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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 26 La Sangre que Abre Caminos
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27: Capítulo 26: La Sangre que Abre Caminos 27: Capítulo 26: La Sangre que Abre Caminos La mañana llegó con un silencio pesado, de esos que presagian tormenta.

La silla de Vorden en la cabecera de la mesa estaba vacía.

No había platos sucios ni copa de vino a medio terminar.

Desayuné sola, el sonido de mis cubiertos contra la porcelana resonando demasiado fuerte en el comedor desierto.

Los sirvientes se movían como fantasmas, llenando mi copa y retirando los platos sin cruzar palabra ni mirada conmigo.

El castillo parecía contener el aliento.

Recorrí los pasillos buscando algo que hacer, pero la quietud era absoluta en el interior.

Solo al salir al patio de armas encontré algo de vida, aunque distante.

El sonido metálico de espadas chocando y gritos de oficiales llegaba desde los campos de entrenamiento inferiores, pero los soldados parecían estar preparándose para algo grande, demasiado ocupados para notar mi presencia.

Fui al campo de tiro.

Estaba vacío.

Tomé un arco de tejo y un carcaj de flechas.

Pasé las siguientes dos horas disparando contra los blancos de paja hasta que mis dedos dolieron y el sudor me pegó la camisa a la espalda.

Tensar, soltar.

Tensar, soltar.

Cada flecha era una pregunta sin respuesta.

¿Por qué la puerta se abrió ayer?

¿Qué somos?

¿A dónde vamos?

Regresé a comer por la tarde.

De nuevo, la mesa vacía.

La soledad empezaba a sentirse menos como paz y más como confinamiento.

Aburrida y con la mente bullendo, mis pasos me llevaron, casi sin querer, hacia el ala del comandante.

Me detuve frente a su puerta doble.

Miré a ambos lados del pasillo.

Desierto.

Levanté la mano, dudando.

Apenas rocé la madera negra con la yema de los dedos.

La puerta giró sobre sus bisagras.

Sin ruidos, sin el zumbido eléctrico de la magia desactivándose, sin brillos extraños.

Simplemente se abrió, dócil y suave, como si hubiera estado esperando mi llegada.

Era una casualidad imposible, pero una parte de mí, esa parte que había sentido la vibración en la biblioteca, supo que no había nada de casual en ello.

Entré.

La habitación estaba tal cual la recordaba de la noche anterior, sumida en una penumbra perpetua.

Las velas negras se habían consumido hasta la mitad.

El olor a cera y a hierro seguía flotando en el aire.

Me acerqué al escritorio.

El pergamino seguía allí, extendido y desafiante.

A un lado, la mancha de sangre de Vorden se había secado, convirtiéndose en una costra oscura y fea sobre la madera de la mesa, testimonio de su fracaso.

El mapa, sin embargo, estaba impoluto.

Blanco.

Limpio.

Se burlaba de la sangre de Titán.

Mi mirada cayó sobre la daga de obsidiana.

Estaba justo donde él la había dejado, el filo negro brillando opacamente.

La curiosidad no fue un susurro; fue un grito.

Tú eres la llave, había dicho él.

Yo no me equivoco.

Sin permitirme pensarlo dos veces, tomé la daga.

Pesaba más de lo que parecía.

Acerqué mi dedo índice al filo.

Apenas necesité presión; la obsidiana estaba tan afilada que cortó la piel como si fuera agua.

Una gota de sangre brotó.

Roja, brillante, espesa.

La dejé caer sobre el centro del pergamino en blanco.

Contuve el aliento, esperando que la sangre se quedara allí, estancada, o que resbalara como lo había hecho con la de Vorden.

Pero el papel suspiró.

Ese fue el sonido.

Como piel seca absorbiendo agua.

La gota de sangre desapareció instantáneamente, bebida por las fibras del pergamino.

Y entonces, sucedió.

Donde cayó la gota, una línea roja comenzó a extenderse.

Se movía con voluntad propia, serpenteando por el papel, dibujando contornos, montañas y valles que antes no existían.

La tinta de mi propia sangre estaba revelando el mapa.

Estaba tan hipnotizada viendo la línea roja avanzar hacia el norte que no escuché el sonido a mi derecha hasta que fue demasiado tarde.

La puerta lateral, la que llevaba al baño privado, se abrió.

Una nube de vapor salió, seguida de una figura inmensa.

Vorden estaba allí.

Llevaba el torso desnudo, húmedo por el baño, con una toalla blanca colgada descuidadamente al cuello y unos pantalones oscuros sueltos.

No parecía sorprendido de verme allí, invadiendo su privacidad, tocando sus cosas.

Se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, con esa sonrisa de lobo que sabe que la trampa ha funcionado.

Sus ojos brillaron al ver el mapa dibujándose solo sobre la mesa.

—Sabía que la curiosidad te ganaría, Cielo…

Me quedé paralizada, con la daga aún en la mano y el dedo sangrando, atrapada entre el mapa que bebía mi vida y el monstruo que había estado esperando pacientemente a que yo lo alimentara.

—Atrás —advertí, alzando la daga de obsidiana.

Mi mano temblaba, pero el filo apuntaba directo a su garganta desnuda.

Vorden no retrocedió.

Ni siquiera parpadeó.

Sus ojos oscuros pasaron de la daga a mis ojos, llenos de esa calma arrogante que tanto odiaba.

Con un movimiento lento, casi perezoso, soltó la toalla blanca que colgaba de sus hombros.

La tela cayó al suelo de piedra con un susurro suave, dejándolo expuesto, una muralla de músculo, cicatrices y vapor.

—Adelante —dijo, dando un paso hacia el filo, desafiando al acero a tocar su piel—.

Veamos qué es más fuerte, Cielo: tu sed de venganza…

o tu maldita curiosidad.

Apreté el mango de la daga.

Podría hacerlo.

Podría intentar clavársela ahora mismo.

Pero mis ojos traicioneros se desviaron un segundo hacia el mapa que seguía bebiendo la tinta roja.

Si mataba a Vorden ahora, nunca sabría qué era ese lugar.

Nunca sabría por qué mi sangre abría caminos que la suya no.

Maldije por lo bajo y bajé el arma.

La sonrisa de Vorden fue un corte de triunfo.

En un parpadeo, acortó la distancia.

Su mano, grande y caliente, se cerró alrededor de mi muñeca como un grillete de hierro.

Me retorció el brazo, no para romperme, sino para desarmarme, y la daga pasó a su mano con una fluidez insultante.

—Buena chica —susurró.

Antes de que pudiera protestar, deslizó el filo de obsidiana por mi palma abierta.

Fue un corte rápido, quirúrgico.

Siseé de dolor, pero él no me soltó.

Apretó mi mano en un puño y la sostuvo sobre el pergamino, exprimiendo la sangre sin ninguna delicadeza, como si estuviera estrujando una fruta madura sobre el papel sediento.

—Mira —ordenó, ignorando mi forcejeo.

Las gotas cayeron.

El mapa estalló en actividad.

Las líneas rojas se dispararon hacia los bordes, dibujando cordilleras afiladas, ríos subterráneos y una fortaleza marcada con un símbolo que me revolvió el estómago.

Entonces, puse mi mano directamente en el mapa, el pergamino comenzó a brillar.

No era una luz normal.

Era un resplandor pulsante, hipnótico, que parecía tirar de mí.

Sentí que el aire se volvía denso.

Mis rodillas se doblaron.

De repente, mi cuerpo pesaba una tonelada, como si la gravedad hubiera decidido aplastarme solo a mí.

El papel me llamaba, tirando de mi sangre, tirando de mi esencia, queriendo consumirme entera para terminar el dibujo.

—Vorden…

—jadeé, sintiendo que la oscuridad cerraba mi visión periférica.

El Titán maldijo.

Soltó mi mano y me agarró por la cintura, intentando apartarme de la mesa.

—¡Suéltate!

—gruñó, tirando de mí.

Pero yo no podía moverme.

Era como si el mapa tuviera garras invisibles clavadas en mi pecho.

Vorden tuvo que usar su fuerza real.

Sus músculos se tensaron contra mi espalda, duros como rocas, y con un rugido de esfuerzo, me arrancó de la influencia del pergamino.

El vínculo se rompió con una sacudida física que nos hizo tambalear.

Me sentí ligera de golpe, vacía, mareada.

Mis piernas cedieron.

Vorden me atrapó antes de que tocara el suelo.

Me levantó en brazos sin decir una palabra, ignorando el mapa que ahora brillaba furioso sobre la mesa, y salió de la habitación a zancadas.

El pasillo pasaba borroso.

Yo apoyé la cabeza contra su pecho desnudo, demasiado débil para mantenerla erguida, escuchando el latido lento y potente de su corazón.

Pateó la puerta de mi habitación para abrirla y me depositó sobre la cama con una suavidad que contradecía la violencia de hacía unos segundos.

Me quedé allí, respirando con dificultad, mirando el techo de piedra mientras el mundo dejaba de girar.

El colchón se hundió a mi lado.

Vorden no se había ido.

Tomó mi mano herida, la que él mismo había cortado y exprimido.

Esperé el dolor, esperé la burla.

En su lugar, sentí un calor suave.

Vorden pasó su pulgar sobre el corte de mi palma.

Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, estaban fijos en la herida con una concentración absoluta.

Una luz tenue, dorada y cálida, emanó de su piel a la mía.

El ardor desapareció.

La piel se tejió de nuevo bajo su tacto, cerrando la carne, borrando la sangre, hasta que solo quedó una línea fina, blanca, como un recuerdo lejano.

Levanté la vista, aturdida por el contraste.

El hombre que me había roto la nariz, el que me había exprimido la sangre para su mapa, ahora sostenía mi mano como si fuera de cristal frágil.

—Eres demasiado pequeña para tanta magia —murmuró, más para sí mismo que para mí, pasando el pulgar una última vez por mi palma curada—.

Casi te seca en segundos.

Me soltó la mano y se puso de pie, la máscara de frialdad cayendo de nuevo sobre su rostro, ocultando cualquier rastro de la extraña delicadeza que acababa de mostrar.

—Descansa, Cielo.

Mañana nos vamos.

El mapa ha hablado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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