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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo 25 La Sangre impura
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26: Capítulo 25: La Sangre impura 26: Capítulo 25: La Sangre impura Mis pies no me llevaron de regreso a mi habitación.

La curiosidad, ese defecto fatal de todo buen ladrón, tiró de mí en la dirección opuesta.

“Estaré en mi habitación.

Ocupado”.

La prohibición de Vorden resonaba en mi cabeza no como una advertencia, sino como un reto.

Caminé por los pasillos superiores, pegada a las sombras, conteniendo la respiración cada vez que escuchaba el eco lejano de una patrulla.

Llegué al ala del comandante.

No había guardias en su puerta.

Vorden era lo suficientemente arrogante para creer que nadie sería tan estúpido como para intentar entrar.

Nadie excepto yo.

Me acerqué a la puerta doble de madera negra.

Era imponente, reforzada con bandas de hierro.

Me pegué a la madera, conteniendo el aliento, y acerqué el ojo a la cerradura.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por velas negras que ardían con llamas quietas.

Vorden estaba allí, de espaldas a la puerta, inclinado sobre un escritorio masivo.

Se había quitado la chaqueta y arremangado la camisa blanca hasta los codos.

En su mano derecha sostenía una daga ceremonial de obsidiana.

Lo vi alzar el brazo y trazar un corte limpio y deliberado en su antebrazo izquierdo.

Ahogué un jadeo.

La sangre oscura brotó al instante, espesa y brillante.

Vorden no hizo una mueca.

Mantuvo el brazo sobre un pergamino amarillento extendido en la mesa, dejando que su esencia goteara rítmicamente sobre el papel.

Tap.

Tap.

Tap.

Me incliné un poco más, recargando mi peso contra la puerta para ver mejor qué estaba haciendo.

Clac.

No hubo resistencia.

Ni siquiera el chirrido de una bisagra oxidada.

La pesada puerta de roble, que debía pesar más que tres hombres juntos, cedió bajo mi hombro como si fuera de papel.

Se abrió de par en par, silenciosa y suavemente, dejándome expuesta en el umbral.

Me congelé.

Vorden no se giró de inmediato.

Siguió observando cómo su sangre caía sobre el pergamino durante un segundo eterno.

Luego, con una calma aterradora, dejó la daga sobre la mesa y se volvió lentamente hacia mí.

Su antebrazo seguía sangrando, gotas rojas cayendo al suelo de piedra.

—¿Cómo demonios entraste, ladrona?

—Su voz era baja, carente de sorpresa, pero cargada de una amenaza letal—.

¿Ocultaste una ganzúa en tu cuerpo?

¿Debí haberte registrado más a fondo?

Tragué saliva, mis ojos viajando desde su herida hasta su rostro inexpresivo.

—La puerta…

se abrió sola.

Vorden entornó los ojos.

—Imposible.

Cerré con magia y con llave para que nadie me interrumpiera.

Solo yo tengo la llave, y está en mi bolsillo.

—Es verdad, Vorden —respondí, sintiendo cómo el miedo me helaba las puntas de los dedos, pero obligándome a mantener la barbilla en alto—.

Solo me recargué en la puerta para ver qué pasaba y.… se abrió al tacto.

Cedió ante mí.

Él se quedó en silencio un momento, procesando la información.

Sus ojos bajaron a mis manos vacías y luego volvieron a mi cara con una intensidad renovada.

Pero no atacó.

—¿Qué esperabas ver, Cielo?

—preguntó, dando un paso hacia mí.

El olor a sangre metálica y magia oscura llenó el aire.

Recuperé mi compostura.

Si iba a morir, moriría siendo yo misma.

—No te hagas ilusiones, idiota —espeté, cruzándome de brazos para ocultar el temblor de mis manos—.

Solo quería saber qué mantenía tan ocupado al gran comandante como para rechazar una pelea.

Supongo que es magia de sangre…

Vorden no se inmutó ante el insulto.

De hecho, pareció ignorarlo, volviendo su atención al escritorio detrás de él.

—Es un sacrificio —dijo, tomando un paño del escritorio para presionar su herida con indiferencia.

Me acerqué unos pasos, atraída por el pergamino.

La sangre de Vorden estaba allí, estancada en un charco oscuro sobre el papel.

Pero el papel no la absorbía.

La repelía, como si fuera aceite sobre agua.

—El lugar al que vamos no aparece en los mapas corrientes —explicó Vorden, mirando su propia sangre rechazada con frustración—.

Es un territorio antiguo.

Solo se revela a través de un sacrificio de sangre.

Frunció el ceño, limpiando la sangre del papel con un gesto brusco de la mano, manchando la mesa.

—Pero parece que el pergamino es más quisquilloso que tú —gruñó—.

Se niega a beber.

Se niega a mostrarme el camino.

Mi sangre es demasiado impura, o quizás demasiado violenta para lo que este mapa protege.

Se giró hacia mí.

La luz de las velas proyectó sombras profundas en sus cuencas oculares, dándole el aspecto de una calavera.

—Ahora regresa a tu habitación, Aldariel —ordenó, y su voz bajó una octava, convirtiéndose en el retumbar de un terremoto lejano—.

Antes de que decida probar si el mapa prefiere tu sangre a la mía.

La amenaza flotó en el aire, tangible y real.

Miré la daga de obsidiana húmeda en la mesa.

Miré el mapa mudo.

—Buenas noches, Vorden —dije, dando un paso atrás.

—Cierra la puerta —respondió él, dándome la espalda de nuevo.

Salí al pasillo y empujé la puerta.

Esta vez, al cerrarse, escuché el pesado clac de los cerrojos y los sellos mágicos activándose solos, cerrándose herméticamente.

Me quedé allí un segundo, mirando la madera negra.

La puerta que se abría a mi tacto.

El mapa que rechazaba la sangre de un Titán.

Una llave, había dicho él.

Me toqué el pecho, sintiendo mi corazón golpear contra mis costillas como un pájaro enjaulado.

Tal vez Vorden tenía razón.

Tal vez yo era la única cosa en este castillo capaz de abrir lo que él no podía.

Y eso me aterraba más que cualquier amenaza de muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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