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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo23 Una Llave Rota
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24: Capítulo23: Una Llave Rota 24: Capítulo23: Una Llave Rota La luz de la mañana entraba cruda por los ventanales del comedor, iluminando los restos de un desayuno que apenas había tocado.

Vorden, al otro lado de la mesa, parecía devorar el día con la misma intensidad con la que hacía todo lo demás.

Limpió su plato con un trozo de pan, sus movimientos precisos y depredadores.

Dejó la copa sobre la mesa y sus ojos oscuros se clavaron en mí.

—¿Qué tal el entrenamiento con Raymond?

—preguntó, con un tono casual que no me engañó ni un segundo.

Vorden nunca hacía preguntas casuales.

Mantuve la vista en mi copa de agua, cuidando mis palabras.

Recordé a Raymond en las sombras de mi habitación, su advertencia sobre conocer a la presa.

No podía dejar que Vorden sospechara que habíamos hablado fuera del ruedo.

—Es disciplinado —respondí, eligiendo la verdad técnica—.

Y eficiente.

Hice una pausa, pasando la lengua por mi diente de metal antes de añadir, buscando alimentar su ego lo suficiente para distraerlo: —Pero no pega tan fuerte como tú.

Una sonrisa lenta y arrogante se extendió por su rostro.

Se recostó en la silla de madera tallada, ocupando todo el espacio como un rey en su trono.

—Nadie golpea como yo, Cielo.

Tomé un trago de agua para ocultar la mueca que amenazaba con salir.

Lo peor era que tenía razón.

—¿Entrenaremos hoy?

—pregunté, dejando la copa sobre el mantel.

Mis músculos todavía dolían de ayer, pero la inactividad en este castillo era peor que el dolor.

Me daba demasiado tiempo para pensar.

Vorden negó con la cabeza.

—El ejército está ocupado —dijo, mirando hacia el patio donde se escuchaba el ajetreo lejano—.

Están puliendo las armaduras nuevas y catalogando el acero que llegó anoche.

Nadie tiene tiempo para jugar con novatos hoy.

—¿No me entrenarás tú?

—insistí.

Había un desafío implícito en mi voz.

Si él era el único que podía romperme, entonces él debería ser el único que me enseñara a reconstruirme.

Él soltó una risa corta, casi despectiva.

—Lo siento, Cielo.

Tendrás que esperar para intentar golpearme.

Tengo cosas más importantes que hacer.

Metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó algo.

Con un movimiento de muñeca, lo lanzó por el aire.

Lo atrapé por instinto.

El metal frío chocó contra mi palma.

Era una llave.

Pesada, de hierro negro, con una cabeza tallada en forma de ojo abierto.

—Ala este.

Tercera puerta a la derecha —instruyó, volviendo a llenar su copa de vino—.

Hay una biblioteca allí.

Deberías leer algunos tomos de magia arcana.

Me quedé mirando la llave en mi mano y luego a él, confundida y frustrada.

¿Libros?

Yo era una criatura de la calle, de cuchillos y sombras, no de pergaminos polvorientos.

—Aldariel…

—Me miró fijamente, su expresión endureciéndose—.

No hay magia en mí, Vorden.

—Apreté la llave hasta que los bordes se me clavaron en la piel—.

Secuestraste a la ladrona equivocada.

Vorden dejó de beber.

La temperatura en la mesa bajó unos grados.

Se inclinó hacia adelante, y esa aura de titán, pesada y sofocante, llenó el espacio entre nosotros.

—Yo nunca me equivoco, Cielo —dijo, cada palabra cayendo como una sentencia—.

Tú eres una llave.

Rota, tal vez…

pero eres la llave.

—Pues yo no sé de ninguna cerradura que tenga mi figura —espeté con sarcasmo, incapaz de contener mi lengua.

Vorden se rió.

No fue una risa cruel, sino una divertida, profunda y oscura, como si conociera el final de un chiste que yo ni siquiera había empezado a entender.

—Todo a su tiempo, Cielo.

Todo a su tiempo.

Se puso de pie, terminando la conversación con su simple movimiento.

Su altura siempre era un shock, una montaña negra que se levantaba para bloquear el sol.

Se ajustó los puños de la camisa, listo para irse.

—¿A dónde irás hoy, Vorden?

—pregunté, la curiosidad de la espía que fui ganando terreno.

Se detuvo en seco.

Giró la cabeza lentamente, mirándome por encima del hombro.

La diversión había desaparecido de sus ojos.

Ahora solo quedaba el comandante.

Frío.

Distante.

Peligroso.

—Estaré en mi habitación.

Ocupado.

—Su voz fue un látigo—.

Aprovecha la llave que te di y no hagas preguntas de más.

Dio un paso hacia mí, solo uno, pero fue suficiente para recordarme quién tenía el poder.

—Y no olvides tu lugar, Aldariel.

Sin decir más, se dio la vuelta y salió del comedor con pasos largos y firmes, dejándome sola con una llave de hierro negro y la inquietante sensación de que, aunque él decía que yo era la llave, él seguía siendo el único que controlaba todas las puertas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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