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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Capítulo 21 El Valor de una vida
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22: Capítulo 21: El Valor de una vida 22: Capítulo 21: El Valor de una vida El desayuno fue apresurado.

Vorden no llevaba su uniforme militar habitual, sino ropa de cuero reforzado, gastada y manchada de barro seco.

Llevaba un arco enorme cruzado a la espalda, de una madera negra que parecía hueso quemado, y un carcaj lleno de flechas con puntas de acero.

—Saldré de cacería —anunció, tragando su café de un solo sorbo—.

Necesito aire.

El olor a política de este castillo me está revolviendo el estómago.

Se puso de pie, ajustándose los brazaletes.

—Raymond queda al mando —dijo, mirándome fijamente—.

Él es responsable de que sigas respirando y de que sigas dentro de estos muros cuando yo vuelva al anochecer.

—Que te diviertas matando cosas indefensas —murmuré sobre mi taza.

Vorden sonrió, una mueca lobuna y fugaz.

—No hay nada indefenso en este bosque, Cielo.

Pórtate bien.

Y se fue.

En cuanto escuché el ruido de los cascos de su caballo negro golpear el puente levadizo y alejarse, sentí un cambio en la presión del aire.

La estática constante, esa pesadez eléctrica que siempre acompañaba a Vorden, se disipó.

El castillo parecía…

más ligero.

Oportunidad.

La palabra se encendió en mi mente como una bengala.

Vorden era el único que podía rastrearme por “magia” o por olor a kilómetros de distancia.

Sin él aquí, solo eran soldados humanos.

Hombres.

Y yo había escapado de hombres toda mi vida.

Terminé mi comida con manos temblorosas, escondiendo mi ansiedad bajo una máscara de aburrimiento.

Me levanté y caminé hacia el patio de entrenamiento, como cada mañana.

Mis ojos, sin embargo, no buscaban las armas.

Buscaban las sombras de las almenas.

Calculaban la altura del muro este.

Contaban los segundos entre los cambios de guardia en la puerta trasera.

Llegué al centro del patio de tierra batida.

Estaba vacío.

El pelotón estaba corriendo fuera.

Ahora, pensé.

Si corro hacia las caballerizas ahora…

El aire se movió detrás de mí.

No hubo sonido de pasos.

No hubo advertencia.

Solo una presencia repentina y el frío inconfundible del acero besando la piel suave bajo mi oreja.

Me congelé.

Una mano firme me agarró del hombro, inmovilizándome, mientras la daga presionaba mi cuello lo suficiente para picar, pero no para cortar.

—Discúlpame, elfa —la voz de Raymond sonó tranquila, casi educada, justo detrás de mi nuca—.

Pero sé lo obstinada y ruda que eres.

Y sé hacer cuentas.

Tragué saliva con cuidado.

—Quítame esto del cuello, Raymond —dije con calma—.

O Vorden te arrancará la cabeza cuando vuelva.

—Ese es el punto —respondió él.

No me soltó—.

Sé que planeas escapar.

Veo cómo miras el muro este.

Pero si lo haces…

si cruzas esa puerta…

mi batallón muere.

Su voz no tembló.

Era la voz de un hombre que estaba recitando un hecho inmutable, como que el agua moja o el fuego quema.

—Vorden fue claro.

Si tú desapareces, los veinte hombres bajo mi mando pagan el precio.

Como dije, se hacer cuentas y hasta donde puedo ver.

ninguna vida, ni siquiera la tuya, vale la de veinte de mis hermanos.

Presionó un milímetro más el cuchillo.

Sentí una gota caliente de sangre resbalar por mi cuello.

—Así que, si tengo que matarte para que no huyas…

lo haré.

El precio por tu cadáver es mi propia vida.

El comandante me matará a mí por fallarle, sí.

Pero los otros veinte vivirán.

Es un cambio de uno a uno.

Me giré despacio, muy despacio, desafiando el filo de su daga.

Raymond no retrocedió.

Sus ojos grises me miraban con una determinación suicida.

No me odiaba.

Simplemente había decidido que moriría antes de dejar que sus hombres sufrieran.

—¿De verdad Vorden mataría a un batallón entero por una prisionera?

—pregunté, buscando una duda, una grieta en su certeza.

Raymond bajó la mirada por un segundo hacia mi clavícula, hacia donde la tela de mi camisa ocultaba el resto de mi cuerpo, pero su intención era clara.

—Llevas su Marca —dijo en voz baja—.

Llevas su esencia en la sangre y su metal en la boca.

¿De verdad necesitas preguntar de lo que es capaz ese monstruo cuando le tocan lo que es suyo?

El silencio cayó entre nosotros, pesado y terrible.

Recordé a las criadas.

Recordé el terror puro en los ojos de los hombres más fuertes del reino cuando Vorden entraba en una habitación.

No era una amenaza vacía.

Si yo huía hoy, mañana habría veinte cadáveres colgando de las murallas.

Y esa sangre, al igual que la de las doncellas de antes, estaría en mis manos.

Vorden había construido una jaula no solo de piedra, sino de culpa.

Miré a Raymond.

Su mano seguía firme en la daga, listo para degollarme y aceptar su destino con tal de salvar a su gente.

Suspiré, soltando la tensión de la huida, dejando que la resignación fría volviera a asentarse en mis huesos.

—Bien —dije.

Aparté su daga de mi cuello con un golpe seco de mi mano.

Raymond no se resistió, bajando el arma, aunque no relajó la postura.

Lo miré a los ojos, fría, guardando ese intento de fuga en el mismo cajón oscuro donde guardaba mi odio.

—Entrenemos —ordené—.

Y más te vale que me enseñes a usar esa daga antes de que decida usarla yo contra ti mientras duermes.

Raymond guardó su daga de acero en el cinto con un movimiento fluido y pateó una de las armas de madera hacia mí.

La atrapé en el aire, sintiendo la astilla familiar en la palma.

No hubo piedad en las horas siguientes.

Si Vorden era una tormenta que te golpeaba hasta someterte, Raymond era una disección.

No usaba la fuerza bruta; usaba la física y la anatomía.

Me enseñó que, siendo más pequeña y ligera, el honor era mi sentencia de muerte.

—Si peleas limpio, mueres —dijo, barriendo mis pies cuando intenté un bloqueo frontal—.

Me importa una mierda si eres noble.

Si tienes tierra, la tiras a los ojos.

Si tienes dientes, muerdes.

Si tienes una rodilla, la usas en la entrepierna.

Nos movimos por el patio bajo el sol del mediodía, levantando nubes de polvo.

Me enseñó a leer los hombros de un oponente antes de que lanzara el golpe.

Me enseñó a usar el peso de mi armadura para desequilibrar.

—No mires a los ojos —corrigió cuando me distraje con su mirada—.

Los ojos mienten.

Mira el centro del pecho.

De ahí sale todo el movimiento.

Por primera vez, no estaba solo sobreviviendo a una paliza; estaba aprendiendo el idioma de la violencia.

Después de mil repeticiones de una técnica de desarme, finalmente lo logré.

Raymond lanzó una estocada.

En lugar de retroceder, di un paso lateral, atrapé su muñeca y giré mis caderas, usando su propio impulso.

El mundo giró y Raymond aterrizó de espaldas en la tierra con un golpe sordo.

Antes de que pudiera recuperarse, me dejé caer sobre él, presionando mi antebrazo de madera contra su tráquea.

—Muerto —jadeé, con el sudor picándome en los ojos, devolviéndole su propia palabra.

Raymond se quedó quieto un segundo, mirando el cielo, y luego soltó una risa corta y seca.

—No está mal, elfa.

No está mal.

El sonido lejano de un cuerno de caza rompió el momento.

Ambos nos congelamos.

El sonido venía de las puertas principales.

Era grave, profundo, un lamento de hueso que anunciaba la llegada del amo del castillo.

La atmósfera ligera del entrenamiento se evaporó al instante.

La gravedad volvió a caer sobre el patio, pesada y asfixiante.

Raymond me empujó suavemente para que me levantara y se puso de pie, sacudiéndose el polvo, su rostro volviendo a ser una máscara de disciplina militar.

—El comandante ha vuelto —dijo, y vi cómo sus hombros se tensaban involuntariamente—.

Ve a bañarte.

Y recuerda lo que hablamos sobre las cuentas…20 a 1.

Asentí, sintiendo cómo el estómago se me cerraba de nuevo.

Había aprendido a usar mucho mejor la daga hoy, sí.

Pero mientras caminaba hacia el castillo bajo la sombra alargada de las torres, sabía que ninguna técnica élfica sería suficiente para cuando decidiera enfrentar al titan que me esperaba dentro.

La cacería había terminado, y el depredador estaba en casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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