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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capítulo 20 El Respeto del Acero
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21: Capítulo 20: El Respeto del Acero 21: Capítulo 20: El Respeto del Acero La madrugada no trajo gritos ni amenazas.

Trajo el sonido de botas militares marchando sobre la grava.

Vorden me sacó de la cama antes de que saliera el sol.

Sin ceremonias, me lanzó un uniforme limpio de recluta y me señaló la puerta.

—Hoy corres con la escuadra alfa —dijo.

No protesté.

Me vestí en silencio, sintiendo cómo el descanso de la noche había calmado un poco el dolor de mis músculos, aunque los moretones seguían allí, mapas violetas bajo la tela gris.

Salimos al aire gélido.

Había veinte hombres esperando.

Soldados de élite.

Me miraron cuando me uní a la fila, pero esta vez no hubo silbidos ni comentarios lascivos sobre “carne fresca”.

Había una curiosidad cautelosa.

Habían visto cómo me enfrentaba al Titán en la cena.

Sabían que era la “mascota” favorita del comandante.

—Veinte kilómetros —ordenó Vorden desde su caballo negro.

Él no corría.

Él supervisaba—.

Ritmo de marcha forzada.

El que se quede atrás, limpia las letrinas de los huargos una semana.

Empezamos a correr.

Los primeros cinco kilómetros fueron un infierno frío.

Mis pulmones ardían por el aire helado.

Pero luego, mi sangre elfa despertó.

Los humanos son fuertes, resistentes como mulas, pero son pesados.

Yo era ligera.

Mis huesos eran más densos pero mi pisada era silenciosa.

Mientras ellos golpeaban el suelo con fuerza, yo me deslizaba.

Diez kilómetros.

Quince.

El sudor empapaba mi espalda, pero no bajé el ritmo.

Algunos soldados empezaron a jadear ruidosamente, sus caras rojas por el esfuerzo.

Yo mantuve la respiración constante, rítmica, usando la cadencia para entrar en un trance donde no existía el dolor, solo el movimiento.

Cuando terminamos el circuito alrededor de las murallas exteriores y volvimos al patio, tres soldados se desplomaron en la hierba, vomitando.

Yo me detuve.

Me apoyé en las rodillas, respirando hondo, pero no caí.

Un sargento corpulento me miró, limpiándose el sudor de la frente.

—Mierda…

—jadeó entre dientes—.

La orejas puntiagudas tiene pulmones de hierro.

Vorden nos observaba desde su montura.

No sonrió, pero asintió una sola vez.

—Agua.

Cinco minutos.

Luego, al círculo.

El entrenamiento de combate fue diferente.

Vorden no bajó a la arena.

Se quedó en la tarima, observando como un emperador en el coliseo.

—Hoy no peleas conmigo —anunció, su voz resonando en el patio—.

Hoy peleas con ellos.

Señaló a un soldado joven, armado con una espada de entrenamiento de madera.

—Sin magia.

Sin trucos sucios…

bueno, usa los trucos que quieras.

Solo gana.

El primer soldado me subestimó.

Cargó con fuerza bruta.

Usé su peso en su contra, deslizándome por debajo de su guardia y golpeando la parte trasera de su rodilla con mi daga de madera.

Cayó como un saco de piedras.

El segundo fue más cauteloso, pero lento.

Lo desarmé en tres movimientos.

El tercero y el cuarto cayeron también.

La adrenalina cantaba en mis venas.

Por primera vez en días, no me sentía como una víctima.

Me sentía como lo que era: una guerrera superviviente de las calles.

—¡Siguiente!

—gritó Vorden, aburrido.

Un hombre se separó del grupo.

No era tan grande como los otros, pero se movía con una gracia líquida que me puso en alerta al instante.

Tenía el pelo corto, rubio sucio, y ojos grises tranquilos.

—Raymond —dijo Vorden—.

Enséñale humildad.

Raymond no cargó.

Caminó hacia mí, girando la espada de madera en su mano con una familiaridad que daba miedo.

—Señora —dijo, inclinando la cabeza ligeramente.

Ataqué.

Rápida.

Feroz.

Raymond bloqueó mi daga sin esfuerzo.

No usó fuerza; usó técnica.

Desvió mi golpe y contraatacó con una velocidad que apenas vi venir.

Esquivé por los pelos, el aire de su espada rozando mi oreja.

Retrocedí, buscando un hueco.

No tenía ninguno.

Su guardia era perfecta.

Lo intenté todo.

Fintas, patadas bajas, lanzamientos de arena.

Raymond leía mis movimientos antes de que yo los terminara.

Era como pelear contra un espejo que siempre iba un segundo por delante.

Finalmente, cometí un error.

Me extendí demasiado en una estocada.

Raymond giró su muñeca.

Su espada golpeó mi mano, entumiendo mis dedos al instante.

Mi daga cayó.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí la punta roma de su espada de madera presionando suavemente contra mi garganta.

—Muerta —dijo él, sin malicia.

Me quedé quieta, respirando agitadamente, sintiendo la derrota.

Pero no había vergüenza.

Raymond bajó la espada y me tendió la mano.

Dudé un segundo, luego la tomé.

Me ayudó a levantarme.

—Tienes buenos reflejos, elfa —dijo en voz baja—.

Pero te falta disciplina.

—Suficiente —la voz de Vorden cortó el momento.

No hubo burlas.

No hubo el habitual “eres patética”.

—A los baños.

La rutina de la tarde fue extrañamente civilizada.

Comimos en silencio, el cansancio físico silenciando cualquier intento de conversación.

Luego, me acompañó a mis aposentos.

Entramos en el baño de vapor.

La bañera ya estaba llena.

Esperé a que se cruzara de brazos.

Esperé el voyerismo forzado, la vigilancia depredadora bajo la excusa de que “podría ahogarme”.

Pero Vorden se detuvo en la puerta.

Me miró.

Yo estaba parada junto a la bañera, sucia, sudada, con el pelo pegado a la frente, pero de pie.

Había aguantado los 20 kilómetros.

Había vencido a cuatro hombres.

—Límpiate bien —dijo.

Su tono era neutro, desprovisto de sarcasmo—.

Mañana las pruebas serán peores.

Y entonces, hizo algo que no esperaba.

Se dio la vuelta.

Salió del baño y cerró la puerta tras de sí.

Escuché sus pasos alejarse por la habitación contigua, y luego el sonido de la puerta principal cerrándose.

Me quedé sola en el vapor.

El silencio era absoluto.

No había ojos en mi espalda.

No había tensión eléctrica en el aire.

Solo el sonido del agua y mi propia respiración.

Me quité la ropa despacio, incrédula.

Me metí en el agua caliente, y por primera vez desde que llegué a este infierno, cerré los ojos y me sumergí sin miedo a que, al abrirlos, él estuviera allí burlándose de mi desnudez.

Me había dejado sola.

No sabía si era un premio o una nueva forma de tortura psicológica, pero mientras el agua caliente calmaba mis músculos doloridos, decidí que no me importaba.

Por esta noche, la soledad era el mayor lujo del mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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