrera y el miedo a la muerte, decidieron que ya habían tenido suficiente de este salvador convertido en verdugo.

Se volvieron de agua.

El suelo de adoquines, sucio y helado, subió de golpe para recibirme.

El impacto contra mi hombro se sintió lejano, amortiguado, como si le estuviera pasando a otra persona.

El zumbido en mis oídos ahogó el ruido de la ciudad, convirtiéndose en un rugido estático.

Lo último que vi, antes de que las sombras se tragaran lo poco que quedaba de mi consciencia, fueron sus botas negras.

Inmóviles.

Plantadas firmemente junto a mi cabeza.

Me salvaste para romperme tú mismo, pensé, mientras la oscuridad fría y misericordiosa me arrastraba hacia abajo.

Y entonces, por fin, dejé de sentir.

La conciencia regresó a rastras, no como una luz al final del túnel, sino como un martillazo en el centro de mi cara.

El mundo se sacudía rítmicamente.

Arriba.

Abajo.

Arriba.

Abajo.

Cada paso enviaba una descarga eléctrica a través de mi nariz destrozada, irradiando hacia mis dientes y haciendo que mi cráneo palpitara al compás de una marcha militar.

Gemí, un sonido patético y ahogado que vibró contra…

cuero.

No estaba en el suelo.

Estaba colgada.

Abrí los ojos y me arrepentí al instante.

El suelo pasaba borroso a escasos centímetros de mi cara.

Estaba doblada por la cintura, colgada sobre un hombro que tenía la consistencia del granito, con mi trasero en el aire y la dignidad hecha pedazos.

Me llevaba como si fuera un saco de grano, o peor, un cadáver del que necesitaba deshacerse.

El olor a sándalo y almizcle llenó mis fosas nasales, mezclándose con el sabor cobrizo de la sangre que se acumulaba en mi garganta.

Olía bien.

Maldita sea, olía a seguridad y a poder, y eso me enfureció más que el dolor.

Intenté moverme, clavar mis uñas en su espalda, hacer algo, cualquier cosa que no fuera ser una damisela inconsciente.

Pero mis extremidades pesaban una tonelada.

—Deja de moverte —dijo.

Su voz retumbó a través de su pecho y directo contra mis costillas.

No sonaba cansado.

Ni siquiera le faltaba el aire.

Cargarme no le suponía ningún esfuerzo.

—Vete…

al infierno —escupí.

O intenté escupir.

Las palabras salieron pastosas, silbando a través del hueco nuevo en mi encía.

Sentí su mano, grande y caliente, ajustarse sobre mis muslos para estabilizarme.

El contacto quemó a través de la tela de mis pantalones, un recordatorio táctil de que mi vida estaba, literalmente, en sus manos.

—Te salvé del infierno hace cinco minutos, princesa —replicó con un tono seco, desprovisto de emoción—.

Deberías estarme agradecida.

Ese callejón iba a ser tu tumba.

—¡Me rompiste la nariz!

—grité, y el esfuerzo hizo que mi visión se llenara de estrellas blancas.

Él soltó una risa corta, oscura.

—Te rompí la nariz para que dejaras de mirarme como si quisieras saltar sobre mí y empezaras a entender en qué situación estás.

—Se detuvo de golpe.

El cese del movimiento hizo que mi estómago diera un vuelco—.

Y porque necesitaba que te callaras para sacarte de la ciudad.

Me dejó caer.

No fue suave.

Mis botas golpearon el suelo, mis rodillas cedieron y tuve que agarrarme a su chaqueta para no besar el pavimento de nuevo.

Me sostuvo por los antebrazos, manteniéndome erguida con una facilidad insultante.

Levanté la vista, parpadeando para enfocar su rostro a través de la hinchazón que ya empezaba a cerrarme un ojo.

Seguía siendo devastadoramente atractivo, lo cual era la injusticia más grande de la noche.

Pero ahora, bajo la luz de una farola parpadeante, vi algo más.

Llevaba una insignia en la solapa de su abrigo.

Un dragón de ónice.

El aire se congeló en mis pulmones.

—No eres un mercenario —susurré, el terror superando por fin a la furia.

Él sonrió, y fue una sonrisa afilada, cruel, que prometía cosas peores que un puñetazo.

—No.

Soy quien te ha estado cazando.

Y acabas de facilitarme mucho el trabajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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