Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 22 Sombras en las Paredes
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23: Capítulo 22: Sombras en las Paredes 23: Capítulo 22: Sombras en las Paredes El camino de regreso desde los pozos de entrenamiento fue un torrente de dolor sordo y agotamiento.
Mis botas dejaban huellas de barro rojizo sobre las losas inmaculadas de los pasillos interiores, un rastro sucio que los soldados se apresurarían a limpiar en cuanto pasara.
Dos guardias caminaban detrás de mí, silenciosos y pesados, su presencia un recordatorio constante de que, aunque Vorden me estaba convirtiendo en un arma, seguía siendo una que él guardaba bajo llave.
Mis músculos ardían.
Raymond no había tenido piedad hoy.
Me había obligado a repetir las fintas defensivas hasta que mis brazos temblaron tanto que dejé caer la espada de madera.
“Si fuera acero, estarías muerta”, había dicho él, escupiendo al suelo antes de pasar al siguiente ejercicio.
Llegamos a la puerta de mis aposentos.
Los guardias la abrieron, esperaron a que entrara y cerraron con ese sonido metálico y definitivo del cerrojo deslizándose.
Me dejé caer sobre la alfombra de piel, demasiado cansada incluso para llegar a la cama.
No llevaba armas aquí.
Vorden no era estúpido; en mi habitación solo había lujos inofensivos: sedas, agua perfumada, frutas.
Nada con filo.
Me quité las botas a patadas y me froté la cara, sintiendo la mugre y el sudor seco.
Cerré los ojos un momento, deseando que el mundo dejara de dar vueltas.
—Sigues protegiendo demasiado tu lado derecho.
Es un hábito de ladrona, cubrir la bolsa del cinto.
Pero en un duelo, te deja el corazón expuesto.
La voz surgió de las sombras, tranquila y familiar.
Me puse en pie de un salto, el corazón golpeando contra mis costillas.
Mis manos buscaron instintivamente una daga que no tenía.
Raymond estaba allí, en la esquina más oscura de la habitación, lejos de la puerta principal.
Estaba recostado contra el muro de piedra desnuda, fundiéndose con la penumbra.
No llevaba la armadura de entrenamiento, sino un jubón de cuero gastado y esa expresión ilegible que llevaba en el campo de entrenamientos.
—¿Cómo has entrado?
—exigí, retrocediendo hasta que mi espalda tocó el poste de la cama—.
El cerrojo está echado.
—Yo no tengo que depender de las puertas para moverme por este castillo, Aldariel, Conozco cada secreto y cada pasillo, Incluso los que no se ven…los que él no conoce.
—Se separó de la pared con una calma exasperante.
No había amenaza en su postura.
—¿Vienes a darme una lección extra?
—pregunté, sin bajar la guardia.
Me sentía desnuda sin una espada en la mano, sucia y vulnerable frente a mi nuevo instructor.
—Vengo a darte un consejo, que es más valioso que cualquier estocada que te enseñé hoy.
—Caminó despacio hacia la ventana, observándome de reojo—.
Te he visto mirar a Vorden.
En el patio, cuando él observa desde el balcón.
Y te veo ahora.
Raymond se detuvo a unos pasos.
Sus ojos, oscuros y observadores, se clavaron en los míos.
—Veo esa mirada en tus ojos.
La conozco bien.
Es hambre.
No de comida, ni de poder.
Es sed de sangre.
Quieres matarlo.
Mantuve la boca cerrada, tensando la mandíbula.
Negarlo era estúpido; él me había entrenado muy poco, pero lo suficiente para leer mi lenguaje corporal.
—La venganza es un combustible potente —continuó él, su voz bajando a un tono casi confidencial, áspero como grava—.
Pero también es ciego.
Crees que Vorden es solo un monstruo que aplasta cosas.
Crees que los hombres ahí abajo, los veinte de mi escuadrón, y el resto del batallón lo seguimos porque tenemos miedo de que nos arranque la cabeza.
Crees que todos celebrarían contigo si hundes una daga en su cuello.
—Es un tirano —repliqué.
—Es un salvador —corrigió Raymond.
La palabra flotó en el aire, pesada y extraña—.
Para gente como nosotros, lo es.
Dio un paso más cerca.
El olor a cuero y aceite de armas que desprendía era reconfortante de una manera extraña, mucho más humano que el aroma a tormenta eléctrica que siempre rodeaba a Vorden.
—Yo nací en los campos del sur, Aldariel.
—Su rostro se endureció al recordarlo—.
Era un esclavo.
Mi destino estaba escrito: morir joven cosechando bajo el sol, con la espalda rota, o limpiando la mierda de los caballos de un noble gordo.
No tenía nombre, solo un precio.
Hizo un gesto vago hacia el cuartel, hacia los soldados invisibles bajo nosotros.
—Vorden arrasó esas tierras.
Mató a los amos.
Y a nosotros…
a la escoria, a los esclavos, a los “nadie”…
nos dio una espada.
Nos dio carne caliente tres veces al día.
Nos dio un rango.
Aquí soy un teniente.
Allí fuera, solo era abono.
Cada soldado bajo su mando tiene una historia similar, una razón para seguirlo que va más allá del miedo.
Me miró de arriba abajo, y por primera vez, no me sentí juzgada como una prisionera, sino evaluada como una igual.
—Y por lo que sé, tú también.
Una ladrona callejera a punto de perder las manos por un pedazo de pan.
—Hubo un brillo de empatía en su mirada, una conexión silenciosa entre dos supervivientes—.
No te digo que debas estar agradecida con el monstruo.
Solo intento ayudarte a entenderlo.
—¿Por qué me dices esto?
—susurré.
La hostilidad se había drenado, reemplazada por una curiosidad cautelosa y un extraño respeto hacia este hombre que había surgido de la nada.
—Porque no puedes cazar a una presa que no conoces —dijo Raymond suavemente—.
Si quieres su vida, primero tienes que entender qué lo mantiene vivo.
Si solo ves al bruto, nunca encontrarás el hueco en su armadura.
Hubo un momento de silencio.
Una tensión eléctrica, no de peligro, sino de complicidad.
Raymond no era mi amigo, pero tampoco era mi enemigo.
Era algo intermedio, algo gris en un mundo de blancos y negros.
De repente, ladeó la cabeza hacia la ventana.
—Mira.
—¿Qué?
—Abajo.
En el patio de carga.
Me giré hacia la ventana, impulsada por la curiosidad, y miré hacia el patio inferior.
El sonido de ruedas pesadas y cascos de caballos resonó contra la piedra.
No era un ejército.
Eran carruajes grandes, cubiertos con lonas pesadas.
Hombres descargaban cajas de madera alargadas y fardos que brillaban bajo la luz de las antorchas.
—Nuevas armas —murmuré, viendo el brillo del acero recién forjado—.
Y armaduras.
—Una entrega del este.
Suministros para lo que se avecina —dijo la voz de Raymond a mi espalda—.
El acero es bueno, pero quien lo empuña importa más.
Recuerda eso.
—¿Qué se avecina, Raymond?…
¿y porque me ayudas?
Si no sigues a Vorden por miedo…entonces esto es traición —pregunté, girándome para exigir una respuesta.
Pero la habitación estaba vacía.
Parpadeé, confundida.
Mis ojos barrieron las sombras, la esquina donde había estado recargado, el espacio junto a la chimenea.
Nada.
La piedra del muro parecía sólida, sin una sola grieta visible.
No había habido sonido de puerta, ni de pasos.
Me quedé sola en el silencio de mis aposentos, con el eco de su advertencia en mi cabeza y la extraña sensación de que, en este castillo lleno de monstruos, acababa de encontrar al único fantasma dispuesto a hablarme con la verdad.
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