Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 24 Tinta Invisible
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25: Capítulo 24: Tinta Invisible 25: Capítulo 24: Tinta Invisible La llave de hierro negro giró en la cerradura con un chirrido que resonó como un lamento en el pasillo vacío.
Empujé la pesada puerta de roble del ala este y el olor a papel viejo, polvo y secretos estancados me golpeó de lleno.
La biblioteca era inmensa.
Hileras interminables de estanterías de madera oscura se alzaban hacia un techo que se perdía en la penumbra.
No había ventanas aquí, solo antorchas mágicas que ardían con una luz baja y constante.
Estaba sola.
El silencio era tan denso que mis propios pasos sobre la alfombra raída sonaban como intrusiones.
Caminé despacio, recorriendo los pasillos.
Había miles de libros.
Lomos de cuero rojo, azul, negro con letras doradas que no entendía.
Magia arcana, había dicho Vorden.
Para mí, eran solo paredes de palabras mudas.
De repente, me detuve.
En un atril solitario, apartado de las estanterías principales, descansaba un libro.
No era elegante como los otros.
Su cubierta no era de cuero curtido y brillante; era tosca, irregular, cubierta de un pelo corto y áspero que me recordó a la piel de un lobo…
o de algo peor.
Me acerqué, atraída por una fuerza que no era curiosidad, sino gravedad.
En el centro de la portada había una runa grabada a fuego.
Parecía palpitar.
Extendí la mano.
Mis dedos rozaron la runa.
La piel del libro estaba caliente.
El libro se abrió de golpe con un chasquido seco.
Retrocedí un paso, asustada, pero mis ojos no pudieron apartarse.
Las páginas pasaron solas, rápidas como el aleteo de un pájaro, hasta detenerse en una hoja en blanco.
No, no estaba en blanco.
En el centro de la página, un símbolo comenzó a formarse.
No estaba escrito con tinta; parecía quemado desde adentro.
Brillaba con una luz verdosa, enfermiza y vibrante, pulsando al ritmo de mi propio corazón desbocado.
Sentí un tirón en el ombligo, una conexión visceral.
Cerré el libro de un golpe, ahogando un grito.
El sonido resonó como un disparo en la biblioteca.
Sin esperar a ver si volvía a abrirse, me di la vuelta y corrí.
Corrí por los pasillos, salí al corredor y no paré hasta que llegué a mi habitación y cerré el cerrojo con manos temblorosas.
Me apoyé contra la puerta, jadeando.
—¿Qué demonios fue eso?
—susurré al aire vacío.
Mi mente era un torbellino.
¿Había reaccionado el libro por sí mismo?
¿Era una trampa mágica?
O…
¿había reaccionado a mí?
“Yo nunca me equivoco, Cielo.
Tú eres una llave”.
La voz de Vorden resonó en mi memoria, arrogante y segura.
Me miré las manos.
Eran las mismas manos sucias de siempre.
No sentía chispas, ni poder.
Pero ese símbolo…
esa luz verde…
se había sentido como si algo dentro de mí hubiera respondido al llamado.
—No puede ser —me dije, paseando por la habitación—.
Soy una ladrona.
No soy una hechicera.
Pero la duda ya había echado raíces.
—Necesito saber —murmuré, deteniéndome en seco—.
Si hay algo en mí…
tengo que saberlo antes de que él lo use.
Enderecé la espalda, tragué el miedo y abrí la puerta de nuevo.
Caminé rápido por los pasillos, decidida a enfrentar al maldito libro otra vez.
Estaba tan concentrada en mis pensamientos que casi choco de frente con una pared de cota de malla y cuero en una esquina del pasillo este.
—¡Cuidado!
—Unas manos firmes me sujetaron por los hombros para estabilizarme.
Levanté la vista.
Raymond.
Me miró con el ceño fruncido, analizando mi respiración agitada y la palidez de mi rostro.
—Parece que has visto a un fantasma, Aldariel.
O a Vorden de mal humor.
¿Qué pasa?
—La biblioteca —dije, señalando vagamente hacia el pasillo—.
Hay…
encontré algo.
Raymond no hizo preguntas estúpidas.
Vio el miedo genuino en mis ojos y asintió, soltándome suavemente, pero quedándose a mi lado.
—Vamos.
Te acompaño.
Su presencia fue un ancla.
Caminar a su lado hizo que las sombras de la biblioteca parecieran menos amenazantes cuando entramos de nuevo.
Lo guie directamente hacia el atril.
El libro seguía allí, cerrado, con su aspecto peludo y grotesco.
—Ese es —señalé, sin atreverme a acercarme demasiado.
Raymond lo miró con curiosidad, pero mantuvo una mano cerca de la empuñadura de su espada.
—¿Qué hizo?
—Se abrió —susurré—.
Brilló.
Había…
había algo escrito en luz verde.
Me armé de valor.
Avancé y puse mi mano sobre la portada de nuevo.
Esperé el calor, el latido.
Nada.
Frío y muerto.
Lo abrí.
Busqué la página.
Pasé las hojas con desesperación, una tras otra.
Blanco.
Blanco.
Blanco.
Todas las páginas estaban vacías.
Pergamino amarillento sin una sola mancha de tinta, y mucho menos símbolos mágicos brillantes.
El silencio se estiró, incómodo.
—¿Es un diario de dibujo?
—preguntó Raymond.
Había un tono de ironía en su voz, aunque no cruel—.
¿O planeabas escribir tus memorias?
Porque está vacío, Aldariel.
Sentí el calor subir a mis mejillas, pero no por la magia, sino por la vergüenza.
Bajé la vista, mirando mis botas gastadas sobre la alfombra cara.
—Apenas puedo leer, mucho menos dibujar o pintar —confesé, mi voz pequeña—.
La educación formal es un lujo para los que nacimos en las calles, Raymond.
No sé qué pasa con este libro…
o qué debería haber en sus paginas.
El silencio de Raymond cambió.
La ironía se evaporó al instante.
—Lo siento —dijo, y sonó sincero—.
Fue un comentario estúpido.
Se acercó al atril, mirando el libro vacío con el ceño fruncido.
—¿Por qué el interés en un libro en blanco entonces?
¿Qué creíste ver?
—No lo sé —admití, cerrando la tapa con frustración—.
Te juro que vi algo.
Vorden dijo que viniera aquí…
dijo que yo era una llave.
Pensé que tal vez…
Sacudí la cabeza.
Era estúpido.
Solo era una chica analfabeta asustada por un libro viejo.
—Lo regresaré a su lugar —dijo Raymond, extendiendo la mano para tomar el libro.
Yo también extendí la mano al mismo tiempo, intentando ayudar o tal vez intentando tocarlo una última vez para ver si la magia regresaba.
Nuestras manos chocaron sobre la piel áspera del tomo.
Sus dedos rozaron los míos.
Estaban callosos, calientes.
Me congelé.
Levanté la vista y encontré sus ojos oscuros clavados en los míos.
Hubo una chispa.
No fue magia verde ni hechicería arcana.
Fue algo más humano, más peligroso.
Una corriente eléctrica de atracción compartida y secretos guardados en la penumbra.
Él no apartó la mano de inmediato.
Por un segundo, sostuvimos la mirada, y el aire entre nosotros se cargó de todo lo que no podíamos decir.
Luego, Raymond parpadeó.
La realidad del castillo, de quién era yo y de quién era el dueño de todo esto, cayó sobre él como un cubo de agua helada.
Retiró la mano rápidamente, dando un paso atrás.
Se aclaró la garganta.
—Llévalo a su lugar —dijo, su voz volviendo a ser la del instructor, aunque un poco más ronca—.
A Vorden no le gusta que dejen las cosas fuera de su sitio.
Y no le gusta que otros toquen sus juguetes.
La advertencia estaba clara.
No hablaba solo del libro.
—Sí —murmuré.
Tomé el libro y caminé hacia la estantería de donde creía que había salido, o al menos a una vacía cercana.
Lo deslicé en el hueco.
Me giré, con una duda en la punta de la lengua.
—Raymond, ¿crees que es posible que…?
Me callé.
El pasillo estaba vacío.
Miré a un lado y a otro.
No había puertas cerca.
Las estanterías formaban líneas rectas y largas.
No había habido sonido de botas, ni crujido de ropa.
—Maldita sea —susurré, entre la frustración y el asombro.
No entendía cómo un espadachín, un hombre de guerra, podía ser más sigiloso que una ladrona que había vivido toda su vida en las sombras.
Me quedé sola de nuevo, con el libro en silencio a mi espalda y la sensación de los dedos de Raymond todavía quemándome la piel de la mano.
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