Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 19 La Condena del Mestizo
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20: Capítulo 19: La Condena del Mestizo 20: Capítulo 19: La Condena del Mestizo La cena fue un eco vacío de la noche anterior.
No había Titanes devorando carne cruda.
No había risas estruendosas ni amenazas de muerte flotando en el aire.
Solo estábamos nosotros dos, sentados en la cabecera de la mesa larga, rodeados por el silencio sepulcral de un comedor demasiado grande.
Comí mecánicamente.
Cortar, pinchar, masticar.
El estofado estaba caliente y bien condimentado, pero en mi boca sabía a serrín.
Mis músculos, ya fríos tras el entrenamiento, empezaban a agarrotarse, enviando punzadas de advertencia con cada movimiento.
Vorden tampoco comía con su voracidad habitual.
Movía la comida por el plato, su mente claramente en otra parte.
—Estás más callada de lo usual, Cielo —dijo de repente, sin levantar la vista de su plato.
Apreté el tenedor hasta que mis dedos dolieron.
—Tú tampoco respondiste a mis preguntas en el patio —repliqué, mi voz sonando rasposa en el silencio.
Él se llevó un trozo de pan a la boca y masticó con calma.
—Todo a su tiempo.
La respuesta evasiva fue la gota que colmó el vaso.
Solté el tenedor sobre la mesa con un golpe seco.
—Una pregunta —exigí, girándome en la silla para encararlo—.
Solo responde una maldita pregunta.
Vorden dejó de masticar.
Se limpió la comisura de los labios y giró la cabeza lentamente hacia mí.
Sus ojos negros eran ilegibles.
—Eso depende de la pregunta, Cielo —dijo, recostándose en su silla con esa arrogancia perezosa que me crispaba los nervios—.
No de mí.
Resoplé, frustrada, sintiendo el calor subirme por el cuello.
Sabía que debía ser cuidadosa.
Sabía que mi plan era volverlo confiado, ser la “buena mascota”.
Pero la herida estaba demasiado abierta, demasiado fresca.
—¿De verdad tenías que violarme?
—solté.
La palabra quedó colgando en el aire, fea y brutal.
Vorden no se movió, pero vi una tensión infinitesimal en su mandíbula.
—¿No había otra forma de marcarme?
—insistí, mi voz bajando a un susurro tembloroso—.
¿Era necesario arrastrarme a esa cama y…
hacerme eso?
El silencio se estiró durante diez segundos eternos.
Vorden dejó los cubiertos sobre la mesa con una delicadeza inquietante.
Estiró la mano hacia la jarra de cristal tallado y se sirvió un poco de licor ámbar.
El líquido chocó contra el fondo de la copa.
Dio un trago largo, cerrando los ojos un momento mientras el alcohol quemaba su garganta.
Cuando los abrió, me miró directamente, sin rastro de vergüenza.
—Lo disfruté tanto como tú, Cielo —dijo.
Sentí como si me hubiera abofeteado.
Abrí la boca para protestar, para negarlo, pero él levantó una mano, cortándome.
—Era la única forma.
Su voz perdió el tono burlón y se volvió grave, profunda como la piedra bajo nuestros pies.
—Sin el reclamo…
ellos te habrían hecho mil cosas peores antes de matarte.
Te habrían pasado de uno a otro como un trozo de carne hasta que no quedara nada de ti.
Hizo una pausa, girando el licor en la copa.
—Con el reclamo…
bueno, igual podrían intentarlo.
Pero ahora tendrían que pasar primero sobre mí.
Me miró fijamente, y vi algo oscuro en sus ojos.
Algo que no era crueldad, sino resignación.
—¿Recuerdas lo que dijeron anoche?
—preguntó—.
“Un mestizo no tiene derecho a reclamo”.
Asentí lentamente, recordando el desprecio en la voz de Kaelor.
—Al marcarte, quité el tiro al blanco de tu espalda y lo puse en la mía —continuó—.
Me he declarado en rebeldía contra las leyes de los Clanes por una simple Elfa.
Por una llave.
Bebió un trago más, vaciando la copa.
Dejó el cristal sobre la mesa con un golpe sordo.
—Además…
—Su mirada se desvió hacia la oscuridad del salón, como si estuviera viendo un futuro que yo no podía imaginar—.
Cuando todo esto termine, viva o muerta…
tú no estarás aquí.
Se volvió hacia mí, y la intensidad de su mirada me clavó en la silla.
—Y yo…
—Su voz se quebró por una fracción de segundo antes de endurecerse de nuevo—.
Yo no podré reclamar a otra hembra.
Parpadeé, confundida.
—¿Qué?
—La Marca.
El Primer Reclamo —explicó, con la frialdad de quien recita su propia sentencia de muerte—.
Para mi especie, es mucho más que algo físico.
Es un vínculo biológico absoluto.
Al poner mi esencia en ti, me he atado.
Una vez hecho, no se deshace.
Una sonrisa amarga y torcida curvó sus labios.
—Me condené a la soledad, Cielo.
Así que sí…
si hubiera habido otra forma, créeme que la hubiera preferido.
No tengo ningún interés en pasar el resto de mis siglos contigo, solo porque tú eras la única hembra disponible.
La revelación me dejó sin aire.
Él había sacrificado su futuro, su posibilidad de tener una pareja real, una familia, todo…
¿por mí?
No, me corregí.
Por la puerta.
Por lo que sea que yo abría.
—Sí era necesario hacer lo que hice —concluyó, poniéndose de pie.
Su sombra se alargó sobre la mesa, cubriéndome—.
Y más te vale que no esperes una disculpa.
No me arrepiento de haberte salvado la vida, aunque el precio haya sido alto.
Se ajustó la chaqueta, volviendo a ser el comandante impenetrable.
—Descansa.
Mañana el entrenamiento será diferente.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola con la comprensión terrible de que, en este juego retorcido, yo no era la única que había perdido algo irrecuperable.
Aun así, mis labios susurraron: —Imbécil —cuando lo vieron partir.
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