Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 27 Garras Retráctiles
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28: Capítulo 27: Garras Retráctiles 28: Capítulo 27: Garras Retráctiles La náusea fue mi despertador.
No hubo transición suave entre el sueño y la vigilia.
Abrí los ojos y el mundo giró violentamente.
Me incliné hacia el borde de la cama, mi estómago contrayéndose en un espasmo doloroso, y vomité bilis ácida en el suelo de piedra.
Mi cuerpo temblaba como una hoja en medio de un vendaval.
Sentía que me habían vaciado por dentro, como si el mapa no solo hubiera bebido mi sangre, sino que hubiera raspado mis huesos.
—Vaya que eres sensible, Cielo.
La voz llegó desde algún lugar a mi derecha.
Áspera, profunda, pero sin el filo burlón habitual.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, respirando entrecortadamente, y busqué el origen del sonido.
Mis párpados pesaban toneladas.
A través de mis pestañas, vi una figura sentada en una silla de madera rígida que había arrastrado junto a la cabecera.
Me froté los ojos, obligando a mi vista a enfocar.
Era Vorden.
Seguía con los mismos pantalones oscuros de la noche anterior.
Tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, observándome.
Pero lo que me detuvo el aliento no fue su presencia, sino su rostro.
Tenía sombras oscuras bajo los ojos.
El gran Titán, el monstruo incansable, tenía ojeras.
Había pasado la noche en vela cuidándome.
—No podremos viajar hoy —murmuró, observando mi temblor con una mezcla de irritación y resignación—.
Definitivamente eres una llave rota.
Intenté incorporarme.
El orgullo me gritó que me levantara, que no me mostrara débil ante él.
Pero mis brazos eran de agua.
Al intentar empujarme hacia arriba, mis codos cedieron y caí de nuevo sobre las almohadas.
—Vo…
Vorden…
—grazné.
Mi garganta era papel de lija.
Él no respondió con palabras.
Se levantó de la silla, una torre de cansancio y fuerza, y se inclinó sobre mí.
Antes de que pudiera protestar, sus brazos pasaron por debajo de mi espalda y mis rodillas.
Me levantó como si no pesara nada.
—Vamos a quitarte ese olor a enfermedad —dijo.
Me llevó al baño.
El vapor ya llenaba la estancia; él lo había preparado.
Me depositó con cuidado en el borde de la bañera de piedra y comenzó a desabrocharme la túnica sucia.
El pánico me golpeó, un instinto viejo y arraigado.
Intenté cubrirme, intenté alejarlo, pero mis manos apenas tenían fuerza para apartar las suyas.
Lo miré aterrada, esperando ver el deseo oscuro, la oportunidad aprovechada.
Pero cuando mis ojos encontraron los suyos, me detuve.
No había malicia.
No había hambre.
Su mirada era clínica, eficiente, casi…
preocupada.
Me dejé hacer.
No tenía opción.
Me quitó la ropa sudada y me metió en el agua caliente.
El calor fue un bálsamo instantáneo para mis músculos doloridos.
Vorden tomó una esponja.
Me lavó los brazos, el cuello, la espalda.
Sus manos, que podían romper cuellos y exprimir sangre, se movían con una suavidad desconcertante.
Evitó deliberadamente tocarme de más.
No rozó zonas íntimas innecesariamente, no se demoró en mis curvas.
Me lavó como quien limpia una joya frágil o un arma valiosa que no quiere que se oxide.
Me sacó del agua, me secó con toallas gruesas y me vistió con ropa limpia y holgada.
—Tengo hambre —susurré, sintiéndome un poco más consciente, aunque igual de débil.
—Lo sé.
Me cargó de nuevo.
Pero esta vez no fue en brazos.
Me echó sobre su hombro como un costal de patatas.
—Vorden…
—me quejé débilmente contra su espalda.
—Cállate.
Si alguien nos ve, es mejor que piensen que te llevo a rastras a que te llevo en brazos.
Mantén las apariencias, ladrona.
Bajamos al comedor.
Al entrar, el ruido de los soldados llenando sus estómagos cesó de golpe.
—¡Fuera!
—rugió Vorden.
Su voz hizo vibrar los vidrios de las ventanas—.
¡Todos fuera!
¡Ahora!
No hubo dudas.
El sonido de bancos arrastrándose y botas corriendo llenó el salón.
En menos de diez segundos, el comedor estaba vacío.
Me depositó en mi silla habitual, acomodándome para que no me cayera hacia los lados.
Se sentó a mi lado, acercó un plato de caldo humeante y tomó la cuchara.
—Abre —ordenó.
—Puedo sola —mentí, tratando de levantar la mano.
Mi brazo tembló violentamente y la mano cayó sobre la mesa.
Vorden chasqueó la lengua.
—Eres inútil hoy, Cielo.
Abre la boca.
Me alimentó.
Cucharada tras cucharada, con esa misma extraña delicadeza, limpiando las gotas que se escapaban por mis labios.
Comimos en silencio en el gran salón vacío, el monstruo sirviendo a la prisionera.
Cuando terminé, me volvió a cargar al hombro —por si había algún par de ojos curiosos en los pasillos— y me llevó de regreso a mi habitación.
Pasó el resto del día allí.
No habló mucho.
Leía informes, revisaba mapas, a veces simplemente miraba por la ventana, pero no se fue.
Me trajo agua, vigiló mi fiebre, y se aseguró de que durmiera.
Cayó la noche.
Las sombras se alargaron en la habitación.
Me sentía mejor.
La debilidad mortal había dado paso a un cansancio normal.
Vorden se puso de pie, estirando los músculos de la espalda.
Me miró, evaluando mi color.
—Ya no pareces un cadáver —dictaminó—.
Descansa.
Mañana nos vamos sin falta.
—Gracias —murmuré, la palabra extraña en mi boca.
Él se detuvo en la puerta, con la mano en el pomo.
No se giró.
—No te acostumbres, Aldariel.
Salió, y el cerrojo se cerró tras él.
Me quedé mirando el techo, confundida, con el corazón en un puño.
¿Quién era este hombre?
¿El que me exprimía la sangre o el que me daba de comer en la boca?
Mis párpados empezaron a cerrarse, el sueño arrastrándome.
—Te dije que el Titán tiene un retorcido sentido del bien.
La voz surgió de la nada, suave como terciopelo negro.
Abrí los ojos con esfuerzo, pero no me moví.
En la esquina más oscura de la habitación, una sombra se separó de la pared.
—Hace mucho que no veía al monstruo retraer las garras —dijo la inconfundible voz de Raymond.
Había una nota de asombro genuino en su tono.
Quise preguntarle cuánto tiempo había estado allí.
Quise preguntarle si había visto cómo Vorden me cuidaba.
Pero el sueño era una marea demasiado fuerte.
Escuché un sonido áspero, como de piedra pesada arrastrándose sobre piedra, seguido de un clic suave.
Y luego, el silencio total.
Raymond se había ido, y yo caí dormida preguntándome si el monstruo realmente tenía garras retráctiles, o si simplemente estaba afilándolas para el viaje.
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